Correio da Cidadania, 4-10-2019

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Traducción de Ernesto Herrera – Correspondencia de Prensa

El sistema capitalista ha logrado preservar y mantener el control político de Brasil -un país periférico, dependiente y fuertemente marcado por la desigualdad económica y social- gracias a las fuerzas auxiliares que constituyen las diversas corrientes del populismo, tanto de izquierda como de derecha. La gran virtud del populismo ha sido cautivar a una gran mayoría de la sociedad con promesas fantasiosas e impedir el avance real de proyectos políticos serios y consecuentes para la transformación social y económica. Durante mucho tiempo, el país ha sido rehén del populismo, que alimenta repetidamente las expectativas de cambio, pero no puede ni pretende superar viejos y graves problemas.

Basta con verificar lo que ha sucedido en Brasil desde finales de los años setenta y a lo largo de los ochenta, cuando el auténtico y combativo movimiento social proporcionó avances organizativos en el campo de la izquierda, en la construcción de herramientas partidistas, sindicales y populares capaces de amenazar la dominación del capitalismo. Todo indicaba que la gran convergencia de las fuerzas populares en el campo de la izquierda, daría al país el inicio de una nueva era con la vigencia de las libertades democráticas incorporadas a la Constitución de 1988, y con las elecciones directas a la Presidencia de la República en 1989, que se produjeron con una amplia diversidad de candidatos y de siglas partidarias.

Sin embargo, desde la victoria de Collor de Mello hasta aquí, con la fuerte aglutinación del bloque liberal-conservador en los años 90, lo que tuvimos fue un desastroso proceso de corrosión de las organizaciones de la izquierda (partidos, sindicatos y movimientos sociales), y su domesticación y adaptación al sistema dominante. Toda la acumulación de fuerzas conquistadas en la lucha contra la dictadura militar (1964-1985), por las libertades democráticas y en la defensa de la transformación verdadera y real, poco a poco, perdió la energía revolucionaria y la audacia a cambio de los discursos demagógicos de los líderes populistas, tanto en los momentos electorales como en los gobiernos de rendición programática y conciliación de clases.

El populismo a menudo encanta a los trabajadores y a los segmentos populares con discursos de fácil comunicación, con liderazgos carismáticos y mesiánicos, con promesas atractivas y milagrosas, como si toda la injusticia y la explotación fueran a desaparecer de una manera mágica. El populismo no tiene proyecto de Nación, no organiza, no sensibiliza y no moviliza al pueblo para la lucha, generalmente depende de algún “salvador de la patria” y crea todo el tiempo supuestos enemigos (renovados con cada elección) para desviar la atención sobre los temas estructurales de la sociedad. El populismo no actúa contra los males del capitalismo y no ataca los privilegios de las clases dominantes. Sólo se encarga de la gestión del sistema.

Diferentes propuestas

La izquierda, a diferencia de las diversas corrientes del populismo, propone actuar siempre como una fuerza antagónica al sistema capitalista, tiene un proyecto para construir una democracia socialista con igualdad de oportunidades y derechos para todos, justicia social y la eliminación de la concentración económica. A lo sumo, el populismo utiliza “políticas compensatorias” para dar a los pobres algún beneficio de la riqueza producida, pero sin eliminar los factores que generan desigualdad.

La izquierda, por su parte, siempre denuncia la fragilidad del asistencialismo y la falsa inclusión subordinada y dependiente, generada por las políticas asistenciales. La inclusión a través del consumo no crea una sociedad auténtica y solidaria.

Si no recurrieran al populismo, las clases dominantes (sector financiero, empresas, productores rurales, rentistas, grandes terratenientes y altos funcionarios del Estado), difícilmente reivindicarían la realización de elecciones libres y democráticas, ya que la mayoría de la población explotada y oprimida tendería a apoyar a partidos y candidatos comprometidos con transformaciones reales y profundas. El populismo, de izquierda y de derecha, suele conquistar al electorado porque crea la poderosa ilusión de que todos los cambios soñados por el pueblo se lograrán sólo con el resultado del pleito electoral, sin necesidad de movilización y posterior lucha, sin confrontación con los dueños del poder, sin sacrificios en el proceso de transformación. El populismo se mueve con cambios, pero mantiene el mismo sistema de poder.

