Las elecciones en Brasil revelaron la profunda fractura social en uno de los países más desiguales del mundo. Se podría interpretar como una reacción de las capas medias y altas frente a su relativa pérdida de privilegios. El juez Sergio Moro será ministro de Justicia, lo que confirmaría una connivencia entre la extrema derecha y la judicatura. El Mst (Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra) enfrentará más ataques, cree João Paulo Rodrigues, uno de sus dirigentes. Será un desafío gobernar para el autoritario e intransigente presidente electo, ya que tendrá que pactar con otros sectores. Sus anuncios en materia económica y de política internacional ya presentan contradicciones y tendrán repercusiones en toda la región.

 

Raúl Zibechi

Brecha, 2-11-2018

https://brecha.com.uy/

Correspondencia de Prensa, 2-11-2018

Los resultados dejan poco espacio para las dudas. El triunfo de Jair Bolsonaro fue amplio y contundente, por más de diez puntos y diez millones de votos. Ganó en todo el país menos en el nordeste. Obtuvo una victoria avasalladora en el sur y el sureste, con un 75 por ciento en el estado de Santa Catarina, donde la mitad de la población la constituyen descendientes de alemanes y austríacos.

Tuvo un apoyo mayoritario entre los varones de todas las edades, con un respaldo de 20 puntos porcentuales más que entre las mujeres, cuyas preferencias fueron parejas para ambos candidatos. La derecha ultra se hizo más fuerte en las ciudades ricas y blancas, y la izquierda fue imbatible en las zonas negras y pobres. En suma, un voto de clase y de color de piel, dos condiciones que en Brasil siempre estuvieron estrechamente anudadas.

En Blumenau (Santa Catarina), con 300 mil habitantes, Bolsonaro obtuvo el 84 por ciento de los votos. Ahí el 90 por ciento de la población es blanca y sólo el 13 por ciento son pobres. Un extremo opuesto puede ser Monte Santo (estado de Bahía), pegado al mítico Canudos, con 52 mil habitantes: Haddad obtuvo el 91 por ciento de los votos, pero sólo el 37 por ciento son blancos y el 78 son pobres.

Brasil está en una situación muy difícil. Una sociedad tan desigual –compite por ser la más desigual del mundo–, con una fractura social y cultural enorme, no puede encarar ningún proyecto de futuro. La historia dice que sólo las sociedades mínimamente integradas pueden despegar algún proyecto de país viable. El gran problema es que las dos fuerzas que podían representarlo, la socialdemocracia de Fernando Henrique Cardoso y el PT de Lula, ambas tienen problemas casi irresolubles. El primer partido fue vapuleado en las urnas y casi desapareció del mapa político (véase nota de Esther Solano). El segundo es odiado por algo más de la mitad de la población.

Ante este panorama de crisis no sólo económica, sino de sentido histórico como nación (algo similar a la crisis de civilización que atravesamos), los debates sensatos son sustituidos por la gritería y el fanatismo, que son los que dan seguridad en medio de las catástrofes. Cuando el Titanic se hunde, sólo caben dos acciones: o seguir escuchando la orquesta como si no pasara nada, o dejarse guiar por el mandón de turno aunque te lleve a ninguna parte. Son dos caras de una misma actitud, que consiste en no afrontar la realidad.

Cansados de los políticos

Carlos Moisés da Silva, 51 años, ingresó al cuerpo de bomberos en 1990 cuando finalizó el curso de Formación de Oficiales de la Academia de la Policía Militar en Santa Catarina. Además de sus funciones como bombero militar, actuó como coordinador regional de Defensa Civil. Antes se había graduado como abogado en la Universidad del Sur, donde fue también profesor de derecho administrativo y fungió como abogado y coronel del Cuerpo Militar de Bomberos.

En marzo de 2018, hace poco más de medio año, se afilió al Partido Social Liberal, liderado por Bolsonaro, se presentó como candidato a gobernador por su estado bajo el mote de “Comandante Moisés”, y obtuvo en la segunda vuelta nada menos que el 71 por ciento de los votos.

