A Maduro el pueblo no lo quiere y a Guaidó nadie lo eligió

Sólo el pueblo soberano y movilizado puede decidir su destino, con referéndum y elecciones generales.

 Comunicado de Marea Socialista, Caracas, 23 de enero 2019

https://www.aporrea.org/

Correspondencia de Prensa, 25-1-2019

El pueblo en la calle movilizado, en concurrencia de todos los sectores sociales, y saliendo a protestar en los barrios pobres, está demostrando que no soporta más al gobierno de Maduro. La gente ya no está dispuesta a tolerar más la política de hambre y de destrucción de los derechos laborales, así como la eliminación de hecho del derecho a la salud ante la falta de medicinas e insumos, la degradación de los servicios públicos, la corrupción extrema y la represión cotidiana.

Esto explica que gran parte de la población haya atendido al llamado a movilizarse con las marchas convocadas por el autoproclamado Guaidó, pero no porque esté dispuesta a reconocer a cualquiera que quiera alzarse con el “coroto”, sino porque amplísimos sectores de nuestro pueblo hace tiempo que están hartos y no quieren seguir aguantando más. Incluso los que trabajan en el sector público, que se mantienen callados o van forzados a las movilizaciones del gobierno, para evitar retaliaciones que les puedan afectar en sus trabajos, recepción de cajas CLAP o que puedan poner en peligro sus hogares de la Misión Vivienda. Los comentarios, chavismo adentro, son de cansancio y gran molestia, poco a poco van perdiendo el miedo.

Los trabajadores y el pueblo no han logrado tener una alternativa propia e independiente, que represente sus reales intereses y angustias, por lo que ha quedado atrapado entre la burocracia y el capital. El resultado de esto es que se reinstala la polarización, entre los políticos de un gobierno corrupto que controla el poder y los parlamentarios de partidos de los grandes empresarios que explotan a los trabajadores.

Porque, los patronos que financian y promueven a los partidos de oposición de la derecha tradicional, también se benefician y pagan los miserables salarios impuestos por el gobierno de Nicolás Maduro-PSUV-Militares. Y no tienen otra propuesta económica que la de seguir descargando la crisis sobre el pueblo mientras aseguran sus ganancias y sus negocios.

Ellos, desde la AN, pretenden erigirse en nuevo gobierno y utilizar a su favor las energías del pueblo, porque no tenemos organizaciones propias y fuertes que acaudillen la lucha contra el nefasto gobierno de Nicolás Maduro. Pero la AN y los EE.UU no son quienes para imponerle gobiernos al pueblo venezolano. Maduro tampoco. Todos son usurpadores y se disputan el control del Estado para tener sometido y explotar al pueblo.

Nuestros sindicatos y organizaciones populares están en gran parte destruidos, corrompidos o supeditados al aparato del Estado, y otra parte ha cedido su independencia política en favor de los dirigentes de la clase rica que nos explota. Por eso no se termina de salir de la trampa autoritaria de Maduro y se cae ahora en la trampa golpista de Guaidó (del partido Voluntad Popular), respaldado por Estados Unidos, que juega en favor de sus intereses, contrarios a la nación venezolana.

Ahora estamos corriendo el riesgo de que la confrontación entre dos gobiernos paralelos, ambos ilegítimos, y uno de ellos apoyado por los Estados Unidos, pueda derivar en una guerra civil o en formas de intervención imperialista más directas del gobierno de Trump. También hay que alertar que a cada intentona de la derecha el gobierno de la burocracia aprovecha para desatar una oleada represiva para someter más al pueblo y acallar toda protesta.

venezuela251 dosFrente a todo esto, Marea Socialista llama a que sigamos movilizados y protestando contra el gobierno opresor, pero el pueblo y la clase trabajadora tenemos que movernos con nuestra propia agenda y no detrás de los parlamentarios de la derecha ni de la burocracia del PSUV, así como tampoco podemos aceptar imposiciones desde el exterior.

Marea Socialista llama a que nos juntemos todos aquellos y aquellas que entendemos la necesidad de construir nuestra propia organización de lucha, para levantar una nueva referencia política de nuestra clase y de los distintos sectores del pueblo que sufre, que sí pueda hacer valer nuestros propios intereses y derechos.

A Maduro no lo quiere el pueblo y a Guaidó nadie lo eligió.

Referéndum que consulte al pueblo para relegitimar todos los poderes (Art 71 CRBV).

Renovación del CNE para que recupere su independencia y llame a elecciones generales.

Por un plan de emergencia en favor de los trabajadores y el pueblo para enfrentar la crisis, recuperar el salario y tener acceso a la comida.

