La feminización de lo religioso sigue vigente y su expresión no escapa al rezago del país: las cárceles. La Unidad 5, habitada por mujeres, es el centro penitenciario que recibe más iglesias. Las y los predicadores –que con el presupuesto de sus congregaciones refaccionan áreas de la cárcel, entregan kits higiénicos, ropa y comida, o abordan el consumo problemático de drogas– muestran un camino de egreso posible: los hogares Beraca y Remar.

Brecha, 17-1-2020

Correspondencia de Prensa, 17-1-2020

Un ejército de mujeres vestidas de negro rodea a una de ellas.“Yo destruí mi vida por una mala decisión. Mejor me mato. Merezco estar acá, pero quisiera sacar el odio de mi alma. ¡No doy más!”, grita la acorralada mientras cae al suelo y se hace un ovillo. Como si las nubes oscuras se corrieran y dejaran que los rayos de sol prevalecieran, se acerca otro ejército, pero esta vez de rosado y con la insignia de la Iglesia Universal. El nuevo ejército peina a la mujer que languidece, luego le da una Biblia, le coloca un chaleco del mismo rosado, con la misma insignia, y, por último, la levanta.“Es posible nacer de nuevo. Nosotras creemos en eso”, vociferan al mismo tiempo.

La Iglesia Universal es una de las congregaciones religiosas que asisten a la Unidad número 5, la cárcel de mujeres. El culto de despedida de año en la unidad comenzó con esa obra de teatro que, perfectamente, podría describir el trabajo de las iglesias en los centros penitenciarios. En los 26 actuales, 46 congregaciones distintas hacen visitas cuasi diarias. De estos, la cárcel de mujeres es la que recibe más, aun teniendo una población de 372 personas, cantidad que es cuadruplicada por la Unidad 1 y es nónuplo en la Unidad 4.

Los datos son difusos: los números proporcionados a Brecha por el Instituto Nacional de Rehabilitación (Inr) y descritos anteriormente no coinciden con los brindados por la encargada del área eclesiástica de la unidad, Ana Martínez. El Inr aseguró que la cárcel de mujeres recibe 11 y Martínez, 17. Pero, aunque la cantidad difiera, en ambos casos prevalece la afirmación de que es la cárcel que recibe más congregaciones. La Unidad número 9, de madres con hijos, es la tercera: sólo 19 mujeres la habitan y recibe nueve iglesias.

Podría ser casualidad o tener una relación con el pasado: la cárcel de mujeres de Cabildo estuvo conducida por las monjas del Buen Pastor hasta 1989. Pero en la línea del tiempo la transformación no ha sido la norma. “Desde fines del siglo XIX hay una feminización de lo religioso. Por la condición sexual, pareciera que hay ciertas características de comportamiento y temperamento que plantean a la religiosidad como parte de la esencia femenina”, explicó a Brecha la historiadora Inés Cuadro.

“Las mujeres privadas de libertad tienen una condena doble: una jurídica, la penalizable, y una que tiene que ver con la sensación de que han perdido una fracción de su esencia, porque en el fondo se cree que las mujeres tendríamos una superioridad moral que nos haría más difícil caer en el delito”; por eso se las considera “doblemente perdidas”, sostuvo Cuadro. Para Martínez, la mujer es más“abandonada” que los hombres privados de libertad: “La familia deja a la mujer; lo podés ver en las visitas. La iglesia busca ayudarlas e incentivarlas para que surja un cambio en ellas”.

Modus

Lunes, martes, jueves y viernes, en los cinco pisos de la cárcel de mujeres deambulan las iglesias. Entre dos y cinco horas, cada una tiene su día y horario para no chocarse con las demás y para que el salón comedor de cada piso esté disponible para el encuentro. Junto a Martínez hay dos funcionarios más, que se encargan del área eclesiástica, pero también del programa socioeducativo Nada Crece a la Sombra y de apoyar el área laboral.

Desde 2013 las congregaciones deben tener personería jurídica y quienes ingresen, estar identificados, debido a que el Inr aprobó un protocolo, elaborado por instituciones religiosas, que regula su ingreso. “Hacemos mucha cosa a la vez, pero también un seguimiento de las iglesias para ver qué actividad hacen, más aun cuando llevan masculinos”, contó Martínez. Aun así, afirmó que, debido al buen comportamiento de las privadas de libertad y las diversas tareas que tienen a cargo, suelen dejarlas solas.

