La seguridad laboral de los trabajadores jóvenes

Los elegidos de los dioses

El viernes pasado (5 de julio) horas antes de que falleciese trabajando un muchacho de 24 años, un estudio confirmaba los números alentadores que se vienen dando sobre la disminución de los accidentes laborales sufridos por los más chicos. Claroscuros de una situación en la que los varones jóvenes siguen sufriendo el doble de accidentes que el resto de los trabajadores.

Salvador Neves

Brecha, 12-7-2019

Correspondencia de Prensa, 15-7-2019

 

—Lo que oímos fue la explosión. Porque fue así: explotó –dijo la responsable del carrito que vende hamburguesas, chorizos y panchos en la esquina de Paraguay y 18 de Julio–. Y no salió en ningún lado, ni en el 4, ni en el 10, ni en el 12 –añadió la mujer, con la autoridad que le brinda el tamaño de la pantalla que tiene instalada en el carrito–. Una vergüenza también la ambulancia. La desgracia fue a las doce menos veinte, y a las doce y cinco, cuando nosotros ya nos íbamos, la cruzamos llegando por Avenida del Libertador. Si el muchacho tenía alguna esperanza de salvarse, estaban llegando tarde –alegó indignada.

—Pero no tuvo chance –aseguró un repartidor que se arrimó al carrito durante la conversación.

—Vos lo viste, ¿verdad? –quiso ratificar la mujer.

—Sí. Lo conocía. Era cubano, trabajaba para Rappi. Cuando el accidente, yo también venía por 18, en dirección contraria. Cambiaron las luces y el cubano estaba parado en la esquina poniendo primera para arrancar, pero el automovilista, que estaba atrás, ya había visto el cambio de luces, aceleró y se lo llevó puesto. Murió inmediatamente –narró el muchacho.

El repartidor atropellado el viernes pasado se llamaba Rolando, explicó minutos después un paisano suyo que trabaja a una cuadra de esa esquina. “Hice la travesía con él, desde Cuba, por Brasil. Vivimos juntos hasta que llegó su madre y Rolando se fue con ella. Era gente buena. Ya ve, murió trabajando. Es todo lo que le puedo decir.”

—¿Qué edad tenía? –insistió Brecha.

—24.

Telón de fondo

Algunas horas antes de la muerte de Rolando, en el salón Enrique Erro del Ministerio de Trabajo, Carmen Bueno, especialista en seguridad y salud de la oficina del Cono Sur de la Organización Internacional del Trabajo, había presentado un estudio que afirma que en Uruguay los varones jóvenes sufren prácticamente el doble de accidentes laborales que el conjunto de los trabajadores. Mientras estos afectan a 20 de cada mil trabajadores cada año, la tasa aumenta a 39 de cada mil en el segmento de los varones de entre 15 y 24 años.(1)

Apoyándose en un considerable número de fuentes nuevas y tradicionales, el grupo responsable de la pesquisa, dirigido por la socióloga de Equipos Consultores María Julia Acosta, confirmó en su trabajo que el telón de fondo de este fenómeno no ha variado.

Los jóvenes que se insertan temprano en el mercado de trabajo provienen de hogares más pobres que la mayoría. Incluso sucede que entre ellos el número de afrodescendientes es bastante mayor que en el resto de la población (13 y 8 por ciento, respectivamente).

Conseguir empleo es bastante más difícil para los jóvenes que para el resto: su tasa de desempleo triplica el promedio (25 y 8 por ciento, respectivamente). Parece lógico, entonces, que terminen aceptando los empleos más precarios y peor pagos.

Mientras que la informalidad caracteriza el 25 por ciento del total de empleos, esto ocurre con el 35 por ciento de los que desempeñan los jóvenes. Además, los ingresos de los más chicos son en promedio la mitad de los que percibe el resto de los trabajadores. En 2017, siete de cada diez cobraban menos de 20 mil pesos, cuando en promedio esto sólo les sucedía a cuatro de cada diez trabajadores.Uruguay1507 II

Son muy pocos los que logran continuar estudiando (apenas uno de cada tres lo sigue haciendo) e incluso, al menos en una etapa, pierden la posibilidad de atender su salud en el sistema mutual. La pesquisa sugiere que esto sucede especialmente a partir de los 18 años, cuando cesa el derecho a acceder a este servicio a través del aporte al Fonasa de sus padres y todavía no tienen un trabajo formal que les permita hacerse cargo ellos mismos.