No a la entrega de la soberanía.

No al intervencionismo y la injerencia de los EE.UU. y el Grupo de Lima.

Sigamos en lucha por nuestras condiciones de vida: salarios, derechos laborales, servicios públicos, derechos democráticos.

Ni golpe ni negociaciones a espaldas del pueblo.

Autonomía política de los trabajadores y sectores populares.

No sigamos más a los políticos de la burocracia gobernante ni a los políticos de los capitalistas.

¡Ni burocracia ni capital!

Que se vayan todos.

Que el pueblo movilizado ejerza su soberanía.

No a la represión: liberación de los presos por luchar, respeto a los derechos humanos.

Por un gobierno de los trabajadores y el pueblo, no de la burguesía tradicional ni de la “roja-rojita”.

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Los venezolanos vuelven a las calles

La mesa de la polarización está servida

Tras un largo período de sosiego en la confrontación abierta que en 2017 había partido en dos al pueblo venezolano en las calles, el pasado 23 de enero los venezolanos volvieron a manifestarse como opositores u oficialistas, impulsados por la autoproclamación de Juan Guaidó como presidente. Así, las protestas populares que en 2018 se habían organizado en torno a reclamos sociales, en 2019 arrancaron con un enfoque estrictamente político, allanando el camino al atrincheramiento.

Humberto Márquez, desde Caracas

Brecha, 25-1-2019

https://brecha.com.uy/

“¡Juro!”, dijo desde la tribuna, con la mano derecha en alto y amplificado por un frágil equipo de sonido. La multitud a sus pies le imitó y repitió: “¡Juro!”. “(…) asumir formalmente las competencias del Ejecutivo nacional –abajo empezó la algarabía– como presidente encargado de Venezuela.” Entonces fue un rugido lo que emergió de miles de gargantas. Juan Guaidó, un ingeniero industrial de 35 años, casi un perfecto desconocido hace tres semanas –antes de asumir la conducción del parlamento por un acuerdo entre grupos opositores–, acababa de proclamarse presidente para sustituir al “usurpador” Nicolás Maduro.

Apretujadas delante del periodista, a casi 50 metros de la tribuna, varias señoras se zafaron del bosque de hombros, brazos y cabezas para danzar y repetir: “¡Lo hizo, lo hizo, lo hizo!”.

Lo hizo, en efecto, sorpresivamente, atendiendo al reclamo de los más radicales en las decenas de cabildos abiertos que precedieron las grandes manifestaciones opositoras de este 23 de enero. Es una fecha-talismán en Venezuela, porque ese día de 1958 un alzamiento cívico-militar derrocó la dictadura que durante casi diez años ejerció el general Marcos Pérez Jiménez.

Adultos mayores en la marcha hacia la plaza Juan Pablo II, en el límite de dos municipios de la gran Caracas, evocaban la efeméride. “Ese día cayó un dictador, hay que recordar esa fecha, ese día ganamos una democracia, ahora podemos ganar otra”, señala a Brecha, en medio de la barahúnda de gritos, silbatos, batir de palmas y tamboriles, José Morillo, un jubilado del Ministerio de Salud que ejerce de carpintero. Viene de La Pastora, una zona popular del norte de la ciudad que ha sido pro oficialista por años. Camina junto a un grupo de parientes jóvenes. Apostados en la vía, junto a edificios gubernamentales, hay decenas de “rivales”, partidarios del presidente que lucen camisas rojas. En uno y otro bando se agitan banderas tricolores, amarillo, azul y rojo.

Entonces, provocando, desde el lado opositor, un muchacho con un vozarrón casi aúlla: “¡Maduuurooo!…”, y cien voces gritan en respuesta un improperio contra la madre del presidente.

Los gritos que más se escuchan son “¡Libertad, libertad!” y “No quiero bono, no quiero Clap (bolsas con comida a precios subsidiados), yo lo que quiero es que se vaya Nicolás”.

Los oficialistas también gritan: “No volverán, no volverán”. Algunos insultos, pero la violencia no llega a mayores. La columna opositora llega a la avenida donde se hace la concentración y se integra a la multitud, que puede cifrarse en unas 200 mil personas. Tiene réplicas en 53 ciudades y pueblos. También hubo concentraciones de venezolanos opositores en decenas de ciudades del exterior. La mesa de la aguda polarización política de nuevo está servida.

