Para los sectores medios urbanos de Colombia, tradicionalmente alejados del conflicto social en el campo, la revelación de que el ejército había asesinado, en agosto, a 8 niños en un campamento guerrillero y la posterior ejecución, a manos de la policía, del estudiante de 18 años Dilan Cruz, han sido un recordatorio de que a tres años del acuerdo de paz con las Farc uno de los firmantes continúa en guerra.

Giovanny Jaramillo Rojas, desde Bogotá

Brecha, 6-12-2019

Correspondencia de Prensa, 6-12-2019

I.

“La muerte violenta de cualquier ser humano, en la circunstancia que sea, debería ser motivo de movilización y denuncia. No obstante, aquí, en Colombia, todo eso lo pasamos por alto, digamos que porque tenemos una altísima tolerancia al horror, pero ya hay cosas que realmente lo superan todo: niños asesinados por el Estado y pasados por guerrilleros. No, olvídense: si eso no nos une como sociedad, como país, ¿qué es esta mierda? Ya es suficiente que nuestros abuelos y padres se estén muriendo mientras esperan una autorización para un medicamento o una cirugía; no es posible que la educación sea un privilegio y que les expriman todo a los jóvenes para poder sacar una carrera adelante; es una porquería que nieguen que en Colombia hubo y sigue habiendo un conflicto armado, y que la única paz que quieren algunos, sobre todo los más poderosos, sea la paz de los sepulcros. Aquí, más allá del problema de representatividad política que tenemos desde hace años, el verdadero inconveniente es que nos están matando, en el campo, en las ciudades, en los desiertos, en las montañas, en las veredas; nos están matando de muchas maneras y nadie hace nada. Lo de los niños fue el ingrediente que hizo estallar la olla a presión en la que estamos todos anegados. Esta serie de paros es la muestra no de una simple indignación, sino de un cansancio que nos tiene viviendo con mucho miedo y como enemigos.” Catalina Fuenmayor, arquitecta de 32 años, mientras se maquilla en el baño de su departamento para salir a una de las tantas marchas que se convocan en Bogotá desde el 21 de noviembre.

II.

“La indignación es un problema, porque lo masifica todo y pone a la población a quejarse, y no a actuar con bases de fondo. ¿Qué se debe hacer frente al hecho violento estatal? No creo que precisamente sacar pañuelos blancos. No digo que si nos están matando, como pasó con Dilan Cruz, nosotros debamos ir a matar a todos los policías, pero sí hay que resistir desde ahí, desde el enfrentamiento, porque sólo así ellos entenderán que estamos dispuestos a todo lo que sea necesario para cambiar la realidad del país. El paro ya se convirtió en un espacio de fiesta, en el que la gente anda por ahí bailando, tomando y fumando, con carteles y conciertos por todos lados, y cosas que no representan ningún inconveniente para lo establecido. Así fuimos conducidos a no molestar a nadie, a las buenas maneras de ellos y a permanecer aislados en plazas y parques, como si fuéramos un evento cultural, y no un paro nacional que pide cosas concretas. Hay que volver a salir y bloquear las avenidas, tomar estaciones de Transmilenio, tachar edificios públicos, incomodar. Pero no. La corrección política no lo permite, porque creen que una revolución se hace a punta de redes sociales y camisetas blancas. Mataron a un muchacho de 18 años; eso en muchos lugares del mundo ya es un motivo suficiente para incendiarlo todo, en contra de la impunidad y el abuso de poder. Ahora, con ese discurso marica del vandalismo, nos tienen asustados, inmovilizados y, de paso, criminalizados a todos los que creemos que la línea de resistencia debe mantenerse.” Rodrigo, estudiante del sexto semestre de Ingeniería Química de la Universidad Nacional. Su rostro va encapuchado, y dice tener en la mochila todos los implementos para fabricar rápidamente una bomba molotov.

III.

“La violencia no nos llevará a ningún lado. O, bueno, sí: la violencia nos trajo a este punto de discordia e intolerancia. Nos arrastró sin clemencia y nos sumergió en una noche que, en teoría, debió terminar con el acuerdo de paz. La violencia no debe ser ni un medio para conseguir algo ni un fin, la violencia debe ser erradicada y suplantada por la alegría. Si nos quedamos pensando en el dolor, nos seguiremos llenando de rencor. No digo que debamos olvidar las atrocidades que se cometen en este país, sólo tenemos que repasarlas y tenerlas muy claras para mostrarlas y hacernos escuchar para que nunca más vuelvan a suceder. Tantos años de guerra que vivimos, y a mí me parece que mucha gente vive desmemoriada, metida en su cajita de fósforos, ciega, sin ver las cosas tal como están sucediendo. Dilan era colombiano, el policía que murió también era colombiano, los niños de la Guajira que mueren de hambre son colombianos, los indígenas y los campesinos que no dejan de ser desplazados de sus tierras son colombianos, la clase media que trabaja todos los días y vive endeudada sin la posibilidad de redención también es colombiana. Hay que ser muy indolente e insensible para justificar algunas muertes y miserias, y, de paso, condenar otras. Yo salgo a marchar porque creo que esta es la única vía de cambio posible: la organización popular, la cohesión social, la unión nacional. Y grito: ¡sin violencia! Una y otra vez, hasta quedarme sin voz.” Clemencia Vargas, maestra de escuela de 46 años, mientras camina perdida en una multitud que va sobre la Avenida Séptima en dirección al centro neurálgico de Bogotá.

