Con Estados Unidos empeñado en dejar a la isla sin energía y la producción petrolera local y venezolana en caída, el gobierno de Díaz-Canel emprende medidas excepcionales “para evitar que el país se paralice”. De nuevo bajo asedio, la dirigencia cubana se reencuentra con un viejo socio extranjero.

Amaury Valdivia, desde La Habana

BrechaBrecha, 27-9-2019

Correspondencia de Prensa, 29-9-2019

El miércoles 11 de setiembre, a eso de las cinco y media de la tarde, Alex esperaba en la terminal de ómnibus de Matanzas por el vehículo que lo trasladaría hacia Camagüey, su ciudad de residencia, cuatrocientos quilómetros al este de allí. Poco antes había confirmado su pasaje y sabido, por cuenta de una empleada, que el coche partiría de manera puntual, alrededor de las seis. Dos o tres docenas de pasajeros aguardaban junto a él la llegada del transporte, con sus equipajes ya consignados. Alex los observaba sin perder de vista el andén, al que por un buen rato no había arribado ningún autobús.

A las seis de la tarde, el amplio patio de la terminal estaba completamente vacío. Ninguno de los empleados tenía explicaciones para el hecho, y ante las quejas de los viajeros sólo podían llamar a la calma, esperando por una respuesta que no debía tardar en llegar. Media hora después la recibieron del propio presidente del país.

Sin combustible

Desde este 11 de setiembre Cuba afronta una situación de “coyuntura energética”. El término, de la autoría del presidente Miguel Díaz-Canel, fue difundido en el primero de dos programas especiales sobre el tema, transmitidos ese día y el siguiente por la radio y la televisión nacionales. Acompañado de sus ministros y de los integrantes del Consejo de Estado y del Buró Político del Partido Comunista, desde el Palacio de la Revolución de La Habana, Díaz-Canel les habló a sus compatriotas para enumerar “las fuertes persecuciones que en contra de Cuba se han intensificado durante las últimas semanas por parte del gobierno de Estados Unidos”. “Estas se han dirigido con particular prioridad a impedir que nuestro país adquiera en el exterior el combustible que necesita”, detalló. La estrategia de Washington ha sido simple: presionar a las navieras y aseguradoras de terceros países para que desistan de prestar sus servicios a la nación caribeña. “Como es lógico, la mayoría ha terminado retirándose, y las pocas que no lo han hecho, duplicaron y hasta triplicaron sus fletes; sólo las rusas y las chinas se mantienen operando con normalidad”, declaró en la mañana del jueves 12 Jorge Legañoa, vicepresidente nacional de la Unión de Periodistas, muy vinculado a la oficina del mandatario.

Al dirigirse a sus conciudadanos, Díaz-Canel reconoció que el asunto había llegado a un punto “en el que debemos tomar medidas excepcionales para evitar que el país se paralice”. Luego de varios meses de inestabilidad en la llegada de combustible del exterior (en lo fundamental, desde Venezuela), entre finales de agosto y comienzos de setiembre las entradas de buques tanqueros prácticamente se suspendieron. Y hasta octubre no se prevé que vuelvan a normalizarse, anticipó.

Incluso sin las nuevas presiones de la Casa Blanca, el intercambio entre La Habana y Caracas atravesaba un período difícil. Un informe de finales de 2018 del economista y profesor emérito de la Universidad de Pittsburgh Carmelo Mesa-Lago resalta cómo las importaciones de crudo bolivariano habían caído desde alrededor de 105 mil barriles diarios, “en la cima de la relación bilateral” (en 2013), a poco más de 55 mil para el cierre de 2017. En paralelo, “la producción de petróleo cubano decreció 13 por ciento entre 2010 y 2016” y se registró una merma “del 16 por ciento de la producción de gas natural después de alcanzar su cima en 2015”, lo que resultó en “un programa de austeridad y recortes en el suministro de energía para las empresas, afectando a su vez a la producción”.

Hasta el comienzo del verano boreal las autoridades habían conseguido que la carencia de combustibles no se tradujera en apagones, conjurando uno de los fantasmas más temidos por su ciudadanía. Pocos hechos hacen revivir con tanta intensidad los recuerdos del Período Especial como los cortes de electricidad. Por eso, cuando a mediados de julio volvieron a producirse, una explosiva mezcla de malestar y desánimo se generalizó entre la población. Inexplicablemente, por entonces el gobierno atribuyó las interrupciones del servicio a “roturas en plantas generadoras, que coincidieron con mantenimientos programados” (véase “Tres horas y tres minutos”, Brecha, 19-VII-19). Fue una justificación a la que pocos dieron crédito, sobre todo luego de que se conociera otra versión de la historia en la que un supertanquero venezolano cargado de petróleo y con bandera de conveniencia lograba atracar en el sureño puerto de Cienfuegos el pasado sábado 14, previo pago de generosas bonificaciones a sus armadores, como compensación por los “riesgos” a los que se exponían.