En la década de 1980, el juego político intentó escapar del bipartidismo (Arena y MDB) creado por la dictadura militar. En la gradual “apertura” del mercado -y con la reforma de partidos para las restringidas elecciones de 1982-, surgieron opciones por la derecha, centro, centro-izquierda e izquierda: el PDS, PMDB, PTB, PDT y PT. Posteriormente se amplió la gama con el PFL, PP, PSDB, PSB, PCB, PCdoB y decenas de lemas de alquiler. El país surfeó en el ensayo de siglas vinculadas al conservadurismo, el liberalismo, el laborismo, la socialdemocracia y el socialismo.

Pero lo que prevaleció en el juego político-electoral en toda la Nueva República, fueron las polarizaciones colocadas por el lulismo: primero contra el malufismo (1), contra el tucanato (2) -Fernando Henrique Cardoso, José Serra, Aécio Neves, José Alckmin-, hasta la actual polarización contra el bolonarismo, que es otro aspecto del populismo marcado por el culto a la personalidad.

Tratamientos desiguales

Si no controlaran gobiernos populistas, difícilmente las clases dominantes y las viejas oligarquías podrían convivir con el llamado Estado de Derecho democrático, que es siempre un conjunto de normas supuestamente vigentes para toda la sociedad, con derechos y obligaciones que se presumen iguales para todos, pero que de hecho contempla castigar sólo a las clases populares más vulnerables y desprotegidas ante el rigor de las leyes. Rara vez se aplican las mismas leyes para castigar a las élites, los ricos, los poderosos y los privilegiados. Lo que garantiza la continuidad de esta situación desigual son los gobiernos de las distintas corrientes del populismo, que se turnan en la máquina pública y en la gestión del Estado.

Basta con comprobar que la gran mayoría de las sanciones administrativas, civiles y penales (multas, restricciones, encarcelamientos, etc.) son válidas para las personas sin ciudadanía, los ciudadanos de a pie, especialmente para los que no disponen de redes de protección en el aparato público y en los sistemas privados de salud, educación, seguros, asistencia social y apoyo jurídico (abogados).

Por el contrario, las penas rara vez golpean a los privilegiados, que cuentan con las mejores redes de protección en los esquemas privados y en los más altos niveles de la esfera pública y estatal, y especialmente a los abogados bien remunerados. Los trabajadores y los más pobres pagan sus impuestos regularmente, en el sueldo y en los precios de los bienes, mientras que los empresarios, banqueros y terratenientes son recompensados con exoneraciones tributarias y amnistías impositivas.

Desastre nacional

El auge del populismo bolsonarista, en gran medida debido a los equívocos políticos del populismo lulista, ha inaugurado nuevas actividades por parte del bajo clero y de segmentos de la población que antes estaban desatendidos por los núcleos operativos de la política tradicional. La derecha, a diferencia de la izquierda, supo aprovechar la rebelión generalizada de junio de 2013, continuó la movilización de los estratos medios en el proceso de destitución de Dilma Rousseff, ganó fuerza reaccionaria en la huelga de camioneros (nostálgica de la dictadura) y terminó en las urnas de 2018 con enorme radicalidad, en las regiones más ricas. (sur-sudeste) y en la cuna originaria del lulismo, en el gran San Pablo.

La comprensión del bolsonarismo, exige un análisis crítico de los errores cometidos por los gobiernos lulistas entre 2003 y 2016. Es necesario analizar por qué hemos llegado a la barbarie actual y por qué no debemos repetir el mismo camino en la situación actual. Lo que tenemos hoy es el resultado de decisiones equivocadas que han contribuido a sentar las bases del conservadurismo de derecha en varios aspectos, entre los que cabe destacar los siguientes

1 – La alianza firmada desde 2003 con el capital monopólico, el rentismo, el agronegocio y las oligarquías regionales proporcionó el enorme desvío de recursos públicos del BNDES (Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social), hacia obras faraónicas (Copa del Mundo) y grandes grupos empresariales, lo que generó la pérdida de la capacidad de inversión pública en programas sociales y en los segmentos medios de la sociedad.

