A poco más de cinco meses de asumir la presidencia de Brasil, Jair Bolsonaro no logra conquistar apoyos suficientes en el Congreso para impulsar las reformas prometidas. En medio de una grave situación económica y crecientes divisiones en la interna oficialista, las masivas protestas estudiantiles de los últimos días auguran una nueva etapa de movilizaciones.

Marcelo Aguilar, desde San Pablo

Brecha, 24-5-2019

Correspondencia de Prensa, 25-5-2019

Bolsonaro se alimenta del conflicto. Siempre lo ha hecho y eso no ha cambiado tras su llegada a la presidencia de Brasil. Lo mueve la polémica y la agresión, y en cada respuesta parece estirar los límites del conservadurismo reaccionario, cruzada que, junto con otros factores, lo colocó donde está. Con algunas de sus principales banderas –como la reforma previsional y el “paquete anticrimen”– empantanadas en el Congreso, y con una articulación casi mínima en las cámaras, su base de apoyo se empieza a dividir, la economía no mejora y el desempleo aumenta. En medio de esta situación, anunció un recorte del 30 por ciento del presupuesto de las universidades federales y llamó “idiotas útiles” a los que protestan contra la medida, despertando una reacción grande y unificada. Las divisiones en la propia derecha y las constantes reculadas del Ejecutivo desnudan la fragilidad del gobierno, que a cinco meses de asumir se muestra desgastado y desorganizado.

Todavía en campaña

Para el profesor de ciencia política Aldo Fornazieri, director de la Fundación Escuela de Sociología y Política de San Pablo, generalmente la “luna de miel” entre gobernante y votantes tiende a durar unos cien días, pero la de Bolsonaro ya parece terminarse: “Desde el discurso de asunción señaló que haría un gobierno de fuerte confrontación ideológica, y no de unificación nacional. Decidió gobernar para minorías radicales de extrema derecha y ha generado conflictos con el sistema político, no se empeñó en crear una mayoría parlamentaria y se enfrascó en la dicotomía entre vieja y nueva política, desgastándose todavía más. No muestra ninguna preocupación por la agenda social. Se obsesionó con los proyectos de reforma previsional y anticrimen y se olvidó de un programa para enfrentar el drama social, el desempleo, la precarización de las políticas sociales y el estancamiento de la economía”.

Fhoutine Marie, doctora en ciencia política por la Pontificia Universidad Católica de San Pablo, cree que esto era visible desde antes de que Bolsonaro ganara la elección: “La campaña electoral dejó en evidencia la ausencia de un programa de gobierno, ya fuera saliéndose por la tangente cada vez que respondía preguntas de los periodistas, o en su negativa a participar en debates. Creo que los medios y los candidatos se equivocaron al no explotar estos dos aspectos y no hablar sobre el desastre anunciado que sería su gestión. Al enfatizar el carácter homofóbico, misógino, racista y autoritario del candidato, fortalecieron las características que atraían a parte de sus electores, que lo consideraban alguien simple, que hablaba como pensaba, y que prometía buscarle una salida a Brasil”. En diálogo con Brecha, Marie sostuvo que “el problema es que para gobernar no alcanza con hacer campaña, y fue en esto que su incapacidad y la ausencia de un proyecto político terminaron de quedar en evidencia. Combatir la ‘ideología de género’ puede reclutar seguidores en Twitter y seducir al electorado conservador, pero no es un proyecto de gobierno. La composición desastrosa de sus ministerios, comandados por ultraliberales, militares, evangélicos fundamentalistas, jueces que proponen legalizar el exterminio y ampliar el encarcelamiento, así como personas que ven, en 2019, al comunismo como una amenaza, sumado a los escándalos de corrupción y las relaciones de sus hijos con las milicias, le hicieron perder apoyo popular y evidenciaron las fuerzas en disputa dentro del gobierno”.

Por su parte, Creomar de Souza, profesor de ciencia política y relaciones internacionales de la Universidad Católica de Brasilia y fundador de Dharma Political Risk and Strategy, una empresa especializada en análisis de riesgo político, dijo a este semanario que “por más que la Presidencia todavía no tenga muy claro para dónde va Brasil en términos de articulación política y construcción de gobernabilidad, tiene claro lo que no quiere, que son los viejos modelos”. “Si se pliega a los viejos modelos, pierde su base de apoyo, y ahí se acabó”, manifestó De Souza, en referencia a las viejas mañas de la política brasileña y los entretelones del Congreso, asociados a la corrupción.

