Los enfrentamientos recrudecieron en Venezuela luego de que el líder opositor Juan Guaidó, reconocido como presidente por más de cincuenta gobiernos y en compañía de un grupo de guardias nacionales armados, llamara a militares y civiles a acompañar un alzamiento contra el gobierno de Nicolás Maduro. Parecía el comienzo de una sublevación o golpe que cambiaría la escena política, pero la intentona se disolvió en pocas horas, con ambos bandos contabilizando ganancias y pérdidas.

Humberto Márquez, desde Caracas

Brecha, 3-5-2019

Correspondencia de Prensa, 3-5-2019

La sorpresa jugó a favor de la oposición en Venezuela al amanecer del 30 de abril: rodeado de militares que sostenían fusiles y a las puertas de la base aérea de Caracas, el joven líder Juan Guaidó, erigido como presidente provisional de la república, llamó a las fuerzas armadas a secundarlo en una definitiva Operación Libertad, para desalojar del poder al “usurpador” Nicolás Maduro.

A los seguidores civiles, que se preparaban para manifestar el 1 de mayo, les pidió ir a las calles inmediatamente, para respaldar el que sería el envión definitivo para “restaurar la democracia”. A su lado estaba Leopoldo López, jefe del partido Voluntad Popular en el que milita Guaidó, que guardaba casa por cárcel como el preso político más relevante del país: acababan de liberarlo sus custodios del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional. A primera vista, estaba en marcha una operación de envergadura, fríamente calculada para tratar de tomar el poder.

Pocas horas después se vio que no era así, o que algo salió fuera del plan. Ninguna repartición militar o policial se manifestó en apoyo a Guaidó y su reclamo de ser presidente constitucional. Colaboradores de Maduro telefonearon a la televisora estatal para informar que todas las unidades militares estaban tranquilas y leales al presidente chavista. Y el nudo de autopistas donde se ubicaba Guaidó devino en un caos de seguidores que lo apoyaban y guardias en desorden, mientras recibían ataques… ¡De la policía, con bombas lacrimógenas!

Cuando constataron que el éxito no llegaba, Guaidó y López trocaron la demostración en una caminata y un mitin en una zona aledaña que es feudo opositor, y luego, rodeados por una multitud de seguidores, optaron por que López se amparase en una embajada, primero la de Chile, luego la de España. Veinticinco efectivos militares se refugiaron en la legación de Brasil, y se mantuvo abierta la convocatoria a manifestar en las calles esa tarde y sobre todo el 1 de mayo.

“Se trató de un golpe de Estado insignificante. Ochenta por ciento de los militares que estaban ahí (con Guaidó) fueron engañados”, dijo el general Vladimir Padrino, ministro de Defensa. “Parte de un golpe de Estado continuado”, consideró el canciller Jorge Arreaza. Maduro, al finalizar la jornada, compareció ante la televisión y denunció que se trató de “un intento de golpe de Estado” dirigido desde Washington.

“Fue un golpe de engaño. Los golpistas venezolanos no sólo se engañaron a sí mismos (al calcular que conseguirían respaldo de las fuerzas armadas), sino que engañaron al imperialismo estadounidense, al hacerle creer que yo me iba a rendir y me iba a ir a Cuba”, dijo Maduro.

¿Qué pasó?

Obviamente los opositores calcularon mal, o decidieron adelantar la operación preparada para otra fecha ante el temor de que el gobierno hiciese una redada de detenciones y bloquease las manifestaciones del 1 de mayo. Pudo ocurrir que hayan sido engañados por contactos con militares que ofrecieron alzarse y no lo hicieron. Hay un ancho campo para la especulación, y las verdades en torno a lo que ocurrió pueden demorar mucho tiempo en conocerse.

En Estados Unidos, John Bolton, asesor de seguridad nacional del presidente Donald Trump, y Elliott Abrams, designado por Washington para manejar el tema Venezuela, sostuvieron que hubo negociaciones incluso para que Maduro abordase un avión y se marchase a Cuba, pero Moscú habría interferido para que el gobernante permaneciese al frente de su puesto.