“MI voto también vale”

Los partidarios de Maduro marchan hacia una plaza vecina del palacio de gobierno desde tres puntos de la ciudad. Son varios miles. Tienen banderas rojas y grupos con tambores. Abundan los empleados públicos que lucen franelas (camisetas) de las dependencias en que laboran –Petróleos de Venezuela, banca pública, puertos, Ministerio de Alimentación–, o de “misiones”, como se bautizaron los programas sociales –educación, salud, vivienda– desarrollados por el gobierno. También se ven algunas gorras del Partido Comunista, pequeño aliado del mayoritario Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv).

En la céntrica plaza Brión de la capital, a la espera de marchar, se forman filas ante las hileras de baños portátiles: son indispensables para quienes vienen del interior. Como la orgullosa alfabetizadora Clara Rodríguez, quien llega de Portuguesa, una provincia de las llanuras centro-occidentales. Vino en uno de los autobuses fletados por la gobernación de su región: “La oposición tiene su gente, pero nosotros también”, comenta a este periodista. “Respaldamos al presidente Maduro, él ganó las elecciones (del 20 de mayo de 2018, rechazadas por la mayor parte de la oposición). La oposición dice que hubo fraude, pero yo voté, mi voto se contó, mi voto también vale.” Maduro “no ha podido parar la inflación (más de millón y medio por ciento según la Asamblea Nacional, controlada por la oposición), pero ha construido viviendas, esto también vale”, continuó.

Las marchas y la concentración opositora congregan gentes de variados estratos sociales. Las del oficialismo son casi todas de los sectores populares. Al avanzar, algunos participantes se disgregan o apartan de la caminata. Vehículos con altavoces reproducen canciones de cantautores izquierdistas. Se llega a una vieja plaza cercana al Palacio de Miraflores, sede del gobierno. Maduro no acude: el principal orador es Diosdado Cabello, capitán retirado del Ejército y vicepresidente del Psuv. Cabello invita a marchar hacia el palacio para permanecer en “vigilia” y hacer compañía al mandatario.

Maduro sale a un balcón rodeado de colaboradores civiles. Critica a los medios internacionales: “Censuran al pueblo, no muestran que somos la mayoría”, y están en sintonía con “el gobierno imperialista de Estados Unidos, que dirige una operación para, a través de un golpe de Estado, imponer un gobierno títere. Es una gravísima insensatez de Donald Trump”, dice el mandatario, quien inició su segundo sexenio el pasado 10 de enero, jurando ante el Tribunal Supremo de Justicia, pues la Asamblea Nacional ha sido declarada “en desacato” por el oficialismo.

Yankees Go Home

“Hoy se comieron la luz (roja). Por eso anuncio que he decidido romper relaciones diplomáticas y políticas con el gobierno imperialista de Estados Unidos. ¡Fuera!, se van de Venezuela. ¡Aquí hay dignidad, carajo!”, proclama Maduro. Sus seguidores aplauden. “¡Así se hace, carajo!”, exclama en la fila de milicianos uniformados un militante de la tercera edad. Y el presidente continúa: “Y por eso, en este día histórico, procedo a firmar la nota diplomática para que en un plazo de 72 horas abandone el país todo el personal diplomático y consular de Estados Unidos”.

En cuanto a Guaidó, no mencionado por Maduro en su discurso, “le toca a los órganos de la justicia actuar con base en la ley. Es un tema de la justicia. A nosotros nos toca gobernar”, señala el presidente, quien termina clamando: “¡Aquí no se rinde nadie!”.

Vuelve la confrontación

La manifestación oficialista se disuelve tranquilamente. Muy pocos –al caer la noche prácticamente nadie– han de permanecer en la vigilia convocada. Los accesos a Miraflores están cerrados al paso de vehículos. Mientras, en el este de la capital, tradicional bastión opositor, algunos exaltados atraviesan un camión en la principal autopista y le prenden fuego. Se repiten las escenas de choques entre manifestantes encapuchados y policías apoyados por guardias nacionales. Se oyen aislados toques de cacerolas vacías.

La confrontación ha regresado. En tres noches seguidas de desórdenes, desde que 27 efectivos de la Guardia Nacional se amotinaron durante unas pocas horas en un cuartelillo al norte de la capital, las demostraciones tras barricadas armadas con basura incendiada en las calles desataron la respuesta de uniformados y grupos civiles o individuos que tienen armas de fuego: en total han muerto 16 personas en esas 72 horas, y aún está por determinarse quiénes las abatieron en las manifestaciones opositoras del área metropolitana de Caracas y cuatro ciudades del interior.

El parlamento ofrece una “amnistía” a los militares y demás funcionarios que desconozcan al “usurpador” y cambien de bando. Pero el generalato de la fuerza armada ha ratificado su respaldo al presidente Nicolás Maduro.

