A l’encontre, 22-9-2019

Traducción de Viento Sur

Correspondencia de Prensa, 29-9-2019

Herbert George Wells no solo fue un escritor de ciencia ficción, sino también un reformador social. Sin embargo, su defensa de un salario mínimo se acompañó de un violento darwinismo social que impregnaba a gran parte de la izquierda inglesa en el momento de la creación del Partido Laborista en 1900.

Larga vida al salario mínimo

Herbert George Wells es conocido por sus llamadas novelas de ciencia ficción: La guerra de los mundos, La máquina del tiempo, El hombre invisible, etc. También escribió novelas más clásicas que no carecen de encanto (El amor y Mr. Lewisham o La historia de Mr. Polly). Pero también era un reformador social, miembro de la sociedad fabiana. Así, en 1903 publicó un ensayo, Mankind in the Making, en el que propuso un proyecto social llamado “Nuevo Republicanismo” (New Republicanism).

En este libro, Wells desarrolla una vibrante defensa a favor de la introducción de un salario mínimo. Se reclamó de las primeras experiencias en este campo que nacieron en Nueva Zelanda en 1894 y después en Victoria, Australia. No fue sino hasta 1909 cuando se aprobó la Trade Board Act (Ley de Juntas Comerciales) en el Reino Unido, que estableció un conjunto de salarios mínimos de sector. Wells se basó en el trabajo de William P. Reeves, quien realizó una evaluación generalmente positiva de estas experiencias[i].

Para Wells, “es injusto y cruel aceptar que cualquiera pueda ser empleado con un nivel salarial que haga imposible una vida sana, feliz y razonable, de acuerdo con los estándares de confort de la época”. Este salario mínimo debería ser suficiente para garantizar no solo un nivel de vida decente sino también “un seguro contra la muerte prematura o accidental o una incapacidad temporal, una cobertura mínima para las personas mayores y un cierto margen para ejercer la libertad individual”. En cuanto a las empresas que no pudieran proporcionar ese salario, lejos de ser una “fuente de riqueza pública [ellas] representan, por el contrario, una enfermedad, un parásito en el cuerpo social”[ii] (pp. 107-108).

Este argumentario progresista se reivindica de los trabajos de Beatrice [1858-1943] y Sidney Webb [1859-1947]. En La democracia industrial, explican, por ejemplo, que la introducción de un salario mínimo permitiría ofrecer un trabajo regular, por un salario igual o superior al mínimo, a “grupos enteros de trabajadores que hasta ahora solo tenían empleo a tiempo parcial o nada de nada”[iii] (p. 783).

Tal análisis aparentemente rompe (pero veremos que este no fue realmente el caso) con la posición básica de los economistas dominantes de la época, bien resumida por esta afirmación de Arthur Pigou [1877-1959]: “cuando consideraciones humanitarias conducen al establecimiento de un salario mínimo por debajo del cual no se contratará a ningún trabajador, la existencia de un gran número de personas que no valen este salario mínimo es causa del desempleo”[iv] (p. 242-243).

Los Webb avanzaban otro argumento con una formulación bastante moderna: la introducción de un salario mínimo alentaría la innovación. Este argumento será retomado en un artículo posterior en el que Sidney Webb se basa en los trabajos de Charles Babbage [1791-1871], quien describe cómo las reivindicaciones de “todos los obreros involucrados en el antiguo proceso han llevado a la adopción de nuevos métodos de producción de cañones de fusil”[v].

Babbage era, por cierto, un matemático de genio, que especialmente había inventado el principio del ordenador[vi]. Pero en su libro de investigación sobre maquinaria industrial, subrayó crudamente otra consecuencia de la transición al nuevo método de producción: “Por supuesto, ya no se necesitaba a los trabajadores que se habían movilizado. En lugar de obtener un beneficio de su acción, han tenido que sufrir una reducción considerable y duradera de su salario debido a esta mejora técnica. El proceso al que estaban acostumbrados requería habilidades especiales y una experiencia considerable, y hasta ese momento ganaban mucho más que los otros trabajadores”[vii] (p. 247).

Fuego sobre los inempleables

En su libro, los Webb aseguraban que la introducción de un salario mínimo tendría el efecto de desalentar el empleo de niños y ancianos menos productivos (lo que representaría un paso adelante), y también tendría la ventaja de “liberar [sic] para las tareas domésticas, una proporción creciente de mujeres a cargo de niños pequeños” (p.783), lo que correspondía con el aire de su tiempo.

