Socompa, 17-1-2019

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Sin Permiso, 19-1-2019

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Correspondencia de Prensa, 21-1-2019

La futura herencia plantea enormes desafíos. Los cambios estructurales, la desindustrialización y las disidencias en la cúpula empresarial, como así también la inviabilidad de un esquema inclusivo basado en ventajas comparativas y la redistribución del ingreso como condición necesaria pero insuficiente, son algunos de los temas de una entrevista donde quedó planteada una cuestión de fondo: la necesidad de una construcción política y social para impulsar un modelo que no inhiba la inversión productiva.

Cuatro de cada diez equipos productivos en el sector industrial están inactivos. En el último año se destruyeron 50 mil puestos de trabajo en la industria manufacturera y 115 mil desde que asumió Cambiemos. La pérdida es sistemática: 34 de los 35 meses cubiertos por las estadísticas arrojan datos negativos. “Se están sentando las bases para un proceso muy profundo de reestructuración. Cuando analizás los perfiles sectoriales se ve con claridad que se consolida todo lo relacionado con las ventajas comparativas y los servicios financieros”, señala el sociólogo Martín Schorr. Formado en los equipos que lideró Daniel Azpiazu, sus principales temas de investigación se vinculan con la evolución del sector industrial local en las últimas décadas, las restricciones al desarrollo económico y el rol de las clases dominantes en la Argentina contemporánea (*.

Su lectura subraya el panorama desolador entre las Pymes, pero también destaca las disidencias que comienza a generar el modelo de Cambiemos hacia el interior de la cúpula empresarial, donde ya se hacen sentir los efectos de la desindustrialización. No se trata de indicios. La última Encuesta a Grandes Empresas Nacional del Indec confirma un avance de las firmas de servicios en detrimento de las manufactureras, beneficiadas las primeras por los cambios regulatorios y los tarifazos. La salida exportadora, pregonada por el gobierno, no existe. En tres años cayó un 7,4 por ciento el número de grandes firmas que exportan.

-Guillermo Moretti, vicepresidente tercero de la UIA (Unión Industrial Argentina) y titular de la Unión Industrial de Santa Fe, afirmó que la situación es peor que en 2001. Dijo que apoyar el modelo de Macri es suicida y que nunca se registró un retroceso tan grande de la industria en tan corto tiempo.

Es interesante desde lo político. El gobierno hace agua en su relación con los sectores populares porque el modelo solo cierra con el deterioro del salario. Esto golpea a la demanda interna. Es un modelo que beneficia a pocas fracciones del capital. De allí que la discusión en la UIA sea cada vez más visible. A las grandes industrias no solo se les achica el mercado interno, también tienen cerrada la posibilidad de exportar por el escenario internacional, que para países como el nuestro habla de poca demanda y mal precio. El modelo de Cambiemos no tracciona por el lado interno y tampoco por el externo.

-El planteo de Cambiemos deja afuera a sectores importantes de la gran burguesía industrial…

No hay duda. Aguantan porque tienen espalda y canalizan recursos hacia la timba financiera. Lo que se ve es un avance de los sectores con precios regulados, los bancos y una consolidación de las empresas ancladas en los recursos naturales. Por eso una multinacional local como Arcor está como está. El gobierno no solo ahoga a enormes sectores de la sociedad. Tampoco logra darles rentabilidad a grupos muy importantes del capital concentrado. Este registro hay que incorporarlo al análisis.

-El gobierno insiste en la necesidad de insertar al país en las cadenas globales de producción. Habla de ser el supermercado del mundo.

Esa es su gran apuesta. Una idea vaga, con pocas precisiones. Lo que está claro es que,  en la concepción del gobierno, el modelo pasa por las ventajas comparativas, y eso tiene un correlato social muy complicado.

-¿Por qué?

Porque la reprimarización no implica mejoras en el mercado de trabajo. El fenómeno queda a la vista con la creciente precarización laboral y la pérdida de puestos de trabajo en la industria. Lo del gobierno es un modelo para un tercio de la población activa. Si no se incorporaran capas crecientes con empleo genuino solo queda el asistencialismo y la represión, y me parece que ya estamos asistiendo a los límites sociales del planteo.

