Las nuevas derechas radicales

Martín Mosquera *

Revista Viento Sur, N° 166

Correspondencia de Prensa, 9-12-2019

Es tan evidente la realidad del giro a la derecha en curso en América Latina como su inestabilidad. No hay que engañarse: no se trata de ningún impasse o empate hegemónico. La relación de fuerzas se degrada respecto al ciclo anterior, como es evidente en la emergencia de un fenómeno autoritario en Brasil, en el giro moderado del kirchnerismo, en las permanentes amenazas golpistas sobre Venezuela o en los riesgos de victorias de la derecha en Bolivia y Uruguay. Sin embargo, la derechización latinoamericana se asienta sobre una dinámica todavía fluctuante y con contestaciones palpables: la victoria de AMLO y la caída del viejo régimen en México, la aplastante derrota electoral de Macri en Argentina, el empantanamiento del imperialismo y de la derecha en Venezuela, la vitalidad de algunos movimientos sociales (especialmente el feminista, aunque también el movimiento obrero en algunos países). En Brasil el resultado también es ambiguo por el momento: Bolsonaro avanza significativamente con sus grandes reformas (previsional, tributaria), pero sumando desprestigio, inestabilidad y despertando respuestas del movimiento de masas. Lejos por el momento de una bolsonarización generalizada de la región, el giro a la derecha avanza pero sobre un suelo inestable y no hemos asistido hasta ahora a una derrota estratégica de las clases populares.

Globalmente, las clases dominantes tienen la iniciativa, pero no logran asentar una nueva hegemonía ni estabilizar una nueva correlación de fuerzas entre las clases. Aun en este marco defensivo para las clases populares (incluso reaccionario en el caso de Brasil), la ofensiva capitalista es ralentizada por la resistencia social, y aunque avanza la persecución judicial y mediática y la represión a las luchas sociales, tampoco se ha logrado estabilizar hasta ahora nuevos regímenes políticos autoritarios (el Estado militarizado colombiano viene de larga data). Las políticas de los gobiernos derechistas avanzan, pero pierden paulatinamente su base de masas y se enfrentan a situaciones recurrentes de movilizaciones sociales o sanciones electorales, aunque sin que emerja un bloque político y social alternativo. Podríamos definir la situación regional como de inestabilidad hegemónica, para utilizar una expresión de Poulantzas.

¿Los años treinta en cámara lenta?

En los años noventa del pasado siglo, Tony Cliff afirmó que se había abierto una etapa que se podía definir como “los años treinta en cámara lenta”. La fórmula tenía muchas limitaciones. Fundamentalmente, ignoraba el significado del ciclo que se abría con la restauración capitalista en el Este y la ofensiva neoliberal, es decir, una derrota histórica que despejaría por un largo periodo la idea de una alternativa socialmente viable al capitalismo. Difícilmente podría hablarse entonces de una amenaza revolucionaria por parte de la clase obrera, como la que caracterizó a la polarización política de los años treinta.

Sin embargo, si nos cuidamos de la tendencia, propia de las analogías históricas, a resaltar más las similitudes que las diferencias, podemos advertir que, pese a todo, la fórmula encierra un momento de verdad. Al compás de una nueva crisis histórica del capitalismo asistimos al lento eclipse de un mundo. En un ritmo menos acelerado que el de los años treinta, vemos erosionarse lentamente cierto equilibrio político-social, con sus representaciones políticas, sus concepciones ideológicas, su cultura. En el espacio dejado por el declive de los partidos tradicionales, que han gestionado el capitalismo desde la posguerra, emergen nuevos fenómenos políticos, muchos de ellos mórbidos. Pese a las nuevas luchas sociales, la espiral de derrotas de la clase trabajadora no se ha quebrado, por lo que la correlación de fuerzas sociales y políticas tiende a favorecer a la extrema derecha como salida al descontento social.

El capitalismo ha mutado luego de todas sus grandes crisis (1873, 1930, 1973). En cada oportunidad se trató de profundas transformaciones que no afectaron solamente al terreno exclusivamente económico sino a la articulación del conjunto del sistema capitalista, implicando cambios en el campo político, institucional e ideológico. No sabemos qué mundo encontraremos a la salida de la actual transición, pero por el momento podemos advertir que el reforzamiento estatal autoritario es una de las grandes tendencias contemporáneas. Los EE UU de Trump, el Brasil de Bolsonaro, la Rusia de Putin, la China liberal-estalinista, el crecimiento de la extrema derecha en Europa Occidental (la cuna de la democracia social) o el fundamentalismo islámico en Medio Oriente son ejemplos de un mundo que se vuelve día a día más hostil. Hacia fines de los setenta, autores marxistas como Poulantzas anunciaban la consolidación de un estatismo autoritario como forma de gobierno normal del capitalismo. Sin embargo, el neoliberalismo ascendente pudo articularse con formas consensuales de dominación política y se apropió enteramente del significante flotante de la democracia. Ante la caída del muro de Berlín y la desarticulación del campo socialista, el capitalismo triunfante dio por cerrado el siglo de los extremos y se anotó en el campo de los vencedores de la disputa secular entre democracia y totalitarismo. El matrimonio de la economía de mercado y la democracia liberal se presentaba entonces como fin de la historia. Ahora, en la época de la crisis hegemónica del capitalismo neoliberal, se quiebra la cadena hegemónica entre democracia y neoliberalismo y se desarrolla un progresivo endurecimiento del factor coercitivo de la dominación política.

