A pesar de la represión cada vez más violenta, con un balance de más de 100 muertos y 4.000 heridos, las manifestaciones continúan en varias ciudades iraquíes. Desde el pasado viernes 4 de octubre, los francotiradores han entrado en escena. Por primera vez, el conflicto, que enfrenta a jóvenes chiitas con un gobierno de la misma religión, no es interconfesional.

Jean-Pierre Perrin

Mediapart, 10-10-2019

Correspondencia de Prensa, 11-10-2019

¿Quiénes son y quiénes les dirige? Nadie lo sabe con certeza pero, desde el viernes 4 de octubre, se ocultan en las calles de Bagdad para matar, fría y metódicamente, apuntando a la cabeza y eligiendo minuciosamente sus objetivos entre los manifestantes. Algunos acusan, a través de las redes sociales, a francotiradores de élite de la policía; otros a células inactivas del Estado Islámico (EI). Otros, más numerosos, apuntan a milicias proiranís que campan por todo el territorio iraquí y a quienes ya se ha visto disparar a la muchedumbre. No hay ninguna certeza, pero la entrada en escena de francotiradores demuestra que Iraq se encuentra atrapada en una espiral de violencia cada vez más incontrolable.

Según varios balances, como el realizado por el Ministerio iraquí de Sanidad y la agencia de prensa Reuters, la jornada del domingo 6 de octubre se saldó con un total de 100 muertos, muchos de ellos por bala, y unos 4.000 heridos. La mayoría de los fallecidos fueron identificados en las siguientes 48 horas. A excepción de algunos policías, las víctimas son jóvenes chiitas –los sunitas y los kurdos no participan en las manifestaciones- que, desesperados ante la ausencia total de futuro, salieron, el pasado martes, a las calles de la capital, también de pequeñas y grandes ciudades al sur del país. El domingo 6 de octubre, el gran suburbio chiita de Sadr City, cerca de Bagdad, se vio salpicado por fuego y sangre.

Para el primer ministro iraquí Adel Abdel-Mehdi, la gota que habría colmado el vaso habría sido, hace unos diez días, el cese del general de tres estrellas Abdel-Wahhab al-Saadi de su puesto como comandante de la sección antiterrorista, para enviarle a perder el tiempo a una lóbrega oficina del Ministerio de Defensa. El oficial es considerado como un «héroe nacional», en particular por la juventud chiita iraquí, que ha seguido sus éxitos militares, a la cabeza de la célebre «División Dorada», la principal unidad iraquí en la lucha contra el Estado Islámico, durante las batallas de Baji, Tikrit, Falloudja y Mosul. A diferencia de otros generales iraquís, él se dejaba ver en primera línea.

«¿Cómo han podido echarle? Era el único responsable del país competente y sin corromper. Nada funciona en Irak y el único quehacer que ha encontrado este Gobierno es echarle», se indignaba entonces Mohammad Y, un ingeniero residente en Bagdad.

Unos días más tarde, Irak estallaba. Si bien las manifestaciones comenzaron el pasado martes en Bagdad, rápidamente se extendieron al sur del país –en particular a las ciudades de Nassirya, Amara, As-Shatrah o Hilla -, región de donde procede de la familia del general Saadi.

¿El despido del oficial es realmente la chispa que desató la cólera popular? «Hubiera estallado incluso sin su destitución, digamos que fue la provocación de más -responde la politóloga Myriam Benraad, investigadora asociada en el Instituto de Investigación y Estudios sobre los Mundos Árabes y Musulmanes (Iremam) y autora de L’Irak, par-delà toutes les guerres: idées reçues sur un État en transition (Irak, más allá de todas las guerras: ideas sobre un Estado en transición, editado por Le Cavalier bleu)-. El general Saadi no solo era apreciado por la juventud chiita, sino también por los sunitas, por las minorías en general, e incluso por los kurdos. Y este hombre, visto por la población como providencial, ha sido revocado por personas que son mal consideradas por el pueblo. No es de extrañar que esto termine mal».

Sin tener en cuenta que las razones que alimentan la cólera y la indignación no faltan en Irak. «Las manifestaciones en Irak son el grito de una juventud abandonada y desesperada. Son espontáneas, no partisanas, nadie las manipula, como el poder trata de hacer creer», se exalta el politólogo y especialista en Oriente Próximo Khattar Abou Diab. Subraya que, a pesar de las ganancias del Estado ligadas al petróleo -entre 400.000 y 500.000 millones de dólares desde la caída de Saddam Hussein en 2003-, los servicios públicos son inexistentes o están abandonados a su suerte. Actualmente, Irak exporta 3,5 millones de barriles de petróleo al día.

El balance es terrible: el desempleo alcanzaría el 40% y afectaría a uno de cada cuatro jóvenes en Bagdad. Los cortes de electricidad ocurren a diario y la falta de agua potable afecta a localidades del sur del país. Los funcionaros reciben sus pagas con meses de retraso, aunque son indispensables para el funcionamiento del país. Pero, lo que también explica la cólera popular, es la corrupción que devora a toda la clase política: Irak es el décimo país más corrupto del mundo.

