Con Geru Aparicio Aviña, especialista en violencia de género

“A los hombres nadie les ha informado que tienen que deconstruir su concepto de masculinidad”, sostiene –entre otras cosas– esta mexicana, y argumenta por qué esto es clave para que la lucha por los derechos de la mujer no se convierta en un pretexto de redobladas agresiones. Lo hace no desde la teoría, sino desde un largo buceo en las mentes de los feminicidas y sus víctimas, lo que también la ha convencido de que el feminismo está en la base de una lucha efectiva por los derechos humanos.

Carolina Notalgiovani

Brecha, 6-12-2019

Correspondencia de Prensa, 8-12-2019

Geru Aparicio Aviña es psicóloga, investigadora, terapeuta corporal y especialista en victimología, masculinidades y derechos humanos. Ha trabajado en México con víctimas de violencia de género y varones generadores de violencia o en tentativa feminicida, tanto en el peritaje de los procesos judiciales como en terapia. En Uruguay trabajó capacitaciones en el Ministerio del Interior.

—¿En qué consistió tu trabajo con el Ministerio del Interior?

—Estuve capacitando durante tres años, patrocinada por el Banco Interamericano de Desarrollo y Unfpa, para profundizar en varias líneas con perspectiva de género y enfoque de derechos humanos lo que serían las masculinidades. Y también en las consecuencias en quienes trabajan en la atención de víctimas y victimarios, como el burnout, el trauma vicario y la fatiga por compasión. Son síndromes que pueden padecer quienes trabajan directamente con experiencias humanas dolientes.

—¿Y detectaste que eso les pasa acá a los funcionarios policiales también?

—Sí, a los policías o a quienes atienden directamente a mujeres víctimas u hombres generadores de violencia. Ese personal tiene que tener herramientas especiales para comprender los fenómenos humanos y todos los síndromes que convergen en estos contextos de violencia, porque, de lo contrario, es muy fácil desesperarse. Hay una brecha cognitiva entre quienes trabajamos y nuestros usuarios y usuarias. Lo que yo hago es trazar puentes epistémicos de comprensión de los fenómenos, para, por ejemplo, entender por qué las víctimas responden de tal o cual forma.

—Un ejemplo de esto –lo mencionabas en una entrevista– es que la policía llega a un lugar porque se hizo una denuncia y la mujer intenta evitar que se lleven al agresor. Eso, a nivel social, es leído como: ¿para qué denuncian si después no dejan que la policía actúe?

—De ahí la importancia de la victimología, que es una ciencia penal muy especializada y se construye desde la transdisciplina para explicar estos fenómenos. Este lo explicamos desde la psicología de la supervivencia. Imagínate una mujer en una situación de riesgo: ya tiene en su memoria corporal, en su sabiduría, que si ella no responde así, este hombre la puede matar. Eso se llama síndrome de adaptación paradójica al agresor. Este síndrome está al servicio de la supervivencia. Si la mujer no tiene la garantía del Estado de que va a estar protegida en su vida y su integridad, y de que también lo van a estar sus hijas e hijos, sus mascotas y otras personas a su cuidado, tiene que hacer todo para mantener ese locus de control externo sobre este hombre, que es el que genera violencia. En el momento en que ponemos la atención en ella y sus mecanismos de supervivencia, dejamos invisibilizado a quien realmente cometió el delito. Entonces, a los sistemas de administración de justicia yo les digo: dime el delito de codependencia, dime el delito de dependencia emocional, afectiva, dime el delito de baja autoestima… ¡Eso no existe!

—Cuando es la propia justicia la que pone el foco en la mujer…

—¡Claro! Es muy perverso, porque se le está pidiendo a la mujer, que está armando como puede sus mecanismos de supervivencia, que sea quien sostenga un procedimiento, cuando es obvio que si está en una condición de víctima, no tiene los recursos psíquicos, físicos ni económicos para poner distancia, en ese momento, de quien la está agrediendo.

—Y sostener una decisión que quizás ella misma había tomado…

—No, no es posible que el sistema sea tan perverso como para pensar que ella sola va a poder con eso. Una parte de las herramientas de profesionalización es hacer estos ejercicios, visibilizar que el síndrome de adaptación paradójica al agresor tiene varios niveles, pero atiende a una necesidad de supervivencia. Incluso cómo tiene que ser la interacción de quienes tengan que intervenir en ese momento, para detener la escalada de violencia. Una mujer que está siendo golpeada en la calle es una mujer en riesgo feminicida; es cuestión de tiempo. Ya son focos rojos que indican que tenemos que intervenir. Esta es una información que también debe socializarse, porque todas las personas podemos vernos expuestas a un evento así y debemos tener la capacidad de intervenir ahí mismo. No quiere decir que la violencia vaya a desaparecer, pero en ese momento estaremos dejando de normalizar e invisibilizar un evento de violencia, que todo el mundo debería estar enfocado en desmontar.