También existe otra opción, más temible. Que la involución autoritaria no descanse solamente en las necesidades de las clases dominantes de fortalecer el factor coercitivo en un contexto de crisis de hegemonía, sino que también sea consecuencia de una presión que viene de abajo. No se trataría entonces de una mera radicalización de la derecha tradicional, que se impone ante la falta de alternativas y la desmoralización de la izquierda y los oprimidos, sino que la extrema derecha logra capitalizar y sintonizar con el descontento popular. Dicho de otro modo, siendo que el capitalismo neoliberal ha generalizado un entorno social de inseguridad, inestabilidad laboral y anomia mercantil, el anhelo de orden empieza a ser un reclamo popular. No se trataría, en este caso, solamente de la emergencia de un individualismo autoritario, sombra siniestra del liberalismo tradicional, que lleva hasta consecuencias punitivas su deseo de respeto de la propiedad y el individuo, sino que el giro autoritario expresa un deseo de comunidad y de protección colectiva de las clases populares ante las desatadas fuerzas impersonales del mercado. En este segundo caso, la nueva derecha autoritaria contaría con un potencial mayor para construir hegemonía.

Argentina, Brasil y la nueva derecha latinoamericana

El ascenso de Bolsonaro al gobierno del gigante latinoamericano impuso el retorno del debate sobre el fascismo. ¿Estamos efectivamente ante una forma contemporánea de fascismo? Es preciso mantener el rigor y no usar livianamente el término. No se trata de un sinónimo para capitalismo autoritario ni de un calificativo apropiado para toda dictadura militar o bonapartismo represivo. Por otra parte, es evidente que ninguno de los fenómenos actuales de la extrema derecha es una simple repetición del fascismo histórico. Pero decir que ninguna experiencia histórica es igual a otra es una trivialidad. Se trata, en todo caso, de saber si los fenómenos de los treinta ofrecen referencias útiles para pensar el mundo actual, donde vemos renacer todo tipo de experiencias autoritarias.

En mi opinión, el fascismo se diferencia de otros movimientos reaccionarios y autoritarios en que se inviste del ropaje de la rebelión (contra los políticos, las finanzas, las élites, etc.) y esto le permite capitalizar frustraciones populares de distinto tipo en un programa que fusiona liberación con autoritarismo. Este es el núcleo del carácter contradictorio, enigmático y peculiar del fascismo. Se trata de un movimiento que pretende institucionalizar métodos de guerra civil contra la clase trabajadora, la izquierda y los derechos democráticos, impulsado en una gran movilización de masas reaccionaria. George L. Mosse lo define como una “revolución burguesa antiburguesa”. Togliatti como un “régimen reaccionario de masas”. Enzo Traverso como una “revolución contra la revolución”. Todas las definiciones intentan captar el mismo núcleo paradójico 1/.

¿Está emergiendo entonces, en América Latina, un nuevo autoritarismo social? ¿Asistimos a la emergencia de un fenómeno de extrema derecha con peso de masas del cual el gobierno brasileño es solo su expresión más nítida? ¿Cuál es su relación con el ciclo progresista precedente”?

Está muy generalizada una explicación del retroceso del progresismo que asocia sus medidas redistributivas con la emergencia de un sujeto social hostil resultado de esas mismas políticas. Estos gobiernos, habiendo sacado a franjas sociales de la pobreza, habrían construido una nueva clase media que tuvo acceso a un consumo que estaría cargado de dimensiones aspiracionales típicas de los sectores medios tradicionales y que políticamente se representarían en la derecha. Los gobiernos latinoamericanos habrían construido su propio enterrador: los mismos beneficiados por sus políticas. Se construye así un relato trágico de estas experiencias, donde toda radicalidad es funcional a la reacción y toda política popular construye un sujeto social hostil. Esta jaula de hierro del posibilismo es el relato predilecto de quienes consideran que los gobiernos progresistas fueron más lejos de lo que sus sociedades estaban dispuestas y por eso quedaron descubiertos ante la reacción conservadora.

Esta explicación debería poder pasar la prueba del contraste con las experiencias clásicas de compromiso de clase de los años cuarenta y cincuenta (varguismo, peronismo, etc.). Ellas también estuvieron caracterizadas por una generalización, más intensa, del consumo popular, pero es incontestable que en ese caso permitieron la consolidación de esos gobiernos como identidades populares duraderas (el peronismo, paradigmáticamente) en lugar de producir su declive. Hay que mirar entonces más de cerca esta cuestión.

El kirchnerismo tuvo en el acceso a mayores niveles de consumo privado la forma de realización de sus políticas tibiamente redistributivas y no involucró como sujetos sociales activos al movimiento de masas, sino que hizo de la población una beneficiaria pasiva de políticas verticales que derramaban desde el Estado. Fue habitual, entonces, que este componente político quedara oscurecido y se autoadjudicara exclusivamente al esfuerzo privado personal. Este oscurecimiento pudo luego ser radicalizado en una concepción meritocrática individualista hostil a la politización de las necesidades sociales y a la intervención del Estado, que intentó recoger y estimular el macrismo.