La expansión de las iglesias evangélicas también se percibe en las cárceles. En lo general y en lo particular, son mayoría. De las 17 que asisten a la cárcel de mujeres, 14 son evangélicas: siete pentecostales, cuatro neopentecostales, dos bautistas y una tradicional conservadora. “Los violentos son los que no van a la iglesia. Ellos están atrapados en Satanás”, les dijo a las privadas de libertad el pastor Juan Rocha, de la Confraternidad Carcelaria, en el salón “multiuso”, el espacio que pueden utilizar todas las congregaciones. Fue durante el culto de fin de año, al que Brecha pudo asistir. Hoy todavía se asoma el material por el marco de la puerta de madera. Hay un pizarrón y una ventana que da hacia un muro: no entra luz. Las sillas son blancas y las paredes también.

La Confraternidad Carcelaria es una red internacional que trabaja en distintas cárceles del país y sus alrededores. No es una denominación per se, sino que se conforma de varias iglesias, que tienen en común, mayormente, ser evangélicas de corte pentecostal. Martes y jueves Blanca Ferreira y Katherine San Juan estacionan en la unidad. Ferreira es de la iglesia Vida Nueva y San Juan, de Misión Vida, esta última correspondiente al neopentecostalismo.

Cielo terrenal

“El amor de Dios se demuestra a través de Kathy y Blanca. Ellas vienen a rescatar sus almas”, las presentó el pastor Rocha en el último culto de 2019. Ferreira tenía una remera que en la espalda decía: “El fruto del amor es el servir”. Se describió a sí misma y a su compañera como “obreras”, porque van a “servir al Señor”. San Juan y el pastor vestían un chaleco rojo en el que, en el lado del corazón, reposaba el símbolo de la Confraternidad.

Ferreira y San Juan siguen una dinámica específica: los martes, el programa de Justicia Restaurativa y los jueves, El Caminar del Prisionero, con una duración de cuatro horas cada día. Ferreira describió este último como “evangelístico” y el primero como “secular”. San Juan explicó a Brecha que en El Caminar del Prisionero se predica y es cuando “realmente se conoce a Jesús”. Sobre Justicia Restaurativa, contó que se basa en llevar “a una víctima para que cuente su experiencia, y eso hace que todas empiecen a hablar”: “Es para que se piense en el daño que cada una se hizo a sí misma y a la sociedad”.

A estas instancias suelen asistir entre 15 y 20 privadas de libertad. El día del culto eran 19. “Dios las ama”, decía una torta rectangular que reposaba sobre la mesa, debajo del pizarrón. Al comienzo llegaban de a tres o cuatro con las operadoras penitenciarias, que las traían de los distintos sectores. La bienvenida era un abrazo duradero para cada una de las “obreras”. El pastor se mantenía en una posición más lejana, sobre un rincón.

El salón multiuso se convirtió en un agite de barrabrava, pero con luces de discoteca. “Eres grande y majestuoso; no hay nadie como tú. Eres mi luz y mi solución”, cantaban moviendo los brazos una y otra vez, hasta que el pastor –que también es el subdirector de la Confraternidad Carcelaria en Uruguay– tomó la palabra. Las reclusas que estaban paradas en filas horizontales se sentaron e hicieron silencio. Antes de eso, mientras la música avanzaba, algunas miraban al techo y, en vez de cantar la letra, oraban, con los párpados apretados y el mismo énfasis de una hinchada después del gol.

“Si tú crees en Él, hay cosas que ya no puedes hacer más”, les decía. Las cabezas asentían. “Tengo una Biblia que se llama ‘La biblia de la libertad’; de ahí leo todo”, contó una de ellas. “Yo antes no sabía decir que no. Ahora sí”, afianzó. También tienen una guía de estudio que se titula “Evangelio de Marcos, la peregrinación del prisionero”. Ella va por la página 54. Hay una frase cortada de la Biblia, y ella tiene que continuarla. Hay una pregunta, y ella tiene que responderla.

Pero lo único que debe preponderar es la palabra del pastor.“Yo no te voy a hablar si vos no me dejás hablar a mí”, dijo, ante la interrupción de una de las mujeres. Entre historias de Dios en un lenguaje coloquial, en un momento, la pregunta se diseminó, pero la respuesta fue clara: “¡Yo! ¡Yo ya fui al campamento de Beraca!”, contestaron varias, al mismo tiempo que saltaron de sus asientos y levantaron las manos.

