João Paulo Rodrigues, de la dirección nacional del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (Mst), conversó con Brecha sobre las amenazas de Bolsonaro contra el movimiento, sobre los horizontes de lucha y la resistencia frente a un presidente electo que ha declarado la guerra a los movimientos populares.

Marcelo Aguilar, desde San Pablo

Brecha, 2-11-2018

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Correspondencia de Prensa, 2-11-2018

—¿Cómo interpreta la elección de Bolsonaro?

—Posiblemente durante los próximos días lo tengamos más claro. Pero puede significar algo más amplio que una derrota táctica para la izquierda: una derrota estratégica. Y eso por tres motivos principales.

Primero, porque Bolsonaro recibió un apoyo popular significativo, más allá de las clases medias y de la gran burguesía. Tuvo llegada en las bases sociales del lulismo y del petismo con un discurso conservador, por momentos religioso, prometiendo mejorar la vida de la población. Entró en nuestra base.

Segundo, porque él va a realinear al país –como en el período de la dictadura militar– con dos grandes imperios: Estados Unidos e Israel. Abandonará todos los instrumentos de defensa de América Latina, Celac, Mercosur, etcétera, dará la espalda a las experiencias de los Brics. Y es de esperar que forjará una alianza peligrosa con Colombia y posiblemente con Chile, en una tentativa de destrucción o aislamiento de Venezuela y de otros países progresistas de la región, como Bolivia.

Por último, representa una ola represiva y autoritaria. Él ya afirmó en televisión, y en vísperas de la elección, que quiere aniquilar el comunismo, el socialismo y la izquierda. No dijo “tal vez”. Frente a esto, si no conseguimos construir una resistencia significativa que permita dividir la base que le dio sustento desde el punto de vista militar, desde el punto de vista social y político, él conseguirá una posición hegemónica que posiblemente se expresará a través un gobierno autoritario capaz de deshacer los avances acumulados en al menos 30 años de posdictadura.

—¿Cómo llegamos a este punto?

—Se manejan varias teorías. Pero yo destacaría el peso de la crisis de 2008 en Estados Unidos, que hizo estragos en Europa. Esa crisis del capital fue no solamente una crisis económica de reorganización a nivel internacional, sino que tuvo una consecuencia práctica: la “primavera árabe”. A Brasil la respuesta a la crisis le llegó en 2013 con un movimiento de masas que no entendimos en aquel momento, pero que ya estaba siendo influenciado –difusamente, pero con importante apoyo del gran capital– por las luchas para desorganizar los estados nacionales. Esto tuvo un impacto significativo en la política brasileña, forjando y organizando una nueva derecha que salió del armario. Esa misma “primavera” creó y organizó un movimiento popular de derecha en Brasil, que tiene un pie muy fuerte en la religión y otro en la clase media moralista. Este movimiento exhibe confusiones teóricas a cada momento, pero, al mismo tiempo, hace un cuestionamiento –que es comprensible– del Estado brasileño, por no conseguir resolver una serie de demandas. Su paso siguiente fue dar el golpe (N de E: destituir a Dilma Rousseff). Su estrategia fue justamente armar un frente de clase media, de la pequeña burguesía del Poder Judicial, con una retórica moralista sobre el tema de la corrupción, y sobre eso construyeron una base social con cierta fuerza política. Así consiguió desorganizar lo que el lulismo y el petismo habían hecho.

—¿Esos movimientos fueron subestimados?

—La derecha le acertó cuando metió preso a Lula, y perdimos el principal portavoz de las masas, el líder natural que teníamos. Cortó la mediación entre nuestras concepciones ideológicas y las masas. Esa decisión la subestimamos. Creímos que no lo iban a encarcelar, que si se lo llevaban preso, lo soltarían enseguida, que íbamos a elecciones y las ganábamos. Y salió todo mal.

—Bolsonaro señaló al Mst como uno de sus principales enemigos y parece querer resolver todo con balas. ¿Temen un exterminio?

—No, porque es muy difícil. No somos un impuesto, con el que se puede acabar así nomás. Somos por lo menos 2 millones de personas que viven en 8 millones de hectáreas de tierra en Brasil. ¿Cómo va a hacer? ¿Despejar el terreno y matar a todo el mundo? Esa base de nuestro movimiento está formada ideológica y políticamente. El movimiento no es la dirección. Tenemos una historia de 30 años. El Mst sobrevivió a gobiernos muy delicados.

Sí, van a eliminar a compañeros, implementar políticas públicas para boicotear nuestras escuelas y nuestras tantas iniciativas de asistencia técnica. Pero en su esencia la lucha por la reforma agraria va a continuar. Es como decir que vas a acabar con los movimientos que luchan por la vivienda, ¿cómo?, ¿matando a todos los pobres?, ¿enterrándolos?, ¿mandándolos a Venezuela? Se precisa resolver el problema a través de la política pública. Es probable que haya ataques a nuestro pueblo, pero el movimiento nació en la dictadura militar en una situación gravísima y sobrevivimos hasta ahora. Tampoco somos arrogantes, ni vamos a decir que estamos bien, felices, que vamos a crecer. Pero no trabajamos con la hipótesis del exterminio de una lucha por una causa tan amplia y justa como la reforma agraria.

—¿Qué repercusiones puede tener el futuro gobierno de Bolsonaro?

—Es muy difícil saber, porque desconocemos de dónde van a venir sus ataques. Puede ser un gobierno que hace mucho barullo como el de Trump, pero que no logra implementar grandes medidas radicales. Podemos tener un gobierno autoritario que hace grandes cambios en la legislación, y eso es un peligro, porque tiene una propia base en el Congreso nacional.

Un riesgo es que libere fuerzas paralelas de represión o que sus propios seguidores monten milicias, por ejemplo. Eso sería peligroso, y es posible que ocurra. Pero quiero creer que esa división que tenemos en la sociedad brasileña nos va a dar mucha fuerza para resistir. Buena parte de la academia está de nuestro lado, los juristas, sectores de los medios de comunicación, los artistas. Los bolsonaristas están a favor del sector más conservador de la sociedad. Pero de un total de más de 100 millones él tiene sólo el 40 por ciento de apoyo, hay un 60 por ciento que no lo votó. El desafío, y es muy grande, es cómo hacer que ese 60 por ciento esté de nuestro lado.

Ya sabemos tres cosas. Primero, nuestra resistencia es política, no militar. No podemos engañarnos con cualquier idea militarista para defenderse o atacar a Bolsonaro. Segundo, tenemos que estar en el medio de las masas, porque lo que nos va a salvar es el pueblo. Si apostamos por la acción vanguardista, estamos en problemas. Tercero, tenemos que enfocarnos en las reivindicaciones económicas, como la reforma agraria, la reforma de las jubilaciones, salud, educación. Porque el discurso ideológico ahora nos ayuda poco, esas reivindicaciones son las que nos unen y permiten movilizar al pueblo.