Sin embargo, estudios empíricos (o los simples análisis demográficos del voto) muestran que las franjas sociales más hostiles a los gobiernos progresistas no fueron las beneficiarias directas de sus políticas, sino sus perjudicadas relativas, aquellas que se vieron menos beneficiadas que otros sectores sociales más pauperizados y que sintieron lesionado su estatus cultural por este emparejamiento (por momentos más imaginario que real). Aquí aparece lo que el politólogo argentino Juan Carlos Torre llama “los corolarios políticos de la fragmentación social, los prejuicios de las clases medias bajas frente a los sectores más pobres. Como nos lo dice la sociología cuando destaca que el uso de los estigmas es tanto más probable cuanto más próximas están las poblaciones al contraste social o cultural, y como nos lo cuentan los testimonios de antropólogos y periodistas, en los barrios de las clases medias bajas es muy difundida la visión de los pobres como vagos que viven del Estado y cuya presencia muy cercana es una fuente de inseguridad” (Torre, 2017). La clase obrera formal, entonces, muestra tendencias a rechazar el asistencialismo, la inmigración y a estar más inclinada a legitimar políticas represivas y jerarquías rígidas. En cierto modo, buena parte de este sector social actúa políticamente y se autopercibe simbólicamente en rechazo a los sectores más pauperizados dependientes de la economía informal y la asistencia estatal, de un modo similar a la vieja clase media de la época de la naciente clase obrera peronista.

El kirchnerismo produjo una amplia red asistencial que sacó de la pobreza extrema a un amplio sector social, sin generar, en cambio, un nuevo umbral de derechos laborales para la clase trabajadora formal (a diferencia del peronismo histórico), más allá de una paulatina recuperación salarial posterior a la depresión económica de 2001. Este aspecto se terminó expresando en el conflicto entre sectores mayoritarios del sindicalismo y el último gobierno de Cristina Fernández de Kirchner en torno al llamado impuesto a las ganancias (que en realidad es un impuesto a aquellos salarios relativamente altos de un sector de la clase trabajadora). Estos sectores sintieron parasitado su esfuerzo personal por parte de un Estado ineficaz y corrupto, y a cambio consideraban que ese dinero era drenado a planes sociales para los sectores más pauperizados (los vagos que viven del Estado). Una nueva mitología reaccionaria, fuertemente estimulada por los medios de comunicación, se fue generalizando dentro de esta creciente derecha social: las mujeres pobres se embarazan para cobrar la asignación social por hijo, los pobres viven del Estado sin trabajar, el Estado drena los recursos que extrae de la Argentina productiva hacia la corrupción y el clientelismo. Cada una de ellas significaba poner una carga negativa exasperada en un derecho popular y convertir la crítica a un gobierno en un cuestionamiento de valores democráticos elementales.

En la medida en que el kirchnerismo desarrolló roces con las clases dominantes a partir de 2008, se desarrolló entonces una politización derechista de un sector de masas al calor de las movilizaciones antipopulistas (2008, 2012, 2014) protagonizadas principalmente por clases medias, pero también por franjas de la clase trabajadora formal antes descrita (aunque en menor medida). A diferencia de lo que pasó en 2001, cuando las clases medias protagonizaron enormes movilizaciones populares antineoliberales y giraron mayormente a la izquierda, el actual fracaso electoral del macrismo no quiebra las fidelidades políticas precedentes y las concepciones del mundo de su base social. Es decir, aun si el macrismo está por ser desalojado del gobierno, sin embargo no se habrá derrotado adecuadamente a este macrismo de base, donde se combina el rechazo a la politización de las necesidades sociales, la apología del mercado como asignador de recursos (de la crisis se sale trabajando) y el reclamo de orden y de intervención represiva contra la delincuencia y la protesta social. Reacción en espejo, de desarrollo paulatino y todavía minoritaria, al ciclo 2001: es decir, a la centralidad de la política (y el Estado) como solución a las demandas sociales, a la presencia casi permanente de la movilización callejera, a la limitación del factor coercitivo como respuesta a la protesta social y a un gobierno (moderadamente) progresista como representación estatal de este ciclo. Es decir, queda en disponibilidad una base de masas para futuras alternativas o realineamientos políticos.

En Brasil la relación de fuerzas está sustantivamente más degradada pero hay simetrías muy significativas. Según un texto reciente de Perry Anderson, la reducción drástica de la pobreza que produjo Lula logró convertir a una masa social que antes apenas sobrevivía en la economía informal en un bastión electoral del PT. “Millones fueron sacados de graves dificultades –dice Anderson– y sabían a quién se lo debían. Pero, alentado por periodistas interesados y la ideología de ese momento, el régimen se jactó de su logro como la creación de una nueva clase media en Brasil, cuando en realidad el ascenso social de la mayoría de los afectados no solo fue más modesto –trabajos formales y salarios mínimos más altos que los ascendieron a algo así como la posición de una nueva clase trabajadora– sino también más precario. Políticamente (…) la propaganda oficial tuvo un efecto bumerán: su resultado fue producir una identificación con el individualismo consumista de la clase media real, en lugar de con la clase trabajadora existente” (Anderson, 2019). Este sector popular fue elevando sus aspiraciones sociales y se sintió muy golpeado cuando la economía entró en recesión. La frustración fue particularmente sentida en los jóvenes que se habían beneficiado por las políticas precedentes y especialmente por la extensión de la educación superior. Aquí estuvo una de las fuentes de la nueva derecha juvenil que emergerá de a poco a partir de las movilizaciones de 2013.

