Provadavinci, 27-7-2019

Correspondencia de Prensa, 29-7-2019

En estos días aciagos de julio, de ansiedad y aplastamiento vital, te reconcilias con los espléndidos relatos de Andrea Camilleri recogidos en Un mes con Montalbano. La obra propicia la entrada a su universo y el de su famoso personaje, el comisario Salvo Montalbano. Manuel Vázquez Montalbán, su camarada y amigo, escribió el profundo y afectuoso prólogo que introdujo las obras del siciliano en España, traducidas para la editorial Salamandra.

“Manuel Vázquez Montalbán ha representado muchísimo para mí, el escritor no sus personajes”, recordaría más tarde Camilleri, cuando lo descubrió con Asesinato en el Comité Central —la quinta novela de MVM, con su entrañable detective Pepe Carvalho, quien inauguraría con Yo maté a Kennedy, la serie de novela negra considerada como la más exitosa y prolífica de la literatura española.

La novela lo “fascinó” porque descubrió en ella su “ideal de lo que debería ser el género: que el entorno fuese tan importante como el mismo crimen”. De ahí el nombre de su detective, Montalbano, como homenaje al escritor catalán.

Pero ya antes su amigo le había hecho experimentar otro episodio vital, cuando la primera novela de la trilogía que MVM denominó “ética de la resistencia”, El pianista, publicada en los años ochenta —que completarían Galíndez (1990) y Autobiografía del general Franco (1992)—, le sirviera para que su novela La opera de Vigàta acabase siendo “la novela más aburrida que se haya escrito nunca”.

Y así, un mes más tarde, “cuando escribí mi primera novela negra La forma dell’acqua —reconocería—, bauticé así a mi protagonista para agradecérselo a Montalbán, ya que por otra parte Montalbano es un apellido muy común en Sicilia”.

De manera que ambos escritores estuvieron ligados el uno al otro desde ese territorio subjetivo y objetivo de la creación y la amistad plena, desde que se conocieron.

Vázquez Montalbán moriría a los 64 años de un paro cardiaco en el aeropuerto de Bangkok, el 18 de octubre de 2003. Y su anciano amigo a los 93, el pasado 17 de julio, en el hospital Santo Spirito de Roma. Ambos, de una célebre y desbordante productividad.

Nunca paraban de escribir. Tanto, que Camilleri, con motivo de recibir el premio Pepe Carvalho a su trayectoria en el encuentro literario BCNegra, en 2014, respondería ante esa inquietud periodística: “¿Cómo hacia Manuel Vázquez Montalbán para escribir tanto? ¡Y lo que hubiese llegado a escribir si hubiera llegado a los 88 años como yo! Es algo de lo que hablamos cuando nos conocimos».

Era la sistematicidad de la escritura. No ser el escritor que escribe cuando le llega la inspiración, sino permanentemente, cada mañana. “Cuando no tengo una idea —decía—, hago siempre lo mismo. Si me encuentro a un hombre desagradable en el quiosco, le escribo una carta que no le enviaré. Y así ya estoy escribiendo lo que escribiré mañana. Somos como un pianista, como la bailarina, todos los días tengo que escribir, para que el ejercicio de sea más fluido”.

Vázquez Montalbán, gallego de origen pero barcelonés por elección, y un gran viajero —muchas de las aventuras de Carvalho transcurren en otros lugares— tras el prestigio alcanzado terminarían dando a la capital catalana el aura de ciudad mítica que tanto habría apreciado él en otras, como el Singapur de William Somerset Maugham.

Por su parte, Camilleri, como Faulkner con su imaginaria Yoknapatawpha, Juan Carlos Onetti con su Santa María, y García Márquez con su Macondo, crea el microcosmos siciliano de Vigàta.

El protagonista de la legendaria saga, el comisario Salvo Montalbano, es presentado por primera vez en La forma del agua, novela que da inicio al fenómeno Camilleri. A partir de la publicación limitada de Sellerio, la pequeña casa editorial prestigiada por el padrinazgo de Sciascia, sin ninguna publicidad proyecta a Camilleri al firmamento literario de su país.