Bolton y Abrams dijeron que las negociaciones para producir el desconocimiento de Maduro con cubierta legal se hicieron con Padrino, Maikel Moreno, presidente del Tribunal Supremo de Justicia, y con el general Iván Hernández, jefe de la Guardia Presidencial.

Abrams afirmó que en las negociaciones los funcionarios “hablaron, hablaron y hablaron, pero cuando llegó el momento de actuar apagaron los celulares”.

Estados Unidos, así como el Grupo de Lima (Canadá y una decena de gobiernos latinoamericanos), reclama que Maduro deje el poder para que se instale un gobierno de transición y se organicen nuevas elecciones. Todos los días desde Washington algún alto funcionario critica, amenaza o impone sanciones financieras a los responsables del Estado venezolano, incluidos jueces y jefes militares.

En ese marco, resulta creíble que Guaidó y demás líderes opositores apostaban por pronunciamientos que quebrasen el apoyo de la institución armada al gobierno de Maduro, pero ese golpe o alzamiento no se produjo. Analistas de la cuestión militar agregaron que su llamado careció de elementos simbólicos y de relacionamiento propios de las artes militares –por ejemplo, no aparecieron comandantes de unidades con poder de fuego entre quienes llamaron a desconocer a Maduro–, y eso bloqueó la posibilidad de que se expresasen apoyos que deberían existir entre uniformados descontentos.

¿Quién ganó?

El bando de Guaidó perdió al no poder soliviantar unidades militares, pero ganó al demostrar capacidad para la sorpresa y para asestar golpes certeros, como infiltrar nada menos que la jefatura de la policía política para liberar al preso de mayor envergadura, uno de los 770 que hay en el país, según la Ong Foro Penal. El bando de Maduro perdió al ser sorprendido por la oposición, pero ganó al conseguir confundir al adversario y retener la lealtad de las fuerzas armadas. Del lado de Guaidó se mantiene alta la combatividad y decisión de sus seguidores de marchar por las calles desafiando la represión, mientras el lado de Maduro pudo mostrar que, a pesar de la impopularidad del gobierno por el desastre económico en que está sumido el país, todavía tiene músculo popular y respaldo de las instituciones, notablemente las fuerzas armadas.

La oposición tiene el hándicap de que si no consigue logros concretos que animen la esperanza de un cambio político cercano, el desencanto cundirá en sus filas, según dicen expertos en opinión pública. Y el gobierno encara el problema de solventar las dificultades económicas y el desplome de los servicios más básicos ante una combinación de caída en barrena de la producción petrolera, carestía de alimentos y medicinas, el reciente cerco económico tendido por Washington, problemas de corrupción y burocracia desvelados hasta por el propio gobierno y un manejo descabellado de las finanzas públicas que ha llevado al país a padecer la mayor hiperinflación en la historia de América.

¿Y ahora?

En la tarde del martes 30 hubo manifestaciones en apoyo a Guaidó en varias ciudades, con algunos heridos en Caracas y un joven muerto de un balazo en La Victoria, pequeña ciudad al oeste de la capital. El 1 de mayo salieron a las calles capitalinas decenas de miles de opositores –fueron reprimidos en varios puntos– en una desordenada ocupación de zonas que son su feudo. Mientras, en dos docenas de ciudades de provincia también hubo marchas y concentraciones en apoyo a la Operación Libertad.

También llegaron a la capital miles de partidarios de Maduro desde el interior del país, que se unieron a manifestantes caraqueños para una importante concentración de oficialistas que buscó hacer contrapeso a la visiblemente mayoritaria oposición.

En al menos 15 puntos del interior, las concentraciones opositoras de este miércoles fueron reprimidas y disueltas, y en Caracas abundaron los enfrentamientos. El saldo fue de dos jóvenes manifestantes muertas por balazos y, según organizaciones no gubernamentales, en todo el país se registraron en las dos jornadas al menos 130 heridos (de bala, por perdigones plásticos o efectos de gases lacrimógenos) y 168 detenidos, entre ellos, 13 adolescentes.Venezuela305 II

Guaidó llamó a una “operación libertad obrera”, que se traducirá en paros escalonados hasta llegar a una huelga general, con la idea de que “cada día, todos los días, haya una protesta”. Agregó que las movilizaciones acosarán más a Maduro y emplazarán a las fuerzas armadas.