Los cambios

La investigación mostró, sin embargo, que en los últimos años ha habido avances de importancia. El número total de accidentes laborales ha disminuido bastante, como subrayó en la presentación el ministro Ernesto Murro. En 2014 fueron 43 mil, bajando año a año hasta ser, en 2018, algo menos que 33 mil. (2) Y todavía más importante es el descenso de la cantidad de accidentes que afectaron a trabajadores menores de 25 años: pasaron de 9.445 en 2014 a 5.917 el año pasado.(3)

Las innovaciones legislativas e institucionales, que el estudio también consigna, probablemente sean parte de la explicación. Aquella vieja ley número 5032, que en tiempos del segundo gobierno de José Batlle y Ordóñez (1911-1915) consagró el principio de la responsabilidad del empleador respecto de la salud y la seguridad laboral de sus trabajadores, fue enriquecida por múltiples decretos reglamentarios, especialmente después de 2005.

La lista es larga, pero vale la pena recordar el decreto número 321, de 2009, para el sector rural, conocido en ese ámbito como el “Libro rojo”, por el color que llevó la tapa en una de sus ediciones y la decisión que implicó de introducir regulaciones laborales en un ámbito que ha sabido esquivarlas.

Y también conviene mentar el decreto número 125, de 2014, para la industria de la construcción, que terminó de legitimar la figura del delegado obrero de seguridad e higiene en las obras y –sobre todo– su potestad de paralizar la actividad siempre que entienda que la salud de alguno de sus compañeros está en riesgo y hasta tanto esa situación sea reparada.

Desde el 26 de noviembre del año pasado las actividades portuarias cuentan con una norma similar, el decreto número 393. “Si unos días antes el decreto hubiese estado vigente, una cosa así no hubiese pasado”, decía a Brecha Fabián González, integrante de la comisión de seguridad y salud del sindicato portuario. La conversación era sobre el fallecimiento de Julio Corbo, de 22 años, y Leonardo Segredo, de 26, intoxicados de manera fulminante nueve días antes de la firma del presidente de la República, cuando bajaron a la bodega del American Bulker, un buque de bandera panameña, para iniciar la estiba. “Esta desgracia sirvió como un tirón de orejas bastante grande y nos ayudó a promover el decreto”, sostuvo González, recordando que las conversaciones en el Ministerio de Trabajo con la patronal representada por el Centro de Navegación llevaban para entonces cuatro años y medio.

Historias y profecías

Fue larga la historia que permitió que el Primero de Mayo del año pasado el Sunca (sindicato de la construcción) celebrara que, por primera vez en la historia, habían transcurrido 12 meses sin que hubiese un muerto en la construcción.

La evolución normativa sólo es una parte de un relato que debería recoger, entre otras cosas, la resolución sostenida de ese sindicato de parar cada vez que alguien moría en el trabajo, pero también esfuerzos más discretos y por lo menos igual de importantes para acordar entre trabajadores y empresarios medidas de seguridad y educarse en ellas.

Al cabo, es posible sostener, como lo hace un dirigente del Sunca en el estudio comentado, que hoy “no tenés que decirlo a nadie, porque ya saben: los tipos que están en la calle y no trabajaban en la construcción saben que si tienen que entrar a una obra a laburar, tienen que ponerse un casco, tienen que ponerse un zapato amarillo”.

La primera comisión tripartita de salud y seguridad del sector fue creada 30 años antes de estas declaraciones, y diez años más tarde se creó un fondo específico, el Focap, para solventar la capacitación de los trabajadores en la materia. “La capacitación en forma continua no es que la hice y ya está”, como aclaró en el estudio un representante empresarial del sector. Una capacitación, además, con los pies en la tierra que implica la discusión entre los trabajadores de los “casos reales” incorporando “la visión diferente que puede tener un oficial de muchos años y un gurí que entró recién y es peón”, según precisó en el mismo lugar otro empresario del rubro.

En el inicio de ese proceso los trabajadores de la construcción tuvieron que aprender a manejar el alcoholímetro y acercarlo a la boca de sus compañeros accidentados para demostrar que el percance no tenía por causa la borrachera, como se aducía en los noventa.

El estudio ofrece también datos elocuentes que ponen en entredicho un mito similar que hoy se sostiene sobre los trabajadores más jóvenes: que la seguridad laboral no les importa. “Entonces, como los jóvenes no se preocupan por la temática, les doy materiales de baja calidad, no los capacito, no los cuido, no les explico los riesgos del trabajo, no los respeto. En definitiva, no construyo un trabajador ciudadano, es decir, consciente de sus derechos. Y esto es lo que se llama profecía autocumplida, porque son estos trabajadores los que luego terminan estando más expuestos”, explicó al semanario la socióloga María Julia Acosta.

Fuera de registro

Por cierto, hay enormes territorios del mundo del trabajo a los que les falta mucho para exhibir capacidades como las del Sunca y la Cámara de la Construcción.