A este problema se añade otro: la extrema violencia de la represión ejercida por las brigadas antidisturbios que, desde las primeras horas de las manifestaciones en Bagdad, dispararon con balas reales a los manifestantes para dispersarlos e impedirles entrar en la « zona verde » de la capital, donde se encuentran reagrupadas las principales instituciones y las embajadas extranjeras. « Los errores y la lentitud del Gobierno no justifican los excesos de los manifestantes, pero estos excesos tampoco justifican la violencia de las fuerzas del orden », reconocía hace unos días un alto diplomático iraquí, actualmente en Bagdad. Después, se sumaron los tiros de los francotiradores.

Para tratar de contener la cólera, el Gobierno ha impuesto, sin éxito, un toque de queda. También ha inhabilitado el acceso a Facebook y, seguidamente, a la totalidad de internet.

Prueba del resentimiento hacia las milicias, acusadas de contribuir a la parálisis del país, los edificios que ocupan también se han convertido en el objetivo de los manifestantes. En particular los de Hachd al-Chaabi («Fuerzas de Movilización Popular», en español), una coalición de milicias paramilitares de mayoría chiita y proiranís.

Al parecer, estas milicias habrían presionado al Gobierno para que se deshiciese del general Al-Saadi, quien, por su parte, no las tiene ningún aprecio. «En Irak, hay una brecha de la que no se habla pero que es patente: entre civiles y militares. Mientras hay un rechazo de la población por las élites civiles, que no han jugado ningún rol en la guerra contra los yihadistas, el ejército perdura, en revancha, como la única institución tratada con respeto. Las milicias, que son fuerzas ligadas a partidos, ya no son bien recibidas, a diferencia de los militares que cuentan con la estima de la población», explica Myriam Benraad.

Lo que también llama la atención es que quienes encarnan el cambio en Irak también han sido marginados por los manifestantes. Es el caso del Partido Comunista o de Moqtada al-Sadr, el religioso prácticamente sin grado, rudo y exaltado, que pretende erigirse como la voz de los mostazafín (los «desheredados»), cuya lista «Sayroun» ( «La Marcha»), ganó las últimas elecciones generales, en mayo de 2018, y constituye la principal fuerza de oposición. Incluso si reclama la dimisión del Gobierno y la celebración de elecciones legislativas anticipadas bajo la supervisión de observadores internacionales, quien siempre se apresura a agitar la causa chií, debe hacer frente a una evidencia: esta vez, por primera vez, el pueblo chiita no está con él.

Incluso la Marjaya, la gran institución chiita que, aunque es ultraconservadora, es venerada por todos los fieles de esta confesión, tampoco se escapa de esta tormenta. El gran ayatolá Ali al-Sistani, cuya palabra suele ser escasa, insistió en la necesidad de que el Gobierno no recurriera a la fuerza y fue severo con la clase política iraquí, denunciando su incapacidad a la hora de resolver los problemas del país.

«Es triste que haya habido tantos muertos, tantas víctimas y destrucción. El Gobierno y los partidos políticos no han respondido a las reivindicaciones del pueblo sobre la lucha contra la corrupción, y no han hecho nada en el terreno. El Parlamento carga sobre sus hombros la principal responsabilidad de lo que está ocurriendo», declaró, en una carta leída por su representante, el pasado viernes, durante un sermón en la ciudad santa de Kerbala.

Sin embargo, eslóganes criticándole han sido escuchados durante las manifestaciones, lo que no tiene precedentes. «Incluso figuras como Al-Sadr o Al-Sistani, que marcan distancias con el Gobierno, son rechazadas. Los manifestantes no les dejan de lado. También son considerados responsables: prometieron cambios y reformas que nunca ocurrieron», comenta Myriam Benraad.

Cierto, el viejo ayatola continúa siendo la gran figura de la comunidad chiita, pero comienza a comentarse en Irak que él forma parte del problema. Es él quien, tras la caída de Saddam Hussein, en abril de 2003, junto a los estadounidenses y los partidos chiitas, ha terminado colapsando el actual sistema político, el mismo que tiene una enorme responsabilidad en el caos actual.

Para el primer ministro, un exmaoísta convertido en fundamentalista chiita, cuya nominación, apoyada tanto por Teherán como por Washington, resulta de un compromiso entre diferentes partidos, el futuro se anuncia incierto. Pretendiendo que la clase política iraquí es solidaria con los manifestantes -«nosotros no vivimos en torres de marfil, caminamos entre ustedes en las calles de Bagdad», declaró-, es, sin embargo, quien desde el comienzo de los disturbios, ha ordenado el uso de la fuerza. Hoy, podría servir como un fusible, especialmente porque no tiene fuerzas significativas a sus espaldas para apoyarlo.

«Hay una fuerte demanda de ciudadanía entre los manifestantes. Es muy importante para ellos ser ciudadanos de pleno derecho. Sin embargo, se sienten traicionados por todas esas buenas personas de la política que, desde 2003, están en el poder y no han hecho nada. Actualmente, estamos en una semidemocracia, ciertamente con elecciones, pero sin que la población esté representada. Y debe recordarse que fue la severa represión de 2008 [contra la población de ciertas ciudades sunitas que se rebeló] lo que trajo a los yihadistas. Aquí, por primera vez, tenemos una juventud chiita que se rebela contra el poder chiita. Y debemos preguntarnos: ¿qué es lo que lo ha provocado?», se interroga la investigadora.