Esto es otra cosa

En su discurso inaugural el nuevo presidente argentino reincidió en el gesto conciliador que caracterizó su campaña, pero sin privarse de anunciar reformas audaces. La refundación consensuada que Fernández promete será puesta a prueba, sin embargo, por un contexto muy distinto al de los años de esplendor del progresismo latinoamericano.

Rosario Touriño

Brecha, 13-12-2019

Correspondencia de Prensa, 13-12-2019

El ritual estuvo. En el cambio de mando fue posible contemplar el resignado semblante de Mauricio Macri cuando los militantes de las barras, los nuevos cuadros de gobierno y hasta la propia vicepresidenta Cristina Fernández le cantaron la marcha peronista en su nariz. Las ministras y los ministros, en su gran mayoría de mediana edad y con sólida formación académica, fueron investidos en el museo de la Casa Rosada entre el “olé, olé, oléé, olééé” de las hinchadas, algunas más ruidosas que otras en función, quizás, de la extracción militante de cada secretario en ese complejo entramado del movimiento peronista. No faltaron tampoco los artistas comprometidos con la causa, los escenarios populares y el acto final de masas.

Pero hubo algo distinto. Alberto Fernández se empeñó en imprimirle un marcado tono “republicano” –si es que cabe esa polisémica palabra en un país donde se jura bajo los santos evangelios– a este traspaso modélico, en el que por primera vez desde el retorno de la democracia en 1983 un presidente no peronista pudo completar su mandato. La gestualidad relajada y mesurada que el nuevo presidente le imprimió al ceremonial –un sello que marcó toda su campaña– y el fair play en los modales con los perdedores se consolidarían en el rico discurso de asunción, en el que dejó explícita su apelación a la necesidad de clausurar la tan manida “grieta”. Sin embargo, el contenido del discurso del presidente tuvo poco de liviano y no fue un ejemplo de oratoria gastada. El registro cuidadamente conciliador y unificador no impidió, por ejemplo, que Fernández describiera la tierra arrasada sobre la que ahora intentará arar, ni que hiciese anuncios de políticas de fondo fuertes.

No es usual que un nuevo mandatario diga de una que se va a meter con los servicios de inteligencia, que va a intervenir los fondos reservados que hoy abastecen a los “sótanos de la democracia” (recuérdese el caso Nisman) y que va a destinar los ahorros a un plan integral contra el hambre. O que prometa un nuevo paradigma de seguridad, en el que no iba a justificar la “lógica del gatillo fácil”, cuando en la región soplan vientos favorables para otorgar más margen de acción a las policías. O que le asigne un valor jerárquico a la lucha contra la violencia de género y se embandere con el “Ni una menos” (fue llamativo que no estuviese presente en el discurso el aborto legal, pero su ministro de Salud, Ginés González García –que viene de la época de Néstor Kirchner–, dijo que trabajará para que esa medida se concrete). Tampoco es habitual que un presidente recién estrenado se atreva a plantear la cuestión de la judicialización de la política o la politización de la justicia y proponga una reforma del sistema judicial que evite la “persecución de opositores”. Y menos frecuente todavía es que se hable de la pauta oficial de publicidad en un acto de asunción. Fernández no se metió en el meollo de la ley de medios, pero sí planteó que exista un criterio razonable de distribución de los fondos. Los analistas de Todo Noticias (Grupo Clarín) comentaban la transmisión sin sobresaltos, en un tono más bien elogioso, pero no olvidaron ese punto de alarma: el “menos claro” de su propuesta y el que inscribieron en la agenda kirchnerista más dura.