Considera que su victoria fue una sorpresa, incluso para él mismo. En las mediciones de fines de agosto tenía apenas el 1 por ciento de las intenciones de voto. “Hicimos una campaña simple, sin dinero del partido, con sólo siete segundos de tevé en el primer turno, cuando ningún instituto de opinión pública previó que iríamos al balotaje. Soy el gobernador más votado en la historia porque represento la renovación” (O Estado de São Paulo, 28-X-18). Sus partidarios festejaron en Florianópolis y Blumenau.

Explicar cómo desconocidos se alzaron con las votaciones más altas es un desafío que los partidos tradicionales, de derecha e izquierda, parecen no querer asumir. El masivo apoyo al PT, con el 60 por ciento de los votos a Lula en 2002 y 2006, fue la última apuesta de una población cansada de una clase política a la que desde hace mucho tiempo identifica con la corrupción.

Luego de diez años de gobierno del PT, esa población entendió que practicaba exactamente la misma cultura política que los demás, y se lanzó a la calle en junio de 2013. Fueron 20 millones de personas en 353 ciudades. Pero los políticos, incluyendo los petistas, no quisieron escuchar y fueron incapaces de reaccionar.

“Queremos el retorno de esta Dilma”, se podía leer por esos momentos en una de las pancartas que sostenía una joven, en la que se podía ver a la entonces presidenta cuando estaba en prisión bajo la dictadura, que sobrellevó con entera dignidad. Esos fueron los años de gigantescos gastos en los estadios del Mundial 2014, mientras la población sufría con servicios de transporte, educación y salud cada vez peores.

Retórica versus economía

La política internacional de Bolsonaro se puede sintetizar en el fin de la integración, el acercamiento a Estados Unidos, el aumento de las tensiones geopolíticas con China, Rusia y Venezuela y, finalmente, una política a la vez privatizadora y opuesta a los intereses de las mayorías sociales.

Tanto la Unasur como el Mercosur están tocados. El futuro ministro de Economía, Paulo Guedes, anunció que la alianza entre los cuatro países del Cono Sur “no es la prioridad”. La apuesta parece ser a las relaciones bilaterales, en el mismo sentido del gobierno de Estados Unidos, al que pretende acercarse.

El presidente electo anunció que sus referencias internacionales son Israel, Italia y el país de Trump, y que sus principales adversarios serían Venezuela y China. Sobre el dragón, Bolsonaro no se privó de hacer declaraciones contrarias (“China no compra en Brasil, compra Brasil”, dijo en plena campaña) y realizó una provocadora visita a Taiwán en febrero, algo que molesta sobremanera en Pekín.

En algún momento de la campaña declaró que China es un “predador que quiere dominar sectores cruciales de la economía” de Brasil, al parecer molesto por la compra de una mina de niobio por parte de China Molybdenum, ya que se trata de un metal estratégico que los nacionalistas brasileños no quieren enajenar (Reuters, 25-X-18).

Aunque China es un importante inversor en Brasil que se está haciendo con sectores clave de su economía, Bolsonaro no podrá prescindir de mantener buenas relaciones. En efecto, entre 2003 y 2017 el dragón anunció inversiones por 123.000 millones de dólares, en su inmensa mayoría en las áreas de energía y minería, incluyendo petróleo y minerales estratégicos (El País, 22-I-18).

Días atrás la Corporación de Inversiones de China (Spic) hizo una oferta formal para el control de Madeira Energía, propietaria de la represa San Antonio, una de las mayores del país, con una inversión total de 1.000 millones de dólares y asumiendo una deuda de más de 4.000 millones (Valor, 29-X-18). Brasil está barato y se espera una carrera de ofertas, en las que los chinos pueden llevar la delantera.

Hay, empero, una razón adicional para inducir a Bolsonaro a evitar la confrontación con China y a no alinearse con la guerra comercial de Trump. Brasil tiene una enorme dependencia de las importaciones de la potencia oriental. Los dos principales rubros de exportación a China son mineral de hierro y soja. El primero representa el 61 por ciento de las exportaciones totales de hierro y la soja que se dirige a China representa el 80 por ciento del rubro, ya que la guerra comercial desvió buena parte de las importaciones asiáticas de Estados Unidos al mercado brasileño.