Adhesión, adicción

Según la directora del Inr, Ana Juanche, el consumo problemático de drogas en las cárceles se trabaja a partir de un dispositivo tripartito: con la Administración de los Servicios de Salud del Estado, la Junta Nacional de Drogas, el Inr y una dupla técnica que supervisa la aplicación del programa. En 2015 comenzaron una experiencia piloto en la cárcel de mujeres. La modalidad empezó con grupos abiertos, para luego, como en la actualidad, pasar a trabajar con grupos cerrados. Juanche explicó que se selecciona a las mujeres a través de un protocolo de evaluación de riesgo de reincidencia que “mira en profundidad la escala de uso problemático de drogas, la longitud, el estilo de pensamiento y el comportamiento”. El programa dura 16 o 20 sesiones, se ingresa a él voluntariamente y se lleva a cabo mediante “la reducción del daño, no de la abstinencia”.

Martínez, sin embargo, afirmó que, a falta de ese programa, recurrieron a la Confraternidad Carcelaria, vinculada con los hogares Beraca, y a la de Dios es Cristo, vinculada con los hogares Remar. “Nosotras les preguntamos: ‘¿Vos querés cambiar?, ¿vos querés algo diferente?’”, dijo Martínez. Ferreira, de la Confraternidad  y que desde el año pasado es terapeuta en adicciones, contó que a fines de noviembre hicieron entrevistas iniciales sobre el consumo a las privadas de libertad, para presentarle un proyecto a su congregación y al Inr.

En el ínterin, “a las que están por salir las vamos preparando, cuando oramos y en las reuniones, para que sepan a dónde van a ir y lo que se va a vivir”, sostuvo San Juan. Agregó que si desean internarse, piden fecha y hora para tener una entrevista con un pastor, una psicóloga y “la persona que las ayuda”. Ellos deciden si dar el sí a su ingreso. “Si vos no querés ir, vas a seguir haciendo lo mismo y vas a caer presa de vuelta. Lo que hablo con ellas es eso”, aseguró San Juan.

En 2017, la Institución Nacional de Derechos Humanos recomendó a la Suprema Corte de Justicia y al Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay (Inau) “el cese inmediato de las derivaciones” a los hogares Beraca. En 2015 y 2018 el Juzgado de Familia solicitó al Inau que alejara a algunos adolescentes de los hogares. Las razones se fueron acumulando a lo largo de los años: explotación laboral infantil, manipulación psicológica, violencia física y utilización del discurso religioso para el beneficio de la institución. Una de las privadas de libertad pasó por Beraca antes de caer presa y narró a Brecha: “Veía cómo la mujer del pastor se compraba pizza y fainá, y a nosotros nos daban sobras de arroz. Veía fangotes de plata y más plata, y a nosotros, que la trabajábamos, no nos llegaba nada”.

Universo Universal

El blanco reluciente en el salón multiuso pasa inadvertido frente al espacio que está del otro lado de la pared. “Jesucristo es el señor”, se lee junto a una iglesia pintada. Adelante, un atril de madera que espera todos los viernes a Susana Rubio, la pastora de la Iglesia Universal. En diálogo con Brecha, Rubio dijo que su iglesia tiene sede en la mayoría de las cárceles del mundo, por lo que “aquí, en Uruguay, también quisimos buscar esa oportunidad”. Invirtieron más de 60 mil pesos y lo que era un depósito pasó a ser propiedad suya, utilizado únicamente para sus reuniones, un espacio para entre 80 y 90 privadas de libertad, sumado a dos baños. El de la pastora está resguardado con un candado.Uruguay1701 III

“Me hace bien salir”, dijo Sonia, una de las casi cien mujeres que asistieron a la jornada de Retrospectiva, una especie de despedida de año y bienvenida del que viene, de la Universal. “No nos sacan hace como dos días. La cosa es venir a tomar un poco de aire”, gritó, desde lejos, otra mujer. Sonia es de Salto y habla suave y lento. Recién había terminado de limpiar el salón comedor, en el que la actividad se llevaría a cabo. Después, cuando todo finalizara, volvería a limpiarlo con otras compañeras.

