Bibiana Ruiz

Revista Ñ, 2-12-2018

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Correspondencia de Prensa, 3-12-2018

Mientras la información dosificada del derrame de petróleo del 19 de octubre en la zona de Vaca Muerta se completa día a día con datos, imágenes satelitales y fotográficas, detalles de los daños y posibles sanciones, muchos argentinos tratamos de imaginar las 45 hectáreas (o 10 canchas de fútbol) de contaminación de las que hablan los expertos. ¿Cómo entender la dimensión de los daños producidos por un escape de gas y el vertido de petróleo que duró 36 horas? La actividad hidrocarburífera no es nueva en la zona.

La extracción de petróleo y gas se realiza, con metodologías convencionales, desde fines de la década del 60. A fines de la década del 2000, el regreso de YPF a la zona se dio en un contexto de un nuevo avance de la frontera gasífera sobre las áreas de producción de fruta. A esto se sumaron el desembarco de los hidrocarburos no convencionales y el fracking, o fractura hidráulica, una técnica experimental de extracción del gas o del crudo atrapado en las rocas, realizado con metodologías no convencionales. De estos últimos hidrocarburos no se hablaba hasta que, en 2012, la base de su explotación sobre todo en Vaca Muerta, vino de la mano de la expropiación parcial de la petrolera.

Un año antes, en 2011, el Departamento de Energía de Estados Unidos dio a conocer un informe que establecía un ranking global, y colocaba a la Argentina en el tercer puesto en “recursos potenciales” de gas no convencional, detrás de China y Estados Unidos. Ese mismo año, los primos de Maristella Svampa firmaron un contrato que cedía hectáreas del terreno de la chacra de su abuelo, en Allen, Río Negro, a la empresa Apache Corporation. En su libro Chacra 51. Regreso a la Patagonia en los tiempos del fracking (Sudamericana), la socióloga cuenta cómo la historia de su familia se entrelaza con la ampliación de la frontera tecnológica que abrió la puerta a otras formas de yacimientos, las de los hidrocarburos denominados no convencionales, cuya extracción es técnicamente más difícil, económicamente más costosa y con mayores riesgos de contaminación.

Svampa escribe sobre el recuerdo de la chacra llena de peras y manzanas en la localidad de mayor producción de esas dos frutas en todo el país. Y, también, sobre cómo las energías extremas ayudaron al desmantelamiento de una economía regional. Ella piensa en la torre petrolera y la plataforma multipozo en lo que en su infancia fue una laguna, y cuenta los males de familia, con un primo enfermo y un padre chacarero militante antifracking como personajes centrales. De todo esto también habló en su casa de Buenos Aires.

–Resulta inevitable asociar el título de su libro, y la foto que lo ilustra, con el área 51. Con la lectura se confirma que son muchas las cosas que desconocemos. ¿Cuál es la dimensión oculta?

–Sí, efectivamente es como la parte oculta, la otra cara de estos proyectos que tienen tanto impacto a nivel territorial, socio-sanitario y también humano. Hay una serie de debates que en la Argentina no se están dando en relación a estos modelos de desarrollo. Andrés Carrasco decía que el país es un laboratorio a cielo abierto, algo que él ilustraba sobre todo con el avance de los transgénicos y de la soja, el impacto del glifosato sobre los territorios y la salud de las personas. A eso hay que añadir el avance de la megaminería en los últimos 15 años en distintos territorios, sobre todo en las zonas cordilleranas y precordilleranas y, de manera más reciente, la expansión de la frontera petrolera a través de la fractura hidráulica, que es una técnica muy controversial que genera fuertes resistencias en todo el mundo. Yo hablo de esa dimensión oculta, de lo que no se quiere debatir y sobre lo cual tampoco se quiere escuchar. En el medio de todo ese silencio en torno al impacto de los modelos de desarrollo, su vínculo con la crisis socioecológica, sus repercusiones en los territorios, las resistencias, también está el hecho de que, por ejemplo cuando hablamos del fracking y los hidrocarburos no convencionales, en general la gente asocia exclusivamente con Vaca Muerta. Y en realidad, lo que existe es la Cuenca del Neuquén, que es un reservorio de hidrocarburos no convencionales que abarca toda la provincia de Neuquén, el sur de Mendoza y el Alto Valle de Río Negro-Neuquén, donde está Allen. Si Vaca Muerta es el mascarón de proa del fracking, de los hidrocarburos no convencionales en la Argentina, la popa, que es lo oculto y lo que no queremos ver, es Allen, una de las principales productoras de gas no convencional a nivel nacional en donde el fracking avanza entre plantaciones de peras y manzanas.