El analista se refirió a la mala articulación del presidente con el Legislativo, que atribuye a la búsqueda de cambiar lo que llama “costo de relación transicional Ejecutivo-Legislativo”. En su opinión, Michel Temer, Dilma Rousseff, Lula da Silva y Fernando Henrique Cardoso se manejaron con una lógica de gobernabilidad que suponía entregar “importantes tajadas” del poder del Ejecutivo para asegurarse apoyos en el Congreso. “Un subproducto de esa estrategia es la corrupción”, anotó De Souza, quien cree que “si Bolsonaro no hace eso y consigue gobernar, es un problema menos para él. En ese sentido puede que termine siendo inteligente”. Y agregó: “No es un problema que el gobierno diga que no quiere jugar el juego viejo. Pero tiene que decir cuál es el nuevo, y en estos cinco meses ha tenido una dificultad enorme para decirlo”.Según el académico, puede que el mandatario ni siquiera lo tenga claro aún. Por ahora, Bolsonaro se ha limitado a “colocar su base de apoyo electoral contra aquello que considera la vieja política, el Congreso y el Supremo Tribunal Federal”, observó De Souza. En tanto, Fornazieri opinó que “un gobierno que comienza así tiende a terminar mal”. “Un gobernante tiene que ser el punto de unidad de un país, y más en el caso de Bolsonaro, que no tiene mayoría parlamentaria. Hacer un discurso de confrontación es más peligroso aun, porque sin apoyo legislativo no es posible gobernar Brasil”, disparó, y pronosticó que en ese escenario los desenlaces son “el fracaso, la pérdida del mandato o la incapacidad de gobernar”.

Leña al fuego

Bolsonaro ya no la tenía fácil. El 8 de abril fue separado de su cargo el ministro de Educación, el colombiano Ricardo Vélez. Durante su gestión el ministerio había sufrido 17 bajas en altos cargos y el caos en la cartera era evidente. Sin embargo, hasta entonces Vélez tenía un papel importante en la cruzada ideológica propuesta por el gobierno. Siempre en el centro de las polémicas, entre otras cosas, el ministro había mandado cartas a las direcciones de varias escuelas en las que pedía a los docentes que filmaran a los alumnos cantando el himno nacional y repitiendo el eslogan de campaña de Bolsonaro: “Brasil encima de todo, Dios encima de todos”. También había anunciado cambios en los textos escolares, para que los niños tuvieran una versión “verídica y real” de la dictadura militar, que calificó de “régimen democrático de fuerza”. Algunos militares cercanos al gobierno adjudicaban a esta militancia ideológica el estancamiento de la cartera de Educación.

Frente a las críticas crecientes, Bolsonaro decidió retirar a Vélez –cercado y sin capacidad de respuesta– del cargo y colocó en su lugar al economista Abraham Weintraub. Proveniente del mercado financiero, Weintraub cree que es necesario acabar con el “marxismo cultural” en la educación. Fue el responsable de anunciar el corte de 30 por ciento en el presupuesto de las universidades federales que encendió la polémica y motivó protestas masivas a lo largo del país. En primera instancia, el corte se limitaba a tres universidades: la de Brasilia, la Federal Fluminense y la Federal de Bahía. Los motivos alegados por el ministro eran el “bajo rendimiento” y la balbúrdia, o sea, el relajo. Insinuó que estas instituciones “deben de tener dinero de sobra para hacer eventos ridículos”. Rápidamente los estudiantes entendieron que los motivos reales eran ideológicos. Tras una gran polémica, el 30 de abril el Ministerio de Educación anunció que el corte se extendería a todas las universidades federales. El 9 de abril, en una live de Facebook al lado de Bolsonaro, Weintraub trató de explicar los recortes con chocolatines. Colocó cien de estos en la mesa y dijo que lo único que pedía era separar tres y medio (uno incluso lo abrió y cortó al medio) y dejarlos para comer después de setiembre. Como para confirmar el acto fallido y la cuenta equivocada, mientras el ministro guardaba algunos chocolates en una bolsa, Bolsonaro le dijo entre risas: “¿Se piensa que se va a llevar los chocolates?, 30 por ciento queda confiscado aquí”. Los estudiantes –junto con sindicatos, partidos y movimientos populares– llamaron a manifestarse en todo el país el 15 de mayo. Fiel a su estilo, y acorde a su amateurismo, el presidente envió un mensaje desde Dallas, Estados Unidos: “Es natural, pero la mayoría de los manifestantes son militantes. Si les preguntás la fórmula del agua, no la saben, no saben nada. Son unos idiotas útiles que están siendo utilizados como masa de maniobra de una minoría experta que compone el núcleo de las universidades federales en Brasil”.