Ya en agosto los problemas se extendieron a la venta de gas licuado, con limitaciones que alcanzaron a todas las provincias. Otra vez se eludió mencionar la palabra “petróleo”. A falta de una declaración oficial, los consumidores sólo pudieron conocer por otras vías que las dificultades se debían –aparentemente– a la falta de bombonas, no del crudo a partir del que se elabora el carburante.

Decidiendo entre transporte y generación de energía

Luego de la intervención de Díaz-Canel, a Alex y sus frustrados compañeros de viaje les informaron que el ómnibus por el que esperaban había sido suspendido. Tenían ante sí dos opciones: reintegrar sus boletos o intentar cambiarlos en los días siguientes por un asiento en alguno de los trenes nacionales que prestarían servicio en sustitución de las líneas de ómnibus eliminadas.

Muchos durmieron esa noche sobre los bancos de la terminal, a la espera de un transporte salvador. Entre ellos estuvo Alex, quien al amanecer del jueves comprendió que allí no resolvería nada. Lo que siguió fue la historia de una travesía que lo llevó primero a La Habana (cien quilómetros en sentido contrario a su punto de destino) y, más tarde, a la ciudad de Camagüey. En definitiva, lo que habría sido una travesía de siete horas a bordo de un ómnibus climatizado terminó convirtiéndose en una odisea de casi dos días sobre camiones de carga, pagando precios muy superiores a los del pasaje oficial.

“Pero tenía que llegar antes de que la carretera se pusiera peor”, contó a Brecha. Su preocupación no resultaba infundada. A la espera de la “estabilización de los suministros” anticipada para comienzos de octubre, el gobierno ordenó fuertes medidas de restricción en el consumo de combustible. Entre los sectores más afectados está el del transporte. Dos semanas atrás, en un día promedio, de la terminal central de La Habana partían alrededor de 150 autobuses rumbo a todos los puntos de la isla; hoy sólo lo hacen 16, exclusivamente hasta las capitales de provincia y a un par de otras ciudades del Interior.

Los traslados entre municipios han sufrido un descenso mucho más acusado, con cancelaciones totales en la mayoría de los territorios. “Estamos preservando los traslados de pacientes hacia los hospitales y servicios como los funerarios, pero las rutas entre comunidades quedarán suspendidas hasta próximo aviso”, declaró en una radioemisora local un dirigente partidista. En La Habana la situación no llega a niveles tan dramáticos, pero está lejos de servir como fundamento para el optimismo: de unos 7 mil viajes que diariamente debía realizar la empresa de ómnibus urbanos capitalina, la semana pasada se alcanzaban los 4 mil; en tanto, buena parte de los automóviles de alquiler y pertenecientes a cooperativas de pasaje se encontraban detenidos o trabajando a media jornada debido a la falta de diésel.

Precisamente la dependencia de ese derivado del petróleo hace que resulte más difícil superar la actual coyuntura de escasez, alertó el viernes 13 en su blog El Estado como tal el economista y asesor de la Unesco Pedro Monreal. “El crecimiento en flecha de las importaciones de diésel entre 2012 y 2017, a una tasa promedio anual del 14 por ciento, lo han convertido en el rey de las importaciones de combustible”. La mayor parte de esas nuevas compras ha tenido como destinataria la generación eléctrica, señaló el experto, al apuntar que “se produjo un salto de casi 92 por ciento en un solo año (2017-2016) en el consumo relacionado con esa actividad”.Cuba2909 II

La causa de tan marcado crecimiento está en el deterioro de las centrales termogeneradoras del país, todas –salvo una– inauguradas entre las décadas de 1960 y 1980. Se trata de ocho plantas que aportan la llamada “generación base” del Sistema Electroenergético Nacional, en promedio, alrededor del 60 por ciento de la demanda. Un crédito ruso por 1.200 millones de euros sufraga la construcción de cuatro nuevas unidades en una de las centrales del occidente. Deberán aportar cerca de 800 megavatios (poco más de la quinta parte del consumo en hora pico), pero su puesta en funcionamiento no está prevista para antes de 2021.