Por su parte, Maduro anunció que las autoridades actuarán “sin que nos tiemble el pulso” contra los promotores de golpes de Estado y desórdenes, y el general Padrino, al pie de la camilla donde convalecía un oficial herido, reclamó que “cese la impunidad” para Guaidó.

Este clima presagia que la confrontación escalará en intensidad, cantidad y frecuencia. Se desvaneció el golpe, pero se mantiene la ira.

***

La última carta de Guaidó

Ociel Alí López, desde Caracas *

Brecha, 3-5-2019

En la madrugada del martes 30 de abril, la oposición radical se jugó su carta militar. Algunos efectivos militares y policiales ‒muy pocos, según se aprecia en los videos‒ liberaron al líder de la opositora Voluntad Popular, Leopoldo López, quien se encontraba preso en su casa, y se posicionaron con varias tanquetas antidisturbios, junto a Guaidó, en la autopista que se encuentra frente al aeropuerto La Carlota, en el este de Caracas, la histórica zona de confort de la oposición.

El movimiento que se generó a partir del autojuramento de Guaidó, en enero de este año, luce muy debilitado. Su figura ha venido diluyéndose y su desplazamiento se ha venido achicando. Así que esta jugada podría parecer, a primera vista, una acción más desesperada que con planificación y apoyo sólido de las fuerzas armadas. El jaque mate, otra vez, no tuvo lugar. Lo sucedido el 30 de abril vuelve a ubicar la pelota en el terreno de Estados Unidos: sin la intervención militar directa del Pentágono, Maduro no sale.

Lo que aún no se logra comprender es por qué el líder socialdemócrata y segundo vicepresidente de la Asamblea Nacional, Edgar Zambrano, un experimentado político moderado, llegó al sitio a apoyar a los golpistas. ¿Calculaba un desenlace exitoso? ¿Tenía alguna información extraordinaria?

Desde muy temprano, el alto mando del gobierno llamó a movilizarse, y enseguida comenzó a llegar el chavismo a Miraflores, sede del poder ejecutivo. El presidente Maduro esperó hasta las diez de la noche para pronunciar un discurso, en el que expresó cautela en la forma de resolver la situación. El gobierno ha sorteado muchas veces situaciones similares y siempre lo ha hecho con mucha paciencia, dando largas para que los golpistas se diluyan, en tanto no controlan ningún espacio de importancia. En esta ocasión se repitió la estrategia y Maduro consiguió su objetivo.

Pareciera que la oposición intentó, según se refleja en las declaraciones, forzar un escenario al estilo de Sudán, donde concentraciones pacíficas que ya llevan varios meses terminaron contando con el apoyo militar y sacando al presidente Omar al Bashir de su cargo. Pero, aunque el levantamiento del 30 de abril puede generar la fractura de sectores militares y terminar de debilitar al gobierno, también puede significar una frustración definitiva para la oposición, el atornillamiento de Maduro al cargo y la legitimación de medidas represivas contundentes. El peor escenario es, sin duda, una división tajante que conlleve a la conformación de dos grandes fuerzas militares, lo que podría conducir a una guerra civil.

Un golpe confuso

Llamar al pueblo a manifestarse en la calle cuando hay tropas dispuestas a batirse a tiros, como se demostró, complejiza la acción militar. Algunos videos muestran cómo efectivos militares plegados al golpe respondían con tiros de fusiles a las bombas lacrimógenas lanzadas por la Guardia Nacional Bolivariana, en medio de manifestantes desarmados. ¿Buscaban una respuesta armada del gobierno para provocar una masacre? En todo caso, las imágenes invitan a pensar que no fue un golpe planificado que tendría éxito en un lapso perentorio, sino una acción de desesperación política que buscaba un desenlace azaroso.