Sin embargo, lo fundamental estaba pasando en la verdadera clase media. Continúa Anderson: “Las grandes empresas, la clase trabajadora y los pobres fueron beneficiados por el gobierno del PT. En cambio, profesionales, mandos directivos intermedios, personal del sector servicios y pequeños empleadores no lo fueron. El aumento de su ingreso fue menor en proporción al aumento del ingreso de los pobres, y su estatus se ha visto erosionado por las nuevas formas de consumo popular y movilidad social”. Es en este sector social donde anidó el grueso de la reacción popular al petismo y por eso la elección de Haddad [PT] se mantuvo muy fuerte en el nordeste pobre del país.

El bolsonarismo responde a la experiencia de los sectores medios y de la pequeña burguesía durante los gobiernos del PT y a la crisis económica y el deterioro social de los últimos años. “El antipetismo de los últimos cinco años –afirma Valerio Arcary (2018)– es una forma brasilera del antiizquierdismo, antiigualitarismo o anticomunismo de los años treinta. No fue una apuesta del núcleo principal de la burguesía contra el peligro de una revolución en Brasil. (…) Su candidatura es expresión de un movimiento de masas reaccionario de clase media, apoyado por fracciones minoritarias de la burguesía, ante la recesión económica de los últimos cuatro años”.

A esta radicalización autoritaria de la pequeña burguesía hay que agregar la influencia social del evangelismo (el 22% de la población) que, dando respuesta a los deseos de comunidad en los sectores más pauperizados de la población, ha avanzado notablemente dentro de la religiosidad popular y acumulado un notable poder político en Brasil (ya habían colocado al vicepresidente de los dos mandatos de Lula, José Alencar).

En un sentido muy general, vemos que la emergencia de un fenómeno de extrema derecha a nivel latinoamericano es una respuesta al ciclo progresista. No solo a sus gobiernos (más radicales en algunos casos, más social-liberales en otros), sino a la dinámica política que se inició con los levantamientos populares de principio de siglo y sus reverberancias políticas y sociales que impusieron límites a la ofensiva de las clases dominantes. Los casos de Argentina y Brasil encontrarían paralelos rápidos en la pequeña burguesía en Venezuela o de la media luna oriental de Bolivia, donde los componentes fascistas son evidentes. Aunque la popularidad de AMLO es todavía muy fuerte y la derecha aparece desarticulada, algunas iniciativas balbuceantes anuncian la posibilidad de un fenómeno de este tipo también en México, aunque la dinámica progresista recién está empezando y es prematuro para hacer pronósticos seguros.

Sin embargo, hay que tener cuidado en comparar la reacción autoritaria al populismo latinoamericano con el comunismo de entreguerras. No solo porque la amenaza revolucionaria frente a la cual reacciona el fascismo histórico está ausente en el ciclo progresista, con las excepciones parciales de Venezuela y Bolivia. Sino porque el país donde efectivamente avanzó un gobierno de características semifascistas como el de Bolsonaro es precisamente donde la clase obrera ya se encontraba más a la defensiva y donde la amenaza populista estaba más despejada y docilizada. El desprestigio del PT antes del impeachment era lo suficientemente amplio como para que fuera muy probable su derrota en una futura elección normal. Es necesario evitar, entonces, el exceso instrumentalista de suponer que el fascismo es simplemente la respuesta de la burguesía a una situación de crisis.

Es crucial para el próximo periodo un balance riguroso del progresismo latinoamericano, incorporando al mismo la imagen sombría que arroja la actual reacción derechista autoritaria. Durante años, el modelo del PT fue puesto como referencia por las izquierdas moderadas de distinto tipo, oponiendo los lentos avances y las amplias alianzas del lulismo con la radicalidad de la fallida experiencia de la Unidad Popular chilena o del proceso bolivariano que se desarrolló en paralelo. Sin embargo, una mirada rápida al paisaje geopolítico latinoamericano muestra una tendencia relevante para nuestros debates estratégicos: las experiencias radicales de Venezuela y Bolivia, pese a haber enfrentado las hostilidades más agresivas (golpes militares, tentativas separatistas, maniobras intervencionistas), son las que logran mayor sustentabilidad y penetración en las clases populares. La izquierda herbívora de Brasil, Argentina, Ecuador, Honduras o Paraguay, que fantaseaba con la fortaleza de su moderación, sus alianzas amplias y su política conciliadora con la burguesía, mostró rápidamente su notable debilidad confrontada a las presiones de las clases dominantes.

– Martín Mosquera es militante de la organización política argentina Democracia Socialista.

Notas

1/ Para un mayor desarrollo de la caracterización del “fenómeno Bolsonaro” y los debates actuales sobre el fascismo ver mi texto “Al borde del abismo: Bolsonaro y el retorno del fascismo”.

Referencias

Anderson, Perry (2019) “Bolsonaro’s Brazil”, en https://www.lrb.co.uk/v41/n03/perry-anderson/bolsonaros-brazil

Arcary, Valerio (2018) “¿Bolsonaro es o no un neofascista?”.

