Con el historiador Gerardo Caetano

Si el arranque del oficialismo rumbo al balotaje no fue el mejor, la estrategia electoral de los blancos, para un “gobierno multicolor”, parece consolidarse con éxito. Pero si el Frente Amplio hiciera el bien de asegurar un discurso que le hable al Interior urbano, donde están buena parte de sus votos fugados, blancos y colorados deberían advertir los riesgos –electorales y de gobierno– de abrazarse a la ultraderecha.

Víctor Hugo Abelando

Brecha, 1-11-2019

Correspondencia de Prensa, 4-11-2019

—¿Qué lectura se puede hacer de las elecciones?

—Partamos de un balance macro. El Frente vota por debajo de sus expectativas, acrecidas luego de la arremetida (sobre todo, montevideana) de octubre. Pero, en función de lo que se venía dando en la campaña desde fines de las internas, no vota tan mal. Pero pierde entre siete y ocho puntos respecto de 2014, aproximadamente 170 mil votos, lo que se traduce en dos senadores y ocho diputados menos. En particular, se advierte una importante fuga de electorado en el interior del país. El Frente descuida el Interior urbano, que fue el que le dio el triunfo en 2014. Este bajón clave tiene que ver con muchas cosas: una fórmula muy montevideana, la falta de respuestas concretas a un estancamiento de la economía que impactó con mucha fuerza en los pequeños y los medianos productores, el peso evidente del factor inseguridad (la reforma tuvo una muy alta adhesión en todo el Interior, en especial en los departamentos de la frontera con Brasil), etcétera. El tema de la seguridad movió efectivamente la aguja y lo hizo más allá de los liderazgos. A pesar de que no fue aprobada, la reforma Vivir sin Miedo fue respaldada por casi el 47 por ciento de los uruguayos, sin el respaldo de los principales liderazgos. Ningún candidato presidencial respaldó la iniciativa, ni siquiera Guido Manini Ríos. Sin embargo, hubo una fuerte correlación entre el voto de blancos, colorados y cabildantes con un apoyo abrumador a la reforma. Mientras tanto, el apoyo de los frentistas estuvo en el entorno del 10 por ciento. Eso quiere decir que el factor seguridad movió la aguja y lo hizo a favor de la oposición. El tema económico, sobre todo por el impacto en los distintos sectores agropecuarios, también influyó en el voto en el interior del país.

El PN (Partido Nacional) no hace una gran elección, porque baja respecto de la anterior, pero consolida exitosamente, en el plano electoral, la estrategia de Luis Lacalle Pou. Desde el vamos, él sostuvo que el PN aspiraba a ser el partido que encabezara una coalición multicolor, que incluso incorporara a Cabildo Abierto (CA) y al Partido de la Gente, junto con el PC (Partido Colorado) y el PI (Partido Independiente). En términos electorales, ha sido, sin duda, una estrategia exitosa. Sin embargo, en clave de formación efectiva de un gobierno cohesionado y no orientado a la derecha, no sólo para pelear la segunda vuelta, resulta una apuesta muy riesgosa. Se naturaliza la aceptación en la coalición de gobierno de un partido con posiciones extremistas y de derecha dura, como CA. En el PN no hubo siquiera un amago de reticencias al respecto. Por otra parte, las advertencias de Talvi (“un océano de distancia”) y Mieres (grandes dudas sobre la condición democrática y las propuestas en derechos humanos de CA) quedaron rápidamente en segundo lugar, frente a la “realidad” de los resultados. Durante décadas, en Europa, la derecha y la centroderecha tenían el pacto tácito con el centro, la centroizquierda y la izquierda de que con la ultraderecha nada, en términos de cogobierno. En el democrático Uruguay, la naturalización de ese paso riesgoso fue inusualmente rápida e incondicionada. Como prueba simbólica, esta semana el Comité Ejecutivo del PC, con Sanguinetti como un exultante maestro de ceremonia, recibía en un clima de euforia a Lacalle Pou. Se ignoraba por completo la gravedad histórica del hecho incontrastable de que se estaba dando la cuarta elección consecutiva en que el PC quedaba en una tercería lejana y subordinada respecto del PN. Con el agravante de que por poco no perdió ese tercer lugar con Cabildo. El clásico partido de gobierno uruguayo tiene un futuro comprometido y poco para celebrar tras los resultados del domingo.

—La otra singularidad es que hay un actor nuevo en el escenario político.