Una vez generada la confusión, el liderazgo opositor se dirigió a la plaza Altamira, donde hace unos quince años un grupo de generales se mantuvo durante unos tres meses esperando la caída de Chávez. Dicha plaza es también el signo de que la oposición venezolana, comandada por la oligarquía local, puede gobernar apenas algunas cuadras del este de Caracas y parece estar muy lejos de comandar un proceso de cambio político nacional.

¿Terminó todo?

Este evento de ayer tiene una causa central: la decisión de Estados Unidos de no jugarse aún la carta de la invasión, lo que tiene frustrada a la oposición radical, que la espera desde la autoproclamación de Guaidó como presidente. Hace semanas, Elliott Abrams, designado por Trump para encargarse de los asuntos sobre Venezuela, declaró que no contemplaba por ahora una intervención y que el derrocamiento de Maduro quedaba a cargo de los venezolanos. La depresión opositora a partir de esta declaración viene acelerando salidas desesperadas, como la de este martes.

El chavismo, incluidos el disidente, el descontento y el crítico, según los diferentes grados de malestar, puede terminar cohesionándose en torno a la figura de Maduro, a la que días antes incluso detestaba. Por su parte, a la oposición se le debilitan los liderazgos y queda dividida, perseguida, escondida. La comunidad internacional aliada a la oposición venezolana se mantuvo mucho más cauta que en situaciones anteriores, como la de febrero de este año, cuando se intentó introducir por la fuerza la ayuda humanitaria. A partir de ese día, el Grupo de Lima y muchos gobernantes y medios europeos han aprendido a actuar con mayor cautela ante los eventos que planifica la oposición venezolana. Saben que ya no pueden dar espaldarazos automáticos a sus acciones.

Habrá que evaluar que las acciones de hoy pueden terminar de compactar a las fuerzas militares y que estas tendrán cada vez más poder en el gobierno. La mano dura que han venido pidiendo los sectores radicales del chavismo contra el gobierno paralelo de Guaidó podría estar por venir. No obstante, en su alocución Maduro no lució vengativo, sino más bien cauteloso. Queda por verse si este evento obedeció a una prueba para planificar una acción más contundente y definitiva o si fue un último manotón militar de Guaidó.

* Sociólogo, analista político y profesor de la Universidad Central de Venezuela.

***

La deserción de una soldado venezolana

Un caso de “traición”

A pesar de los llamados de la oposición, los efectivos militares que abandonan el chavismo aún son una minoría. La mayoría de ellos deja el país y pasa a engrosar las filas del éxodo migrante.

Giovanny Jaramillo Rojas, desde Bogotá

Brecha, 3-5-2019

El sábado 30 de junio de 2018, después de un incomodísimo viaje de 18 horas, Yonais Faríñez llegó a Bogotá. Su semblante era deplorable, casi fantasmagórico: estaba sucia, mareada, tenía taquicardia, y sus sangrantes labios intentaban cicatrizar. La deshidratación ya había empezado a pasarle factura. Lo que le dio la bienvenida a un lugar del mundo que jamás pensó visitar fueron varios garrotazos que impartió el ayudante del bus en el que viajaba. Estos golpes, para sus fatigados oídos, florecieron como una hermosa percusión en medio de la férrea cacofonía del motor. A continuación, dos gritos secos: “¡Llegamos! ¡Bájense!”.

Cuando Yonais percibió la luz de la ciudad, se encandiló: “Yo pensé que me iba a desmayar, que no iba a aguantar; fue un momento horrible”. La repentina ceguera le impidió moverse con la pericia propia de sus 26 años. Entonces tuvo que pedir ayuda para salir del maletero del bus interdepartamental hacinado en el que se transportó, con otros ocho venezolanos, desde la fronteriza ciudad de Cúcuta. “Con 90 mil pesos (30 dólares) habría viajado a Bogotá sentada, tranquila, como cualquier persona, pero, como no tenía ningún papel que me acreditara como persona legal, se aprovecharon de eso. Es un negocio perfecto: ninguna línea vende boletos a indocumentados, pero los conductores, en las afueras de la terminal, ofrecen lugares en los maleteros y cobran 300 mil pesos (100 dólares). Saben que los pagas, porque tienes la necesidad pintada en la cara”, cuenta.