Torre, Juan Carlos (2017) “Los huérfanos de la política de partidos revisited”.

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Entrevista a Franck Gaudichaud

América Latina: ofensivas conservadoras y vuelta a la guerra de clases

Antoine Pelletier

L’Anticapitaliste, 9-12-2019

Traducción de Viento Sur

Los países de América Latina están viviendo actualmente conflictos de clase muy potentes y una represión con actuaciones enormemente violentas por parte de las fuerzas reaccionarias y estatales. Franck Gaudichaud 1/ introduce el informe que aborda la situación en algunos países y las dinámicas de esas luchas.

-Antoine Pelletier: Hace algunos meses atrás se comentaba el “fin” del ciclo progresista en América Latina. Ahora, parece que se empieza a gestar una nueva situación. Por una parte, las clases dominantes están a la ofensiva, por otra, las resistencias al neoliberalismo se expresan tanto en las calles, como en las urnas.

Franck Gaudichaud: Efectivamente, ha habido un debate sobre si asistimos sensu stricto al llamado fin de ciclo de los gobiernos progresistas, nacional populares o de centro izquierda: desde el violento fin de la gestión del Partido de los Trabajadores (PT) de Brasil hasta la crisis sin fin en la Venezuela de Nicolás Maduro, pasando por Argentina, Uruguay, Bolivia, Ecuador… En realidad, lo que se confirma más que un “fin” es el reflujo turbulento de esas experiencias y lo que aflora más que nunca son los límites estratégicos y las contradicciones de estos diferentes proyectos y sus regímenes políticos. Me remito al ensayo que acabamos de publicar sobre este tema con Jeff Webber y Massimo Modonesi 2/. Especialmente, con la crisis económica mundial y el agotamiento más o menos profundo según los países de los proyectos neodesarrollistas y neoextractivistas progresistas, se entró en una coyuntura caótica y difícil, en la que las clases dominantes, los sectores conservadores, las élites mediáticas, las burguesías financieras, las iglesias evangélicas y la extrema derecha militarista están a la ofensiva por todas partes. Esto es particularmente cierto tras la victoria de Jair Bolsonaro en Brasil, país clave en la geoestrategia regional; victoria que se inscribe en la estela del triunfo del golpe de Estado parlamentario contra Dilma Roussef, y después con el encarcelamiento ilegal e ilegitimo de Lula.

Al mismo tiempo, no existe ninguna estabilidad para esta ofensiva conservadora y/o reaccionaria; parece que las clases dominantes no encentraron la llave para asentarse de nuevo en el poder, con cierto nivel de consenso, y para construir una nueva hegemonía neoliberal-autoritaria. En Argentina, el neoliberal Mauricio Macri ha sido descabalgado por las urnas y su mandato ha estado marcado por un hundimiento económico dramático, a pesar de -o más bien deberíamos decir a causa de- la ayuda gigantesca del FMI dirigido por Christine Lagarde. En México, apareció un progresismo tardío con la victoria de López Obrador (centro izquierda), que, seguramente, no encarnará esa gran transformación anunciada, pero que, sin embargo, constituye un freno relativo a comparación con los ejecutivos neoliberales precedentes. En Venezuela, la ofensiva de la oposición apoyada a duras penas por Washington con la autoproclamación de Juan Guaidó (a finales de febrero de 2019) y la asfixia económica del país, fracasó lamentablemente. Sin embargo, el gobierno Maduro permanece enormemente debilitado, y sigue marcado por el autoritarismo, la mala gestión y la corrupción masiva, tampoco es capaz de remontar la pendiente de la economía cuando en paralelo las sanciones estadounidenses pesan mucho sobre las condiciones cotidianas de vida. Pero, hecho fundamental para el gobierno bolivariano, las Fuerzas Armadas Bolivarianas han permanecido leales al poder madurista. Otro ejemplo de la coyuntura indecisa actual, Uruguay, donde la derecha acaba de poner fin a quince años de gobiernos socialdemócratas del Frente Amplio, después de una apretada victoria en la segunda vuelta de las elecciones, con el apoyo de la extrema-derecha militarista.

Frente a esta ofensiva conservadora no estabilizada, se constata una recuperación de fuerzas populares descontentas y de las resistencias colectivas que se expresan indirectamente en las urnas con, por ejemplo, la victoria peronista en Argentina, pero, sobre todo, por abajo, con un reguero de luchas sociales. También se ve con la gran victoria democrática de la puesta en libertad de Lula (sin que por ello haya salido libre del proceso judicial) en Brasil. En resumen, hay una recomposición de la lucha de clases muy potente que configura un periodo marcado por la incertidumbre, tanto desde el punto de vista del poder como de las clases populares. Estas intentan reorganizarse, pero en un contexto degradado y sin siempre hacer el necesario balance crítico del periodo anterior, el de la “edad de oro” progresista (2002-2013). Otro dato importante: la amplitud de la represión estatal y de la criminalización de los movimientos populares con decenas de muertos en toda la región (de Chile a Honduras pasando por Bolivia), prácticas de tortura, violaciones y feminicidios por parte de una policía militarizada, desapariciones y detenciones ilegales. Desde mi punto de vista, la urgencia está políticamente ahí para quienes vivimos en Europa: ¿qué campaña de solidaridad internacionalista, amplia y unitaria, hacer para poner freno inmediatamente a estas prácticas de terrorismo de Estado? ¿Cómo aumentar la presión sobre nuestros propios gobiernos y la UE, que mira para otro lado y apoya de lleno los Estados responsables de estas violaciones sistemáticas de los derechos fundamentales?