La nueva incógnita es ¿qué pasará si Estados Unidos no retira a su personal diplomático de Caracas? ¿Lo sacará Maduro a la fuerza? ¿Cómo reaccionará Trump? Los actores han subido sus apuestas, colocando las fichas en las casillas de decisiones y hechos extremos. Todo en una sola jornada este 23 de enero de 2019.

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Urgente, Venezuela

¿Cuáles salidas resultan deseables?

Nueva Sociedad, enero 2019

http://nuso.org/

Juan Tokatlian (profesor en la Universidad Di Tella, Buenos Aires)

Salida negociada. La mejor alternativa ante la fenomenal crisis que padece Venezuela es aquella que combine una salida política, jurídica y ética sólida y sustentable. A mi juicio, esa es la única opción incruenta. Y ello implica un paquete de elementos entrelazados: diálogo político genuino, acuerdo aplicable y llamado a nuevas elecciones.

Dicho lo anterior, ¿el momento actual revela condiciones para una salida de este tipo? La respuesta no parece muy positiva. Cualquier solución negociada –y ese es el supuesto subyacente a lo señalado anteriormente– tiene como fundamento lo que los expertos llaman un «estancamiento dañino» (hurting stalemate), en el cual ninguna de las partes puede triunfar y a la vez tampoco acepta ceder. Entonces, se instala la sensación (o el convencimiento) de que el conflicto entre las partes no va hacia ningún lugar. Y a su turno, ambas partes empiezan a reconocer que los costos de continuar en la confrontación superan los hipotéticos beneficios de un triunfo pírrico. El punto entonces es si Venezuela se aproxima o no a ese «estancamiento dañino» y si los principales actores internacionales vinculados, de un modo u otro, a la crisis en que está sumido el país facilitan o no que se llegue a dicho impasse, que podría ser transformado en positivo si se abriera el espacio para una salida negociada. Me temo que las voces civiles y civilizadas están opacadas por la tentación de alternativas militaristas de distinto tipo. Por ello, me parece que es hora de deslegitimar seriamente esa eventualidad. Y me interrogo sobre qué actores domésticos y externos tienen la voluntad y la capacidad de hacerlo.

¿Y América Latina? La desastrosa situación en Venezuela fue producida básicamente por los propios nacionales. No hay duda que han existido factores externos –por ejemplo, el papel de Estados Unidos– que han contribuido notoriamente a empeorar lo que ha venido aconteciendo en Venezuela, pero en lo esencial fueron internos. Ahora bien, la tragedia venezolana también expresa la incapacidad y la impericia de América Latina para aportar, durante años, fórmulas creíbles y efectivas a superar los distintos peldaños que fue jalonando el drama de Venezuela.

El rol de la Organización de Estados Americanos (OEA) –y, más explícitamente, de su secretario general, Luis Almagro– fue lamentable. La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) se distrajo y se distanció de lo que iba sucediendo en Venezuela. La Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) fue pobre en su actuación y después, con la nueva ola neoliberal en la región, seis países se encargaron de sepultarla. Hace unos días, el presidente Iván Duque de Colombia, acompañado por Chile, propuso crear Prosur en reemplazo de la Unasur, sin otro propósito que cercar y aislar aún más a Venezuela. El Mercado Común del Sur (Mercosur) dejó afuera a Venezuela y después sintió que no debía hacer nada más. La Alianza del Pacífico (AP) jamás hizo algo respecto al tema. Los miembros de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) tuvieron un comportamiento insignificante para contribuir a que uno de los suyos pudiera hallar caminos de solución política y reconciliación social.

Sí, la crisis de Venezuela es producto de los venezolanos, pero en un sentido más hondo refleja la miopía diplomática de la región. Nuestra fragmentación –hoy agudizada por múltiples factores– nos va convirtiendo en más irrelevantes y dependientes ya sea de una potencia declinante como Estados Unidos o de una ascendente como China.

Rafael Uzcátegui (coordinador general de Provea, Caracas)

Se ratificó el amplio rechazo popular a Maduro. Lo primero que pasó este 23 de enero fue que se ratificó en la calle lo que las encuestas de opinión expresaban: el profundo y amplio rechazo popular a Nicolás Maduro. En su contra se realizaron por lo menos 60 manifestaciones multitudinarias en todo el país, no solo en las ciudades capitales sino en pueblos como Altagracia de Orituco, Mucuchíes, Táriba y El Tigrito. La magnitud de la de Caracas, que unió nueve marchas desde diferentes puntos de la ciudad, puede verse en varias de las fotos de la jornada. El oficialismo también se movilizó, pero en el caso de Caracas su proporción respecto a la concentración opositora fue tan menor que Maduro no se presentó en la tarima y mandó a decir con Diosdado Cabello que se movilizaran hasta el llamado «Balcón del Pueblo», un espacio cerrado y mucho más pequeño, que garantizaba una toma controlada de una muchedumbre.