-Durante el kirchnerismo, la reticencia inversora actuó como veto político. ¿Podría ocurrir algo similar?

Hoy, la reticencia inversora es producto de un modelo que no da visos hacia dónde canalizar el excedente. Es producto de la racionalidad capitalista. Hoy, el negocio es financiero. El que invierte en un activo productivo es un demente. Si los excedentes se canalizan hacia la timba financiera es porque el modelo hace inviable la acumulación productiva.

-¿Qué herencia se puede esperar de Cambiemos?

argentina211 iiDesde lo estructural, una herencia muy compleja. Van a dejar un enorme endeudamiento y una restricción externa muchísimo más pesada que la heredada del kirhcnerismo.

-El sector concentrado jugó un rol central en la salida de la Convertibilidad. Podemos imaginar que vuelva a ocupar un espacio central en la resolución de la herencia de Cambiemos…

Seguramente. Es un sector fuertemente extranjerizado que no solo influye sobre el perfil productivo y las decisiones estatales, también presiona sobre las cuentas externas. Las cincuenta empresas más grandes generan la mitad de las exportaciones. Son las que controlan los dólares que se requieren para importar insumos y repagar la deuda. Van a tener un rol protagónico.

-Vamos hacia una reestruturación de la deuda…

Como mínimo, si es que no terminamos en una cesación de pagos. Todo el mundo coincide en que lo del Fondo Monetario alcanza hasta diciembre. El primer tramo del próximo gobierno va a ser crítico. Esto posiciona a los grandes exportadores y al capital financiero en un lugar clave.

-La casi segura restricción externa pone una vez más sobre la mesa la cuestión del mercado cambiario y de la cuenta de capital. ¿Habrá que regular lo desregulados por Cambiemos?

Lo que con tanto desprecio se calificó como un cepo cambiario, en realidad no era otra cosa que una forma de regular el mercado de divisas. Uno puede criticar al kirchnerismo por la forma en que lo hizo, o por la demora en hacerlo, pero era una medida híper necesaria. Tan necesaria entonces como ahora.

-Hay una suerte de consenso que dice que es imposible combatir la fuga de divisas, que la única opción es resignarse y liberalizar.

La timba y la fuga no son propiedades inherentes del capital, sino una propiedad que adquiere el capital en un escenario normativo y regulatorio que las habilita.

-¿Qué se puede esperar del Mercosur? Macri y Bolsonaro buscan flexibilizar las reglas.

Cambiemos apuesta al Mercosur en lo discursivo, pero en la práctica tiene la vista puesta en la cuenca del Pacífico, en los tratados de libre comercio. Habrá que ver qué hace Bolsonaro. Lo cierto es que Argentina está muy atada al Mercosur. Una parte muy importante de nuestras exportaciones dependen del nivel de actividad de Brasil. El panorama es complejísimo porque el modelo Bolsonaro puede provocar en Brasil una crisis más profunda que la que estamos atravesando nosotros. Además, China, otro socio comercial de mucho peso para nosotros y Brasil, ya no crece a tasas chinas.

-En síntesis, ni Macri ni Bolsonaro parecen interesados en el Mercosur…

Tiene su lógica. Macri quiere consolidar a la Argentina como plataforma exportadora de productos primarios, y no mucho más. La impronta del Mercosur que tenía como objetivo industrializar sobre la base de una integración productiva ya no existe. Ni aquí ni en Brasil.

-¿Tampoco para los industriales paulistas?

-La gran burguesía brasileña ya no es más la burguesía paulista. Brasil es una economía recontra extranjerizada. El juego de esos capitales está más orientado a las cadenas globales de valor con base en el sector primario que a una apuesta más cerrada, como la vinculada al Mercosur.

-¿Los tratados de libre comercio pueden traer inversiones?

Pueden, pero no son la solución. Si llegan se van a concretar en el sector primario con miras a exportar. Es un sector que no necesita salarios altos para garantizarse la rentabilidad. Eso congela la distribución del ingreso en un nivel muy bajo. Además, es un sector con un altísimo grado de concentración y extranjerización. Cada dólar que exporta se va por remisión de utilidades, por fuga o lo que sea. Para peor genera muy poco empleo. En el mejor de los casos, un modelo de este tipo implica una desocupación de entre el diez y el quince por ciento.