Pero todavía había otra categoría de personas que agruparía a los que serían “incapaces de ganar el mínimo nacional de cualquier tipo”. El problema ya no es el de los desempleados, sino el de los “inempleables” (p. 784). Aquí se vuelve a encontrar una preocupación común a varios autores de la época que también usan el término “residuo”. Se inspiran especialmente de las encuestas de Charles Booth [1840-1916], que distinguen una “sección 1” compuesta de personas que “probablemente no quieren realmente trabajar, y para quienes hay muy pocos trabajos útiles que serían capaces (fitted) de ocupar”[viii] (p. 372).

Hasta donde sabemos, fue Geoffrey Drage [1860-1955] quien utilizó por primera vez el término inempleable en 1894. Para él, estas son las personas que están condenadas al desempleo porque “no valen nada desde un punto de vista económico (economically worthless) debido a un defecto físico o moral”[ix](p. 142).

La perennidad de este “concepto” en los análisis de la economía dominante muestra que desempeña desde hace mucho tiempo el papel de posición de repliegue, siempre presente en filigrana: cuando todas las otras explicaciones del desempleo han fracasado, queda esta justificación “residual”. En su forma moderna, se refiere a la cualificación insuficiente de las y los desempleados. Entonces es posible adoptar un punto de vista fatalista que básicamente equivale a responsabilizar a los desempleados y desempleadas de su situación debido a sus deficiencias, o bien entonar un himno a la formación.

Entre las y los inempleables, por supuesto, están “los enfermos y los discapacitados, los idiotas y los locos, los epilépticos, los ciegos y los sordomudos, los criminales y los vagos irreparables, y todos aquellos que en realidad son moralmente deficientes”. Su inempleabilidad es el resultado de enfermedades “de las que la sociedad no puede esperar estar completamente liberada”. Pero hay otra categoría compuesta por hombres y mujeres “incapaces de una aplicación regular o continua, o que son tan deficientes en fuerza, en velocidad o en cualificaciones que son incapaces, en el orden industrial en el que se encuentran, de producir su mantenimiento en cualquier empleo” (p. 785).

Lo que sobre todo no debe hacerse con respecto a estos “desafortunados parásitos”, y que sería “ruinoso para la comunidad” sería “permitirles que se postulen libremente como asalariados” porque eso “evitaría que la competencia conduzca a la selección de los más dotados y, por lo tanto, ir en contra de su mismo objeto” (p.786). Los Webb resumen su razonamiento con esta orgullosa fórmula tomada de Herbert Foxwell [1849-1936]: “la función esencial de la competencia es la selección”[x]. Se ve aquí que la referencia a la “selección” está lejos de ser inocua y que, en su opinión, el salario mínimo finalmente tendría la ventaja de identificar y aislar a los “inempleables”.

Wells comparte el análisis de los Webb (que por otra parte le reclutaron en la Fabian Society) y se refiere a su libro para mostrar que la contratación de personas por debajo de un salario digno tiene el efecto de “desestimular la invención de máquinas que ahorran mano de obra, para desalojar a una fuerza de trabajo de mayor valor, para permitir a estos semi-capaces [sic] fundar familias con niños desnutridos y mal cuidados, y reducir el nivel de vida de la nación”. Para aclarar las cosas, agrega esta cláusula esencial: “A largo plazo, es preferible que las personas que no sería rentable (worth while) emplear debido a sus características y habilidades no sean de ninguna manera contratados” (p. 107).

La introducción de un salario mínimo tendría decididamente la ventaja de “clarificar” el problema del desempleo, excluyendo a aquellos que están desempleados debido a una “incapacidad real de carácter, de fuerza o de inteligencia, para una ciudadanía eficaz” (p. 109). Al impedir que alguien sea empleado por debajo del salario mínimo, sería posible “barrer las colonias y los escondites de estas personas del Abismo. Seguirían existiendo, pero no se multiplicarían y ese es nuestro objetivo final”. Se haría todo lo posible para crear un “ambiente hostil” que alentaría a estas personas a no procrear: “es lo mejor que podemos hacer por estas pobres pequeñas criaturas”. Wells no tiene nada en contra de quienes deciden vivir sin hijos, muy al contrario: “Un inútil sin descendencia es una plaga en peligro de extinción, e incluso puede ser una plaga pintoresca. Debo confesar que un gamberro perezoso es muy de mi agrado [y que] podemos dar rienda suelta a nuestra piedad y nuestra misericordia (…) El hecho de no tener hijos es una virtud por la que merecen nuestros agradecimientos” (pp. 110-111).