De los 8 mil repartidores que recorren la ciudad, el jovencísimo Sindicato Único de Repartidores (Sinurep) ha logrado organizar a 300, cuya columna motoquera se oyó rugir el último Primero de Mayo. Los automovilistas viven quejándose de su comportamiento en el tráfico. Andan rápido y a más de 45 cualquier golpe termina en quebradura.

—¿Por qué corren los repartidores?

—Porque la paga es baja y lo que hace la diferencia es la propina. Andan entre 75 y 100 pesos la hora (3 dólares). Normalmente trabajan cuatro horas en la noche y cuatro en la mañana. De ahí tenés que sacar la nafta, el cambio de aceite una vez al mes o cada mes y medio, los frenos, las cubiertas una vez al año, el costo de hacerte una empresa cuando te obligan a abrirla para darte trabajo –explicó a Brecha Andrés Palermo, presidente del sindicato.

Poco más de una cuarta parte de los repartidores están registrados como trabajadores, fundamentalmente los que son contratados directamente por restoranes o farmacias y unos 450 que tiene regularizados Pedidos Ya. El resto de las “aplicaciones” exige que los repartidores se registren como microempresas y en las cadeterías, que concentran la mayor parte del empleo, la informalidad es la regla.

Por eso, una porción importante de los accidentes laborales que sufren estos trabajadores no se registra como tal. “Hay empresas que sólo aparecen en el lugar del choque para llevarse el cajón de reparto, y así evitar que las vinculen al trabajador accidentado”, narró Palermo.

Entonces, es posible que haya que contrastar la curva descendente de accidentalidad laboral con la de siniestralidad en el tránsito. En este sentido, el último informe de la Unidad Nacional de Seguridad Vial trajo algunas malas noticias. El número de fallecidos en accidentes de tránsito, que venía descendiendo continuamente desde 2010, aumentó en 2017 y volvió a hacerlo el año pasado. Palermo está convencido de que ese aumento tiene que ver con la aparición de las empresas que operan mediante aplicaciones informáticas en el mercado del reparto. “Cada diez accidentes, siete son de moto y seis de esos siete son de repartidores”, estimó.

Organización y justicia

“Organizarse es salud”, decía el año pasado al semanario Walter Migliónico, veterano integrante de la Comisión de Salud y Seguridad Laboral del Pit‑Cnt. En un lenguaje distinto el estudio comentado reconoce en la “acción colectiva” un “mecanismo protector” de la salud y la seguridad de los trabajadores.Uruguay1507 III

En este aspecto, la pesquisa presentada aporta algún dato que pone en cuestión visiones habituales sobre el estado de la musculatura de los sindicatos. Basándose en datos del Monitor Trabajo de Equipos Consultores, una encuesta que la empresa hace desde 2014 y que en la última ronda empleada, la de 2018, entrevistó 2.548 trabajadores, el estudio señala que sólo uno de cada cinco está sindicalizado. Serían unos 320 mil trabajadores. Bastante menos que los 440 mil que el Pit‑Cnt decía organizar en la apertura de su congreso de 2018.

Además, el porcentaje organizado sería mucho menor entre los jóvenes. Sólo el 5 por ciento de los trabajadores de 15 a 24 años, uno de cada 20, respondió a los encuestadores que estaba adherido a una organización sindical. No es el único aspecto en el que hay tareas pendientes.

La justicia aún no ha determinado responsabilidades en el caso de los estibadores fallecidos en noviembre pasado. Mirtha Morales, fiscal del caso, formalizó al capitán del barco y al jefe de operaciones de Tamibel SA, la empresa para la que trabajaban los muchachos, por homicidio culpable calificado y a un director de Tamibel en calidad de autor del delito de responsabilidad penal empresarial. Los acusados siguen bajo medidas cautelares. El miércoles, dialogando con el semanario, Morales anunció que el juicio es inminente.

En el caso de Rolando, el repartidor atropellado el viernes, sí hay sentencia. El juez penal del cuarto turno condenó al automovilista, por homicidio a título de dolo eventual y omisión de asistencia en reiteración real, a cinco años de penitenciaría.

—¿Cinco años?

—Una burla –soltaron sus paisanos al conocer el dato por boca del periodista.

Notas

1) SafeYouth@Work Project y Oit, Seguridad y salud laboral de los trabajadores jóvenes en Uruguay, 2019, disponible en www.ilo.org.

2) El ministro manejó la cifra de 29 mil, la que probablemente corresponda a una estimación para 2019.

3) Estas últimas cifras no provienen del estudio citado, sino de la edición del Monitor de Accidentes Laborales del Banco de Seguros del Estado, que, en este caso, ofrece datos más recientes (disponible en la página del banco).