“Jerusalén, qué bonita eres […]. Ven, ven, ven, espíritu de Dios, y lléname de ti”, suenan los parlantes al ritmo de una cumbia villera. Se alzan las palmas, se mueven levemente las caderas. “¡Apodérame!”, dicen en el estribillo. “Nosotras seguimos la palabra de Dios de que hay que estar con los perdidos, los sufridos, aquellos de los que nadie quiere estar cerca”, dijo a Brecha la pastora. “Les enseñamos la verdadera fe de creer que Dios puede quitar ese dolor y ese sufrimiento que sienten”, explicó. El día de la Retrospectiva había, además de la pastora, 25 voluntarias, un varón que tocaba el teclado, otro que lo ayudaba y cargaba los materiales, y el pastor, que sólo va en ocasiones especiales. Pero en la cotidianidad Rubio es la pastora fija, y con ella van ocho o diez voluntarias, que rotan por semana entre las 50 que son.

“¡Quita la maldición!”, gritó el pastor desde adelante, en portuñol y con el micrófono bien alto. El ejército de rosado comenzó a dispersarse por la sala; cada una elevó el brazo derecho y abarcó con la mano las cabezas de las reclusas. “Bendícela, Jesús. Ahora está en manos de Dios. Bendícela”, exclamaban. Luego pidieron que se abrazaran unas con otras. “Jesús te ama”, decían al unísono. La cumbia de cierre, al canto de “Él me saca de esta cueva”, dio paso al momento cúlmine del día: una bandeja, para cada una, con sanguches, torta y escones. También una bolsita con un pan dulce y un paquete de galletas.

Marisa dijo que le ayuda ir, que le sirve, que le sirve para “pedirle cosas a Dios”. Contó que son muchas, que a veces la escuchan y a veces no, pero que hay un infaltable: el kit de los viernes. La Iglesia Universal, que asiste a la cárcel desde hace tres años, ha llevado 6 mil kits higiénicos: pasta de dientes, jabón, papel higiénico, a veces comida, a veces el Diario Universal. También ha llevado 4 mil bolsas de ropa y útiles escolares para las que tienen hijos. Esos datos los pasaron en una pantalla grande para terminar la jornada. Rubio lo reafirmó y agregó que donaron cuatro lavarropas.Uruguay1701 II

Marisa dijo que, al ir los viernes, les dan “esas cosas” que no tienen. Sonia dijo que el kit sirve, sobre todo, para las que no reciben visitas. “Ahora, si te creés o no todas las palabras, eso es cosa tuya”, aseguraron desde el costado. “No es que una iglesia nos da más y otra menos. Yo te puedo asegurar, incluso en papeles, que todas nos dan lo mismo, que todas nos ayudan por igual”, afirmó Martínez.

“Cuando ellas salen, estamos prontas para recibirlas. La atención es para todas, pero a las que se aproximan más podemos ayudarlas más de cerca”, contó Rubio. En verano, la actividad diaria en la cárcel de mujeres se reduce al mínimo: no hay educación formal ni informal; quedan sólo un taller de murga y las congregaciones.

Sitio en disputa

Las iglesias y las operadoras van a buscar a las mujeres a sus celdas para reunirlas. Además de recorrer los primeros cuatro pisos, pueden llegar al quinto: el área de máxima reclusión y, por ende, de aislamiento. Hace poco más de tres años, el quinto piso de la cárcel de mujeres estaba inhabilitado por malas condiciones. Hace tres años fue refaccionado por privadas de libertad con presupuesto de las iglesias y donaciones, con un monto de 1 millón de pesos.

La idea original: un piso en el que las congregaciones religiosas tuvieran su espacio y las reclusas pudieran realizar actividades laborales. Se llegó a invertir más de 500 mil pesos, hasta que el Inr pidió una orden de desalojo por haberse pasado del tiempo de construcción. Así lo contó Martínez, que lo justificó diciendo que les habían dado un año y medio, y recién iban ocho meses. Juanche aseguró que hace cuatro años que está en el instituto y desde entonces “las refacciones se han hecho con nuestro presupuesto, pero tendría que averiguarlo ” . Ya con la instalación de waters, electricidad, cañerías y cuartos, el quinto piso volvió a ser lo que era antes de quedar inhabilitado: el sector de máxima seguridad.