La repugnancia de clase de Wells

Dos años antes de su proyecto de sociedad expuesto en Mankind in the Making, Wells había publicado otro libro, Anticipations, cuyo subtítulo explicaba el objeto: “la influencia del progreso mecánico y científico en la vida y el pensamiento humanos”[xi]. Él usa en varias ocasiones (¡25!) el término abismo. Esta expresión de “pueblo del abismo” ya estaba de moda en ese momento, y este es, por ejemplo, el título que Jack London había elegido para el libro de su investigación sobre los barrios bajos del East End de Londres donde había ido a vivir por varias semanas[xii].

En sus Anticipaciones, Wells se deja llevar a un verdadero racismo social. El novelista siempre está presente y sorprenden los paralelismos entre la pintura que dibuja del pueblo del abismo con los Morlocks de su Máquina del tiempo[xiii]. En un futuro lejano, la especie humana se ha dividido en dos ramas; los Eloïs viven en la superficie, mientras que los Morlocks llevan una existencia subterránea… en el abismo: “parecían inhumanos y con náuseas: la cara estaba pálida y sin mentón, y sus grandes ojos eran de color gris rosado sin párpados” (p. 126).

Al igual que en La máquina del tiempo, Wells predice que el progreso dará como resultado “una gran cantidad de individuos que no tienen ninguna función obvia en el organismo social”. Y, en el retrato que dibuja de ellos, estos individuos son apenas menos repulsivos que los Morlocks: son, la mayoría de ellos, “criminales o inmorales, o viven como parásitos de una manera más o menos irregular” a expensas de las clases prósperas; otros trabajan por un salario apenas susceptible de proporcionarles la subsistencia diaria, intentando una competencia desesperada contra un maquinismo que, hasta ahora, es aún más costoso que su mano de obra” (p. 94).Economía2909 II

Y Wells continúa en la expresión de lo que es una verdadera repulsión de su parte: “Esta es la parte sumergida de la sociedad, una multitud sin jefe, sin objetivo, rodando hacia el abismo [abyss]. Esencialmente, incluye a personas que no han podido adaptarse a las nuevas necesidades causadas por el desarrollo del mecanismo; son los trabajadores rechazados de todo empleo efectivo por la máquina, por el éxodo de las industrias a las nuevas líneas de comunicación abiertas en lugares alejados; personas venidas al mundo en condiciones que no les han permitido ingresar en la esfera del trabajo activo. Y en esta agitación de la mano de obra suplantada por la maquinaria se precipita el residuo inadaptable de todos los oficios e industrias transformadas; estos residuos se aparean y se reproducen, y hay reclutas adicionales proporcionados por los pródigos, los débiles, los fracasados de todas las clases superiores”.

Más adelante en su libro, Wells pura y simplemente cae en la abyección. Su aversión es física: “con la moralidad actual, realmente horrible, el hecho de que un individuo insignificante, inoportuno, malvado y despreciable, absolutamente incapaz de ganar incluso para él solo un salario suficiente, se une con una mujer insignificante y hambrienta, ignorante, fea y deforme, y entre los dos se hacen culpables de dar a luz a diez o doce hijos vergonzosos y repulsivos, se considera un espectáculo extremadamente edificante; y los padres afirman que sus excesos reproductivos les otorgan derechos especiales sobre las personas que son menos fértiles y más prósperas”.

Esta imagen es, de paso, la ocasión para que Wells se enoje con aquellos que muestran compasión por estos desgraciados: “Las personas caritativas se prodigan ardientemente a favor de un caso de este tipo; se hacen todos los esfuerzos posibles para fortalecer a la madre y proteger a la descendencia (…) Pocas personas parecen darse cuenta de que una familia semejante es un elemento peligroso y criminal, desde el punto de vista de la fisiología social” (pp. 349-350).

A continuación, esta aversión lleva a Wells a abogar por medidas de segregacionismo social. Sugiere en Mankind in the Making que, en el caso de que un niño no disfrute de condiciones de vida dignas o fuese maltratado, “debería ser retirado inmediatamente del cuidado parental y los padres deberían pagar el costo de un mantenimiento apropiado”. Si no tuvieran éxito, podrían “ser colocados en establecimientos de trabajo para solteros (celibate labour establishments) y no serían liberados hasta que su deuda no hubiera sido totalmente pagada” (pp.100-101).