El conflicto ha dejado de ser «de clases». La polarización de los días de Hugo Chávez cambió en los tiempos de Maduro, lo que se ha confirmado desde las protestas en Caracas realizadas a partir del 21 de enero, cuando los sectores populares tomaron la iniciativa de comenzar un nuevo ciclo de rebelión contra el gobierno. Desde ese día, y particularmente en horas nocturnas, los que se han enfrentado con la policía y los grupos paramilitares progobierno han sido los barrios antiguamente dominados territorialmente por el oficialismo, que definían la cartografía política de la ciudad como una separación «este» (acomodado) y «oeste» (popular). En las zonas populares, la lógica del conflicto es diferente, por lo que no hay que esperar la misma dinámica de la protesta presente en los sectores medios o estudiantiles. Si bien ya fue así en el ciclo de protestas de 2017, las movilizaciones del 23 de enero de 2019 fueron abierta y claramente policlasistas.venezuela portada251

El conflicto ya no es «ideológico». En la tarima central de la concentración opositora en Caracas uno de los oradores fue Sergio Sánchez, cercano al ex-ministro Miguel Rodríguez Torres, en representación del «chavismo disidente». Desde 2016, cuando Maduro tomó la decisión de sustituir la Constitución por un Decreto de Estado de Excepción y suspender los procesos electorales pendientes hasta conseguir una fórmula para ganarlos siendo minoría –tras la ruidosa derrota en las parlamentarias de diciembre de 2015 por dos millones de votos–, el gobierno se transformó en una dictadura moderna, similar a la de Alberto Fujimori en el Perú de los años 90. Hoy, entre los sectores que lo enfrentan y aspiran al retorno del Estado de derecho, se encuentran diferentes agrupaciones chavistas, con distintas posiciones y críticas. Por otro lado, las encuestas de opinión ya medían la opinión política del universo bolivariano dividiéndolo en dos grandes grupos: los que estaban a favor de Maduro y los que estaban en contra. Por tanto, hoy en Venezuela ser chavista no es, automáticamente, estar a favor del gobierno, y puede ser incluso lo contrario. El conflicto dejó de caracterizarse desde 2016 –y el 23 de enero de 2019 lo ratifica–, por la tensión entre chavismo y antichavismo, y pasó a predominar el clivaje dictadura versus democracia.

La represión como política de Estado. Hasta la mañana del 24 de enero de 2019, Provea y el Observatorio Venezolano de Conflictividad Social habían identificado al menos a 14 personas asesinadas en el contexto de manifestaciones registradas en Caracas y otras ciudades del país entre los días 22 y 23 de enero. La totalidad de estas muertes se produjeron por impacto de bala, en contextos en que agentes de la fuerza pública y agrupaciones paramilitares actuaban en labores de represión de protestas. Barinas acumulaba el mayor registro de personas fallecidas con cuatro muertes, todas ocurridas durante las protestas realizadas hoy luego de la convocatoria hecha por la Asamblea Nacional. Le siguen los estados Táchira y Distrito Capital, con tres muertes cada uno; Amazonas y Bolívar con dos muertes confirmadas y, finalmente, Portuguesa, con una muerte confirmada.

13 de las víctimas eran de sexo masculino y una de sexo femenino. Las edades de las víctimas oscilan entre los 47 y los 19 años. Y en 13 de los casos registrados, los asesinados participaban en protestas pacíficas que fueron atacadas por agentes de la fuerza pública o agrupaciones paramilitares. El contraste con los días previos al mandato de Maduro es notable. Desde 1991, al menos 312 personas han perdido la vida en el contexto de manifestaciones en Venezuela. 82 de estas muertes (26,28%) se produjeron en el periodo comprendido entre 1991 y 2012, mientras que durante la permanencia de Maduro en el poder (2013-2019), un total de 229 personas (73,39%) fallecieron en el contexto de protestas. En seis años, Maduro casi triplica el total de fallecidos en protestas a lo largo de 21 años que comprenden los mandatos de Carlos Andrés Pérez, Rafael Caldera y Hugo Chávez Frías.