—Es la primera vez que un partido completamente nuevo –en este caso, nacido en febrero del año electoral– absorbe a la derecha de los partidos tradicionales, a la familia militar y a los núcleos duros de reacción antifrentista. También incorpora, probablemente, sectores populares que antes votaron a Mujica y que responden a una lógica de convocatoria populista. Me explico: el sentido correcto del término “populismo” no responde a una orientación ideológica, sino a una manera de hacer política, en la que prima la convocatoria de un liderazgo carismático. En este caso, además, como ha ocurrido en América Latina y Europa, ese liderazgo carismático se corresponde con la propuesta de una arcadia regresiva: el retorno de la autoridad, del orden, de la “normalidad” en la relación entre los géneros; el fin del relajo, del recreo para el malandraje; el retorno de la honestidad frente a la corrupción, etcétera. En ese discurso, Cabildo Abierto es un partido exitoso, porque si se toma el escrutinio primario, se observa que su crecimiento coincide con la caída de los votantes del FA, pero también con la de los dos partidos tradicionales, que bajaron sus sufragios respecto del mismo registro de 2014: el PN perdió más de 30 mil votos (dos diputados), mientras que el PC votó prácticamente igual que hace cinco años (3.600 menos, pero con la misma representación parlamentaria).

—Este desembarco de CA parece no preocupar a los competidores del Frente hacia noviembre.

—En efecto. Por muchas razones, ambos partidos tradicionales deberían mirar con inquietud el fenómeno exitoso de Cabildo y Manini Ríos. No lo hacen, entre otras cosas, porque su obsesión y su máximo objetivo es sacar al FA del gobierno. Pero repasemos algunas cosas. CA no nació de un repollo. Lo hizo en febrero de 2019 y su fundador fue quien hasta hace poco era el escribano de gobierno del actual gobierno frenteamplista. Su candidato presidencial es quien entre febrero de 2015 y marzo de 2019 ocupó, insólitamente, el cargo de comandante en jefe del Ejército durante dos gobiernos del FA y fue elegido por un ministro ex dirigente tupamaro (Eleuterio Fernández Huidobro). ¿Por qué Fernández Huidobro continuó siendo ministro de Defensa en 2015? Su sector político (la Cap-L) se había roto, votó muy mal en 2014, tenía duros enfrentamientos con las organizaciones de derechos humanos, generaba rechazo en el FA. Cabe preguntarse quiénes lo pedían y quiénes siguieron respaldándolo hasta el final. El principal legado de su política militar fue Manini Ríos, quien en sus casi cinco años como comandante violó normas constitucionales e institucionales. Sus desbordes fueron consentidos reiteradamente y se fue en el momento justo, victimizado, además, y como caudillo de una institución que no se ha democratizado y dice sentirse perjudicada. Parece una jugada perfecta. ¿Casualidad? Luego, ya como candidato oficial del nuevo partido, Manini Ríos, como hacen las ultraderechas ahora –si bien no fue tan estentóreo como Bolsonaro o como los dirigentes de Vox, de España–, no se limitó mucho. No ocultó a Radaelli ni a Romanelli (1); no escondió sus visiones sobre la dictadura cívico‑militar ni a muchos jupistas de los 70 (2) que integran sus listas. Su figura y su partido fueron como un imán para extremistas filonazis. Cuando narra su pasado, relata orgulloso que definió su vocación militar en 1972 y luego salta sobre la dictadura hasta el momento de la transición. Y no se le pregunta mucho sobre qué pasó con él y muchos de sus amigos y adherentes entre 1973 y 1985. La elección hecha por Fernández Huidobro sólo puede explicarse desde la lógica de la clásica concepción del encuentro de los combatientes, ese vínculo que acercó –¿acerca?– al Mln y a los militares más nacionalistas y duros. El líder de CA captura adhesión desde muchos perfiles atractivos para posturas de ultraderecha: no es liberal en lo económico; es un católico ultramontano que tiene sensibilidad social y una referencia militar inexcusable; está muy enfrentado con lo que él llama “ideología de género”, así como con otros temas de la nueva agenda de derechos; es un neopatriota de estos tiempos, está contra la globalización, invoca expresiones antimperialistas, habla de oligarquía. Y la gran pregunta es: todo este fenómeno novedoso y que marca la gran diferencia de la coyuntura, este nuevo partido que tiene la llave de las mayorías parlamentarias, ¿es tan previsible hacia el futuro? ¿Genera garantías en términos de acuerdo de régimen?

Como recordamos, Talvi planteó en su momento que lo separaba “un océano” de Cabildo y terminó diciendo que había que aceptar las realidades. ¿Y las realidades cuáles son? Que una coalición de gobierno de blancos y colorados que también integra CA es una alternativa que gira a la derecha y va a tener posturas muy controversiales en temas sensibles. Esto no lo puede ignorar ni Lacalle Pou, ni Talvi, ni nadie. El presidenciable blanco hizo un movimiento centrista en el programa de Todos, pero luego, en la campaña política y en su estrategia, ha virado claramente hacia otra dirección. La incorporación de Cabildo Abierto no será inocua.

El poder que ha obtenido Cabildo es legítimo, proviene de la voluntad popular. Pero sus posiciones en varios temas, su negativa a repudiar la dictadura, su actitud probada de resistencia a promover la verdad y la justicia frente a las consecuencias del terrorismo de Estado sin duda son un riesgo. Cabe preguntarse, legítimamente, cómo puede ser que quienes se reivindican como liberal‑progresistas o demócratas sin tachas normalicen sin más la integración de un gobierno de coalición con Manini y su gente.