–Este no es su primer libro sobre fracking, sin embargo, es especial. Además de la historia familiar es un volver a las raíces, un encontrarse con el ámbito privado y analizarlo a la luz de lo público, y también una denuncia y una forma de problematizar la explotación petrolera. ¿Cómo fue la experiencia?

–Fue un libro muy difícil de escribir porque implica una fuerte exposición sobre cuestiones que involucran, por ejemplo, a mi familia. Pero me tranquilizó e inspiró el libro de Didier Eribon, El regreso a Reims. Allí, en clave personal y familiar, hay una mirada política y sociológica sobre una problemática importante que es cómo las clases populares en Francia terminan por votar a la extrema derecha. Yo sentí la necesidad de elaborar esta historia a través de un texto escrito. Para mí se trata de explicar cómo el fracking ha sido posible no sólo en la Argentina, no sólo en la cuenca neuquina, sino en un pueblo como Allen cuya historia está ligada a una economía centenaria basada en la fruticultura, cómo y por qué los chacareros no se movilizan y también por qué hay una suerte de racismo ambiental.

–¿Cómo es eso?

–Hay una suerte de racismo ambiental porque en estos momentos el fracking todavía afecta en términos de impacto sobre la salud a sectores pobres rurales que no existen bajo la mirada de las clases medias. Porque además hay una indiferencia con respecto al propio destino del pueblo, porque además son actores débiles los chacareros, y en pleno eclipse de una identidad. Quería explicar también la dimensión histórica del proceso en relación por ejemplo a la contaminación. Yo no tengo una mirada romantizada o ingenua sobre la economía frutícola, que utilizó durante décadas agroquímicos muy fuertes que generó una primera onda de contaminación tierra-agua-aire- y que impactó sobre la salud, de lo cual no se habla en el Alto Valle de Río Negro, es un tema vedado. Ciertamente, en las últimas décadas se han dejado de utilizar agroquímicos tóxicos. Sin saberlo fuimos un pueblo fumigado. Y eso no es algo aceptado en la zona. Hoy el 11% de la producción del Alto Valle es orgánica y el 23% de las exportaciones que se hacen al exterior, también. Ahí hay una transformación de la matriz que en todo caso muestra la capacidad de resiliencia del sistema basado en la fruticultura. Hay una segunda ola ligada a la primera avanzada petrolera, porque la explotación del petróleo y el gas no es algo reciente. Comenzó a avanzar en la región en los 70, aunque tímidamente, y cuando yo era niña escuchaba las explosiones, las fugas de gas y hay una antorcha perpetua, la llama, que escupe gas día y noche. Esa fue la primera avanzada petrolera en un momento en el cual la economía frutícola era próspera, pujante, con lo cual no había posibilidad de competencia alguna ahí. La tercera es el fracking. Y yo digo que es “el tiro del final”, porque de ahí no hay salida, no hay capacidad de resiliencia.

–¿Es el peor, el más peligroso de los sistemas extractivos?