Y tras La forma del agua, de cinco mil en cinco mil ejemplares, el viejo Camilleri se eleva sin perder su serena compostura, y firma El perro de terracota, El ladrón de meriendas —donde según algunos críticos, de manera rotunda apuntala todos los rasgos de su estilo característico—, para construir una de las más importantes sagas de la novela criminal europea. De esta manera se confirma como un indiscutible maestro, epíteto que siempre consideró con desdén y distanciamiento: “Es para locos”, dijo alguna vez. “No, no me considero un gran escritor… En Italia se tiene la ambición de levantar catedrales; a mí, en cambio, me gusta construir iglesias rurales pequeñitas y sobrias”.

Camilleri fue, a los ojos de muchos, un artesano medieval que trabajó en la sociedad postindustrial capitalista, descifrando en clave popular lo que Kierkegaard llamaría su “filosofía de la angustia”, apropiándose —como el guionista, profesor de Arte Dramático y director teatral y televisivo que siempre fue— de las esencias cotidianas de su isla mediterránea.

Joyas que nos llevan al corazón de esa Sicilia dramática y profunda, que Sciascia ambicionó diseccionar, en su caso a través de la novela política o del poder, y Camilleri lograría por la vía de la novela policial, en la que esos mismos contenidos ideológicos culturales siguen, aunque sobreentendidos y sublimados por la intriga. Del mismo modo, Camilleri se sumerge en una indagación lingüística que saca a flote el habla siciliana esencial, la cual, al trasladar a sus narraciones, exige un plus constante de sus traductores. Una psicología del habla particular de los sicilianos que según él “sólo con la ironía pueden sobrevivir”. Por lo que agradecía a sus intérpretes sus esfuerzos, como en el caso de su traductor judío al alemán, quien luego del esfuerzo realizado, le comentó: “Yo que me libré del Holocausto pensé que no sobreviviría a tu traducción”.

Otro aspecto de la aproximación a la obra de Camilleri es su parentesco con Maigret, el detective de Simenon. Valdría la pena mencionar (amén de sus similitudes) algunas distancias evidentes. Ambos sabuesos de fino olfato, de corpulencia humana sobria y compasiva, transitan parecidos procesos psicológicos a la hora de desentrañar misterios y poner los ganchos al criminal. Sin embargo, en el caso de Montalbano, Camilleri añadiría a su personaje un reconocido parti pris intelectual —un pensamiento organizador— con una mirada crítica diferente.

Ese exquisito rasgo cultural que Camilleri atribuye a Montalbano y que lo distancia deliciosamente de lo prosaico constitutivo en las indagaciones de sus ambientes es, algunas veces, el quid de su enigmas —como bien lo señala Vázquez Montalbán—. Constituye muchas veces una clave mítica, cultural, una lectura clásica, que pone a prueba el verosímil literario y lo supera.

Y hablando del autor de Los mares del Sur, referente obligado de Montalbano, su relación con Camilleri, que es leyenda, se afinca en demasiadas convicciones compartidas. No olvidemos que tanto Camilleri como Vázquez fueron comunistas cerriles hasta el tuétano, para quienes sus ideas marcadas a yunque y fuego, persistían a pesar de sus fracasos y decepciones. Incluso el niño Camilleri fue fascista, hasta que ya más despierto y crecidito, según él, su lectura de La condición humana de Malraux lo bombea hacia el comunismo, que no abandonaría hasta su muerte, aunque aquél lo abandonara a él.

A lo que habría que añadir la cualidad de exquisitos y delicados gourmets que fueron ambos. Algo que por lo demás se advierte placenteramente expresado en sus libros, e hizo que el siciliano exclamara alguna vez: “¡A mí la comida de Carvalho me da miedo!”.