La necesidad de recuperar la plena vigencia de la Constitución mediante un acuerdo político. Estamos frente a una situación anómala cuya resolución no puede encontrarse en ninguna norma vigente en Venezuela. La Constitución no dice qué hacer frente a la usurpación del poder presidencial como consecuencia de un fraude electoral. Cerrados los canales democráticos de resolución del conflicto, la solución dejó de ser jurídica para ser política. ¿Quién debe tomar la iniciativa? El único poder con legitimidad de origen, votado por 14 millones de venezolanos, es la Asamblea Nacional. Al final de la movilización, el presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, asumió las competencias del Poder Ejecutivo con tres objetivos: 1) presionar por el cese de la usurpación del poder presidencial, 2) convocar a elecciones en el menor tiempo posible y 3) recuperar a corto plazo la plena vigencia de las garantías constitucionales presentes en la Carta Magna de 1999. A las 7 de la noche del 23 de enero, 14 países, incluyendo Estados Unidos, reconocían a Guaidó como presidente interino de Venezuela.

Es comprensible que los interesados en la situación de Venezuela intenten buscar la base constitucional de la decisión de la Asamblea Nacional. Sin embargo, cualquier crítica honesta en este sentido debe reconocer la serie de violaciones flagrantes a la Constitución ocurridas desde diciembre de 2015, que llevaron al gobierno de Maduro a transformarse en una dictadura y que empujaron el conflicto a este punto.

Manuel Sutherland (economista, Centro de Investigación y Formación Obrera, Caracas)

Descomposición. Después de la autojuramentación informal de Juan Guaidó, parece que hay una fractura en la oposición. Los principales partidos han sido bastante cautelosos y distantes y parecen no acompañar a fondo el plan de Voluntad Popular y los sectores ubicados más a la derecha, digitado de manera grosera y abierta por Estados Unidos. Es un golpe de Estado en proceso para derrocar a Nicolás Maduro por la fuerza. Por otro lado, Maduro está muy débil: habló desde el «Balcón del Pueblo», donde antes solía hablar Hugo Chávez, y no había demasiada gente, no pudieron hacer tomas aéreas, había un gobernador, un alcalde, pocos ministros, el balcón estaba semivacío.

El Ejército ha dicho varias veces que apoya al gobierno y que va a respetar la Constitución, pero al parecer hay tensiones en la cúpula militar. Hay, además, una mezcla muy peligrosa en los barrios entre pobladores y hampa común que aprovecha para robar, saquear (incluso armas), que hasta ahora era parte de la «base» del gobierno; son bandas de delincuentes que llevan años accediendo por diversas vías a armas de diverso tipo. Hay una división geográfica de la protesta en Caracas: en el este hay marchas masivas y pacíficas, mientras que en las barriadas del oeste hay piquetes, quema de llantas y enfrentamientos con la policía y la Guardia Nacional, con situaciones especialmente complicadas en las noches.venezuela251 cuatro

¿Salidas? Parece que Maduro no piensa renunciar y prefiere resistir a como dé lugar. No es claro que Voluntad Popular quiera compartir el «poder» que está construyendo con los otros partidos opositores, como Primero Justicia. Si Guaidó organiza un gobierno en el exilio o desde una embajada y se comienzan a transferir a su «gobierno» algunos activos en el exterior, como la empresa hoy bastante estratégica Citgo, eso podría complicar todavía más la situación económica, con riesgos de enfrentamiento civil con grupos armados de diferentes naturaleza.

La solución, en mi opinión, es tratar de evitar la violencia mediante una junta cívico-militar de notables con el consenso de la Asamblea Nacional y la Asamblea Constituyente, para dirigir un gobierno de transición sin Maduro y su camarilla. Así se podría reinstitucionalizar el país en poco tiempo para convocar a nuevas elecciones con garantías, limpias y sin ventajismo.

Margarita López Maya (historiadora, Universidad Central de Venezuela)

El factor militar. El gobierno de Nicolás Maduro, pese a sus debilidades, sigue sin duda controlando todos los hilos del poder. En lo internacional, como contrapartida a las alianzas internacionales de los partidos opositores, ha ido construyendo vínculos con Rusia, China, Irán y Turquía, contando con que, a cambio de condiciones favorables a sus intereses, le sirvan de aliados para neutralizar presiones de Estados Unidos y otros actores de la comunidad internacional.

Las instituciones militares siguen siendo el principal pilar del régimen, y pese a descontentos, deserciones, amenazas y detenciones, los altos mandos siguen mostrando lealtad al dictador. Sin embargo, 2018 fue un año de alzamientos, respondido por una severa represión, con denuncias de torturas y maltratos. Más de 180 militares están presos, una cifra histórica. Hay, además, un número similar de investigados, sometidos a presiones e interrogatorios. Es un sector que Maduro, bajo asesoría cubana, no ha descuidado desde 2013, cuando procedió a restructurarlo para, entre otros aspectos, fortalecer a la Guardia Nacional en su capacidad de control interno del país por sobre otras instancias y ampliar la Guardia de Honor Presidencial y otros cuerpos para protección del dictador.