Por más ultraderechista y nacionalista que pretenda ser el gobierno que se instalará el 1 de enero, las realidades globales ponen límites precisos a las veleidades y las opciones ideológicas. Algo similar puede decirse de la política nacional, en la que Bolsonaro tendría el campo más despejado, ya que cuenta con mayorías parlamentarias y una opinión pública favorable. En este terreno el juego de partidos y las inercias institucionales le jugarán también en contra.

Brasil tiene un déficit fiscal del 8 por ciento del Pbi, más del doble de Uruguay y tres veces el promedio de la región, lo que obliga a tomar medidas de austeridad y de reforma del sistema previsional, que es una de las principales causas del déficit. Se encararán privatizaciones, pero el sector militar que lo apoya se opone a que incluyan áreas estratégicas como Petrobras.

***

Análisis truncos

Una izquierda sin rumbo

Raúl Zibechi

Brecha, 2-11-2018

Si se busca comprender la situación política actual en Brasil, simplemente mentar al fascismo es un mal camino. Implica adjetivar la realidad, para no tener que analizarla. La inmensa mayoría de los análisis de los medios de izquierda eluden cualquier responsabilidad de la izquierda en el desenlace bolsonarista.

“Un troglodita radical, incapaz de comprender la vida más allá de su defensa inquebrantable de la violencia. Un ser totalmente desequilibrado, que merecería soporte psicológico urgentísimo”, concluye sobre Bolsonaro el corresponsal de Página 12 en Brasil. Tan sólo una de las tantas perlas de “análisis” que ofrecen algunos escribas izquierdosos sobre el próximo presidente.

Hay análisis más sofisticados, por cierto, en los mismos medios. Pero la gritería se lleva la palma. La pregunta es cómo va a actuar la izquierda en una sociedad partida al medio y con altas dosis de violencia racista y clasista.

En su primera entrevista luego de ser electo, Jair Bolsonaro repitió varios de sus dogmas, como liberar la posesión de armas y reducir la edad de imputabilidad penal a 14 años. Declaró la guerra a los movimientos sociales, al destacar que las ocupaciones de los sin tierra y los sin techo (Mst y Mtst) serán “tipificadas como terrorismo”, y que “se debe abandonar lo políticamente correcto” (Valor, 30-X-18).

Los cuadros políticos y los militantes de la izquierda se reclutan hoy entre los universitarios de clase media, aunque sus votantes provengan de los sectores más pobres. Aquellos tienen sus propios intereses, y en los intercambios preelectorales argumentaban que si ganara Bolsonaro pensarían en emigrar a países con mejores condiciones de vida. Esta es una de las principales limitaciones de las izquierdas progresistas. Haberse instalado en los despachos institucionales limita tanto su capacidad de comprender la realidad como de actuar en consecuencia.

A esos cuadros se les podría aplicar, casi íntegramente, la “Tesis XII” de Sobre el concepto de historia, de Walter Benjamin. El autor alemán consideraba que la socialdemocracia era la gran responsable de la derrota ante el nazismo porque había minado la fuerza espontánea de las clases oprimidas. En apenas tres décadas había borrado el nombre de rebeldes ejemplares, como Blanqui, y adjudicado a la clase trabajadora “el papel redentor de las futuras generaciones, cortando así el nervio de su mejor fuerza”, que había consistido en “su odio y su espíritu de sacrificio”, que “se nutren de la imagen de antepasados esclavizados y no del ideal de los descendientes liberados”.

***

El trasfondo de las elecciones

Charles-André Udry

A l´encontre, 29-10-2018

http://alencontre.org/

Traducción de Faustino Eguberri – Viento Sur

https://www.vientosur.info/

Dos dinámicas socioeconómicas deben tenerse presentes para comprender el trasfondo de una elección así en Brasil y sobre todo comprender una estructura del poder económico-político distorsionada. Según las tendencias propias a la acumulación del capital y a la distribución de la plusvalía producida por la fuerza de trabajo y acaparada por los sectores dominantes, Brasil está marcado, a la vez, por: 1º desigualdades sociales muy profundas, con rasgos en gran medida aún imprimidos por el período esclavista que duró hasta 1888. Esta fecha tardía, es el producto de las inercias de la existencia de una formación social esclavista durante más de dos siglos, como han puesto notablemente de relieve los trabajos de Jacob Gorender; 2º desigualdades regionales exacerbadas en un país que parece un continente.