-A. P.: Chile, Ecuador, Haití y ahora Colombia, la lista de los movimientos populares se alarga. ¿Qué se puede decir de estos movimientos, de sus raíces y sus perspectivas?

F. G.: Según diversos observadores, después de las primaveras árabes o el movimiento de los indignados en el Estado español, estamos en un contexto de revueltas globales y las insurrecciones latinoamericanas resuenan con los ecos lejanos de Líbano, Irak, Argelia, Hong-Kong o incluso, con los chalecos amarillos de Francia. Quizás es una generalidad decirlo, pero se trata de resistencias al neoliberalismo y contra el autoritarismo en un contexto de crisis de legitimidad de los sistemas políticos actuales, percibidos como dominados por “castas” políticas donde reinan el clientelismo, la soberbia y la corrupción. Si se habla de Chile, de Haití, de Ecuador, de Colombia, está claro. No obstante, no se trata de luchas globalizadas, dependen antes que nada de consideraciones locales y relaciones de fuerzas nacionales (incluso si existen influencias mutuas reales, especialmente, vía redes sociales y circulación de repertorios de acción). Este rechazo del “sistema” tiene diferentes dimensiones más o menos fuertes según el país: la cuestión de la corrupción, central en Haití, la del modelo económico y el autoritarismo en Chile, en Ecuador y en Colombia. Se trata de crisis que nacen de la precarización generalizada de la vida, de la naturaleza y del trabajo en la era neoliberal en los países del sur global. Es necesario tomar el pulso al descontento acumulado a lo largo de los últimos decenios, a las dificultades cotidianas para millones de personas para vivir y tener vivienda en las grandes ciudades o en los espacios rurales contaminados y controlados por las multinacionales, etc. y también entender la dimensión de la rabia de las y los de abajo al constatar la incapacidad de regímenes políticos muy poco democráticos para responder a estas expectativas mientras que la riqueza se acumula en un extremo de la sociedad. En el caso chileno, se trata nada menos que de poner fin a la Constitución de Pinochet, todavía vigente, hoy, en 2019…América Latina II

-A. P.: La pequeña burguesía (las clases medias) juega un papel importante en las manifestaciones populares, pero con trayectorias diferentes.

F.G.: En Chile, asistimos ante todo a una explosión de la juventud precarizada, es el alumnado de colegios e institutos, a menudo muy jóvenes, que han saltado las barreras del metro y han rechazado pagar los treinta céntimos de aumento para los billetes del metro más caro del mundo (en relación al poder adquisitivo). Verdaderamente, es una juventud que sale de los sectores populares o de las capas medias precarizadas. Globalmente, en los países del sur, amplias capas de la “pequeña burguesía” están muy precarizadas, endeudadas, sin trabajo estable y – en algunas coyunturas- acaban por seguir y acompañar las movilizaciones populares. Un elemento importante es el nivel de escolarización. Actualmente existe una juventud latinoamericana (urbana pero también rural) escolarizada, más diplomada que antes, conectada a las redes sociales, menos afiliada a los partidos políticos y sindicatos que en los años setenta y que entra en la lucha de forma más o menos espontánea y muy explosiva frente a medidas inmediatas, aunque – obvio – en momentos diferentes en cada país.

El contenido antiliberal, antiautoritario, democrático de los movimientos sociales antagónicos actuales es muy claro en Chile, en Ecuador, en Haití y ahora en Colombia, con una huelga general de una amplitud que no se había visto desde hace décadas. Al mismo tiempo, hay ingredientes locales esenciales. Por ejemplo, la cuestión del proceso de paz en Colombia que el gobierno de Duque y el uribismo han intentado torpedear por todos los medios. En Chile, la arrogancia patronal de Piñera y la militarización del espacio público han acelerado la movilización (reactivando la memoria traumática de la dictadura de Pinochet). En Ecuador, el gobierno Moreno (salido de Alianza País), se alineó con el neoliberalismo, el FMI, Estados Unidos y la patronal de Guayaquil. En Haití, el elemento fundamental es el rechazo a la casta corrupta y al ejecutivo de Jovenel, pero también las consecuencias de quince años de ocupación del país por tropas de la ONU, en particular brasileñas.

