Esquerda Online, 14-11-2018

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Traducción de Ernesto Herrera

Correspondencia de Prensa, 22-11-2018

Ante el resultado de estas elecciones, hay una pregunta latente para muchos de nosotros: ¿en qué momento se volvió tan difícil dialogar con parientes y amigos que pasaron a reproducir una concepción del mundo elitista e irresponsable; al mismo tiempo en que se encontraban bien posicionados en la condición económica de trabajadores, pauperizados y los primeros en ser víctimas de las políticas de austeridad fiscal? Para responder a esta cuestión (o intentar hacerlo) necesitamos considerar algunos fenómenos: la herencia de una formación socio-histórica donde desigualdad, violencia, machismo y racismo son marcas estructurales: una coyuntura de fuerte depresión económica y agravamiento de las disparidades sociales y amortiguación de la conciencia de clase, promovida por el Partido de los Trabajadores en su ascenso al gobierno federal en los primeros 15 años del siglo XXI. Sobre este último aspecto voy a poner la mayor atención.

Gilberto Calil, al retratar el trabajo de base realizado junto a familias en barrios populares en el sur del país durante la segunda vuelta electoral, identifica dos perfiles muy diferentes de electores. De un lado, la impresionante conciencia de clase de las camadas más pobres; y por otro, en barrios populares de ingreso un poco superior y casas relativamente mejores, “no sólo una avasalladora mayoría bolsonarista, sino también la expresión ideológica de la meritocracia emprendedora y una identificación entre pobreza y vagabundeo. Sectores que ascendieron durante los gobiernos petistas, pero que más allá de tener un ascenso  por la única vía del consumo, fueron educados y piensan como burgueses”. (1) En sintonía con el texto de Calil, la hipótesis de la cual parto en este ensayo, es de que el gobierno petista alteró el padrón de relación entre las clases sociales en Brasil a partir del fenómeno titulado “nueva clase media”, privilegiando la rastrera concepción mercantil de ciudadanía, en lugar del acceso a derechos sociales fundamentales. O sea, parte significativa de la clase trabajadora, en especial segmentos jóvenes (en la faja de los 18 a los 30 años) fueron socializados al inicio de este siglo bajo la autoimagen pequeño-burguesa, en la condición de estrato medio y “ciudadanos consumidores”, distanciados así, de cualquier referencia de clase y de la dimensión política que le es inherente: la organización colectiva, partidaria y/o sindical, la identidad y solidaridad clasista y el uso de instrumentos de lucha como las huelgas.

Este segmento es resultado de la primera década de los años 2000, caracterizada por los cambios significativos en la base de la pirámide social, cuyas alteraciones incluyeron desde la caída de la tasa de desempleo, la generación de empleos formales (con contrato laboral firmado) y la reducción de la pobreza absoluta. Según Marcio Porchmann, de los empleos creados en las dos primeras gestiones del gobierno petista, 95% tenían una remuneración mensual de hasta 1,5 salario mínimo. (2) Aunque los datos presentados demuestren alteraciones positivas en la condición de los sectores más pauperizados, y un fuerte combate a la “condición de pobreza”, los números también dejaban claro el límite del ascenso posible a los “de abajo”. Segmentos mejor posicionados, con rendimientos de 5 salarios mínimos o más, coincidentes al real sentido de “clase media” alcanzaron un déficit de más de 4 millones de ocupaciones. De este modo, hablamos del resultado de casi 50% de los trabajadores estancados en una faja de remuneración inferior a 2 salarios mínimos.

La cuestión es que en un país como Brasil, cuyo legado colonial es siempre contemporáneo, la relación entre clases sociales se constituye de forma atípica a su condición clásica. Aquí, como bien señaló Florestan Fernandes, las clases sociales se relacionan como castas, cuyas elites dominantes -diferenciadas en su material y carácter ultra-particularista- mantienen su dominio negando a los “de abajo” el usufructo del patrimonio público y del status de ciudadanía. (3) Luego, el no enfrentamiento a esta elite arcaica, justificado por una política de colaboración entre clases y su respectiva agenda neoliberal, condujo al PT a reproducir nuestro drama histórico: la negación efectiva de la ciudadanía a los trabajadores. En su lugar, se cuantificó a la sociedad en estratos sociales de A a E y ofreció a los trabajadores el status vía consumo y el ascenso a la condición de “nueva clase media”. Se sumó a la generación de nuevos empleos el incentivo al crédito, las políticas habitacionales y el acceso a nuevos bienes: compra de automóviles y educación privada.

Recuerdo el discurso de la ex-presidenta Dilma Rousseff, en el Foro Económico de Davos de 2014, cuando afirmó que nos convertíamos, “por medio de un proceso de ascenso social, una nación predominante de clase media”. (…) Pero donde apenas 47% de los hogares tiene computador; 55% apenas posee lavarropas automática; 17% freezer; 8% TV plasma, evidenciando el tamaño de la demanda a ser atendida todavía y las oportunidades de negocios a ella asociadas”. (4) Como sabemos, luego de 2014, en lugar de “oportunidades de negocios” sucedió el agravamiento de la crisis económica, un golpe jurídico-mediático y profundas medidas de austeridad fiscal. Y aquí nuestra paradoja: aunque golpeados por los altos índices de desempleo y la sub-utilización de la fuerza de trabajo, esa ex “nueva clase media” (si puede llamarse así) se reconoce como una casta por encima de los estratos D y E (más pauperizados, en peores condiciones habitacionales y, en general, negros residentes en comunidades). Imposibilitados de ascenso económico y del consumo de otrora. Su status se redefine ahora como “ciudadanos de bien” y toda la agenda reaccionaria que esto incorpora. Hablamos, por tanto, de un amplio segmento social que educados en pensar como burgueses, conforman la base del ascenso fascista.

Entonces, la tarea que se le presenta a la izquierda socialista es clara: precisamos dialogar con los trabajadores, aunque parte de estos no comprendan el sentido de clase de esta palabra. Acto que nos exige organización, paciencia y mucho trabajo de base.

Notas

1) Calil, Gilberto. Diez notas iniciales después de la elección de Bolsonaro. Ver en Correspondencia de Prensa: (https://correspondenciadeprensa.com/2018/11/01/brasil-diez-notas-iniciales-despues-de-la-eleccion-de-bolsonaro-gilberto-calil/)

2) Pochmann, Marcio. ¿Nueva Clase Media? El trabajo en la base de la pirámide social brasilera. Boitempo, San Pablo, 2014.

3) Fernandes, Florestan. La Revolución Burguesa en el Brasil. Ensayo de interpretación sociológica. Editora Guanabara, Río de Janeiro, 1976.

4) g1.globo.com/economía/, 14-1-2014.