—Las personas no saben muy bien cómo actuar a veces…

—Tiene que ver con el autocuidado. No te vas a acercar porque te van a aventar; eso es más que evidente. Nadie te va a felicitar ni te va a agradecer. Tiene que haber una distancia prudente, pero puede haber un grito: “¡Gente, ¿qué pasa?, ¿necesitan ayuda?!” u “¡Oye, llamo a la policía!”. O sea: interrumpir. No es tan complicado. ¿Qué espera la mayoría de la gente cuando desconoce este síndrome? Que la mujer diga: “Muchas gracias, acaba de salvarme la vida”. O que el hombre diga: “Oye, muchas gracias por evitar que le siga dando golpes a mi esposa”. Obvio, no ocurre. Entonces, de entrada, ya sabes que vas a molestar, y de eso se trata. Quitar el foco de atención de la escalada de violencia y que ellos se sientan moralmente observados, es una sanción moral. La misma lógica aplica si escuchamos que esto ocurre en una casa lindera o si hay niños involucrados. No es posible que un niño lleve 15 minutos llorando y nadie haga nada; por lo menos tienes que ir a ver: “¿A la mamá se le ofrece algo?”.

—Tú has señalado que los varones generadores de violencia no se reconocen como violentos la mayoría de las veces. ¿Cómo se trabaja en estos casos?

—En el Ministerio del Interior en México y en Fiscalías trabajamos con alguien que fue detenido y tenemos hechos concretos, tangibles y observables de que es generador de violencia. Imagínate que si aun así les cuesta trabajo la identificación y el reconocimiento, es porque es algo cultural y estructural. Lo importante es empezar a trabajar en género antes de que aparezcan los delitos, antes de que aparezcan las transgresiones. Es una premisa básica de la educación: a nadie le enseñas a ser bueno diciéndole que es malo. Hay una gran importancia en sensibilizar, porque cuando llega la justicia ya hay daños, ya hay víctimas, la violencia ya está enquistada en un sistema familiar. Hay que empezar a ver la violencia de género como dice la Organización Mundial de la Salud: como un problema de salud pública. ¿Qué herramientas le estamos dando a la población para manejar las emociones disruptivas que tienen que ver con la masculinidad hegemónica? ¿Qué elementos les estamos dando a los padres, a las madres, a las figuras de crianza a la hora de implementar la visión de género con sus hijos varones? Realmente no hay programas para empezar a inculcar en la niñez las herramientas para la gestión emocional, para asumir la igualdad, para la deconstrucción de género.

—Esas son incluso herramientas para la vida. Si los varones aprenden a gestionar sus emociones, no sólo mejorará el vínculo con sus parejas.

—Yo siempre arranco mis capacitaciones diciendo que en América Latina, en general, somos analfabetos emocionales, porque en el kinder y en la educación básica a nadie se le dio herramientas para tolerar la frustración y controlar los impulsos. Con los varones hay que trabajar en varios niveles. Uno de reflexión, para lo cual viene bien la terapia cognitivo‑conductual, el psicoanálisis o cualquier corriente. También tenemos un nivel corporal, porque esto está tan arraigado, es tan inconsciente, que hay que trabajar donde tienes atoradas las emociones, trabajar sobre cómo se estructura tu cuerpo. Yo soy terapeuta corporal; los hombres tienen una conformación corporal que funciona también como dispositivo para ejercer el poder, por eso es importante trabajar mucho desde ahí. El último nivel se trabaja a través del árbol genealógico –se llama psicogenealogía–, en el que vamos viendo los patrones que se repiten, pero no sólo los de violencia, sino todos los signos y los síntomas de pertenencia de este sistema. Muchas veces el ejercicio de control, de dominio, que hacen los hombres, aunque sepan que está mal, es la manera en que pertenecen al sistema familiar, porque el padre lo hacía así o incluso el abuelo. En México es muy común saber que cuatro o cinco generaciones para atrás hubo feminicidios. Se trata de entender que hay otras maneras de pertenecer al linaje ancestral de hombres y, a partir de eso, conectar a estos varones con prácticas de una masculinidad no tóxica. Una parte de mi trabajo con víctimas de violencia es también sanar esa parte ancestral, donde se replican patrones en las mujeres que son víctimas de violencia, porque alguna mujer ya vivió esto.