IV.

“Creo que la última vez que hubo manifestaciones tan masivas en Colombia fue en 1977, cuando literalmente toda la sociedad se unió para pedirle al presidente de entonces que cumpliera con lo que había prometido. Tengo entendido que ese paro fue obrero, pero el caso es que hasta hoy nunca más se vieron movilizaciones tan grandes e inclusivas. Esto es importante, no hay que dudarlo: nos metieron toque de queda, militarizaron zonas de la ciudad, nos pusieron helicópteros a volar sobre nuestras concentraciones, algunas empresas modificaron sus horarios, el transporte público no funcionó normalmente. Logramos que sintieran miedo. Quizás son pequeñas cosas, pero lo cierto es que esto es del pueblo. Y el pueblo, este pueblo que marcha, parece no reconocer clases sociales ni clasismos de ningún tipo: estudiantes de universidades privadas marchan con estudiantes de universidades públicas, personas ricas al lado de personas pobres, la comunidad Lgbtiq al lado de familias heteronormadas; la gente de la rama judicial, los comerciantes, los profesores, los obreros, los indígenas, los campesinos y, sobre todo, la gran clase media, a la que pertenezco, que siempre mira hacia otro lado cuando de luchar por sus derechos se trata, se ha unido al coro del agotamiento. Todos pedimos acciones concretas, en salud, pensión, educación, empleo y otras cosas aun más urgentes: que no nos ignoren, ni nos repriman, ni nos maten; que nos respeten y seamos tenidos en cuenta para la consolidación del país que nos merecemos. Seguiremos en contra de este gobierno inepto, en contra del neoliberalismo, en contra del asesinato de líderes sociales, niños y estudiantes; en favor de la implementación del acuerdo de paz, en favor de la liberación de las mujeres y en favor de la unión latinoamericana.” Diego Velázquez, estudiante del tercer semestre de Comunicación, en una de las concentraciones más grandes en la Plaza de Bolívar.

V.

“La cultura es lo único que nos puede liberar de la opresión política y social. Este cacerolazo sinfónico es una muestra de eso: músicos de todos los estratos, de conservatorio, empíricos, callejeros, profesionales, jóvenes, viejos… No nos amilanamos ante el miedo que quieren infundirnos. El pánico tiene que ser de ellos y nosotros lo seguiremos reproduciendo con lo que más les duele: con música, con baile, con arte. Las acciones violentas del Esmad los dejan mal posicionados sólo a ellos. Si pretenden legitimar el uso indiscriminado de la fuerza, nosotros legitimaremos la fiesta como modelo de lucha social. Este gran nosotros que hemos construido en los últimos días no sólo se está volviendo invencible, sino que también está mutando en una sonrisa colectiva que sueña y lucha por ese sueño.” Cindy Peña, madre de tres hijos, ama de casa y vecina del Parque de los Hippies, lugar de confluencia de diferentes manifestaciones que apoyan el paro desde el arte y la cultura.

VI.

“Aquí nadie grita en nombre de partidos políticos. Esa clase dirigente, rancia, es la que tiene este país vendido y a la gente empobrecida. Si te vas al lugar donde mataron a Dilan, ya no encuentras ninguna ofrenda, porque los asesinos han vuelto a aparecer para quitarlo todo. A mí no me meten los dedos en la boca. La violencia en Colombia es violencia de Estado. O vayámonos al Caquetá, al lugar donde los buenos oficiales del ejército nacional asesinaron a ocho niños, a ver qué encontramos. ¡Encontramos miedo y desazón! Que la gente de las ciudades se esté dando cuenta de lo que pasa en las inmensidades de la Colombia rural ya es un paso enorme. Yo he discutido con toda mi familia: mi madre, mis hermanos, mis hijos, mi esposo. Esto es lo que ha logrado el paro: politizarnos, que nos pongamos a hablar sobre todo lo que antes permanecía en silencio y que en verdad empecemos a visibilizar un porvenir alejado de la muerte. Aquí nadie quiere un plebiscito, no queremos cambiar la Constitución, sólo queremos gestiones específicas que empiezan con un diálogo incluyente, democrático y eficaz.” Isabel Torres, abogada de 58 años, frente al hospital San Ignacio, donde murió Dilan Cruz.