Maristella312 II–No hay ninguna duda. Porque además, donde hay extracción de petróleo o avance de los hidrocarburos lo que queda es el desierto. De hecho, yo recuerdo cuando era chica que en la hectárea que rodeaba los pozos de petróleo sólo había piedras. Es decir, no hay posibilidad de recuperar la tierra luego de eso. Sí hay capacidad de recuperación del sistema frutícola y de su conversión hacia sistemas más sanos.

-¿Es también un signo de cambio de los tiempos?

-Creo que efectivamente es un punto de inflexión, porque cuando uno hace las lecturas por ejemplo sobre el avance del neoextractivismo en América Latina, lo que se percibe en los últimos años es una exacerbación que se da de la mano de las energías extremas y de la mayor represión estatal y paraestatal: cada vez hay más muertos en América Latina ligados a las luchas socioambientales. Y por otro lado, claramente tiene que ver con el agravamiento de la crisis socioecológica. Es decir, lo que el fracking muestra es que las élites políticas globales, regionales, nacionales no están dispuestas a asumir el camino de la transición para poder superar la crisis socioecológica. Más allá del discurso sobre las energías renovables, lo que claramente está mostrando es una apuesta a los combustibles fósiles, lo cual implica agravar esa crisis y también sus efectos. La apuesta es claramente suicida. El Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) dice que para poder evitar los cambios imprevisibles que nos suman así en un contexto de mucha incertidumbre a nivel climático habría que dejar el 80% de los combustibles fósiles existentes bajo tierra. Los hidrocarburos no convencionales es lo último que queda. Lo otro ya ha sido explotado. También la utilización de tecnologías más lesivas, más riesgosas para el ambiente y que conllevan utilización de más energía, más agua, más sustancias contaminantes. Ese tema es fundamental. Estados Unidos hizo una opción geopolítica que fue la de apostar a su autonomía energética y esa apuesta reconfiguró la agenda global.

-El colonialismo energético que reconfigura el mapa mundial de los hidrocarburos y delimita la naturaleza como campo de batalla. ¿Dónde queda Argentina con el cambio de paradigma?

-Claramente colocó a los países europeos también ante un dilema: ¿qué hacer con los hidrocarburos no convencionales?, y por eso se ha dado la discusión. Y en América Latina generó una fiebre eldoradista, sobre todo en Argentina, con la idea de que es posible en ese sentido alcanzar el desarrollo a través de la explotación de los no convencionales. Es muy triste pensar que todavía hay gente que cree que los países pueden desarrollarse a través de la explotación de los bienes naturales agotables. Ningún país subdesarrollado, periférico y dependiente se ha desarrollado apelando a la explotación de los hidrocarburos. Esa es la apuesta, y es una trampa. Por otro lado no se está haciendo la pregunta de para qué y para quién producir o explotar energía. Se está pensando en Argentina como un exportador a gran escala de combustibles fósiles, no se está pensando en el autoabastecimiento. Todavía está la creencia de que con la tecnología vamos a poder salvar el capitalismo, es decir, con más capitalismo. Esa creencia está tan arraigada que es parte del paradigma occidental, de un tipo de relación entre sociedad y naturaleza, es constructo esencial de la ciencia hegemónica. Los gobiernos de los países centrales están mirando la geoingeniería como una salida a nivel global para poder en todo caso bajar la temperatura del planeta, hacer una intervención a gran escala sobre el clima. El ambiental es el gran problema que debe enfrentar la humanidad hoy en día. Hay mucha información disponible sobre el impacto que estos modelos de desarrollo han generado en el planeta, y se cree en aquello que está más consolidado, que es la posibilidad de un desarrollo, un futuro para las generaciones que vienen. Y eso no está para nada garantizado.

-En el libro usted dice que el ingreso al Antropoceno nos advierte que la transición ya ha comenzado. Y también habla de construir este período de intervención del hombre, de cambios negativos y consumo de recursos con “refugios”, desde otro paradigma civilizatorio. ¿Cómo sería?