Para viajar, Yonais no gastó nada. Ella sólo tenía que llegar a Bogotá con el dinero que William Bohórquez, un colombiano, profesor universitario de matemáticas, le había hecho llegar. De cualquier manera, si Yonais hubiera decidido abandonar Venezuela por cuenta propia, no habría tenido cómo, ya que ni el diploma que la acredita como contadora pública ni el bajo sueldo que percibía como soldado de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana le valían para sobrellevar una subsistencia digna o, por lo menos, capaz de atajar las necesidades más básicas. Su adhesión castrense, además, la hacía enfrentarse a varios escenarios: 1) sabía que si pedía la baja, no se la darían; 2) seguir trabajando significaba defender la doctrina de un gobierno que, a sus ojos, no hace otra cosa que hundir al país; 3) si desertaba, se haría acreedora de una causa penal en su contra, con el pomposo título de “traición a la patria”. Optó por el último.

***

Carmen Lucía abandonó su trabajo. De un día para otro, notificó que no volvería. Cuando William le preguntó el porqué de su repentina decisión, ella se limitó a responder: “Cuestiones personales”. La noticia consternó a la familia, sobre todo a Susana, la pequeña de 8 años que, después de cuatro años de convivencia, consideraba a Carmen Lucía su segunda madre.

Una noche, William recibió la llamada de un amigo que le proponía poner un aviso en la plataforma OLX: “Se busca nana, venezolana, Bogotá”. A él le había funcionado: después de haber entrevistado y enviado dinero a dos chicas para que vinieran a Colombia, la tercera llegó. A William le hizo ruido la propuesta, pero a los pocos días reaccionó: “¿Y si, en vez de poner un anuncio, le preguntamos a tu nana si conoce a alguna que esté dispuesta a venirse?”.

Naturalmente, la nana del amigo intentó involucrar primero a un par de hermanas y después a una prima, pero ninguno de los perfiles presentados convenció a Susana. Algunas semanas después de buscar por todos lados, llegó una solicitud de amistad y un mensaje al perfil de Facebook de William: “Hola, mi nombre es Yonais y estoy interesada en trabajar como nana. Nunca antes lo hice, pero me gustan los niños. No tengo problema en viajar. Su contacto me lo pasó una amiga que ya está allá. Quedo atenta. Gracias”. William aceptó la solicitud de amistad y respondió el mensaje pidiendo el currículum. Luego, revisó el perfil virtual de Yonais. Lo que vio le entusiasmó: joven, profesional, amante de los animales; muchas fotos familiares, publicaciones con frases de superación personal. Al día siguiente llegó el currículum: “Experiencia laboral: 2010-2011: cajera en el supermercado José Félix Rivas; 2012-2014: mucama en el hotel Princesa Plaza; 2015-actualmente: militar en la Fuerza Armada Nacional Bolivariana”.

A William se le ocurrió que podría ser una broma y, después de consultarlo con su mujer, ambos decidieron, por mera curiosidad, citarla a una entrevista virtual. Después de la presentación, la primera pregunta, directa: “¿Por qué no quieres seguir siendo militar si supuestamente Venezuela está en las manos de ustedes?”. Yonais sonrió y replicó: “Señor, mi país está en las manos de unos pocos. Yo sólo sigo órdenes. Si eso me diera para vivir, seguiría haciéndolo; es más, si pudiera ejercer mi profesión, ¿qué necesidad tendría yo de irme? Yo no sé nada de política, pero sí sé que aquí lo único que queda es irse”.

Cinco días después de la entrevista, además de ir a buscar el dinero que William le había enviado, Yonais se encontró redactando una carta en la que, muy formalmente, pedía la baja. Una carta que llegaría a feliz destino gracias a su mejor amiga, también militar. La carta sería entregada cuando Yonais ya no estuviera en Venezuela y, para evitar sospechas de complicidad, la amiga diría que la carta amaneció debajo de la puerta de su casa.