Este aspecto poco conocido de la obra de Wells permite medir hasta qué punto tenía influencia el darwinismo social, incluso en el pensamiento de intelectuales que, como los Webb, se reclamaban del socialismo. La referencia al principio de selección y la aceptación de las leyes de competencia son reveladoras a este respecto. Quizás sea necesario ver allí la fuente de la tendencia inmanente de la socialdemocracia inglesa a ser el representante de una cierta “aristocracia obrera” y a teorizar sobre la necesidad de rechazar a los inempleables fuera del mundo del trabajo.

La noción de inempleabilidad todavía está presente hoy, y debería revertirse la lógica de los Webb, radicalizada por Wells, que consiste en afirmar que solo aquellos que puedan adaptarse a los métodos de producción pueden aspirar a un trabajo. El progreso social, por el contrario, significaría “tomar a los pobres tal como son y crear empleos adaptados a sus habilidades”, como sugería Hyman Minsky[xiv].

Los que no son nada

“No valen nada desde el punto de vista económico”, son “inempleables”, “semi-capaces” y no ocupan “ninguna función evidente en el organismo social”: todas estas expresiones, que apuntan a la estigmatización de categorías sociales, no han perdido su actualidad. ¿Cómo no pensar, por ejemplo, en la distinción establecida por Emmanuel Macron entre “los que triunfan” y “los que no son nada”?

Estos prejuicios continúan presentes en cierto inconsciente colectivo: se mantienen en reserva, pero resurgen cuando las circunstancias empujan. Por lo tanto, el desprecio existencial de Wells por los que hoy se llamarían perdedores evoca, a fin de cuentas, el carro de insultos que se ha vertido en Francia sobre los chalecos amarillos, y que están bien ilustrados por las caricaturas de Xavier Gorce publicadas en Le Monde.

Finalmente, la tentación de la eugenesia social no se ha erradicado definitivamente. Recientemente, Béatrice Piron, diputada de La République en marche (el partido del presidente francés), ha presentado una enmienda, afortunadamente rechazada, proponiendo reservar la PMA (procreación médicamente asistida) para aquellos “que puedan justificar ingresos susceptibles de permitir su subsistencia y la del feto”[xv]. Las siniestras “anticipaciones” de Wells no han desaparecido de nuestro horizonte.

Notas

1/  Reeves, William Pember, State Experiments in Australia & New Zealand, volumen 2, 1903, p. 47 et sq. Ver también, del mismo autor: “State Experiments in Australia & New Zealand”, The Economic Journal, Vol. 11, n° 43, September 1901.

2/ Herbert George Wells, Mankind in the Making, 1903.

3/  Sidney & Beatrice Webb, Industrial Democracy, 1897 [traducción en castellano, La democracia industrial, Editorial Biblioteca Nueva, 2004].

4/ Arthur Pigou, Unemployment, Williams & Norgate, London, 1913.

5/  Sidney Webb, “The Economic Theory of a Legal Minimum Wage”, The Journal of Political Economy, vol. 20, n°10, December 1912.

6/  Charles Babbage, wikipedia.

7/  Charles Babbage, On the economy of machinery and manufactures, 1832.

8/  Charles Booth, “The Inhabitants of Tower Hamlets, their Condition and Occupations”, Journal of the Royal Statistical Society, Vol. 50, No. 2, June 1887.

9/  Geoffrey Drage, The Unemployed, 1894.

10/  [10] Herbert Somerton Foxwell, “The Growth of Monopoly, and its Bearing on the Functions of the State”, Municipal Review, October 13, 1888. Tradución francesa: “Du développement des monopoles dans leurs rapports avec les fonctions de l’Etat”, Revue d’économie politique, vol. 3, n° 5, septembre 1889.

11/  Herbert George Wells, Anticipations of the reaction of mechanical and scientific progress upon human life and thought, 1901. Traducción francesa : Anticipations ou de l’ influence du progrès mécanique et scientifique sur la vie et la pensée humaines, 1904.

12/  Jack London, The People of the Abyss, 1903. Traducción francesa: Le peuple de l’abîme, 1926.

13/ Herbert George Wells, The Time Machine, 1895. Traducción francesa: La machine à explorer le temps, 1899.

14/  Hyman Minsky, “Labor and the War Against Poverty”, avril 1965

15/  “L’amendement de la députée Béatrice Piron”, L’Obs, 11 septembre 2019.