-Hay mucha información científica disponible que muestra claramente que estamos en un umbral de riesgo, que la humanidad se ha convertido en una fuerza geológica de alcance global, que hemos atravesado entonces ese umbral caracterizado hoy en día por la incertidumbre, que toma un nombre, el Antropoceno. Hemos dejado el período de estabilidad climática, el Holoceno, y ahora estamos en un nuevo estadio en el cual efectivamente la incertidumbre y los riesgos se han acrecentado pero lo que queda establecido claramente es que hay una serie de elementos o dimensiones que cobran mayor relevancia. Por un lado la emisión de gases de efecto invernadero que han producido el calentamiento global y el cambio climático, que está ligado a la quema de combustibles fósiles y al avance de la deforestación. En segundo lugar, la pérdida de biodiversidad. Estamos en un período de extinción masiva de las especies. La pérdida de biodiversidad no sólo es terrestre, es acuática, es área. Por otro lado el aumento del consumo y la consolidación de un modelo basado en la obsolescencia precoz, pero también el hecho de que cambió el modelo alimentario de los seres humanos y hoy ese modelo está controlado por grandes corporaciones transnacionales que producen ciertos commodities para cuya producción utilizan grandes extensiones de tierra, lo cual implica deforestación, acaparamiento de tierra, y que además utilizan también sustancias altamente tóxicas para el organismo humano, para el organismo vivo. El cambio del modelo alimentario también es un elemento fundamental del Antropoceno. El aumento de la población agrava la situación, porque lo que aumenta es la huella ecológica global. No son elementos menores. Todas estas dimensiones se potencian entre ellas, tienen una dinámica recursiva. Pero sin duda la quema de combustibles fósiles y la deforestación están a la cabeza del ranking. Y bueno, los datos del Panel Intergubernamental del Cambio Climático indican que si la temperatura aumenta más allá de un grado y medio o dos ya nos internamos en un umbral de riesgo que es irreversible, que es imprevisible también; la respuesta de la naturaleza es imprevisible. De hecho lo estamos viendo con los eventos climáticos extremos. Hay una tendencia a pensar que esto tiene una dimensión global. Ciertamente la tiene, de la cual son los países centrales los más responsables, pero sin duda hay que también ligar los efectos del Antropoceno con los modelos de desarrollo insustentables que se aplican en nuestras sociedades. Yo lo que trato de ligar es la crisis socioecológica que leo en términos de Antropoceno con las dinámicas propias del capitalismo y su vínculo con modelos de desarrollo insustentables como pueden ser el avance de la explotación de hidrocarburos no convencionales, el avance de la megaminería, el avance del agronegocio. Y eso sí efectivamente, más allá de las responsabilidades geopolíticas de los países más poderosos, coloca también en un lugar central la responsabilidad de las políticas públicas y por ende de los políticos de turno que consolidan, fomentan, promueven estos modelos que son claramente insostenibles en el marco de la crisis socioecológica de alcance global pero también por su impacto territorial. Esa doble dimensión (global y territorial) es la que yo analizo. Ese capítulo genera mucha angustia e incertidumbre. Hay una narrativa colapsista muy instalada en las ciencias de la tierra hoy. El colapso no se va a dar de un día para otro, no es la visión apocalíptica al estilo Hollywood, es un proceso de pérdida de complejidad a todo nivel, cultural, social, económica, y de pérdida de valores democráticos también, algo que se supone nuestras sociedades están muy aferradas con el aumento de la xenofobia, el racismo, los gobiernos autoritarios. El ecocidio o el suicidio ecológico viene de la mano de una pérdida de complejidad que puede leerse también en términos de pérdida de democracia. Y la conformación de una sociedad sumamente fragmentada, desigual, con graves retrocesos a nivel civilizatorio. El avance de las empresas como actor social total compromete sin duda el alcance de una ciudadanía autónoma, compromete la democracia como tal. Yo creo que estamos viviendo, como diría Hannah Arendt, “tiempos de oscuridad”.