El signo alfosinista

La impronta del nuevo presidente recordó a la de Raúl Alfonsín más que a la de un kirchnerista, y no sólo por el bigote. Palabras como “consenso”, “plural” y “pacto” sonaron varias veces, pero además hubo frases textuales de quien fuera el presidente de la recuperación democrática. No es un detalle menor si se considera que este es un presidente que ganó las elecciones después de un intrincado y eficaz proceso constructor de una armazón de peronismos de todo tipo y color. Hay quienes perciben la intención de seducir a los radicales aliados a Macri, ya que necesitaría sus votos para algunas medidas económicas más audaces. Otros inscriben las citas como parte de un estilo en clave estadista, que apela a un gobierno dialoguista y no polarizado. Ese eclecticismo de Fernández se vio confirmado en el plano doméstico (con un auditorio que incluyó al mismísimo Carlos Saúl Menem, con el que tiene buena relación), pero también en lo internacional (entre sus invitados hubo emisarios de Venezuela y de Estados Unidos, algo que le generó algún problemita, pero también emitió señales hacia Brasil y tuvo palabras solidarias para el chileno Sebastián Piñera, quien enfrenta una nueva crisis tras la caída de un avión de la Fuerza Aérea).

Si el progresismo encarnado por los Kirchner dio pie a todo tipo de debates, el de Alberto Fernández también será seguido con atención, porque siempre está la singularidad de la emergencia en matrices tan heterodoxas como las del peronismo. En la hoja de ruta económica de Fernández estaría previsto el aumento de impuestos al patrimonio y de las retenciones al agro con el fin de solventar las necesidades básicas de los más vulnerables. En ese “pacto social” que piensa, todos deberán aportar un poquito, porque “debe avergonzarnos saber que hay un argentino que pasa hambre” (la periodista Sandra Russo inscribió esta “ética de las prioridades” dentro de la base “humanista” del presidente, Página 12, 11-XII-19). Sin embargo, Fernández es un político que también estaría alineado con el cuidado de las variables macroeconómicas de rigor. Según Ámbito Financiero, es un cultor convencido de los equilibrios fiscales (“el déficit no va conmigo”, habría dicho). Entonces, la línea económica del albertismo no sería la de un ajuste ortodoxo, pero tampoco la de un expansionismo al estilo kirchnerista: es el camino del medio. Habrá que ver cómo responde al tironeo de las bases y de otros intereses contrapuestos en juego.

Un análisis de los editorialistas de la revista de izquierda Crisis plantea que el objetivo refundador de este “quinto peronismo” operaría en las “peores condiciones” de todos los gobiernos justicialistas, porque ninguno de los tres planos que determinan la gobernabilidad estaría “saludable”: la dimensión global, el espacio regional y la situación interna. (1) A diferencia de Néstor Kirchner, Fernández no podría gozar de las bondades del boom del precio de los bienes primarios exportables, que permitió el último ciclo de crecimiento en América Latina. Tiene cuatro meses para reperfilar la deuda con el Fmi y con los tenedores de bonos (se menciona que Argentina busca replicar la “salida uruguaya”: dilatar los vencimientos, pero sin quitas sobre los pagos). Así y todo, los sectores que están más a la izquierda en el país vecino perciben que “con poco” este quinto peronismo podría abrir una luz de esperanza y hacer la diferencia.

Al nuevo presidente, pues, lo tendrá bastante ocupado el frente interno como para que pueda pensar en viejas pasiones, como una nueva articulación de un eje progresista latinoamericanista. El primer país que visitó Fernández luego de ganar las elecciones fue México y no Brasil, como era la usanza, por razones obvias. El presidente argentino mantiene muy buen vínculo con Andrés Manuel López Obrador (los nexos fueron muy importantes para la evacuación de Evo Morales) y hay algunos movimientos desde el llamado Grupo de Puebla. Pero el contexto actual es muy diferente al ciclo de la primera década del milenio con Lula da Silva, Hugo Chávez, Néstor Kirchner, Rafael Correa, Evo Morales, Tabaré Vázquez y Michelle Bachelet. Entonces, parece ser que el progresismo no está muerto, pero el terreno regional sumido en graves crisis institucionales y una fuerte atomización no parece, por ahora, fértil.

Nota

1) “El quinto peronismo y la magia” (Crisis, 2-XII-19). En: https://revistacrisis.com.ar/notas/el-quinto-peronismo-y-la-magia