Es “la violencia organizada, y no la guerra contra el narcotráfico, la que ha desgarrado el país”, sostiene la periodista Laura Castellanos, sobre cuyo último libro, “Crónica de un país embozado”, dialogó con este semanario. Es un trabajo en el que se oyen las voces de gente común que se planteó llevar a cabo actos extraordinarios en medio de territorios desgarrados.

Eliana Gilet, desde México

Brecha, 8-3-2019

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Correspondencia de Prensa, 9-3-2019

En un intento por contar una historia no lineal, cada capítulo enfoca un movimiento y un par de años que enmarcan su accionar durante los últimos 25. Así, un joven guerrerense empieza el libro relatando cómo participa en la guerrilla continua más larga del país cuando es interrumpido por el temblor de setiembre de 2017. Entonces, Castellanos trae al texto a los anónimos que organizaron el rescate de la gente atrapada en los escombros de los edificios derrumbados y los cuela en su paleta de personajes, que sienten la solidaridad como un impulso primario.(1)

Los capítulos que siguen al del guerrillero van hacia atrás. Un trabajador aguacatero adolescente cuenta cómo se enroló en las autodefensas armadas que llegaron en 2013 a la quinta donde trabajaba, tras escuchar maravillado las palabras que lo convocaban a unirse a la lucha contra los paramilitares que aún asolan ese territorio michoacano. Luego viene el capítulo dedicado a los pueblos que fueron inundados por la sed minera –que llegó junto con la violencia organizada– y a cómo se organizaron para resistirla. Es el caso de las policías comunitarias de la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias, una experiencia única de administración de justicia indígena, en Guerrero. También están Isidro Baldenegro –rarámuri asesinado en Chihuahua– (2) y Cemeí Verdía –nahua encarcelado arbitrariamente–, opositores a la explotación extractiva de su territorio.

Para los capítulos más antiguos, Castellanos cuenta el efecto que tuvieron las detenciones arbitrarias en el movimiento anarquista insurreccional en el gobierno de Enrique Peña Nieto, resistido desde su “toma de protesta”, el 1 de diciembre de 2012, cuando Juan Francisco Kuykendall murió por el impacto de una bala de goma en la cabeza. Mezclados, se asoman los grupos ecoterroristas, como Individualistas Tendiendo a lo Salvaje, que se vinculan con sus pares chilenos y que en México han reivindicado asesinatos de científicos.

El último capítulo, escrito con cariño y ternura, está dedicado al movimiento zapatista. La experiencia de la autora en acompañar el devenir de un movimiento vivo y pujante –que marcó un quiebre en la vida reciente del país– se refleja en este capítulo, lo que confirma que seguir historias a lo largo de los años también es investigar.

Violencia organizada

Castellanos usa este término para referirse a lo que en cualquier otro ámbito se denominaría lisa y llanamente “narco”. El concepto, que la periodista mexicana toma de otro colega –Sergio Rodríguez Blanco–, apunta mejor que aquel a la verdadera causa del daño: “Si no se erradica esta cadena de complicidades que involucra a la parte más oscura del aparato de Estado, a la iniciativa privada y al crimen organizado, estas expresiones van a seguir vigentes”, sostuvo en diálogo con este semanario.

“Son distintos los detonantes, pero nos muestran un país con algunas regiones convulsas, donde estas expresiones subversivas tienen que cohabitar y actuar en terrenos desgarrados por esta violencia organizada”, agregó. Unas cifras brindadas por la autora para dimensionar el tamaño del tajo: existen 500 conflictos sociales abiertos en México, según el cálculo del catedrático Víctor Toledo; 108 líderes sociales han sido asesinados en una década, y 125 comunidades, contando sólo el estado sureño de Guerrero, sufrieron “una escalada de violencia tras el arribo de mineras canadienses”.

“Estas expresiones subversivas tienen distintas posiciones ideológicas, orígenes y formas de organización, pero tienen en común que trascienden las coyunturas electorales y los gobiernos. No están confrontándose contra un partido político en específico, están confrontando realidades estructurales”, dijo Castellanos en la entrevista. “La violencia organizada, y no la guerra contra el narcotráfico, es la que ha desgarrado el país”, escribió en la introducción del libro.