Cuando Camilleri quiso emplearse en la RAI de sus primeros años, no lo aceptaron por sus ideas. Pero ya viejo y exitoso en toda Europa, lo llamaron para producir una serie televisiva de algunas de las aventuras de Montalbano, interpretada por el actor Luca Zingaretti: “Il commissario Montalbano”, de 26 capítulos, que con millones de seguidores y supervisada por el propio Camilleri, superó la audiencia de los programas top, llegando a convertirse en guía turística y gastronómica de Sicilia.

Un hombre que cuando cumplió los ochenta años, consideró que ya era demasiado el camino recorrido y el final podía estar al cruzar la esquina, por lo que, con la exuberancia creativa que lo caracterizó, escribió de golpe la última entrega de la serie sobre el comisario Montalbano, y la envió de inmediato a su editor con la orden de que la escondiera en una gaveta hasta que la muerte lo alcanzara.

Como que ha ocurrido.

Ciego —“La oscuridad no se puede combatir. No hay nada que hacer. Hay que agarrarse a la memoria, repasar”— y, desde luego, acaba de morir con un cigarrillo en la mano; que no será su apetecido y sempiterno Philip Morris, de  cajetilla blanda y filtro sencillo, que llevaba fumando décadas, hasta que dejaron de fabricarlos, y debió escribir una carta a la compañía, quejándose: “Ahora estoy obligado a fumar esta porquería”.

Hay demasiadas cosas que contar de Camilleri. Aunque la última (en esta nota) es la que atañe al cronista, y que tiene que ver con ese tono peculiar, que al igual que el de Maigret nos cautivó en una espléndida ocasión al caer del cielo en nuestras manos El perro de terracota, y descubrir no sin sorpresa que aquel comisario era igualito Francesco, el viejo siciliano de la pensión de nuestra infancia, risueño, ameno, encantador. Quien como si inesperadamente alguna mañana soplara el lebeche de su Porto Empedocles nativo en la Candelaria, amanecía de un humor agrio, fingía antipatía e indiferencia, y se odiaba a muerte como también odiaba al mundo entero.

—¿Quién coño es ese tal Verruso?

—No lo sé, comisario.

—Entérate y luego me lo cuentas.

—Ciao, Andrea.

***

Andrea Camilleri (1925-2019), creador de la saga más famosa de Italia

Cuando el comisario se vistió de luto

Silvana Tanzi

Búsqueda, 25/31, julio 2019

Tenía 93 años y decía que desde que había quedado ciego, sus sueños estaban llenos de colores, y posiblemente fueron esos sueños los que siguieron alimentando su poder creativo. Andrea Camilleri tuvo que dictar sus últimos libros, entre ellos el más reciente, La liebre que se burló de nosotros (2019), relatos que tratan la relación entre las personas y los animales. De la misma forma dictó sus memorias aún inéditas, Cartas a Matilda, dedicadas a su bisnieta, que la editorial Salamandra piensa publicar en noviembre. Desde hacía unas semanas, Camilleri estaba internado por problemas cardiovasculares en un hospital de Roma, donde murió el miércoles 17.

Fue guionista, director de cine y teatro, y poseedor de una narrativa vigorosa que dio nacimiento a la saga más famosa de la literatura italiana, con 27 novelas protagonizadas por el comisario Salvo Montalbano. Además de esta serie policial, escribió otra veintena de libros de diversos temas.Cultura2907 II

Camilleri nació en 1925 en Porto Empedocle, un pueblo costero del estrecho de Sicilia que inspiró la invención de Vigàta, ciudad donde vive y trabaja el comisario Montalbano. Hoy parece extraño que Camilleri le haya escrito a los 10 años una carta a Mussolini para participar como voluntario en la invasión italiana a Etiopía en 1935. Pero pasó el tiempo, y la pobreza y violencia que instauró el régimen fascista, así como los horrores del nazismo, le hicieron volcarse al otro extremo. La lectura de La condición humana de André Malraux también hizo lo suyo.

En 1944, Camilleri se unió al Partido Comunista Italiano, y aunque mantuvo sus creencias hasta su muerte, se terminó alejando de sus filas. “Hay partidos de izquierda que realmente tienen objetivos de derechas”, dijo decepcionado en una de sus últimas entrevistas con eldiario.es.

