A pesar del fin del régimen segregacionista, negros expulsados de sus tierras y de zonas urbanas con infraestructura enfrentan grandes obstáculos geográficos y económicos.

F. Canzian, desde Ciudad del Cabo

Folha de São Paulo, 13-8-2019

Serie de reportajes sobre la Desigualdad Global

Traducción de Ernesto Herrera – Correspondencia de Prensa

 

En febrero de 1966, el régimen del apartheid en África del Sur decidió dejar de manera exclusiva para los blancos un área central y densamente poblada en Ciudad del Cabo al pie de la Table Mountain. En los 15 años siguientes, más de 60 mil negros y una minoría “coloured” (mestizos) fueron expulsados del llamado District Six, donde había una amplia infraestructura y transporte, hacia campos vacíos y arenosos a más de 30 km del centro.

Llamadas “flats” (planas), esas áreas distantes en Ciudad del Cabo abrigan actualmente algunas de las mayores y más precarias favelas de África del Sur, país que es considerado el más desigual del mundo.

Incluso después del fin del apartheid, que rigió entre 1948 y 1994, la disparidad histórica entre pobres y ricos en África del Sur continuó aumentando, al punto que el 10% de la franja de arriba captura hoy cerca del 65% de la renta nacional.

En Ciudad del Cabo, Kayelitsha, que en la lengua bantú significa Nuestro Nuevo Hogar, es la mayor de esas aglomeraciones humanas, llamadas de “townships”.

Las más comunes son compuestas de millares de barracones hechos de chapas de metal, sustentados en armazones de madera fijados al suelo.

Presentes en casi todas las grandes ciudades sudafricanas, como en Johannesburgo y su famosa Soweto, esas “ciudades de lata” acabaron reforzando la segregación geográfica entre negros y blancos que ya existía desde antes del apartheid.

En 1913, todavía bajo el dominio del Imperio Británico, más de 90% del territorio sudafricano fue reservado exclusivamente a la población blanca por la llamada Ley de Tierras.

Fue una manera de consolidar el poderío inglés en el país, blanco de una larga disputa anterior por tierras, oro y diamantes con los holandeses, los primeros europeos en colonizar África del Sur a partir de 1652.

Pasados 25 años desde el fin del apartheid, período en que el Estado restituyó cerca de 20% de las tierras propicias a la agricultura a los negros, las “townships” no paran de crecer.

Debido al hacinamiento en las áreas más distantes de Khayelistsha, miles de sus 600 mil habitantes no cuentan con baños, agua por cañería o electricidad en casa. Ni pavimento de la puerta para afuera, donde las calles de arena viven inundadas durante el invierno y salpicadas de basura.

Nokuthula Bulana vive en Khayelistsha, 32 años, dice que allí es peligroso hasta caminar con los hijos a la noche para ir a uno de los inmundos baños públicos disponibles, al lado de los cuales hay canillas para obtener agua y tanques desvencijados para lavar ropa.

Viven en Khayelistsha con Bulana dos niños y cuatro adultos, todos desempleados. A pesar de haber culminado una enseñanza técnica en servicios financieros, ella y los demás no encuentran trabajo fijo, lo que obliga a los siete familiares a vivir con menos de 4.300 rands (U$S 290) al mes, fruto de changas y de una pensión que cobra un tío inválido.

“Enviamos emails y currículos para nada. Ni con libreta de conductor mi marido tiene trabajo”, dice Bulana.

Con 57 millones de habitantes, África del Sur tiene una de las mayores tasas de desempleo del mundo, de casi 28% y concentrada sobre todo entre los negros, que representan 80% de la población. Entre ellos, el índice de desocupación es mayor, de 35%, y llega a 50% entre los más jóvenes.Sudáfrica dos

Ya entre los blancos, que son menos de 10% de la población, el desempleo oscila alrededor de 7,5%, muy por debajo también del nivel entre las demás minorías mestiza y asiática.