***

Yonais le ha contado una y otra vez su historia de migración a Susana. Lo que más le interesa a la pequeña es el episodio del viaje en el maletero. Le parece tan asombroso el relato que siempre quiere saber más: “¿Te daba miedo la oscuridad? ¿Qué comías? ¿En qué pensabas? ¿Hacía mucho frío? ¿Qué pasaba en las curvas? ¿Cómo hacías para hacer pis?”. Yonais permanece tranquila y responde cosas que ni siquiera ella sabe cómo sobrellevó: “Sí, le temo a la oscuridad. No comí nada, porque no tenía. No pensaba nada, porque estaba muy asustada. La segunda mitad del viaje fue terriblemente gélida; en las curvas todos nos apretujábamos y nos golpeábamos. Y no había dónde hacer pis: algunas personas no aguantaron las ganas y entonces no tuvieron más remedio que hacerse en los pantalones”.Venezuela305 III

Yonais vive con la familia Bohórquez. Allí no le falta nada y tampoco tiene que aportar económicamente. Al principio, ella temía que William le fuera a cobrar los 500 mil pesos (170 dólares) que invirtió para traerla a Bogotá, pero eso nunca pasó. Contrariamente, afirma que ha sido acogida de una manera que ella no esperaba, menos cuando en Venezuela había escuchado historias de mujeres a las que, una vez que cruzaban a Colombia, las secuestraban y las obligaban a prostituirse o a transportar drogas. Su trabajo es cuidar a Susana: llevarla, traerla, atenderla, alistarla, escucharla, supervisarla. Gana 150 mil pesos semanales (50 dólares) y, en dos meses de trabajo, ha enviado la mitad del sueldo a su familia.

—¿Con qué sueñas?

—Sueño con volver a soñar. Desde que salí de Venezuela, no sueño nada.

—Cuando vuelvas a soñar, ¿con qué te gustaría soñar?

—Con volver, obvio, pero eso es imposible mientras ellos sigan mandando; por lo menos para mí: si vuelvo, me meten presa por supuesta traición a la patria.

***

El caso de Yonais es uno más en la horda migratoria que tiene trastornada a una ciudad de nueve millones de habitantes como Bogotá. Una ciudad que no está acostumbrada a recibir inmigración masiva, menos debido a una política internacional asumida por un gobierno hiperconservador, que, por ejemplo, para evitar la llegada de extranjeros, decidió prácticamente cerrar todos los trámites en los consulados y las embajadas en Europa durante gran parte de la convulsa de la primera mitad del siglo XX. El transporte público y las calles son los principales espacios de trabajo y supervivencia. Muchos ejercen la venta ambulante, reparan tecnología, atienden negocios, asean viviendas, cuidan lugares, se prostituyen, cocinan; algunos cantan y bailan, otros simplemente piden. Pocos han podido insertarse formal y determinantemente en la vida económica del país. Y los demás, en su gran mayoría, no tienen más remedio, para poder comer, que dejarse explotar.

Ahora bien, según datos de la Onu, unas 3 millones de personas abandonaron Venezuela en los últimos tres años. Se calcula que un 70 por ciento de esa migración se trasladó a países sudamericanos y del Caribe. El caso colombiano es el más espinoso, ya que, al ser el país limítrofe más accesible, es, por supuesto, al que llega la gente más empobrecida. En 2018 y lo que va de 2019, por ejemplo, se han empezado a ver largas marchas de venezolanos a lo largo y ancho del territorio colombiano. Miles de personas han cruzado el país a pie desde Cúcuta (frontera con Venezuela) hasta Ipiales (frontera con Ecuador) con el objetivo de seguir bajando hasta países como Perú, Chile, Argentina y Uruguay. Mil cuatrocientos treinta quilómetros separan las dos ciudades colombianas: hay que subir y bajar varias cordilleras, pasar por todo tipo de climas y correr innumerables riesgos, no sólo humanitarios, sino también de seguridad. Colombia, aun después del flamante acuerdo de paz, sigue alojando una guerra multilateral, una guerra taciturna pero igual de feroz y decisiva, y los migrantes venezolanos no sólo están empezando a descubrirla, sino también a sufrirla.