El príncipe heredero Mohammed ben Salmane y el Reino que dirige de facto hace mucho tiempo que se benefician de la indulgencia de las democracias occidentales. Sin embargo, asesinato del periodista Jamal Khashoggi hace imposible ignorar la verdadera naturaleza del régimen de Riad.

 

Thomas Cantaloube

Mediapart, versión española, 25-10-2018

https://www.mediapart.fr/es/

Correspondencia de Prensa, 29-10-2018

En química, se habla de precipitado. Se produce cuando la modificación de la concentración de diferentes líquidos o la agregación de un elemento extraño «precipita» la formación de elementos sólidos. El caso Khashoggi, que probablemente debería llamarse más exactamente el asesinato de Jamal Khashoggi, es un precipitado que revela al mundo entero la verdadera naturaleza de la monarquía saudí, liderada por el príncipe heredero Mohammed ben Salmane y que ya no puede ser ignorada por sus clientes y socios occidentales: la de un régimen criminal.

La desaparición de un periodista saudí de 60 años, conocido únicamente por especialistas en Oriente Medio, no debería haberse convertido en un escándalo internacional. Nadie lo había previsto y, por supuesto, no el hombre fuerte de Arabia Saudí, Mohammed ben Salmane, conocido como MBS. Desde su irrupción en el panorama saudí en 2015 como ministro de Defensa, a los 29 años, y su posterior ascenso a príncipe heredero en 2017, es decir, el primer sucesor de su padre el rey, ha acumulado tropiezos y errores de juicio, algunos ellos mucho más mortíferos que la eliminación de Jamal Khashoggi. Pero las consecuencias de sus acciones nunca le habían salpicado hasta el punto de ponerlo en peligro. Hasta la fecha.

La guerra en Yemen, los miles de muertos civiles que ha causado, es obra suya. La quiso, la dirige y la pierde. A pesar de la indignación de las ONG humanitarias y de los intentos de Naciones Unidas por detener el conflicto apuntando a la responsabilidad de Riad en el bombardeo de civiles, MBS prosigue sus operaciones, con el apoyo indirecto de sus aliados occidentales, encabezados por Estados Unidos, Francia y Reino Unido, que le proporcionan servicios de inteligencia, armas y protección diplomática. Pero Yemen está lejos, los reporteros apenas pueden llegar allí y las guerras en Oriente Medio terminan por cansar. Además, en el reino saudí, nadie está autorizado a hablar de esta guerra, excepto para promoverla, a menos que quiera pudrirse en una cárcel.

Cuando MBS y su padre cortocircuitaron el orden de sucesión al trono, una maniobra inédita en Arabia Saudí, condenando a su primo y rival a permanecer en arresto domiciliario, y más tarde repatriando por la fuerza al país a miembros de la familia real para mantenerlos callados, todo el mundo lo interpretó como un ajuste interno de cuentas, a pesar de los métodos utilizados, a menudo brutales, como el hecho de redirigir aviones en pleno vuelo a Riad.

Cuando el príncipe heredero secuestró durante varias semanas a más de un centenar de notables saudíes (empresarios, inversores, miembros de la familia real, exministros…), antes de acceder a liberarlos a cambio del pago de una parte de su fortuna, obtenida no siempre de forma honesta, a veces arrancaba una sonrisa al recordar la justicia expeditiva, más propia del lejano oeste, donde nadie es realmente inocente.

Cuando, por esas mismas fechas, MBS secuestró al primer ministro libanés –que había acudido a la llamada de Riad– y le obligaba a dimitir en directo en televisión, en un vídeo que recordaba a las confesiones filmadas de rehenes, causó cierto malestar, pese a todo. Pero Emmanuel Macron dio un rodeo para hablar con él, logró la liberación de Saad Hariri, que de regreso a Beirut volvió a tomar posesión de su cargo y, meses después, se divertía haciéndose selfies con el príncipe, dando la impresión de que todo era una broma entre viejos amigos.

Tampoco será fácil de olvidar el encarcelamiento y las amenazas de ejecución de decenas de defensores de los derechos humanos; el embargo a Qatar para asfixiar al pequeño emirato –demasiado independiente, para su gusto–; la ruptura de las relaciones con Canadá a raíz de un tuit…

Todo esto es fruto de una estrategia pensada y conocida tanto por los autócratas como por los cineastas, consiste en infundir miedo, incluso terror, desde el principio a través de una secuencia violenta o de un asesinato impensable. Pero mientras Psicosis, Alfred Hitchcock, o Juego de Tronos pertenecen al ámbito de la ficción y del miedo de los espectadores, el reinado de ben Salmane es demasiado real para sus oponentes.