Esta desigualdad espacial y social se acentúa aún más bajo los efectos de una reforma agraria que está estancada (desde 2003, primer gobierno Lula). Estimula por tanto un exilio de la población rural, por etapas, hacia las grandes ciudades. Esto se efectúa bajo las presiones violentas de la extensión de los cultivos rentistas (soja transgénica, naranja, caña de azúcar, en parte para los biocarburantes, etc.), de una ganadería extensiva (para la carne de vacuno) e intensiva (gigantescas fábricas para la producción de pollos en batería, por ejemplo), de políticas extractivistas que implican el saqueo de los diferentes minerales, de los hidrocarburos y de la deforestación de superficies gigantescas de tierra, entre otros lugares en la Amazonía. Este colosal territorio sirve también de reserva que utilizan las transnacionales a la búsqueda de moléculas (plantas, árboles, diversos insectos, hongos…) aptas, potencialmente, al final de la cadena, para la producción de medicamentos o materiales nuevos. En una palabra, se trata de una enorme privatización de lo vivo.

Toda esta conquista territorial se efectúa por medio de una “verdadera caza criminal” contra las y los pobres, indígenas (indios de la Amazonia entre otros), negros de los quilombos, los territorios “autónomos” formados por las y los negros que escaparon al esclavismo o/y buscaron un refugio a finales del siglo XIX. Bandas criminales, financiadas por las y los grandes propietarios de la tierra y especuladores inmobiliarios, cazan a las y los campesinos sin tierra y a las personas “inmigrantes urbanos” que no tienen techo.

Estos últimos han sido expulsados (y lo siguen siendo) bajo los efectos de proyectos inmobiliarios o como consecuencia de la megalomanía de las construcciones “deportivas” necesarias para la construcción del imperio de los Juegos Olímpicos (en 2016 en Rio de Janeiro) -colocados bajo el liderazgo de la CIO, cuya sede está en Lausana -o de la Copa del mundial de fútbol (en 2014), bajo las órdenes de la FIFA, “organización filantrópica” cuya sede está en Zurich. Y entonces dirigida por Sepp Blatter, el “balón de oro” de la estafa… invitado (privado) en Moscú, en el último mundial, a fin de evitar su posible detención.

No comprender estos elementos socioeconómicos e históricos elementales conduce a algunas y algunos comentaristas “cultivados” -de hecho cavernícolas- a farfullar cifras sobre el número de homicidios y la “violencia”- completamente “natural”, casi “cultural”- que reina en Brasil. Repiten, así, un discurso bolsonarista del que no tienen siquiera conciencia, al estar tan obstruido su “cerebro” por los comunicados, muy resumidos, de las agencias de prensa.

Dilma Roussef, Michel Temer, Jair Bolsonaro

Los resultados completos -incluyendo los votos de las y los 500.727 electores brasileños que votan en 99 países- estuvieron disponibles algunos minutos después de la medianoche. La votación electrónica permitía, clicando el número 13, elegir al candidato del “Frente Democrático”, en realidad del Partido de los Trabajadores, y en el 17, al capitán en la reserva y diputado federal desde hace 27 años: el neofascista Jair Bolsonaro.

Brasil2El resultado de la votación presidencial en la segunda vuelta es del 55,13% para Jair Messias Bolsonaro, con 57.977.423 votos y Fernando Haddad: 44,87%, correspondiente a 47.040.574 votos; por tanto una ventaja de 10 millones de votos a favor del admirador de la dictadura, de quien promete y va a poner en marcha una aceleración de las contrarreformas sociales y económicas ya iniciadas por el sórdido Michel Temer. Un Temer que, sin temor, reemplazaba a Dilma Rousseff, debido a su destitución en agosto de 2016. Michel Temer había sido candidato a la vicepresidencia en la candidatura de Dilma Rousseff, lo que explica no solo su sucesión, sino su encarnizamiento por destituirla. Termina su mandato con el 4% de “opiniones favorables” y tiene procesos que esperándole, quizás…