Los militares son un sector privilegiado, con accesos irrestrictos al petroestado. Tienen cuotas de poder que los ponen en control de sectores claves, como el de importación y distribución de alimentos, el sistema cambiario, Petróleos de Venezuela (PDVSA) y el Arco Minero. Los privilegios se refuerzan con controles en los cuarteles y con exigencias como la de jurar lealtad personal a Maduro con cierta frecuencia. La institución ha perdido sus rasgos corporativos. Los diferentes grupos de poder necesitan la supervivencia de la elite gobernante para proteger sus intereses y salvarse de persecuciones de la justicia nacional o internacional. Los oficiales de rangos medios o bajos sufren las penurias del venezolano común y es allí donde las lealtades podrían romperse, con menos resistencia, por acción de las presiones nacionales e internacionales.

Las características desprofesionalizadas de los componentes militares refuerzan la importancia y la centralidad de estrategias y tácticas dirigidas por la sociedad civil y política nacional, apoyada por y articulada con la comunidad internacional para interrumpir la marcha hacia la consolidación del régimen autoritario. Si bien son necesarias fracturas en el apoyo del sector militar a Maduro, son los civiles quienes tienen el reto de liderar la lucha, frente a sectores militares profundamente desinstitucionalizados, autoritarios y corrompidos.

El papel de la Asamblea Nacional

La batuta de la compleja trama de alianzas y redes que deben vincularse entre sí con un propósito y estrategia comunes es del Parlamento venezolano, como poder público plural, legal y legítimamente electo en 2015, cuyo mandato terminará en 2021. Es una responsabilidad suprema que los diputados doblen su vocación de servicio y encuentren la madurez política para manejar, con consensos y mediante decisiones políticas y legales bien pensadas, la nave que ha de llegar al puerto. Las leyes de Transición y de Amnistía presentadas a mediados de enero en la Asamblea Nacional van en la dirección correcta. Ellas someten a discusión pública los términos para que la transición que se inicie sea consensuada. Allí se dan incentivos a tirios y troyanos para incorporarse a esta causa. El espacio para dirimir diferencias dentro de un propósito común es el Parlamento, y votar es lo justo. La ciudadanía y la comunidad internacional, por su parte, exigen disposición de los partidos a deponer anteriores muestras de ambiciones e intereses personales o partidistas, en pro de la acumulación de fuerzas necesaria para forzar a la cúpula gobernante a aceptar el cambio democrático. Los fracasos anteriores deben servir de referencia para no cometer errores que podrían ser fatales.

2018 pudo parecer un año letárgico, pero en él comenzaron acciones soterradas por parte de organizaciones y personalidades civiles, muchas de ellas no políticas ni partidistas, para restañar heridas entre partidos y dirigentes. También se activaron y crearon asociaciones civiles para registrar y denunciar la violación de derechos humanos en las instancias internacionales y crear estructuras colectivas de solidaridad, dentro y fuera del país, para asistir a una población huérfana de derechos. En marzo se constituyó la plataforma Frente Amplio para la Venezuela Libre (FAVL), con el propósito de encontrar espacios articuladores para el diálogo y la acción de actores políticos y sociales. Estas iniciativas deben continuar, expandirse y fortalecerse, porque un tejido social denso y sólido es imprescindible para sostener la ruta de la transición y, sobre todo, para garantizar la consolidación democrática, después de la devastación extrema padecida. Será, sin duda, un proceso largo, difícil, lleno de obstáculos.

Este año parece decisivo para quienes propugnan el cambio democrático. De darse un vigoroso movimiento sociopolítico, seguramente volverá a surgir un proceso de negociación entre gobierno y oposición. Es inevitable, si la vocación política es una solución pacífica y democrática a la crisis estructural de la nación. Entendamos que reconstruir la república pasa por reconocer los profundos déficits democráticos, de desigualdad social y de exclusiones culturales que llevaron a estos desarrollos nefastos. Por ello, el año 2019 nos exige a cada ciudadano, organización, partido, activista y dirigente político responsabilidad, cabeza fría, el deber de estar informados, crecer en la adversidad y actuar sin extremismos ni búsqueda de líderes mesiánicos. Hoy más que nunca tenemos la posibilidad de construir una democracia más robusta que la anterior, aprendiendo de sus gazapos y entendiendo las oscuras corrientes nepóticas, caudillistas, intolerantes y primitivas del alma nacional, que sirvieron de sustrato a la tragedia chavista que hoy agoniza. Contribuyamos todos para que la Asamblea Nacional, la nave que guía esta nueva estrategia, no se hunda en los torbellinos y peñascos que amenazan desde adentro, desde afuera y desde todas direcciones.