-Sin embargo, algunos países lograron insertarse en el comercio mundial exportando commodities y además consiguieron altos grados de desarrollo.

No creo que haya modelo virtuoso por ese lado. Los países que hicieron de eso un modelo exitoso son muy diferentes al nuestro. Son los casos de Nueva Zelanda, Australia y Finlandia, por ejemplo. Exportan commodities y alimentos elaborados, pero incorporan eslabonamientos productivos con servicios. Es un modelo muy endeble para un país con cuarenta y cuatro millones de habitantes. Vuelvo sobre que decía: el sector primario no tiene encadenamientos, o son muy exiguos y están controlados por el capital extranjero, lo que condiciona mucho la posibilidad de incorporar tecnología.

-¿Y Vaca Muerta…?

Ahí se puede dar que algunas empresas, sobre todo las chinas, inviertan en sectores productivos para garantizarse el negocio exportador. Nada muy distinto, aunque sí mucho más sofisticado, que lo que hicieron los intereses británicos a fines del siglo diecinueve.

-¿Quiénes deberían ser los interlocutores privilegiados en un modelo traccionado por el Estado?

Ante todo es necesario un proceso de construcción política entendido no como una estrategia electoral, sino como un proceso de construcción social. Sin esa condición, un modelo traccionado por el Estado está llamado al fracaso porque presupone una confrontación más o menos abierta con el poder económico…

-Y los interlocutores…

Es un problema serio. La gran burguesía local, por nombrarla de alguna manera, no difiere mucho en lo que tiene para ofrecer el capital extranjero. Primero hay que definir el modelo alternativo, que dicho sea de paso no creo que sea el modelo kirchnerista. El ciclo de Néstor y Cristina dejó cuestiones estructurales pesadísimas que, entre otras cosas, devinieron en el ajuste que está procesando el gobierno conservador de Cambiemos.

-Quedan las pequeñas y medianas empresas.

Si el modelo implica una redistribución hacia los trabajadores, seguramente que a las pequeñas y medianas empresas les va a ir bien. El problema es que en ese espacio no hay actores capaces de articular políticamente su suerte con los sectores populares. Terminan siendo más capitalistas que la burguesía nacional.

-¿Entonces?

-Hay que discutir en serio quién maneja los resortes estratégicos de la economía y orientarse hacia una conducción estatal más fuerte. Y eso tiene que mucho ver con lo regulatorio, pero también con un Estado que recupere esferas importantes renacionalizando sectores. Además, el Estado debe captura parte de la renta extraordinaria de los sectores petrolero, minero y agropecuario.

-Hablemos de la inflación. El gobierno pretende combatirla con política monetaria. Más allá de la mega devaluación, queda a la vista que el planteo es insuficiente.

Combatir la inflación solo con política monetaria es una fantasía. Para eso hay que incrementar la capacidad regulatoria en las cadenas de producción. En especial en sectores muy concentrados, donde un puñado de firmas produce insumos difundidos y opera como formador de precios. Si nadie controla, la inflación es muy difícil de combatir. Hay empresas claves que operan en condiciones oligopólicas y monopólicas.

-Caso Techint…

-Es un ejemplo típico, pero hay otros. Techint, por ejemplo, producen en el país, pero impone precios internacionales. O regulás o renacionalizás. No hay otra. Si redistribuís ingresos pero no lo acompañás con una intervención del Estado para que el costo de la chapa le dé competitividad al sector productivo de bienes de capital nunca vamos a despegar.

-Los industriales suelen quejarse del costo laboral y de la presión impositiva. Argumentan que esos factores les restan competitividad.

Es verdad. Cuando discutís con las pymes te responden que los principales problemas son la Afip y la UOM. Sin embargo, cuando estudiás el tema, y nosotros lo hicimos en 2013, los resultados señalan que Techint es el principal factor que reduce la competitividad de las pymes productoras bienes de capital; mucho más que la Afip y que los costos laborales. La clave está en el costo de ciertas materias primas.

-Da la impresión que el debate económico se resume en redistribución versus libre mercado. Es como si estuviéramos anclados en una discusión que se muerde la cola.