Dilma Rousseff, por su parte, ha sido derrotada en la primera vuelta de las elecciones (el 7 de octubre) para el puesto de senadora en el importante Estado de Minais Gerais, con el 15,21% de los votos, a pesar de una inversión de más de 5 millones de reales. Eliminada por un reaccionario ligado a Bolsonaro, Rodrigo Pacheco (Demócratas, un oxímoron). De hecho, quedó la cuarta. Su “suerte”, como la de Temer, aunque ciertamente diferente, ilustra la farsa político-electoral puesta en marcha por el PT en las elecciones presidenciales de octubre de 2014. Su desenlace se ha concretado este 28 de octubre de 2018.

Jair Messiah Bolsonaro es el octavo presidente elegido directamente tras el período de la dictadura militar de 1964-1985. Es el tercer militar que gana la presidencia por votación directa. En 1910, Hermes Fonseca, antiguo Ministro de Defensa, admirador del ejército prusiano de Guillermo II y católico conservador, obtuvo este puesto. Impuso el “servicio militar obligatorio”. Vivió seis años en Suiza en los años 1920.

En 1945, Euricio Gaspar Dutra (1883-1974) fue elegido presidente y ocupó su mandato de enero de 1946 a enero de 1951. Había ocupado también, anteriormente, el puesto de Ministro de la Guerra del 5 de diciembre de 1936 al 3 de agosto de 1945. Jugó un papel en la conspiración para establecer el “Estado Novo” en 1937, con Getulio Vargas. Un proyecto que combinaba una afirmación nacionalista frente al declive de los antiguos imperialismos, un poder autoritario, una cierta política de desarrollo (mediante el comienzo de una política de sustitución de las importaciones) y un anticomunismo feroz. Conjuntamente a esta opción, frente a una Argentina en pleno auge, Brasil realizó un comienzo de alianza con los Estados Unidos, lo que se concretó, durante la Segunda Guerra Mundial, en un sentido políticamente opuesto al de Argentina.

El tercer militar post-1945, elegido por sufragio universal directo, es solo un capitán que fracasó en su carrera y fue reciclado durante 27 años como diputado federal de Sao Paolo: Jair Messiah Bolsonaro.

Hay que remontarse a 2013 para comprender el comienzo del giro. Se opera cuando el movimiento de junio demostró la cobardía del PT para responder a él por la acción (movimiento para el transporte gratuito, entre otros) y por un contraataque decidido a la presencia de grupos de derecha radicales en ese movimiento. Estos últimos le pusieron sobre la defensiva, en este terreno, igual que a formaciones de la izquierda radical que se dividían a la hora de analizar la “naturaleza del movimiento” -con sociólogos que sondeaban las almas y los corazones, de lejos evidentemente- y no respondiendo, en la movilización plural a las provocaciones de la extrema derecha. Esta situación dio la señal de que se había instalado un vacío, entre, de una parte, un sector de la población, incluso la pauperizada así como una fracción de la juventud, y, de otra parte, la llamada “clase política”.

En este contexto comenzó la movilización, bien organizada, contra el gobierno de Dilma Rousseff que no solo no aplicaba sus “promesas” electorales, sino que multiplicaba las concesiones a los ruralistas.

Por ejemplo, colocaba en la dirección del Ministerio de Agricultura a Katia Abreu, de enero de 2015 a mayo de 2016. Ahora bien, esta última había sido -como propietaria de una gran granja enTocantins- la presidenta durante años (1995 a 2005) de la asociación de propietarios rurales de ese Estado. Luego, ganando galones, se convirtió en la presidenta de la CNA (la Confederación de la Agricultura y de Ganadería de Brasil) entre 2008 y 2011. Cumplió en ese puesto con firmeza su papel de defensora de los ruralistas. Expresaba los deseos y los intereses de estos últimos. Los de la “fracción B” (buey), del complejo reaccionario BBB, es decir, Buey, Balas y Biblia. Esto no planteaba problemas a “su amiga” Dilma Rousseff.