Castellanos abreva de Carlos Montemayor –escritor y traductor mexicano fallecido en 2010–, “el principal descifrador de los movimientos subversivos y la contrainsurgencia mexicanos”, y de su ensayo sobre cómo la violencia institucional provoca la violencia popular, y no al revés:(3) “En eso tenemos que tener cuidado como periodistas, para no criminalizar estas expresiones, sino comprender sus detonantes, porque en el caso mexicano han trascendido generaciones, como en el caso de las expresiones guerrilleras”, dijo la autora.

Castellanos ya se había estrenado en estos temas con otro trabajo, México armado, que abarca la violencia popular y la institucional entre 1943 y 1981. “La historia de México bien puede escribirse a través de los resortes y saldos de la subversión, como hice en México armado”, declara en el libro.

En este contexto, “la voz y la experiencia del zapatismo tiene un significado particular, porque ha marcado la manera de hacer política en las luchas sociales en los últimos 25 años, pero tiene una posición distinta a las otras”, señaló la autora. La distancia más clara entre el zapatismo que “no busca tomar el poder y ha roto toda la relación institucional con el gobierno” y las autodefensas a las que se unió el adolescente jornalero del aguacate del inicio es que estas “tienen vínculos con el gobierno; algunas han sido legalizadas (aunque sea inconstitucional), porque no buscan derrocar al gobierno, sino exigirle que realice sus funciones de seguridad”.

Extractivismo

El quiebre entre el zapatismo y la izquierda legal se dio tras la no aprobación de los acuerdos de San Andrés Larráinzar, en 2001, discutidos en la segunda mitad de la década del 90 como el principal legado del levantamiento zapatista, que entonces repercutía en todo el país.

“Es probable que [los acuerdos] ya estén rebasados en algunos aspectos, pero tienen un significado especial, porque efectivizan el derecho que las comunidades constitucionalmente tienen a la información y consulta sobre sus territorios”, dijo Castellanos a Brecha. “Si eso se hubiera aprobado en 2001, no tendríamos a lo largo del siglo XXI un país que es una gran concesión para las trasnacionales”, agregó. Y aportó el dato de que en México hay más de 25 mil emprendimientos mineros con concesiones por 50 años, que pueden llegar a convertirse en un siglo. “La ley minera es una de las reformas constitucionales que han provocado más conflictos comunitarios, pero es sólo uno de estos tipos de proyecto extractivo. Hay también proyectos hidroeléctricos, eólicos, turísticos, que han visto en los bienes naturales una mercancía para el gran capital o para proyectos del Estado”, explicó la autora.

El dilema claro es qué va a pasar durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador con este tema: “Si bien López Obrador ha buscado mostrar simpatía por los acuerdos de San Andrés durante su campaña, en realidad está impulsando megaproyectos sin consultar ni incluir a las comunidades indígenas”. Brecha publicó en su última edición sobre el asesinato de Samir Flores, opositor al Proyecto Integral Morelos, que es un claro ejemplo de lo aquí dicho por Castellanos.(4)

Defensa zapatista

En el capítulo final, Castellanos se detiene sobre una jovencita de 17 años, Araceli Lorenzo, que venía de un pueblito de 13 habitantes selva adentro para ser parte, por primera vez, de las Juntas de Buen Gobierno, creadas en 2003 tras el quiebre con el gobierno nacional. “Me parece que uno de los mayores logros que tienen las comunidades zapatistas son sus nuevas generaciones, que han crecido en un territorio, en mi opinión, el más trasgresor a nivel nacional, viviendo la experiencia de la autonomía con sistemas de educación, justicia y salud únicos en el país”, dijo Castellanos al terminar la charla. “En ese contexto, las jóvenes zapatistas son actoras sociales emergentes  que es importante escuchar, porque su propuesta no emerge de una influencia externa del feminismo o una expresión política o partidista particular, sino de su propia vivencia comunitaria”, concluyó.

Notas

  1. Crónica de un país embozado, Ediciones Era, México, 2018.
  2. Véase Brecha, 28-III-18.
  3. Puede verse el libro de Carlos Montemayor La violencia de Estado en México, disponible en Internet.
  4. Véase Brecha, 1-III-19.