Un sorpresivo apagón de 100 horas afectó simultáneamente a todo el territorio, dejando a sus 30 millones de habitantes sin electricidad ni agua potable, casi incomunicados e impotentes ante la muerte de decenas de hospitalizados. Venezuela descendió algunos peldaños más en el foso de la crisis donde se encuentra: hiperinflación, escasez, desplome de los servicios públicos, migración masiva y un bloqueo político e institucional, lo que enfrenta al presidente que efectivamente tiene el gobierno, Nicolás Maduro, con el líder opositor Juan Guaidó, quien busca desplazarlo con un vasto respaldo internacional que encabeza Washington. El servicio de electricidad se restablece, pero hay presagios de más horas oscuras.

Humberto Márquez, desde Caracas

Brecha, 15-3-2019

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Correspondencia de Prensa, 15-3-2019

¡Se fue la luz! Sucedió minutos antes de las 17 horas del jueves 7 de marzo, y millones de venezolanos acudieron a balcones, ventanas y teléfonos para comprobar si se trataba sólo de su vecindario. No, todo el país quedó al mismo tiempo sin electricidad, por 48 horas unas regiones, otras por 72 o 90 con intermitencias, algunas casi una semana, y sin los servicios asociados: agua potable, transporte subterráneo, aeropuertos, operaciones bancarias, Internet, radios, tevé; centros de salud desprovistos de sistemas de contingencia; fábricas, tiendas, escuelas y oficinas cerradas.

Falló el sistema interconectado a partir de Guri, un complejo hidroeléctrico erigido en el río Caroní, a más de 500 quilómetros al sureste de Caracas, con capacidad nominal máxima de 15.400 megavatios-hora, pero que desde hace años genera mucho menos fluido. El parque termoeléctrico debería aportar otros 15 mil megavatios-hora, pero sólo un tercio está operativo, y el país a lo largo de toda esta década padece un déficit que se traduce en apagones y racionamientos que afectan sobre todo a los estados del occidente.

Esta vez el apagón fue nacional, y casi de inmediato cayó el suministro de agua, también ya deficitario al punto de que alienta numerosas pequeñas protestas en pueblos de provincia y barriadas humildes de las principales ciudades. En Caracas se paralizaron el metro y los trenes que llevan a las ciudades-dormitorio, lo que abarrotó y colapsó el transporte de superficie, que es deficitario tras dos años de escasez y carestía en repuestos, neumáticos y acumuladores.

Cerraron puertos, aeropuertos, fábricas, escuelas y oficinas, pero también comercios grandes y pequeños, impactados por otro fenómeno venezolano: el dinero en efectivo es escaso, los billetes son de baja denominación en un contexto hiperinflacionario, y transacciones diminutas como comprar un café y un panecillo deben pagarse con tarjetas de débito o crédito, las que no funcionaron porque la falta de electricidad imposibilitaba las transacciones bancarias.

Mermaron las trasmisiones de radioemisoras y la posibilidad de ver televisión, se afectó la telefonía fija y móvil, y cayó Internet. La incomunicación afectó a los 30 millones de habitantes del país y a los cerca de 4 millones de venezolanos que viven en el exterior.

Casos de familia

La vida cotidiana se pobló de historias, de emergencias, prácticamente una por familia. La comida comenzó a descomponerse en los refrigeradores. En unos hogares se cocinó apresuradamente cuanto se pudo. Otros, más pobres, acentuaron su propio racionamiento. Gente con más recursos regaló alimentos antes de que se dañasen. Vecinos con estufas a gas las prestaron a los de cocinas eléctricas. Donde hay parientes diabéticos se precipitaron a comprar hielo para conservar la insulina. Nada nuevo para quienes viven en el occidente del país, una novedad para los sectores acomodados de Caracas.

Las estaciones de servicio dejaron de suministrar combustible, las pocas con plantas eléctricas atendieron largas filas de vehícu-los. Las velas se agotaron en supermercados y tiendas de abasto que abrieron sus puertas. Usuarios de telefonía móvil ocuparon calles y tramos de autopista frente a las sedes de las empresas que proveen el servicio, para poder acceder a la señal. En los edificios residenciales los vecinos subían escaleras con bidones de agua. Nervios al caminar por las calles, hacerlo antes de que oscurezca: en Venezuela hay más de 20 mil homicidios por año. Miedo en el transitar nocturno de los vehículos por calles completamente a oscuras. De vez en cuando un disparo, unas cacerolas vacías o unos gritos en contra del gobierno hendían la noche. Hubo fogonazos al estallar algunas subestaciones eléctricas urbanas.