En la onda de tal naufragio gubernamental se organizó por tanto la movilización de la derecha contra el gobierno del PT y, simbólicamente para personalizar la campaña, contra Dilma Rousseff. El despegue de esta movilización se hizo en el momento en que la crisis económica golpeaba duramente Brasil, de hecho desde 2014 pero con un pico en 2015-2016. Se prolongaba aún en 2017.

De todo ello se ha seguido una pauperización de una capa social que había pensado subir en “la escala social” -algunos escalones, ¡no más!- y manifestaba su decepción buscando un “chivo expiatorio” que estaba ya creado y dispuesto a ser utilizado. En efecto, surgía, desarmado de la cabeza a los pies, de los “escándalos de corrupción” que golpeaban a todos los partidos, en particular al PT porque se le suponía a su imagen histórica contrastar con el dogma de corrupción que operaba desde hacía mucho en la política brasileña; un poco a imagen de la extrañeza que algunas personas expresan ante los “votos” del clero católico y sus prácticas de pedofilia.

Como la ocasión hace al ladrón, la operación “manos limpias” brasileña (Lava Jato) desestabilizó a todas las formaciones políticas. La autonomía parcial de lo judicial, la judicialización de la llamada vida política y, en fin, los métodos utilizados -según el modelo italiano admirado por el juez Sergio Moro- consistentes en declararse testigo de cargo para ver su pena de encarcelamiento disminuida al denunciar “a los suyos” engordaron una ola creciente y continua de “escándalos”. Eran difíciles de frenar. Resultó de ello una complejidad de la crisis económica, de la del régimen político, de la relación entre las instituciones y el “control de la población”, hasta medidas de militarización de un Estado por el poder central, como en el caso de Rio de Janeiro. Mientras tanto, Jair Bolsonaro, junto con quienes le apoyaban, preparaba el terreno.

Los dos partidos que dominaban el campo político desde el final de la dictadura estaban muy sacudidos y lo siguen estando: 1º el PSDB (Partido de la Social Democracia Brasileña), en cuyo seno la figura emblemática era y es Fernando Henrique Cardoso, que ha conocido el exilio en París durante una parte del período electoral y 2º el PT lulista; Lula fue un miembro clave del núcleo que lanzó el PT a comienzos de los años 1980, luego se convirtió en el hombre del “lulismo”, tras haber sido el líder del PT.

Que estos dos partidos no hayan dejado de realizar alianzas absolutamente “podridas” política y financieramente, a fin de controlar un legislativo (Asamblea de Diputados y Senado), no hace sino desacreditar a formaciones cómplices como el PMDB (hoy el MDB de Temer) o el Partido Democrático Laborista (PDT) cuyo líder es Ciro Gomes. Fue candidato a las elecciones presidenciales de 2018. Obtuvo el tercer puesto con el 12,47% de los votos; mientras que Geraldo Alckmin del PSDB alcanzaba penosamente el 4,76% de los votos.

Por la brecha abierta por esta multiplicación de choques se colaron pequeñas formaciones. Entre ellas el PSL (Partido Social Liberal) de Jair Bolsonaro que encontró un apoyo, en un primer momento, entre fracciones del ejército cuyos miembros fueron por otra parte muy activos en la campaña electoral. Luego en una red de comunicación controlada por las iglesias evangélicas y pentecostales que le ganan la partida desde hace años a la iglesia católica. Estas iglesias organizan a sus bases (activas durante la campaña) con un sistema de solidaridad -que consiste en redistribuir una fracción de las sumas cogidas a “sus” fieles, a un pequeño porcentaje de electos, agradecidos- y una maquinaria de socialización, sobre todo para la gente excluida que vive en las grandes ciudades, proveniente del éxodo rural.

A esto se ha añadido lo que The Economist (27 de octubre-2 de noviembre de 2018) califica de una adhesión dubitativa de una fracción del gran capital con el objetivo siguiente: “Bajo la presidencia de Bolsonaro, Brasil [¿qué Brasil?] puede esperar una reforma [del sector público], una economía en crecimiento rápido [que será impulsada por las privatizaciones cuyo campeón es el consejero de J. Bolsonaro: Paulo Guedes] y con un presidente que controla sus pulsiones autoritarias”. Un verdadero programa para el capital brasileño.