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Hacia la guerra civil en Venezuela

Raúl Zibechi

Brecha, 25-1-2019

https://brecha.com.uy/

Cuando Donald Trump decidió retirar las tropas de Siria, en diciembre pasado, lo hizo porque ya tenía decidido abrir un nuevo frente de batalla. Ese nuevo frente, hoy lo sabemos sin la menor duda, es América Latina. Aunque la primera trinchera sea Venezuela, el plan del Pentágono consiste en afirmar el control de su patio trasero en momentos en que el dominio geopolítico global atraviesa una crisis sin precedentes.

En efecto, Estados Unidos no está en condiciones de librar guerras en Asia. No ya contra China, sino siquiera contra el régimen de Corea del Norte, una dictadura oprobiosa con la cual está negociando desde hace más de un año.

Tampoco puede mantener en pie su intervención militar en Oriente Medio, puesta a la defensiva por el despliegue militar de Rusia e Irán. La estrepitosa derrota que cosecharon quienes quisieron impulsar la caída de Bashar al Asad, mediante la intervención neocolonial de Francia e Inglaterra sumadas a la del Pentágono, será una lección difícil de olvidar para sus generales.

¿Por qué América Latina? En este continente se juega el dominio global de la superpotencia que ya no puede seguir siendo, como lo fue desde 1945, la que ponía orden en el tablero global. Empezar por Venezuela es hacerlo por el eslabón más débil, como suponen los estrategas de Washington. El régimen cuenta sólo con el apoyo de un sector de la población, probablemente un tercio, y de una parte de las fuerzas armadas, imposible de cuantificar.

En Venezuela, además, las elecciones son ilegítimas y apenas una excusa para mantener en pie la fachada de una democracia inexistente. Nada muy distinto de lo que sucede en Honduras y Guatemala, por ejemplo. Es que el argumento democrático es polvo al lado de las pesadas razones geopolíticas. Para Estados Unidos, el control de la principal reserva petrolera del mundo, pero sobre todo el control del Caribe, son los dos temas centrales que no está dispuesto a debatir.

Nicholas Spykman, el principal geoestratega estadounidense del siglo XX, fue autor de dos libros en los que define la estrategia para la región: America’s Strategy in World Politics, publicado en 1942, y The Geography of the Peace, publicado un año después de su muerte, en 1944. En sus trabajos Spykman divide América Latina en dos regiones, desde el punto de vista de la estrategia de Estados Unidos: una primera incluye México, América Central y el Caribe, además de Colombia y Venezuela; y la otra comprende a toda América del Sur, debajo de Colombia y Venezuela.

Según las tesis de Spykman, la primera es “una zona en que la supremacía de Estados Unidos no puede ser cuestionada”, se trata de “un mar cerrado cuyas llaves pertenecen a Estados Unidos, lo que significa que México, Colombia y Venezuela quedarán siempre en una posición de absoluta dependencia de Estados Unidos”.

En Sudamérica, sigue el estratega, cualquier amenaza a la hegemonía estadounidense vendrá de “A B C” (Argentina, Brasil y Chile). Spykman creía que esos grandes estados “situados fuera de nuestra zona inmediata de supremacía” pueden intentar “contrabalancear nuestro poder a través de una acción común o mediante el uso de influencias de fuera del hemisferio”. Si esto sucediera, escribió en America’s Strategy in World Politics, “tendrá que ser respondida mediante la guerra”.

El profesor de ciencia política brasileño José Luis Fiori reflexionaba: “De no haber sido ciertos todos esos análisis, previsiones y advertencias hechos por Nicholas Spykman, parecerían una bravata de algunos de estos ‘populistas latinoamericanos’, que inventan enemigos externos” (Sinpermiso, 16-XII-07).(1)

Es evidente que la “democracia” es apenas una excusa en la que nadie cree. En Venezuela convergen intereses geopolíticos que no tienen la menor relación con la oposición izquierda/derecha ni con la democracia. Una guerra civil en nuestro subcontinente es la peor noticia para los pueblos de la región. Pero puede ayudar a Trump a reelegirse en 2020, y con él crecerán los tiranuelos de ultraderecha como Bolsonaro y Duque, y prosperarán los negocios y las grandes multinacionales que cotizan en bolsa.

Nota

1.Las citas del libro de Spykman pertenecen al artículo de Fiori..