—¿Quiénes componen el electorado de Cabildo?

—Es un tema a estudiar en profundidad. Y no hay que equivocarse: allí hay muchos votantes de los sectores populares, quienes, en primer lugar, están viendo en Manini un liderazgo carismático que les da respuestas en temas acuciantes de seguridad. Pero también ese electorado está expresando que Uruguay, de una manera más gradual que en otras partes, está procesando en su sociedad el giro hacia visiones críticas sobre el funcionamiento de la democracia, sobre los partidos políticos, a la vez que se eleva el prestigio de las Fuerzas Armadas.

—Volviendo al partido de gobierno, ¿cómo vio la campaña hacia el 27 y la que va hacia el 24 de noviembre?

—La campaña hacia el balotaje empezó la noche del 27 de octubre y, en verdad, el Frente la empezó mal. Martínez se apresuró al salir a hablar: lo hizo sin la reflexión suficiente. Parecería que no había un equipo de conducción central que, de alguna manera, articulara la acción del FA como fuerza política con la fórmula. Además, el candidato cometió errores en su mensaje. En el debate, Martínez insistió en que la disputa central era entre dos propuestas de país. Esa noche expresó que el dilema era entre dos personas. Por otra parte, empezar a gritar que somos Batlle y que somos Wilson (3) no parece una buena estrategia para convocar a blancos y colorados. Primero hay que preguntarse cuáles son los sectores objetivos para crecer. Un primer movimiento es recuperar a los frenteamplistas descontentos, que tiempo atrás se decía que no existían, pero que ahora nadie puede negar que existen. En segundo lugar, por cierto que el FA debe convocar a los votantes de los partidos tradicionales que, por distintos motivos, no están de acuerdo con una propuesta de gobierno que incluye un partido de ultraderecha. Martínez tendría que hablar con la persuasión de hablar de lo concreto sobre aquellas cosas tangibles que pueden hacer que batllistas y wilsonistas no se sientan expresados por esta “coalición multicolor”. La referencia a las implicaciones de la integración sin más de Cabildo resulta un argumento en esa dirección.

Por otro lado, hay que escuchar en serio el pronunciamiento popular del 27. Ha habido una señal fuerte de desaprobación al gobierno. Será justa o no, pero hay un porcentaje muy fuerte de uruguayos descontentos con la administración frenteamplista. Estamos, además, en un contexto de época en que las sociedades están enojadas y el tropismo por el que canalizan principalmente su enojo es contra el gobierno. Hay que hablar de cosas concretas, de lo que significa un gobierno más derechizado que lo esperado, de qué va a pasar cuando ese gobierno se encuentre con una sociedad que no es la misma de 2004. Hay un movimiento sindical más fuerte y la igualdad de género y los nuevos derechos se han arraigado de forma intensa.

Después de que Martínez habló en forma apresurada, Lacalle se sentó a escuchar lo que había acordado con los otros dirigentes de la oposición. Su comienzo de campaña no pudo ser más facilitado. No resulta casual la integración de Yamandú Orsi como jefe de campaña. (4) Lo que habría que preguntarse es si no es tardía. Pero creo que es un error hablar de partido resuelto. Lacalle es, sin duda, el claro favorito, pero la elección no está resuelta.

Notas

1) Se refiere a los militares Eduardo Radaelli y Antonio Romanelli, el primero acusado de secuestrar en 1995 al químico chileno Eugenio Berríos, antiguo colaborador de los aparatos represivos del régimen de Pinochet, escondido en Uruguay bajo el gobierno de Luis Alberto Lacalle (1990-1995) del Partido Nacional, padre del actual candidato Luis Lacalle Pou; el segundo, está denunciado como torturador de presos políticos en el Penal de Libertad durante la dictadura, es “asesor de seguridad” de Manini Ríos. (Redacción Correspondencia de Prensa]

2) Miembros de la Juventud Uruguaya de Pie (JUP), fuerza de ultraderecha, integrante de los escuadrones de la muerte que asesinaron a militantes de izquierda y luchadores sociales. (Redacción Correspondencia de Prensa)

3) En su discurso la noche del 27 de octubre, ante miles de frenteamplistas, Martínez convocó a los votantes “progresistas” de colorados y blancos para el balotaje. Aludiendo a dos caudillos históricos de los “partidos fundacionales”: José Batlle y Ordoñez (1856-1929), del Partido Colorado, presidente de la República por dos períodos: 1903-1907 y 1911-915, considerado el fundador del Estado capitalista moderno e impulsor de leyes sociales avanzadas: Wilson Ferreira Aldunate (1919-1988), líder del ala democrática liberal del Partido Nacional, feroz enemigo de la dictadura militar, proscripto en las elecciones de 1984. (Redacción Correspondencia de Prensa]

4) Leer entrevista a Yamandú Orsi: Uruguay – Cambio de estrategia. “Gente que votaba al FA ahora no nos acompaña; es un mensaje fuerte.” [Yamandú Orsi – Entrevista]