Bajas y daños

El gobierno despachó camiones cisterna con agua para centros de salud y varias zonas populares residenciales. Otro tanto hizo con algunas plantas eléctricas para atender emergencias hospitalarias. La fuerza armada contribuyó con unos cuantos de sus camiones. No obstante, al menos 26 personas, entre ellos recién nacidos, murieron en hospitales durante el apagón, al quedar inutilizados equipos de asistencia, según la organización Médicos por la Salud.

La primera noche de apagón no se reportaron mayores saqueos, pero luego surgieron, sobre todo en Maracaibo (noroeste), la segunda ciudad del país, a plena luz del día, incitados por cabecillas civiles armados y ante una Guardia Nacional que más de una vez se cruzó de brazos. Un registro provisional da cuenta de al menos seis fallecidos en refriegas.

Los gremios reportaron saqueos en más de 460 establecimientos, de los cuales 100 ocurrieron en un solo centro comercial de Maracaibo. Polar, el mayor grupo privado y gigante agroalimentario y cervecero del país, reportó saqueos en cuatro de sus depósitos en esa ciudad, con centenares de individuos que se llevaron desde botellas de agua hasta neumáticos de sus camiones, con pérdidas estimadas en seis millones de dólares.

Según Fedenaga (gremial de los ganaderos), se perdieron o dejaron de producir cinco millones de litros de leche, mil toneladas de queso y tres mil toneladas de carne. “El país ha perdido 875 millones de dólares, casi un punto del producto interno bruto”, estimó Asdrúbal Oliveros, de la firma de consultoría Ecoanalítica.Horas oscuras II

El apagón y sus secuelas presagian más escasez o mayores precios, sobre todo de alimentos, pues el país ha sembrado en el último año apenas el 25 por ciento de la superficie cultivada a comienzos de la década, y Venezuela tradicionalmente ha importado hasta dos tercios de los alimentos que consume. Para adquirirlos, esta vez las reservas, la disponibilidad de divisas están exangües, y las perspectivas de ingresos petroleros han mermado con la aplicación de sanciones sobre la petrolera estatal Pdvsa por parte de Estados Unidos, otrora su principal cliente.

Vuelta a la política

El súbito regreso a la iluminación con velas impactó de inmediato la lucha política, cada vez más más marcada por pruebas de fuerza y amenazas, y alejada de todo entendimiento entre oficialismo y oposición. Los seguidores del mandatario, Nicolás Maduro, y de su rival, a quien los opositores consideran presidente, Juan Guaidó, apelaron a su invariable libreto: la culpa es del otro.

Maduro sostuvo que el apagón “fue producto de un ciberataque desde Houston y Chicago, ordenado por el Comando Sur (del Pentágono). Mike Pompeo (secretario de Estado) y el gobierno de Estados Unidos están detrás del ataque electrónico y electromagnético” al centro de control de Guri, al que siguió un sabotaje a líneas de trasmisión. El gobernante pidió ayuda de Rusia, China, Irán y Cuba para investigar el atentado, advirtió que “la oposición está jugando sucio, por lo que debe haber justicia”, e instó a manifestarse a los grupos de base del oficialismo entre los más beligerantes colectivos de barrios, porque “llegó la hora de la defensa”.

La oposición se apoyó en asociaciones profesionales de ingeniería para afirmar que “la falta de mantenimiento, corrupción y robo de los recursos destinados a mantener y desarrollar la infraestructura eléctrica” es la raíz del apagón. Según su versión, un incendio de vegetación, producto de la sequía y la falta de poda y mantenimiento, dañó la principal línea de trasmisión sobre las llanuras centrales y provocó el desplome del sistema.

La Asamblea Nacional de mayoría opositora declaró “estado de alarma” ante la emergencia eléctrica, de valor retórico dentro del país, pues ese parlamento que preside Guaidó –reconocido además por los suyos como jefe provisional del Ejecutivo, pues consideran a Maduro un “usurpador”– no controla los resortes del poder doméstico. Pero, en cambio, va tomando en sus manos los activos y negocios de Venezuela en el exterior, al amparo de más de cincuenta gobiernos que lo reconocen y apoyan.

Un detalle no menor es que Guaidó y la Asamblea decretaron suspender el envío de petróleo a Cuba (en teoría hasta 98 mil barriles de 159 litros por día, pero recientemente no más de 25 mil) para subsanar con ese combustible la emergencia eléctrica. Elliott Abrams, designado por Washington para manejar el tema Venezuela, advirtió a las empresas navieras y de seguros que tomen debida nota.

Estados Unidos acompaña el presagio de nuevas horas y días difíciles para Venezuela, pues aunque insiste en presión diplomática y económica contra Maduro, mantiene que “todas las opciones están sobre la mesa”, incluida la militar, una expresión que Guaidó no desdeña. Y un presagio más: rotas hace mes y medio las relaciones entre Caracas y Washington, se marchan este viernes los últimos diplomáticos estadounidenses que permanecían en la capital venezolana.