Bolivia tomó un camino distinto: también existe allí un descontento social real acumulado pero no frente al neoliberalismo, sino más bien frente al caudillismo de Evo Morales, que se presentó a las elecciones para un cuarto mandato a pesar del resultado del referéndum de 2016 [en el que resultó derrotada su propuesta de poder hacerlo], gracias a una decisión un tanto polémica del tribunal constitucional. Aunque durante los 14 años de evismo, la pobreza haya disminuido muy significativamente y se haya construido un Estado más social y plurinacional, también existen críticas sobre el modelo de desarrollo extractivista y un creciente divorcio entre la gestión gubernamental y una parte del movimiento popular. Sin embargo, el hecho fundamental para explicar el golpe de Estado contra Evo es la capitalización política de este descontento ciudadano por la derecha dura, por el comité cívico de Santa Cruz y las corrientes evangélicas reaccionarias. Camacho, el líder neofascista de las llanuras orientales, aprovechando la debilidad del MAS que perdió parte de su capacidad de movilizar a sus bases históricas, encabezó este movimiento heterogéneo donde se encuentran sectores populares, latifundistas, organizaciones indígenas, patronal, etc. Estamos en un equilibrio de fuerzas diferente. El giro de una parte de las nuevas clases medias apoyando el golpe jugó también su papel: después de aprovecharse de la buena gestión del MAS, del triple aumento del PIB y hoy tienen expectativas a las que el MAS no dio respuesta. Al mismo tiempo, la gestión profundamente clientelar de las relaciones entre las organizaciones populares y el MAS (que más que un partido es una especie de federación de organizaciones sociales) no contribuyó a blindar el gobierno frente a este tipo de desestabilización. En fin, también habría que desarrollar más y entender en detalle lo que tiene que ver con la acción del imperialismo en el golpe, que cada día aparece como más decisiva, no solo a través de la OEA en la denuncia del fraude electoral, sino también a través del apoyo activo, desde 2005, a los sectores de derechas y a los separatistas de la parte oriental, que buscaban derrocar a Morales.

-A. P.: El movimiento feminista parece especialmente potente en América Latina. ¿Podemos hablar de una nueva “ola feminista” que atraviesa todo el continente?

F. G.: Las luchas de las mujeres y el movimiento feminista son un actor clave en la recomposición de la lucha de clases y del movimiento popular antagónico en la región. Están fuertemente ancladas en la juventud y no solamente estudiantil. Han logrado establecer vínculos con una parte del movimiento sindical y del movimiento campesino. Eso se ve, por ejemplo, en la importancia del movimiento de mujeres y feminista en las luchas populares de Brasil y del Movimiento Sin Tierra (MST).

Al mismo tiempo, es un movimiento amplio, continental, transnacional, con especificidades locales. La dinámica argentina tuvo influencia en Chile, especialmente con el potente movimiento “Ni una menos” y con la lucha por el aborto, con el símbolo del pañuelo verde que se convirtió en emblema internacional. Este movimiento desbordó las fronteras e inspiró al otro lado de la Cordillera, las luchas feministas chilenas. Estas tienen sus reivindicaciones y dinámicas propias; sobre todo, después del movimiento universitario en 2018 con la masiva ocupación de las universidades en contra los abusos sexuales y la educación sexista. El movimiento en Chile se dispara con la gran huelga de marzo de 2019 y la creación anterior de la Coordinadora del 8 de Marzo que agrupa a decenas de organizaciones. El movimiento feminista latinoamericano de la última época demostró que es posible articular enfoque unitario y radicalidad, convirtiéndose en un movimiento de masas y popular. En mi opinión, encarna una gran esperanza para cualquier transformación democrática profunda, no solo antipatriarcal sino también decolonial y anticapitalista. Es un movimiento que se define contra la precarización de la vida e integra trabajadoras y trabajadores, migrantes, las reivindicaciones indígenas, las luchas LGBTQI+, etc.

En México, la lucha contra la violencia neoliberal y los numerosos feminicidios (no solo en Ciudad Juárez) constituyó un eje central de este movimiento sin que, hasta este momento, llegue a transformarse en un movimiento nacional masivo. También hubo avances en relación a la despenalización del aborto (en el estado de Oaxaca y en México capital). En Brasil, las luchas feministas con la campaña “Ele Não” (“Él no”) contra el ascenso de Bolsonaro, o incluso la gran marcha de las margaritas de centenares de miles de mujeres rurales en agosto de 2019, confirman ese compromiso. Esta última fue una marcha masiva, nacida en el feminismo comunitario campesino. Se articula con el papel jugado por militantes de la izquierda radical, más urbana, como lo era Marielle Franco, asesinada por los esbirros de Bolsonaro.

Hay una nueva ola feminista pero no en el sentido europeo o estadounidense. Es más bien, un momento histórico, muy importante, de las luchas de las mujeres y de los feminismos (que son plurales), con también algunas influencias venidas del norte, del movimiento del Estado español y la huelga feminista que une a teóricas como Silvia Federici, Cinzia Arruzza y otras, pero que parte y, sobre todo, está anclado en las entrañas de las especificidades de la América Indo-Afro-Latina.

-A. P.: Otros actores especialmente importantes en Latinoamérica son los movimientos campesinos e indígenas. ¿Cómo se puede comprender el papel progresista de esas fuerzas y en particular, su relación con el movimiento obrero?