Pero entre estos proyectos, estas visiones prospectivistas tecnocráticas, y las fuerzas sociales y políticas puestas en marcha casi se puede dar por seguro el choque.

Volveremos sobre la situación en Brasil, examinando, entre otras cosas, las elecciones a gobernadores/as, las reacciones populares “instantáneas” y el anuncio hecho por la Folha de Sao Paolo según el cual “Bolsonaro desmonta su búnker en Brasilia”, es decir el comienzo de la formación de un nuevo gobierno que abre un nuevo período en Brasil. Esto tanto más cuanto que estas elecciones son la prolongación de las de Colombia, Chile, de la Argentina de Macri, de los poderes autoritarios -de orígenes diversos en América central- y del desastre completo del gobierno Maduro en Venezuela, que se convierte, sobre la base de lo que vive concretamente la población (cuando no se exilia en masa) en un espantajo fácilmente agitable.

***

Bolsonaro y sus repercusiones en la región

Decio Machado

Brecha, 2-11-2018

Brasil, país emergente que ha sido referencia en el subcontinente, se ha convertido tras las elecciones del pasado 28 de octubre en el eje sobre el que pivota gran parte de la inestabilidad política y económica regional.

La nación más grande de Sudamérica, con una tasa de homicidios que supera la de Europa y también la de Estados Unidos, decidió, en el marco de una fuerte deslegitimación social de su ecosistema político institucional, votar por el antipetismo plasmado en la figura de una nueva derecha que se manifiesta como alternativa pese a sus cánones sumamente conservadores en el sentido moral y neoliberales en lo referente a sus planteamientos económicos.

El fenómeno puede ser extensible a otros países de América Latina en la medida en que el subcontinente ostenta la nada envidiable distinción de ser la región más violenta del mundo, con 23,9 homicidios por cada 100 mil habitantes, comparado con los 9,4 de África, 4,4 de América del Norte, 2,9 de Europa y 2,7 de Asia.

Hablamos de un territorio que concentra apenas el 8 por ciento de la población mundial pero el 37 por ciento de los homicidios que acontecen en el planeta, donde están ocho de los diez países más violentos a nivel global y 42 ciudades del ranking de las 50 más inseguras del globo terráqueo. En ese contexto, las expresiones políticas de “mano dura” contra la violencia, como las que representa Bolsonaro, pueden imponerse ante conceptos anteriormente aceptados con respecto a la inviolabilidad de la integridad física y los derechos ciudadanos.

En paralelo, tres de cada cuatro ciudadanos latinoamericanos manifiesta –según diversos estudios de alcance regional– escasa o nula confianza en sus respectivos gobiernos, y alrededor del 80 por ciento de la sociedad es consciente de que la corrupción está extendida en las instituciones públicas de la región. El sistema de partidos políticos está actualmente altamente desprestigiado, las clases vulnerables – o sectores recién salidos de la pobreza– y las clases medias más consolidadas no sienten que sus reclamos sean adecuadamente canalizados por sus gobiernos ni por las formaciones políticas de viejo cuño, a la par que la mayoría de la gente no tiene fe en el futuro. En resumen, la desconfianza ciudadana es cada vez mayor y está llevando a una fuerte desconexión entre la sociedad y la estructura del Estado, lo que pone en jaque la cohesión social y debilita el “hipotético” contrato social existente.

En este contexto, el terreno está abonado para la configuración de nuevas fuerzas políticas que se posicionen como antisistémicas frente a los partidos convencionales, incluyendo entre ellos a las candidaturas progresistas que durante el pasado ciclo político no pusieron en cuestión el modelo de acumulación heredado ni el statu quo existente dentro de nuestras sociedades, ni el modelo para la toma de decisiones en el Estado. En paralelo, se reposiciona socialmente –en sociedades asediadas por el crimen y la violencia– el imaginario de que para acabar con la delincuencia es necesario que haya “mano dura” por parte de las autoridades, mientras las tácticas militarizadas vuelven a ser propuestas como herramientas para asegurar una gestión exitosa en la seguridad ciudadana.