Un presidente en campaña

En junio pasado, Donald Trump anunció en Florida el comienzo de su campaña de reelección. La apuesta es volver a agenciarse los 29 votos comiciales de ese estado, esenciales en su pretensión de mantenerse por otros cuatro años en el despacho oval. Lograrlo depende en buena medida del apoyo de los poderosos lobbies anticastrista y antimadurista de Miami, partidarios de una política de sanciones contra La Habana y Caracas.

De cara a la próxima consulta en las urnas, los asesores del magnate neoyorquino han sacado cuentas. En noviembre de 2016, el 52 por ciento de los cubanoestadounidenses residentes en Florida votó por Trump, lo que le brindó un decisivo espaldarazo en la lucha por dominar el colegio electoral local. Poco importa que a nivel del país el resultado fuera diametralmente opuesto, con Hillary Clinton acaparando la mitad de las boletas depositadas por esa comunidad (“la participación más alta que un candidato presidencial demócrata haya registrado jamás”, destacó la encuestadora Latino Decisions): sus papeletas se diluyeron entre los casi 3 millones de votos que la ex primera dama sacó de ventaja al actual mandatario. Un respaldo que el rocambolesco sistema electoral estadounidense no se preocupa por tener en cuenta.

Consciente de por dónde soplaba el viento, ya desde mediados de su primera campaña, Trump se convirtió en el más furibundo crítico del proceso de normalización de relaciones impulsado por los presidentes Barack Obama y Raúl Castro. La virulencia de su retórica llegó al punto de terminar robándose el protagonismo que, en relación con el tema, hasta entonces habían ostentado los dos precandidatos cubanoestadounidenses, Ted Cruz y Marco Rubio.

Como inquilino de la Casa Blanca, toca concederle el beneficio de la coherencia. Apenas iniciado su mandato, Trump abrió el capítulo de los supuestos ataques sónicos contra la embajada norteña y acudió a Miami para ratificar su “compromiso con la causa de la libertad de Cuba”. Luego, ha continuado su línea de confrontación al activar la polémica ley Helms-Burton (véase “Vuelve el invierno”, Brecha, 5-IV-19), prohibiendo los viajes de sus conciudadanos a la isla y promulgando una lista de “entidades prohibidas” para compañías y gobiernos de otros países, entre un largo etcétera de medidas que tienen como objetivo declarado acabar con “el régimen castrocomunista”. Y, casi como de paso, asegurar la adhesión de la poderosa elite anticastrista en noviembre de 2020.

El reencuentro de viejos conocidos

Tras poco más de un año en el cargo, el presidente Díaz-Canel ha logrado agenciarse un apreciable respaldo. La aprobación de la nueva carta magna que impulsara junto al primer secretario del Partido Comunista, Raúl Castro, evidenció ese rédito político, acrecentado por la ausencia de una oposición creíble dentro y fuera del país. Pero las dificultades económicas resultan un lastre potencialmente peligroso para la pretendida continuidad del proyecto revolucionario. En particular, cuando los años terribles del Período Especial se mantienen como un recuerdo latente para la mayoría de los habitantes de la isla.

Los esfuerzos de la nueva administración se concentran en poner en orden las maltrechas cuentas domésticas, recuperando alianzas que los acercamientos con Washington parecían haber colocado en un segundo plano. Entre todas, ninguna resulta tan importante como la establecida con el Kremlin. El relanzamiento de vínculos parte de una base tan firme como la ofrecida por los 35.000 millones de dólares que en junio de 2014 Rusia condonó a Cuba, como parte de la renegociación de la deuda bilateral heredada de los tiempos de la Unión Soviética. A aquel acuerdo “sin precedentes”, aprobado en primera lectura por la Duma, siguieron sendas visitas de Putin a La Habana (durante aquel año) y de Díaz-Canel a Moscú (en noviembre de 2018). Recién en julio del corriente, el canciller Serguéi Lavrov acompañó a Raúl Castro en la develación de la Estatua de la República –la tercera mayor escultura del mundo bajo techo– tras su restauración con la ayuda de artistas rusos. “Cuba es un amigo fiel y socio estratégico de Rusia. Nuestra relación ha pasado por la prueba del tiempo y hoy sigue desarrollándose”, señaló en la ocasión el parco diplomático, quien no perdió oportunidad para criticar las “acciones unilaterales e ilegales” emprendidas contra la isla.

Paulatinamente, el norte de la política de Estado cubana vuelve a reorientarse. Como a principios de los años sesenta, la administración estadounidense intenta cortar los suministros de combustible a la isla. En Washington parecen empeñados en repetir la historia.