F. G.: Ahora que conmemoramos los 25 años del surgimiento de la rebelión indígena, campesina, antineoliberal y anticapitalista neozapatista en Chiapas, creo que tendría un gran mérito extraer las lecciones de esta experiencia capital y también reactivar las redes de solidaridad con el proceso zapatista que dura desde hace un cuarto de siglo en un territorio tan grande como Bélgica y que emprendió la construcción de formas alternativas de gobierno y de vivir en un mundo al borde del colapso… El zapatismo ha logrado resistir los asaltos de las fuerzas militares mexicanas y construir, en positivo, un nuevo relato de cómo intentar, a duras penas, forjar una perspectiva poscapitalista, estando abierto a todas las luchas internacionalistas, conectado con el pueblo kurdo y con otras muchas luchas, poniendo en marcha la cuestión del comunalismo, pero a partir de las coordenadas de los pueblos mayas de Chiapas, elaborando la confluencia entre los territorios indígenas y la construcción de un poder político democrático innovador, etc. Esta experiencia es fundamental para pensar las alternativas para el siglo XXI. Por supuesto que hay límites y muchos problemas no resueltos (especialmente, en el plano económico), como lo reconocen allí mismo. La relación con las otras izquierdas mexicanas también es difícil, a menudo. Pero cuando se ve el hundimiento del chavismo en Venezuela, la ausencia de transformaciones estructurales en Argentina, la trayectoria del PT en Brasil o del Frente Amplio en Uruguay, el balance de quince años de progresismo es bastante limitado y contradictorio. Así que, a mi modo de ver, hay que volver a la experiencia zapatista y su concepción del poder desde abajo sin caer en la cantilena estratégica de “cambiar el mundo sin tomar el poder: cambiemos el mundo transformando el poder parece que nos dice el zapatismo…

En relación a los actores movilizados en el resto del subcontinente, se podría aventurar que asistimos al retorno de la emergencia plebeya destituyente, como a finales de los años 90 o principios de los años 2000, durante las grandes confrontaciones frente al neoliberalismo, con la CONAIE 3/ en Ecuador, la dinámica del Movimiento Sin Tierra en Brasil, la “guerra” del agua y del gas en Bolivia, el qué se vayan todos en 2001 en Argentina e incluso ante las revueltas urbanas del tipo Caracazo en Venezuela. Son actores variados, salidos de formaciones sociales en las que lo popular engloba una gran multiplicidad de fracciones de clase. En las últimas semanas, vimos de nuevo movilizados -según el país- movimientos indígenas y de la clase trabajadora, las y los sin techo, gente parada (los piqueteros), jóvenes, las y los mismos que habían abierto un nuevo ciclo político posneoliberal a principios del siglo XXI.

Hoy asistimos a una nueva explosión plebeya, en la que las y los indígenas, se ha visto en Ecuador, juegan un papel central. Son capaces de hacer temblar al gobierno neoconservador de Lenín Moreno. En Brasil, habrá que ver cómo se va a posicionarse el MST, porque los vínculos con el PT han sido muy fuertes durante mucho tiempo, lo que le ha paralizado ampliamente. Pero, con el movimiento contra las represas (MBA), el movimiento de las margaritas, las luchas ecoterritoriales alrededor de la Amazonia y frente a la ofensiva de la extrema derecha, hay una reactivación de las resistencias. Los sectores campesinos e indígenas están en el centro de los ataques del neoliberalismo, se encuentran también entre los decepcionados de las experiencias progresistas y, por lo tanto, encarnan un actor muy importante. Mientras Evo Morales y Garcia Linera están en el exilio en México, son los Ponchos Rojos 4/ quienes llevan la ofensiva para responder a la dimensión ultra violenta del golpe de Estado boliviano.

Esto no impide que también haya resistencias obreras y urbanas; son fundamentales pues están el corazón de la relación capital-trabajo. En Ecuador, ha sido la unión de los movimientos urbanos e indígenas la que ha dado dinámica nacional a la revuelta contra Lenín Moreno. En Chile, el movimiento salió, sobre todo, de las poblaciones urbanas, de la juventud urbanizada y escolarizada, de una parte de la pequeña burguesía, pero también del sindicalismo: la Unión Portuaria de Chile está en el centro de la revuelta actual y del movimiento de la huelga nacional, al igual que una parte de las organizaciones sindicales en la Mesa de la Unidad Social alimenta esta rebelión. En mi opinión, incluso es ahí donde se va a jugar la salida de la crisis chilena: la capacidad de la clase trabajadora de entrar en movimiento nacional y bloquear la economía será la batalla decisiva contra Piñera y contra la represión del Estado, inédita desde 1990.

Pero también hay contradicciones desde este lado: en Bolivia, una parte de la dirección de la Central Obrera (COB), con su llamamiento a la renuncia de Morales para “pacificar el país”, se puso de hecho del lado de los militares y, por tanto, ¡apoyó el golpe de Estado! El movimiento obrero no está siempre listo para la lucha, lejos de eso. Las grandes centrales, la CUT chilena, la CUT brasileña, tienen grandes dificultades para volver a articular un movimiento de resistencia frente a los gobiernos de extrema derecha o neoliberales, porque desde hace tiempo son correas de transmisión de varios partidos “progresistas”. Y uno de los desafíos del periodo es precisamente reconstruir un sindicalismo combativo e independiente de las instituciones, arraigado en los lugares de trabajo y territorios.

Notas

1/ F. Gaudichaud es profesor de historia latinoamericana en la Universidad de Toulouse Jean Jaurès (Francia) y miembro del comité editorial de la revista Contretemps.

2/ En castellano, disponible en línea: http://ciid.politicas.unam.mx/www/libros/gobiernos_progresistas_electronico.pdf.

3/ Confederación de las nacionalidades indígenas de Ecuador (NdelT).

4/ “Milicia” de la etnia aymara, originaria de la región del lago Titicaca en el cruce de Bolivia, Perú, Argentina y Chile (NdelT).