Es probable que muchos sudafricanos pasen la vida sin conseguir un trabajo. La desigualdad en África del Sur “es provocada por el mercado de trabajo, pero es imposible desvincularla de las raíces históricas”, asegura Patrizio Piraino, economista de la Universidad de Ciudad del Cabo y profesor-investigador del Southern África Labour and Development Research Unit (SALDRU).

“Antes de la democracia había un modo de dividir a las personas. El color de la piel determinaba el menú de opciones para la vida. Al final del apartheid, la economía estaba estructurada de esa forma y la expectativa era de que sería transformada. De que habría cada vez más diversidad. Pero el ritmo fue de esta transformación ha sido más lento de lo esperado”.

Durante el régimen del apartheid, no sólo la inmensa mayoría negra fue desplazada compulsivamente hacia áreas distantes de los centros urbanos donde estaban los mejores empleos, sino que comenzó a frecuentar las peores escuelas.

Zukuthin Kleinbaas, 65 años, un ex activista antiapartheid, recuerda como en 1976 llegó a ser preso y azotado seis veces en las nalgas después de prender fuego en una escuela ubicada en una “township” de Ciudad del Cabo, en protesta contra la calidad de la enseñanza.

Pasados 25 años del fin del régimen, Kleinbaas dice que, desde su punto de vista, nada cambió. Hoy él está desempleado y vive del dinero de la mujer que trabaja para un matrimonio de alemanes.

En las últimas tres décadas, con la ampliación de la mecanización en la agricultura y la minería -actividades de peso en el país- y de la exigencia por trabajadores cada vez más calificados en las industrias, el desempleo entre la población negra se tornó estructural.

Como la mayor parte de la población tiene un ingreso muy bajo, la desigualdad en relación a los que trabajan, sobre todo los blancos, es gigantesca.

Mientras la mitad de los sudafricanos vive con menos de 130 euros al mes, el 10% más rico tiene rendimientos medios de 7.850 euros mensuales.

El 1% más rico vio aumentar (más de 20%) su participación en la renta nacional desde 1980 y gana hoy, en promedio, 25 mil euros mensuales.

Con el fin del apartheid, África del Sur registró una caída en la diferencia de renta entre negros y blancos. Incluso así, la desigualdad subió porque aumentó la disparidad dentro de la mayoría negra, según los datos disponibles.

El Informe de la Desigualdad Global de la Escuela de Economía de París, sustenta que los cambios en el mercado de trabajo en el pos-apartheid, contribuyeron para eso. Sobre todo a una mayor oferta de empleos mejor remunerados en el sector público para negros con escolaridad elevada.

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Desde el fin del apartheid, el país es gobernado por presidentes negros, de Nelson Mandela (1994-1999), al recién elegido Cyril Ramaphosa, todos del ANC (Congreso Nacional Africano)

A lo largo de esos años, una elite negra pudo prosperar, educar mejor a los hijos y abrir una serie de negocios que surgieron con el fin de los boicots internacionales que estuvieron vigentes contra el régimen segregacionista hasta 1993.

Además de eso, a pesar de algunas medidas compensatorias, la distribución de la tierra en África del Sur siguió concentrada en el pos-apartheid, con cerca de 75 mil hacendados blancos ocupando la mayor parte de las áreas fértiles.

En el boom mundial de los commodities de los años 2000 esa elite agrícola blanca multiplicó ganancias, impidiendo una reducción mayor de la desigualdad entre blancos y negros.

A partir de 2000, África del Sur sufrió una nueva onda de concentración de renta en el gobierno del presidente Jacob Zuma, que renunció el año pasado, acusado de casi 700 actos de corrupción que beneficiaron a familiares y amigos en negocios con empresas estatales.

Distante de esa elite rica, entre los negros pobres sudafricanos, el lugar de nacimiento y de habitación continúa siendo determinante para el nivel de renta que tendrán en el futuro.

Y no ayuda el hecho que, desde el fin del apartheid, el número de “townships” en África del Sur, saltó de 350 a 2.700.

Fue por haber salido de esas “ciudades marginales” e instalarse en Mitchell’s Plain, Ciudad del Cabo, que Erefaan Pearce, 42 años, cree estar hoy en condiciones de obtener una renta mensual de 40 mil rands (U$S 2.520).