Pero más allá de un posible “efecto contagio” en la región, y contrariamente a las lógicas emanadas por líderes como Lula, Chávez o Correa, el actual presidente electo de Brasil no manifiesta inicialmente pretensiones de convertirse en una figura de liderazgo regional.

Más allá de su confrontación ideológica con gobiernos como Cuba, Venezuela e incluso Bolivia –países a los que Bolsonaro considera que “no agregan valor económico y tecnológico a Brasil”–, el futuro mandatario brasileño ha manifestado interés por acercarse a países desarrollados fuera de la región con el fin de reimpulsar el comercio exterior del gigante sudamericano. Dicha posición posiblemente termine de sepultar los ya semimoribundos procesos de integración regional: Celac, Unasur e incluso el propio Mercosur. El primer destino que aparece en su agenda internacional es Chile, donde será recibido por Sebastián Piñera, lo que parece indicar un cambio en la preferencia de las alianzas comerciales brasileñas en la región, antes encabezada por Argentina, el tercer país que más importa desde Brasil. Bolsonaro también visitará Estados Unidos con el fin de entrevistarse con Donald Trump, líder por el cual el presidente electo brasileño ha manifestado “gran admiración”; y en tercer lugar Israel, país en el cual pretende trasladar su embajada desde Tel Aviv a la ciudad de Jerusalén, siguiendo las presiones internas recibidas desde sectores evangélicos y pentecostales.

China, principal socio comercial de Brasil en estos últimos años –con un monto de 75.000 millones de dólares en comercio bilateral durante el ejercicio 2017 (20,3 por ciento del comercio exterior brasileño)–, se mantiene a la expectativa respecto de los iniciales movimientos de Jair Bolsonaro, quien ha descrito al coloso asiático como “un depredador” que busca dominar las áreas económicas clave de su país y la región. Pese a ello, Beijing confía en que las relaciones comerciales con Brasil sigan siendo prósperas, y en prueba de buena voluntad tituló el editorial del China Daily (periódico controlado por el Partido Comunista Chino) del día después del triunfo de Bolsonaro “No hay razones para que el Trump tropical interrumpa las relaciones con China”. En dicho texto la burocracia gubernamental asiática manifestaba: “Tenemos la sincera esperanza de que cuando asuma el liderazgo de la octava economía más grande del mundo, Bolsonaro mirará de manera objetiva y racional el estado de las relaciones China-Brasil”. En todo caso, y más allá de su posible alineamiento geopolítico con los intereses de Estados Unidos a nivel global, preocupa sobremanera en Beijing qué devendrá del viaje a Taiwán programado por Bolsonaro para el mes de marzo.

Por otro lado, las continuas referencias neonacionalistas expresadas por Jair Bolsonaro durante la reciente campaña electoral indicarían una tendencia a la revisión de lo que han sido las políticas impulsadas desde el palacio de Itamaraty durante las últimas décadas. Su lema “Brasil por encima de todo, Dios por encima de todos” se asemeja bastante al “America First” de Donald Trump, y pese a que la política exterior está minimizada tanto en el discurso como en el programa electoral del actual presidente electo, Bolsonaro defiende en la práctica un cierre de fronteras en cuanto a políticas migratorias pero una mayor apertura comercial con base en la reducción de aranceles y barreras no arancelarias, así como la firma de acuerdos bilaterales de comercio país a país y no integrados en el Mercosur.

Según Luiz Philippe de Orléans e Bragança, uno de los pocos nombres que aparecen como posibles titulares de la cartera de Relaciones Exteriores en el futuro gabinete de ministros de Bolsonaro: “Brasil está abierto a los negocios pero cerrado a la influencia (…). Tenemos que cerrarnos a la influencia de las Naciones Unidas, de China y de los grandes bloques negociadores de la Unión Europea que tienen a Brasil en sus agendas”.

Así las cosas, incluso en la Alianza del Pacífico, bloque de países de economías abiertas compuesto por estados de clara tendencia conservadora, se manifiesta inquietud respecto al impacto en la región del “nuevo” Brasil que presidirá Bolsonaro a partir del 1 de enero del próximo año.