Sin embargo, a pesar de esta pesada carga que se habría llevado por delante a cualquier líder, MBS ha seguido gozando de la indulgencia y del apoyo abierto de la mayoría de las democracias occidentales. Son bien conocidos los resortes ocultos (o no tanto) de esta mano siempre tendida: el petróleo adquirido, las armas vendidas y las jugosas inversiones financieras en ambos sentidos, a lo que hay que sumar las promesas de reformas que ha realizado MBS que, aunque suelen posponerse, sirven de moneda de cambio en el panorama internacional. Y, por supuesto, como los gobiernos occidentales no dejan de repetir desde el 11 de septiembre de 2001, la colaboración de Arabia Saudí en la guerra contra el terrorismo tiene un costo que debe pagarse guardando silencio, como el que traga un medicamento asqueroso…

Ante el silencio que rodeaba sus acciones criminales, la impunidad de la que gozaba hasta la fecha, incluso la admiración que despertaba en el extranjero (sólo hay que recordar la gira que realizó por Estados Unidos en abril de 2018, cuando se entrevistó con los principales dirigentes y medios de comunicación entre loas), Mohammed ben Salmane no tenía razón alguna para pensar que hacer desaparecer a un periodista crítico socavaría su índice de popularidad. Pero cometió un error de cálculo.

A diferencia de la Rusia de Vladimir Putin, que elimina discretamente a sus opositores en el extranjero, excepción hecha de meteduras de pata como la de Skripal 3, MBS ha optado por firmar su crimen. ¿De qué otra manera cabe explicar si no la desaparición de Jamal Khashoggi en su propio consulado mientras la prometida del periodista lo esperaba afuera? O es una estupidez, lo que no se puede descartar por completo, o es un mensaje. Pero el error fue cometerlo en Turquía.

El presidente Recep Tayyip Erdogan no es un amante de las libertades fundamentales, especialmente de la prensa, pero sus relaciones con Arabia Saudí son tensas y es un buen estratega. En lugar de tapar el crimen, decidió hacerlo público, revelando todo aquello que los investigadores pudieron ir descubriendo como prueba. Esta es la paradoja del « mundo trumpiano » en el que vivimos: un jefe de Estado represivo autoriza la transparencia y deja que los medios de comunicación trabajen cuando el presidente de Estados Unidos juega con la cólera y denuncia a los periodistas como « enemigos del pueblo ».

El elemento final del precipitado es la crueldad del asesinato de Jamal Khashoggi. Se trata de un calco de una acción propagandística del Estado islámico o de la decapitación de Daniel Pearl a manos de Al Qaeda, mientras que se supone que Occidente debe luchar contra el oscurantismo y la violencia islamista de Daech o de los herederos de ben Laden con el apoyo de Riad. Lo que muchos han señalado desde hace tiempo, a saber, la porosidad entre el terrorismo de Al Qaeda o Daech y la alianza en el seno del régimen saudí entre la familia gobernante y el clero wahabí, queda al descubierto.

Todo indica que el rey Salmane y su hijo van a buscar un chivo expiatorio para que asuma la culpa de este asesinato, disfrazando el crimen de operación fallida de un subordinado tan celoso como incompetente. Quieren salvar el pellejo: los perros van a ladrar, pero la caravana del business debe pasar.

El mundo de los negocios tardó alrededor de diez días en comprender lo que estaba en juego, pero finalmente se retiró gradual y masivamente del llamado « Davos en el desierto », la gran conferencia sobre inversiones prevista para el 23 de octubre en Riad. Pero, ¿cuánto tiempo pasará antes de volver por una puerta trasera, cuando haya menguado la atención puesta sobre la suerte de Jamal Khashoggi? Resulta difícil de creer que vaya a haber una fuga masiva de businessmen de Arabia Saudí. ¿Quién dice, sin embargo, que no podrían ser víctimas, a su vez y más discretamente, de un ajuste de cuentas ordenado por la MBS si vienen a molestarle?

En cuanto a los líderes occidentales, ¿seguirán dejándose ver con Mohammed ben Salmane? ¿Continuaran cortejando sus petrodólares? Si persisten, será una nueva desmonetización de la voz política, la que inevitablemente conduce a la erosión de los valores democráticos. Lo que vendrá a significar: « No creas en nuestros discursos. Predicamos los derechos humanos, la libertad y la moralidad en las relaciones internacionales, pero si un defensor de estos principios resulta asesinado ante nuestros ojos, no moveremos un dedo y nuestras advertencias sólo se utilizarán para entretener a la galería ».

Hace mucho tiempo que periodistas, investigadores y la mayoría de diplomáticos, con la condición de permanecer en el anonimato, lo dicen: Arabia Saudí es un Estado criminal que alimenta el terrorismo islamista, promueve regímenes autoritarios y regresivos (en Egipto, por ejemplo), tortura a sus mujeres y jóvenes, negándoles cualquier perspectiva de emancipación, y contribuye más de lo razonable al cambio climático por su dependencia del petróleo. Ya es hora de que los líderes franceses, estadounidenses, británicos, alemanes, etc. lo digan públicamente.