Los pocos negros que circulan en esas áreas son mayoritariamente empleados domésticos y pueden ser vistos bien temprano en furgonetas o esperando ese tipo de transporte, muy popular en Ciudad del Cabo para llevarlos de vuelta a las “townships”.

Un viaje de ida y vuelta entre Khayelitsha y el centro de Ciudad del Cabo en esas furgonetas cuesta 40 rands (U$S 0,25) y puede llevar más de horas en cada trayecto.

En un país donde la mitad de la población vive con menos de 70 rands (U$S 10) al día, el costo de recorrer tales distancias dificulta la búsqueda de trabajo y consume buena parte del salario de los empleados en el sector de servicios, que paga como media 140 rands (U$S 3,5) al día.

Sudáfrica tresHabitante de Khayelitsha, Nonceba Ndlebe, 39 años, dice que no es posible salir de la “townships” diariamente para trabajar, lo que aumentaría  aún más su presupuesto de transporte de 167 rands (U$S 10,10) semanales que ella ya gasta con el transporte escolar de su hijo de 11 años.

Eso, más un nuevo hijo pequeño, la lleva a descartar empleos temporales que conseguía en hoteles en el centro de Ciudad del Cabo para dedicarse más a un pequeño negocio de venta de ropa usada y a acciones sociales en Khayelitsha.

Así, como otras madres pobres en África del Sur, Ndlebe es elegible para recibir 420 rands (U$S 30,50) al mes por hijo de un programa social federal dirigido a niños carentes.

Especie de Bolsa Familia sudafricana, el Sassa (llamado así debido a South African Social Security Agency), cubre a cerca de 12 millones de niños y les paga a cada uno de ellos hasta que cumplan 18 años.

Según Vilma Ranchhod, economista de la Universidad de Ciudad del Cabo, el gobierno sudafricano ha obtenido algún éxito en la disminución de la extrema pobreza con programas de ese tipo como la ampliación del acceso universal a la educación.

Siguiendo los criterios oficiales para medición de la pobreza (ingreso menor a U$S 55) la proporción de miserables en África del Sur disminuyó de 51% en 2006 a 36% en 2011. Pero ella volvió a aumentar aproximadamente 40%.

Pero el combate a la desigualdad enfrenta obstáculos mayores, sobre todo la falta de oportunidades en el mercado de trabajo y de la distribución de tierras en el país.

Para Ranchhod, los adultos que vivieron el fin del apartheid todavía demuestran paciencia con la lentitud de los cambios en África del Sur.

“Pero las nuevas generaciones son más incisivas. Sin esperanza, ellas constituyen un riesgo político y social importante”, dice la economista.

“O eso va a manifestarse de forma caótica o la sociedad tendrá que cuestionarse de una manera colectiva sobre lo que debe ser hecho. Infelizmente, nuestro histórico nunca fue el de soluciones colectivas, sino de fuerza”.

En ese sentido, grupos políticos sudafricanos como el Economic Freedom Fighters (1) con 11% de bancas en la Asamblea Nacional, presionan al gobierno para que sea adoptada una política agresiva, y sin compensaciones, de desapropiación de haciendas y terrenos de blancos.

Incluso sin haber tenido una respuesta positiva del gobierno, la idea provoca muchas reacciones en la comunidad empresarial.

El temor es que haya una crisis semejante a la del vecino Zimbabue a finales de los años 1990, cuando el país empezó a confiscar tierras a los blancos, en un proceso que desencadenó mucha violencia y el colapso del sistema bancario.

Nota 

1) Luchadores por la Libertad Económica, partido fundado en 2013 por Julius Malema, un ex miembro del ANC. En su programa demanda la expropiación de tierras y la nacionalización de los recursos del país. Se destaca su ideología nacionalista negra. En 2015, propuso que la arquitectura de los edificios fuese readaptada para mostrar la historia de la lucha de los africanos contra el colonialismo (Redacción Correspondencia de Prensa)