En su novela Privado de título (Salamandra, 2007) narró, con una original estructura, los hechos que se dieron en una ciudad de Sicila en 1941, cuando asesinaron a un joven de 18 años, “el último mártir fascista siciliano”. El acusado había sido un comunista. A través de recortes de diarios, partes médicos, cartas y declaraciones de testigos frente al juez, Camilleri fue armando una historia que se contradice a sí misma, a la vez que pone en evidencia la inocencia tanto del muerto como del supuesto asesino y los delirios del régimen de Mussolini. Una muestra de su maestría narrativa, más allá de su famosa serie policial.

Un comisario hedonista

Pensar en Camilleri es pensar en Salvo Montalbano, aunque a su creador le pesaba bastante. El personaje lleva en su nombre un homenaje al escritor catalán Manuel Vázquez Montalbán, fallecido en 2003 y creador del detective Pepe Carvalho. Camilleri y Montalbán eran amigos y sus policías literarios se parecen.

El de Camilleri apareció por primera vez en 1994 en la novela La forma del agua, pero allí era solo “una función, no un personaje con todos sus atributos”, según relató el propio autor. De aquella primera vez hasta el éxito absoluto del personaje, que traspasó fronteras y se transformó casi en héroe nacional, pasaron muchos años y muchas tramas policiales, hasta que llegó el fastidio de Camilleri. Porque el padre renegaba de esa criatura que lo hizo millonario. Incluso rechazaba las preguntas que sobre él le hacían en las entrevistas.

“No digo que no me guste decir que Montalbano se ha convertido en un chantajista porque es demasiado invasivo en mi producción literaria. Estoy muy feliz de que él tenga muchos fans y le deseo muchos más”, dijo pocas semanas antes de ser internado. Todos temen que en la última novela de la saga, aún inédita, haya matado a Montalbano, aunque Camilleri lo negó. La novela se llama Riccardino y seguro que la editorial Sellerio, que publicó todos sus libros, ya la estará enviando a imprenta.

Lo cierto es que con tanto comisario que le ha salido a competir en series y novelas, Montalbano mantuvo su especial atractivo y a Camilleri no le fue fácil dejarlo ir. Mucho menos cuando apareció la serie televisiva El comisario Montalbano, protagonizada por Luca Zingaretti, que interpreta a un policía fornido y pintún, un poco malhumorado, que se viste con camisas a la moda, vive en una casa increíble frente a la playa y se alimenta con exquisiteces sicilianas que le prepara Adelina, de las mejores cocineras de la región.

Es que este abogado cincuentón encarna el espíritu hedonista del sur de Italia, y a pesar de sus achaques y de la presbicia que avanza, nunca abandona ni su gusto por los clásicos italianos ni mucho menos los salmonetes a la livornesa, ni los arancini, ni los spaguettis con frutos del mar ni el buen antipasto que saborea en un pequeño restaurante de playa.

El atractivo está también en la imaginaria Vigàta y en su caótica comisaría, donde suena un italiano salpicado de dialectos sicilianos.

—Oiga, dottori, ¿hablo con usted en persona personalmente? ¿Me reconoce? Soy Catarella.

—Sí, te reconozco, Catarella. ¿Qué quieres?

—No quiero nada, dottori.

—¿Entonces por qué me llamas?

Más o menos así son las conversaciones con el agente Catarella o Cataré —así como Montalbano es Montalbé—, el recepcionista atropellado que entrevera todos los nombres. Además está Mimi Augello, que se pasa más tiempo conquistando mujeres que trabajando, y el fiel y un poco inoperante agente Gattuzo. Además está Livia, la novia que vive en Génova. En conjunto todo es bullicioso y alborotado. Todo muy siciliano.

Camilleri fue sepultado en el Cementerio Acatólico de Roma en una ceremonia privada. Allí estuvo el actor Luca Zingaretti, aunque en realidad quien realmente lloraba detrás de los lentes negros era Salvo Montalbano.