Quienes tuvieron las riendas de la economía kirchnerista insisten en que el modelo alternativo es el que ellos implementaron. Tienen una capacidad autocrítica muy reducida. No alcanza con retomar las riendas del Estado para redistribuir ingresos y volver a cierta etapa dorada de Néstor y Cristina.

-Sería insuficiente…

No alcanza para desmontar lo que dejará Cambiemos. El kirchnerismo parece agotarse en la redistribución del ingreso y es irrepetible en dos sentidos. La soja ya no está a seiscientos dólares. No hay viento de cola. Además, el escenario internacional es muy adverso. Hay que pensar cosas distintas. La cuestión no pasa tanto por las medidas y las herramientas. Lo que hay que tener en claro es que modificar la herencia de Cambiemos será un desafío político de primer orden.

-¿Están las pequeñas y medianas industrias capacitadas para dar un salto tecnológico? Lo que se nota es una gran resistencia al cambio.

-Las pymes están muy ligadas al contexto en el que actúan. La clave no pasa tanto por las decisiones empresarias de querer concretar ese salto, sino por establecer las condiciones para que sea posible. Si el mercado interno se reactiva y en paralelo tenés política industrial y estímulos financieros, el salto es posible. Eso implica asumir un criterio para determinar a qué sector se premia.

-¿Cuáles deberían ser los sectores premiados?

Mucha heterodoxia considera que lo que amerita ser sujeto de una política industrial son los sectores eficientes. ¿Cómo piensa esa heterodoxia la eficiencia…? Lo hace en términos de competitividad externa. Es como piensan los ricardianos la política productiva. Si te quedás en ese registro, el salto tecnológico no es viable.

-Y entonces…

Para que sea posible hay que hacer lo que hicieron muchos países periféricos que hoy se están comiendo el mundo industrial. Es el caso de China y algunos países del sudeste asiático. Esos países dejaron de lado el criterio ricardiano y apuntalaron sectores que consideran estratégicos. Argentina tiene un enorme potencial que no se va a aprovechar si todo queda resumido a la redistribución del ingreso y a la competitividad externa sobre la base de las ventajas comparativas. Es un poco lo que le pasó al kirchnerismo. La redistribución del ingreso puede ser una condición necesaria, pero para nada suficiente.

-Ahí hay un desafío intelectual y conceptual.

Si seguimos pensando en que la eficiencia es solo un costo de producción estamos embromados. Si al capital lo dejás funcionar libremente se comporta igual en Japón que en Argentina. No es ninguna novedad. Ya lo dijo Marx. Las respuestas de porqué el capital funciona en esos países en forma diferente hay que buscarla en la relación que mantienen con el aparato estatal y en la orientación que ese aparto imprime al capital.

-Volvamos sobre la coyuntura. ¿Se puede afirmar que el proceso actual ensancha la brecha que se disparó hacia el interior del entramado industrial durante los noventa?

Hay mucho de eso. El desplome de los noventa dividió en dos al sector. Hubo grandes empresas a las que le fue muy bien, como las automotrices y las exportadoras, al tiempo que  destrozó a las pymes. Hoy, nuevamente, el mayor deterioro es en las capas chicas y medianas. El desplome industrial es bestial. El análisis de la composición sectorial del valor agregado confirma que es mucho mayor que el que muestran los indicadores de coyuntura. En términos históricos, el derrumbe es equiparable al que se verificó durante la dictadura y en los noventa. Es un declive muy pronunciado y sistemático.

-Uno tiene la sensación que algunos sectores de ese gran capital, que aplaudió el triunfo de Macri, vería con buenos ojos un regreso a las políticas del kirchnerismo.

-No es descabellado. Se quejaban del discurso populista, pero ganaban mucho dinero. Además, la redistribución aglutinaba al sector del trabajo. Ahora estamos en el peor escenario. No hay rentabilidad, no hay mercado y la sociedad está al borde del estallido.

* Martín Schorr es Doctor en Ciencias Sociales por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, Licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires y Magíster en Sociología Económica por la Universidad Nacional de San Martín. Actualmente es Investigador del CONICET, en la Universidad Nacional de San Martín y en FLACSO. Publicó numerosos artículos en revistas especializadas nacionales e internacionales.