—Algunas lecturas plantean que no necesariamente hay más violencia de género, sino que las mujeres se están animando a denunciar más. Pero otras dicen que hay un recrudecimiento de la violencia porque las mujeres hemos conquistado más derechos, más autonomía, lo que genera nuevas resistencias. ¿Cómo ves esto?

—Sí, es así. En la política pública tenemos el Instituto de las Mujeres, fiscalías especializadas, organizaciones sociales, organizaciones feministas. O sea, hay una red de información para las mujeres, pero a los hombres nadie les ha informado que tienen que deconstruir su concepto de masculinidad; no hay una política pública como tal. Entonces existe una brecha entre las políticas feministas y de establecimiento de derechos humanos de las mujeres, lo cual es fantástico, pero lo estamos viendo como un fenómeno que exacerba la violencia de los hombres, quienes no se sienten ni notificados, ni siquiera articulados, para un pronunciamiento colectivo político acerca de la deconstrucción de las masculinidades tradicionales. Tanto es así que el 19 de noviembre, que es el Día Internacional del Hombre, estábamos haciendo la broma de: “¿Y dónde están las marchas de los hombres?”. Porque es justamente el día en que tienen que reflexionar acerca de la construcción de su masculinidad. Es siempre la pugna: “¿Por qué hay un Instituto de las Mujeres y no uno de los hombres?”. “Pues ¿qué están esperando para organizarlo, que las mujeres se lo organicemos?” “Es algo que debió haber hecho el gobierno.” A ver, Estado, país, somos todos, no solamente quienes están ahí por haber sido elegidos. Hay organización social y civil, hay colectivos, hay comunidad. La cuestión es qué estás haciendo tú para deconstruir.

A su vez, las mujeres ya no quieren cumplir el rol de reguladoras emocionales de sus parejas. Por eso también tantos hombres se suicidan. Lo quiere dejar y a este hombre se le acaba la existencia, porque ya no hay quien le procese las emociones.

—¿A qué te referís concretamente con las mujeres como reguladoras emocionales?

—Esto de la interpretación de las emociones y el servicio. “¿Estás triste?”, le pregunta la mujer a su compañero. El hombre llega de ser el proveedor y deposita en ella su padecer cotidiano: “Es que mi jefe hizo esto y pasó esto otro”. Él descargándose y ella dándole un feedback. Este hombre de repente ve que la mujer con la que lleva 20 o 30 años casado –que no sólo le da servicios domésticos, sino que también se ocupa de interpretarle los fenómenos– se le va, y colapsa, su psique se fragmenta. Entonces la mata, porque finalmente ella es este control de impulsos y no le está prestando los recursos para mantenerlo. Ahí es cuando se aniquila. No puede verse sin ella. Primero la mato porque es mía y de nadie más, y cómo se atreve a dejarme. Mi honor se ve cuestionado ante mí y la sociedad. En los hombres que he podido entrevistar que hicieron tentativa de suicidio, pero no la lograron, generalmente es así. Se dan cuenta de que la mataron y se les empieza a caer todo. Es una fragmentación de la psique.

—Respecto del tema del honor, me imagino que por la cabeza del feminicida debe de pasar algo como: “Me dejó por otro y la maté. ¿Cómo salgo mañana a la calle con los ojos de todo el mundo sobre mí?”.

—Sí, sí, “el cornudo”. Muchos, cuando tenían a sus esposas en terapia intensiva, porque habían intentado matarlas, me decían: “Yo ya le había perdonado varias infidelidades”. Y yo les respondía: “¿Qué te costaba perdonar otra más?”. O sea, ¿qué cambió?, ¿por qué antes sí y ahora no? Lo que me respondían era: “Pero es que esta vez se enteraron mis hermanos y mis padres”. Entonces, cómo quedaba él, ¿no?

—¿Las políticas públicas en México incluyen las masculinidades como perspectiva de género a nivel de salud, educación y cultura?

—Como tal no, porque todavía no se vislumbra. La política pública en masculinidades es incipiente; son políticas cuyo beneficio se ve a mediano y largo plazo. Y no puede quedar en manos de un solo instituto. No es del Instituto de las Mujeres nada más, porque sabemos perfectamente que es una cuestión estructural, cultural, que tiene que atenderse desde la Secretaría de Educación Pública, desde los ministerios y las secretarías de salud, todos con esta misma visión. La propuesta es que estos enfoques de género sean una política interinstitucional, que haya un órgano que ejerza como centro de articulación para toda la política pública, que se trabaje en masculinidades en el liceo, en el kinder, en la universidad; en toda currícula debe haber materias de género, de masculinidades.

—¿Cómo ves este tema en Uruguay?