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Jamal Khashoggi, un reportero entre dos mundos

El periodista saudí fue asesinado por aquellos que temían las críticas, aunque mesuradas, de un hombre que seguía siendo un patriota, pero que defendía un futuro diferente para Arabia Saudí.

Thomas Cantaloube

Mediapart, 25-10-2018

Arabia Saudita IISi, como sugieren las filtraciones publicadas por la prensa turca en las últimas dos semanas, Jamal Khashoggi fue asesinado de una manera particularmente sangrienta, las circunstancias de su muerte reflejan sobre todo la brutalidad de quienes encargaron el asesinato. Porque el periodista saudí no había hecho nada para merecer acabar sobre una mesa de amputaciones improvisada, en su propio consulado de Turquía, donde había acudido a buscar unos documentos administrativos para poder casarse.

Contrariamente a lo que se ha podido escribir en alguna ocasión, Jamal Khashoggi no era un férreo opositor de la monarquía saudí y mucho menos un conspirador que intentase derrocar a sus gobernantes. Simplemente era un periodista crítico que, en los últimos años, después de un largo período de silencio público, había optado por abrazar plenamente sus principios exiliándose, viéndose obligado a abandonar a su familia. Para ello, había cambiado la burbuja de la élite saudí por la élite de Washington, lo que explica en parte el impacto de su asesinato.

Jamal nació en Medina en 1953, en el seno de una de las grandes familias saudíes que no forman parte del linaje real. Su tío era el famoso y controvertido traficante de armas Adnan Khashoggi; dos de sus tías, Soheir y Samira, eran novelistas célebres. Su primo era nada menos que Dodi al-Fayed, el amante de Lady Di, con quien murió bajo el puente del Almá, en París. Y, como muchos de los retoños de la élite local, fue enviado a estudiar a Estados Unidos, a Indiana.

Cuando regresó a Arabia Saudí en la década de 1980, primero se convirtió en librero antes de dedicarse al periodismo, donde poco a poco subió peldaños en la profesión; trabajó como reportero en zonas de conflicto de regiones como Argelia, Kuwait, Sudán y Afganistán. Fue en este último país donde conoció a Osama ben Laden, quien, en ese momento, dirigía la yihad contra las tropas soviéticas, con el apoyo tácito de Riad y el apoyo financiero de la CIA. Entrevistó varias veces al fundador de Al Qaeda, del que seguirá siendo un admirador hasta el final, si bien condenaba su cambio al terrorismo.

Como la gran mayoría de saudíes, Jamal Khashoggi es muy piadoso y seguirá siéndolo durante el resto de su vida. Pero lo que lo distingue de sus compatriotas es su atracción por el islam político como medio para reconciliar la religión musulmana y la democracia. Aunque nunca lo reivindicase oficialmente, fue alguien cercano a los Hermanos Musulmanes, según varios de sus amigos. En 1992, cuando se invalidaron las elecciones argelinas y los generales se hicieron con el poder, después de la victoria del Frente Islámico de Salvación 3, consideró que se trataba de una oportunidad perdida y de una fuente de decepción.

En ese momento, Jamal conoció a Turki ben Faycal, un miembro de la familia saudí que ocupó el cargo de director de los Servicios de Inteligencia saudíes de 1979 a 2001. En otras palabras, un pilar del régimen. Esta proximidad llevará a muchos de los conocidos de Khashoggi a creer que, además de trabajar como reportero, a veces trabaja « a la pieza » para su mentor, en particular en Afganistán con Bin Laden. Pero, una vez más, nunca se ha podido demostrar nada.

En las semanas posteriores a los atentados del 11 de septiembre de 2001 –entre los 19 terroristas figuran 15 súbditos saudíes–, a diferencia de muchos analistas políticos de Oriente Medio, no dejó de denunciar esos atentados y de torpedear las teorías de la conspiración que circulan en el mundo árabe con el fin de exonerar a los autores de su responsabilidad. Para él, estos atentados son un ataque a los verdaderos valores del Islam.

A finales de los 90 pasaría a formar parte de la jerarquía de los periódicos saudíes, hasta ser nombrado, en 2003, redactor jefe de El Watan, uno de los principales diarios del país. Pero sólo ocupará el cargo durante 54 días, cuando fue destituido por permitir que se publicase una columna criticando a un imán fundador del wahabismo en el siglo XIII. Luego conoció a Turki ben Faycal, que se convirtió en embajador en Londres y luego en Washington. Jamal Khashoggi se convirtió en su asesor, especialmente en asuntos de comunicación. En la capital estadounidense, comenzó a relacionarse con todos los periodistas y think tanks de la ciudad, siempre deseosos de interpretar los juegos de poder y las ambiciones saudíes, a menudo oscuros. Eran los años de George W. Bush, cuya familia es muy cercana a los saudíes y a la gente que les rodea, en muy buenos términos con la industria petrolera.