Las protestas fueron enormes. Según los datos de la Confederación Nacional de Trabajadores de la Educación, más de un millón de personas participaron de las manifestaciones, que ocurrieron en más de 200 municipios de todos los estados del país. El clima de agitación incomodó al gobierno y generó discrepancias dentro de su propia base aliada. Fornazieri cree que las protestas “fueron un alerta y provocaron un shock muy grande, ya que ni los organizadores esperaban que fueran tan grandes. Y a Bolsonaro le pegó para el mesianismo, para anunciar que es un enviado de Dios. Mientras, se muestra absolutamente incapaz de ordenar su gobierno, como un presidente sectario que apuesta al conflicto ideológico con varios sectores. Ningún gobierno consigue enfrentar tantos conflictos al mismo tiempo”. De Souza va más atrás en el tiempo y vincula este mesianismo a lo que ocurrió el 6 de setiembre de 2018, durante la campaña, cuando Bolsonaro fue apuñalado en Juiz de Fora, Minas Gerais: “Hay un ‘componente trauma’ que alimenta esa narrativa: Bolsonaro sufrió una tentativa de asesinato. Y eso cambia su percepción sobre el juego político, y en su caso específico, eso le fue dando una visión casi mesiánica del proceso: él tiene la misión de salvar al país del comunismo y la corrupción de la vieja política. Si él no fuese un riesgo para esa vieja política –cree–, esos viejos acuerdos y ese socialismo por el que él dice que Brasil está amenazado no hubieran intentado matarlo. Eso lo coloca en una posición de ‘estamos acá para empezar todo de cero y cambiar las reglas del juego’”.

Help a él

En medio de la crisis –a dos días de las protestas–, el viernes 17 de mayo Bolsonaro soltó por Whatsapp una carta, supuestamente de autor desconocido, en la que se refería a Brasil como “ingobernable”. En esa misiva el presidente aparece como cercado e impedido de actuar por la presunta presión de las “corporaciones”. Algunos colaboradores de Bolsonaro en Brasilia dijeron que esto responde a las teorías conspirativas de Olavo de Carvalho, ideólogo y “gurú” del mandatario, y a su gran influencia sobre sus hijos.

Pero antes vayamos a la constitución del gobierno. Hay tres grupos bastante claros. Por un lado están los militares, que concentran seis ministerios y varias secretarías y cargos de dirección. También está el núcleo duro ideológico, que incluye a los sectores más fundamentalistas y tiene como figuras de destaque al ministro de Relaciones Exteriores, Ernesto Araújo, a la ministra de la Mujer, Familia y Derechos Humanos, Damares Alves, al Ministro de Medio Ambiente, Ricardo Salles, al de Educación y a los hijos del presidente. Por último está el sector neoliberal, que tiene como referencia al economista Paulo Guedes, ministro de Economía cercano a los Chicago boys, responsables del plan neoliberal en el Chile de Pinochet y formados en Estados Unidos bajo la tutela de Milton Friedman. Este grupo también incluye a Sérgio Moro, el ex juez responsable de la Operación Lava Jato y la prisión del ex presidente Lula. Moro coquetea también con el segundo grupo, sobre todo con sus visiones sobre seguridad pública.Brasil2505 II

