A propósito del libro de Alain Bihr, La Primera Edad del Capitalismo (1415-1763). Tomo 2: Europa occidental hacia el capitalismo, Éditions Page2/Syllepse, Lausana/París, 2019, 805 páginas.

Guillaume Fondu

Contretemps, 27-6-2019

Traducción de Ruben Navarro – Correspondencia de Prensa, 1-7-2019

Este tomo 2 prosigue el análisis de Alain Bihr sobre la génesis del capitalismo. Esta vez, ya no son analizadas las raíces coloniales de esa génesis[1] sino la manera en la que se encarna durante los trastornos que vivió Europa occidental durante esta época. Para organizar su relato, Alain Bihr asume una metodología marxista retrospectiva que toma como punto de partida el esquema del ciclo completo del capital industrial utilizado por Marx en el Libro II del Capital, así como también la descripción de relaciones de clases establecida en el Manifiesto del partido comunista.

Así, tratando de identificar, en la masa de fenómenos que se presentan al investigador, las primeras manifestaciones de estas realidades capitalistas –se puede considerar que Marx las describe en su estado puro – A. Bihr desarrolla la historia de este protocapitalismo europeo, formación social de transición ya que comprende tanto los problemas en cuestión como las estructuras feudales en declive con las que entran en conflicto: “Por donde quiera que sea, en todos los niveles, es el reino de lo doble, de la ambivalencia, de la ambigüedad, de lo antiguo que no termina de morir y de lo nuevo que cuesta nacer” (p. 800-801).

La obra está pues ordenada en torno a cuatro partes, de las cuales la primera – «La finalización de las relaciones capitalistas de producción» – se refiere más específicamente a la génesis del ciclo capitalista, mientras que las tres siguientes – «Protocapitalismo y guerra», «La formación del Estado capitalista» y «La invención de la modernidad» – apuntan más directamente a las transformaciones políticas y sociales implicadas por la sustitución progresiva de las relaciones feudales por las relaciones capitalistas.

Como en el tomo anterior, la obra alterna fases propiamente narrativas, orientadas según una progresión puramente cronológica, y una división temática que permite disociar claramente los componentes de este protocapitalismo. Esta alternancia produce efectos a veces sorprendentes: por ejemplo, las guerras y las revoluciones del período se estudian antes de que se hable de la formación del Estado capitalista. Pero a menos de elegir entre un relato puramente cronológico y un estudio puramente analítico, se trata de una solución inevitable y coherente con el planteamiento de A. Bihr y confiere a la obra una unidad más vinculante que la del tomo 1. En este tomo 2, es difícil seleccionar uno o varios capítulos, independientemente del resto de la obra.

La primera parte, la más directamente económica, narra la aparición, aún frágil, de las diferentes condiciones y componentes del ciclo capitalista tal como lo describe Marx: la acumulación de capital/dinero, que funciona aquí como capital comercial y capital financiero, la existencia de un proletariado, un proceso –tímido- de industrialización [2] del trabajo y la formación de mercados capitalistas.

Para cada una de esas realidades, Alain Bihr muestra cómo elementos feudales y capitalistas producen realidades híbridas que son la especificidad por excelencia de ese protocapitalismo: las compañías comerciales, principales actores capitalistas de esa época, están su vez muy “avanzadas” desde el punto de vista de la forma, constituyendo verdaderas sociedades de accionistas, pero siguen vinculadas intrínsecamente a una forma política cada vez más marginalizada a medida que se va desarrollando el Estado burgués, el imperio[3]. Asimismo, el sistema monetario sigue sometido a la arbitrariedad estatal, pese a los intentos de los comerciantes por constituir un sistema que  funcionara de manera más objetiva, etc.

La principal conclusión que saca A. Bihr de su descripción – o más bien la que él prefiere destacar – es la importancia del Estado en las dinámicas económicas del período. En efecto, el Estado está presente y actúa a lo largo de los ciclos capitalistas parciales de ese período. Está detrás de las compañías comerciales, de las primeras manufacturas, de las transformaciones del sistema monetario y del sistema de crédito así como de la formación –a través de la expropiación de campesinos- de una clase de proletarios, etc. Con ello, tal como en el primer tomo de su obra, A. Bihr insiste en la dimensión política de la génesis del capitalismo, oponiéndola a la idea que los fetiches capitalistas –mercancía, moneda y capital- habrían producido mecánicamente la realidad capitalista y que seguirían produciéndola hoy.

Bihr otorga igualmente una dimensión estructurante para el capitalismo naciente a las políticas mercantilistas, indicadoras de la importancia del Estado y eso le permiten también al investigador efectuar una transición entre la dimensión propiamente económica de la primera parte y la dimensión más directamente política de la segunda. Esta última está, en efecto, dedicada a los diferentes conflictos engendrados por la importancia creciente de las relaciones sociales capitalistas, ya sean conflictos entre Estados –las guerras, que en esa época tienden a convertirse en guerras entre Estados- o los conflictos inherentes a los Estados que acompañan el pasaje de una sociedad de orden a una sociedad de clase.

En ambos casos, esta narración de los conflictos sirve ante todo para responder a la interrogante de los orígenes del Estado, visto principalmente aquí como el sujeto político intrínsecamente vinculado al capitalismo, ya que procede de sus conflictos, que organiza y regula. Por tanto, el Estado y el capitalismo están atrapados en un proceso de condicionamiento recíproco, el desarrollo de uno se nutre del otro y viceversa. Una vez más, la historia de los diferentes conflictos se encuentra en un marco susceptible de darle sentido, la progresiva constitución de las relaciones sociales capitalistas.