—Así como el Ministerio del Interior tiene la División de Políticas de Género, cada ministerio debería tenerla. Debería haber un ministerio rector de los otros, para que sea una verdadera política pública interinstitucional en el trabajo de masculinidades, que es en lo que falta sensibilizar. El Instituto de las Mujeres puede quedar como el rector de la política pública respecto de los derechos humanos de las mujeres, pero creo que no le puedes dejar a él las problemáticas masculinas. Entonces, o viene desde el Ministerio del Interior o viene de la Secretaría de Salud. Porque parte de lo que hemos trabajado es cómo esta masculinidad tradicional tóxica tiene que ver también con los niveles de riesgo, de enfermedad, de suicidio por ser hombre y con todos los mandatos masculinos donde se disponen conservar esta identidad.

Uruguay, con tres millones y medio de personas, es un país que se presta para una experiencia así. Se puede empezar con Montevideo, con un millón y medio, a armar a en la Intendencia los programas, con todas las instituciones. No es como la Ciudad de México, donde, cuando yo empecé, ya éramos nueve millones. Entonces, hacer este trabajo de política pública en masculinidades fue muy incipiente, fue apenas poner el tema en la mesa. Y con todas las resistencias: “¿Por qué vamos a trabajar con ellos, cuando son las mujeres las que lo necesitan?”. Por eso es muy difícil hacerlo desde las instancias de las mujeres: porque hay una pugna por recursos económicos y personales.

—¿Hay algún país que pueda tomarse como referencia en cuanto al trabajo con las masculinidades?

—Te puedo decir Costa Rica, que es un país que ya tiene el trabajo con masculinidades como política pública. Está Panamá, que trabajaba con hombres generadores de violencia doméstica, pero privados de libertad, con un enfoque de género.

—México, en términos absolutos, supera ampliamente a Uruguay en cantidad de feminicidios (898 versus 30). Pero proporcionalmente, según datos de la Cepal, estamos por encima de ustedes, pues tenemos 1,7 cada 100 mil habitantes y ustedes 1,4.

—Te voy a decir por qué es tramposa esa cifra. México no tiene estadísticas de feminicidio como tal, sino de “mujeres en defunción”. Ahí, en el global, están las que murieron por enfermedades, suicidio, atropello, etcétera. Muy pocas fiscalías ponen el tipo penal de feminicidio; ponen “homicidio”, “suicidio”, “lesiones”, a la hora de informar internacionalmente, obvio.

—¿Está subvalorada la cifra?

—Tiene que ver con la tipificación del delito. Esa es la lucha, justamente: que toda muerte violenta de una mujer sea tipificada como feminicidio. Ningún Estado quiere poner los números de feminicidios. Es una cuestión política. De hecho, como investigadora, les hago más caso a colegas como María Salguero, que hizo el mapa de feminicidios con Google Maps a partir de las notas del periódico –sacaba información de la víctima: edad, Estado, cómo murió–. También al Observatorio Nacional del Feminicidio, otra organización social, que hace sus números. Ahí tenemos la cifra de nueve mujeres diarias, porque sabemos que las fiscalías no tipifican como feminicidios las muertes violentas. Entonces dicen: fue una lucha entre cárteles y murieron 20 narcotraficantes. Y cuando investigas, no. Entró un grupo armado y acribilló a las hijas y a la esposa de… Todo eso es feminicidio, porque las matan por ser las esposas de. O sea, no los matan a ellos: van por las mujeres, porque su cuerpo es igual a territorio. Esa visión la trabaja bien la antropóloga Rita Segato en México.

—En una entrevista dijiste que el feminismo es la raíz de los derechos humanos. ¿Por qué?

—Sí, porque te da herramientas para comprender lo que te indigna. La dignidad es una experiencia que se vive cuando te despojan de ella. Entonces, cuando no tienes el feminismo, te sientes como la loca que estás mal: “¿Cómo es posible que yo me indigne porque me ponen los cuernos, cómo es posible que me indigne la cachetada, cuando todas me están diciendo que es lo normal?”. Esta cultura patriarcal minimiza la indignación. El feminismo ha sido el pronunciamiento político, social y filosófico que les ha otorgado a las mujeres esta comprensión del derecho a vivir una vida libre de violencia. Es lo que te da la estructura y te permite decir: “Esta rabia, esta indignación, es sana, y yo no tengo por qué vivir esto. Me permito autoconcebirme de otra forma y decir que el sistema es lo que está mal. El sistema se beneficia de mi depredación, de mi tristeza, de mi depresión, de la violencia a la que estoy sujeta”. El feminismo te da herramientas para la lucha y para el pronunciamiento por una vida libre de violencia.