Más allá de estos grupos aparece el que quizás sea el personaje más bizarro del gobierno brasileño, aunque no forme parte de él: Olavo de Carvalho. Radicado en Virginia, Estados Unidos, el filósofo y astrólogo autodidacta de 72 años tiene una gran influencia en el clan Bolsonaro, y es experto en teorías conspirativas y en la generación de polémicas. Según Olavo, casi todo es una conspiración comunista: los militares son comunistas, la prensa es comunista, y la culpa de eso la tiene Gramsci y su concepto de hegemonía cultural. Casi todo lo malo que ocurre en América Latina se lo atribuye al Foro de San Pablo, encuentro anual de partidos y organizaciones progresistas que se fundó en 1990 en la ciudad que le da nombre. El asunto es que Olavo de Carvalho genera problemas con los militares, y en esa disputa Bolsonaro parece haber elegido su lado: defiende a Olavo. Para Creomar de Souza este personaje es una especie de pegamento que consigue unir diferentes percepciones sobre el mismo proceso y el responsable de producir una lectura conservadora que da sustento intelectual a los nuevos grupos de la derecha. Al mismo tiempo, sería también una especie de muro de contención: “Ha fomentado junto a los grupos más ideologizados del gobierno una lógica que intenta impedir que este sea tutelado por otros grupos con más conocimiento técnico. Se enfrenta a militares como (el jefe de la Secretaría de Gobierno, Carlos Alberto) Dos Santos Cruz, a Paulo Guedes, a Sérgio Moro. Su expectativa es establecer redes de control” de la administración. Los militares, dice Fornazieri, querrían un gobierno “más técnico y menos ideológico, más ‘de unidad nacional’ y menos de conflicto”, y un ejemplo de esto fueron las diferencias respecto de Venezuela. Cuando el vicepresidente, el general Hamilton Mourão, había descartado la intervención militar, actores de este núcleo duro ideológico insistieron con esa opción.

Más presión

En medio de esta situación caótica, aliados del gobierno convocan a marchas de apoyo a Bolsonaro para el domingo 26 de mayo. Estas movilizaciones, que tienen un tono de presión sobre el Congreso y el Supremo Tribunal Federal, generaron todavía más divisiones en el campo de la derecha. El Movimiento Brasil Libre (Mbl), que fue uno de los grandes impulsores del impeachment a Dilma Rousseff y apoyó a Bolsonaro en la segunda vuelta, se desmarcó de la convocatoria del domingo y ahora es tildado de “traidor” por los bolsonaristas. Renan Santos, una de las caras más visibles del Mbl, le dijo a la revista Época el viernes 17 que “Bolsonaro es el mayor enemigo de la derecha republicana”. De Souza piensa que en la convocatoria del domingo el gobierno se juega su futuro: “Si las manifestaciones son exitosas, la narrativa cambiará y el Congreso recibirá el mensaje de que hay más gente a favor del presidente que en contra, y esta idea de cambiar el costo de relación con el Congreso puede tomar más fuerza. Pero si las manifestaciones tienen poco impacto, puede acontecer exactamente lo contrario, el gobierno quemaría un cartucho importante muy temprano y eso aumentaría la capacidad del Congreso de votar los asuntos de la forma que quiera, y Bolsonaro se aislaría todavía más”.Otra complicación para el Ejecutivo es que una nueva huelga de la educación está marcada para el 30 de mayo y se impulsa una huelga general para el 14 de junio. Las últimas protestas consiguieron una unidad inédita en los últimos tiempos, algo parecido a lo que ocurre con el rechazo a la reforma de las jubilaciones. No obstante, Fornazieri cree que a pesar de las dificultades que el gobierno atraviesa en los pocos meses que lleva de mandato, su caída no está aún sobre la mesa. Pero opinó: “Si Bolsonaro no consigue ordenar el gobierno, parece lógico que Brasil se encamine a una gravísima crisis, y esto colocaría en cuestión su mandato”. En ese sentido, Fhoutine Marie alertó: “En medio de toda esta crisis gubernamental, el ministro de Economía y el proyecto neoconservador continúan de pie. Si la persona que consiguieron para personificarlo ya no sirve, podría venir algo peor. Alguien que no sea sólo una persona autoritaria, sino que sepa hacer dos cosas que Bolsonaro no sabe: articular y comportarse”.