2 – La ilusión de una amplia prosperidad creada por las medidas precarias para aumentar los ingresos y la inclusión a través del consumo, alimentó la esperanza de muchas personas, pero la ausencia de programas sólidos y sostenibles ha generado un aumento generalizado del endeudamiento, la explosión de la morosidad y la enorme frustración con el empeoramiento de la crisis económica y el aumento del desempleo.

3 – El debilitamiento deliberado de las organizaciones de trabajadores, de los movimientos populares y de los instrumentos de lucha de la mayoría de la población permitió al lulismo ofrecer a las clases dominantes, especialmente a los empresarios urbanos y rurales, la “pacificación” de las luchas sociales y la “tranquilidad” de los mercados, hasta que se rompió el control con la rebelión social de 2013.

4 – El fortalecimiento de los sectores conservadores en las articulaciones con los políticos y partidos de derecha y fisiológicos (3), permitió dio al gobierno una amplia base en el Congreso Nacional y, al mismo tiempo, la calificación de los cuadros de derecha en cargos públicos, en detrimento del campo progresista y de la izquierda. Las campañas 2014 y 2018 eligieron a los diputados y senadores más reaccionarios de la historia.

La izquierda se convirtió en rehén del populismo porque retrocedió en el proyecto de construcción del socialismo y porque veía el populismo como un atajo para alcanzar el control estatal, principalmente para adoptar medidas populares y de interés para los más pobres, pero no se dio cuenta de que el populismo no cambia la estructura económica y social del país (las clases explotadas continúan en el mismo estrato social aun cuando logran alguna mejora en el poder adquisitivo y logran consumir más). El proyecto populista siempre proporciona más beneficios reales para las clases dominantes que para los pobres y oprimidos.

Nuestra concepción de la izquierda no puede albergar hipocresía; no podemos ignorar el hecho de que las diversas corrientes del populismo engañan constantemente al pueblo brasileño. Quienes realmente creen en la construcción de una sociedad libre de capitalismo saben muy bien que no basta con luchar contra el esquema de Bolsonaro y la horda autoritaria que él representa y que quiere imponer al país; también es necesario denunciar el populismo lulista, que se ha asociado a los esquemas más corruptos de Brasil: las empresas constructoras, los frigoríficos, los fabricantes de automóviles, el agronegocio y el capital financiero e industrial, desde los grandes grupos paulistas hasta las viejas oligarquías regionales del nordeste.

En un país verdaderamente democrático, los que han sustraído de las arcas públicas lo que siempre les falta a los pobres, tienen el deber de asumir la responsabilidad de los errores políticos y las desviaciones éticas. Nadie tiene derecho a recurrir a todo tipo de trucos para ganar la impunidad. Las leyes deben cumplirse y ser válidas para todos los ciudadanos, independientemente del género, la educación, los recursos financieros, las relaciones familiares y el poder político.

Entre los innumerables abusos de autoridad verificados en Brasil, el robo y el dejar robar siempre han estado entre los más impunes. Aquellos que desempeñan un papel de liderazgo en la corrupción, al igual que otros actos de violencia contra el pueblo, no pueden esconderse cobardemente en el papel de víctimas. La izquierda debe luchar duramente contra el desgobierno de Bolsonaro y crear una alternativa que no tiene nada que ver con la ilusión del populismo.

Siempre debemos renovar la perspectiva de una sociedad justa, igualitaria, democrática, libre, soberana y socialista.

Hamilton Octavio de Souza es periodista.

Notas

1) Alude a Paulo Maluf, político derechista del PP (Partido Progresista), fue dos veces alcalde de San Pablo.

2) Refiere a los miembros y al grupo dirigente del PSDB, (Partido de la Social Democracia Brasileira) cuyo símbolo es el ave Tucán.

3) Con la expresión “partido fisiológico” se designa a los partidos que se estructuran y sobreviven a cambio de cargos y dineros públicos, (Redacción Correspondencia de Prensa)