La tercera parte de lo obra de A. Bihr estudia el Estado naciente, ya no sólo a través del estudio de las funciones que cumple para el capitalismo sino en forma específica que adopta en esa época, la de Estado capitalista. A.Bihr profundiza, para ello, las relaciones entre el Estado de derecho y el capitalismo, al parecer prosiguiendo la discusión con Max Weber[4] así como con otros teóricos marxistas, en particular, E. Pašukanis[5].

Bihr107 IEn la medida en que el orden capitalista supone una cierta objetivación de las relaciones humanas, el derecho (y en particular el derecho de propiedad) participa del movimiento de capitalización de las sociedades, puesto que da vida a un orden racional y «calculable» (el término se encuentra, en particular, en Weber) que permite el desarrollo de las relaciones comerciales y la aplicación de un espacio de intercambio amplio y no amenazado por la arbitrariedad de los poderes personales. Por otra parte, en este marco se comprenden la despersonalización y la burocracia – aún muy parciales – del Estado, que se acompañan de prácticas administrativas codificadas poco a poco y que van entrando también en marcos legales.

El Estado, con su creciente peso, se convertirá en un sujeto económico de pleno derecho, centro de recaudación de recursos (en particular mediante impuestos) y de gastos (la guerra, principalmente), lo que dará lugar a bricolajes institucionales y económicos muy curiosos (venta de los oficios, endeudamiento público con los ricos comerciantes), sin duda los mejores ejemplos de este estado híbrido y transicional de las realidades sociales de esta época.

La última parte -«La invención de la modernidad» – se refiere finalmente a la esfera más «superestructural» del mundo social, es decir, la cultura, entendida aquí en sentido amplio. Se articula en tres capítulos, que recogen momentos y temas considerados habitualmente como constitutivos de la modernidad occidental. La Reforma, el Renacimiento y la Ilustración (estudiadas aquí como una sola dinámica) y la emergencia de lo que A. Bihr llama «individualidad esclavizada» (que afecta sobre todo a lo que comúnmente se llama individualismo). Además de una discusión de las tesis de Weber, apoyada claramente en una sólida bibliografía, en esta parte se describe cómo estas revoluciones culturales fueron arrancando poco a poco la vida de los individuos a las instituciones que formaban el espacio feudal, en primer lugar la Iglesia.

Es también en esta última parte en la que A. Bihr se presta al difícil ejercicio del inventario de la cultura burguesa, progresista por algunos aspectos y nefasta por otros. El capítulo de la Ilustración es sintomático: Sin dejar de recordar los errores racistas, anti igualitarios, etc. – de algunos pensadores de la Ilustración (lo que, por otra parte, suscita interrogantes sobre la consistencia del término), A. Bihr concluye su intervención recordando el hecho de que fue precisamente la herencia de la Ilustración, abandonada por la burguesía, que sirvió de base para la formación de una cultura progresista en el seno del movimiento obrero.

Al ofrecer una síntesis actualizada de la historia del capitalismo escrita desde un punto de vista – y según un método riguroso- marxista, A. Bihr nos permite volver a inscribir acontecimientos conocidos de nuestra historia en un marco que les dé una inteligibilidad y un sentido innegables. En este sentido, se trata de una obra importante que puede servir de base para la construcción de otra narración distinta a la hagiográfica, construida por los ideólogos del capitalismo sonriente y masivamente difundida todavía hoy. Para ello, tal vez sea necesario presentar una versión abreviada de la obra (los tres volúmenes deberían ser de unas 2.000 páginas).

Por otra parte, la obra peca por sus propios méritos: al insertar todos los acontecimientos significativos en la larga historia de la formación del capitalismo, no responde a preguntas más teóricas sobre las relaciones «lógicas» entre las realidades sociales que vincula históricamente. ¿La innegable importancia histórica del Estado de Derecho para el capitalismo, permite concluir que constituye la forma «normal» del Estado capitalista? Asimismo, ¿qué hay de intrínsecamente burgués – y de funcional al capitalismo – en la lógica de individualización de las relaciones sociales?

Tal vez sobre estas cuestiones, que hoy se plantean de manera candente, puesto que ponen en juego la cuestión de las alternativas coherentes al capitalismo, que la historia y la lógica no se solapan totalmente y que hay que decidir en favor de una u otra. Pero es evidente que la obra de A. Bihr, por la amplitud de sus perspectivas y de los datos que reúne, será indispensable para proseguir estas reflexiones.

Notas

[1] Ver la nota sobre el tomo 1 en Historia – “La mundialización permitió que naciese el capitalismo”. Entrevista a Alain Bihr

[2] El término debe entenderse aquí en un sentido no directamente técnico, ya que denota sobre todo el carácter cada vez más heteronómico del proceso de trabajo, o sea, la desaparición tendencial –también tímida- del artesanado.

[3]  No se trata aquí de imperialismo en el sentido económico del término que será –al menos para los teóricos marxistas de la primera parte del siglo XX- una manifestación de una edad avanzada del capitalismo.

[4] Sobre todo, la sección Economía y sociedad, (mal) traducida en francés bajo el título Sociologie du droit.

[5] E. Pašukanis, La théorie générale du droit et le marxisme [1924], Toulouse, Éditions de l’Asymétrie, 2018. Adoptamos aquí la grafía del apellido del autor propuesta por el editor.