En 2007, Jamal Khashoggi regresó a su país para volver a tomar las riendas de El Watan. Esta vez, dura un poco más en el cargo, pero se le vuelve a invitar a salir en 2010, después de que los líderes saudíes se quejaran del tono audaz de algunos artículos que se atrevían a cuestionar la aplicación excesivamente rigurosa de los dogmas religiosos en la esfera pública.

Más tarde se convirtió en analista para varios canales de televisión de la región, donde ofrecía su punto de vista sobre asuntos de actualidad, dentro de los límites de lo que es aceptable para un residente saudí. Porque, en un país donde todos los medios de comunicación están controlados por el Gobierno y donde el ministro del Interior nombra a los jefes de sección, la libertad de prensa es un concepto puramente teórico. Esto no impidió a Khashoggi hacer carrera a pesar de sus diversas extravagancias, poniendo de manifiesto el respeto que siempre ha tenido por las instituciones saudíes.

Al mismo tiempo, se convierte en la persona que los periodistas e investigadores extranjeros buscan cuando escriben sobre Arabia Saudí y no quieren conformarse con la fachada que se presenta al mundo exterior o con las palabras de los opositores en el exilio que desde hace mucho tiempo han cortado sus lazos con la maquinaria política del Reino. En privado, su palabra es relativamente libre, dicen hoy los que lo conocían: defiende las « primaveras árabes » y aboga por llevar a cabo reformas en su país.

A principios de 2017, el Gobierno de Riad prohibió a Jamal Khashoggi hablar en público. Su falta: criticó, en una conferencia pública en un centro de investigación estadounidense, a Donald Trump, tras la elección de éste. Mohammed ben Salmane aún no se había convertido en el príncipe heredero (accederá al trono en junio de 2017), pero ya era el hombre fuerte del régimen desde que su padre asumió el trono en 2015. Y no quiere ninguna sombra en las estrechas relaciones que pretende establecer con el nuevo presidente de Estados Unidos después del interludio de Obama.

La posición de Jamal Khashoggi se puso difícil. Ya no puede escribir ni comentar la actualidad; los notables de su entorno son los perdedores de los trastornos, a veces brutales, iniciados por Mohammed ben Salmane (conocido como MBS); su familia está empezando a sufrir por su posicionamiento, en particular su esposa, que es una funcionaria de alto rango. Esta es la naturaleza de las dictaduras: no sólo se castiga a un individuo, sino también a su entorno.

A los casi 59 años,  Khashoggi optó por exiliarse y establecerse a orillas del río Potomac en el verano de 2017, en el corazón de la capital americana, que ya conoce bien y donde tiene la puerta abierta. The Washington Post, diario que todos los gobernantes, los lobbyistas, analistas, embajadas y corresponsales de prensa reciben cada mañana, le ofrece una columna. Y los canales de televisión están más que contentos de ofrecerle un asiento en sus platós tan pronto como sea necesario para descifrar los sobresaltos de Oriente Medio.

Jamal Khashoggi, que era un notable saudí, se convirtió en un notable de Washington: desconocido o casi para la mayoría de los estadounidenses, pero invitado a todas las mesas de agitación y movimiento shakers and movers) en el perímetro de la Casa Blanca y del Congreso. Por fin puede expresarse sin cortapisas. Sin embargo, sus escritos y palabras no son motivo de escándalo. No es incendiario, sino que se trata de artículos en los que defiende las reformas económicas propuestas por MBS que parecen querer llevar a su país a la era post-petrolera y en los que se congratula de los avances sociales que permiten a las mujeres conducir y a los cines reabrir sus puertas.

Sin embargo, no escatima palabras sobre el fortalecimiento del autoritarismo de su país e incluso lamenta su actitud de antaño en la última columna publicada durante su vida: « Para mí, fue doloroso ver a mis amigos arrestados, pero yo no decía nada. No quería perder mi trabajo o mi libertad. Estaba preocupado por mi familia. Ahora he tomado una decisión diferente. He dejado mi casa, mi familia y mi trabajo. Lo contrario habría sido traicionar a los que languidecen en la cárcel. Ahora puedo hablar cuando otros no pueden ».

Lo que podría parecer un destierro dorado no lo es del todo. Se ve obligado a divorciarse de su esposa y ya no puede comunicarse con su hijo, quienes siguen en Arabia Saudí. Sin embargo, no ha cortado todos los puentes con los líderes del Reino que siguen en contacto con él, en primer lugar el embajador saudí en Estados Unidos, que no es otro que el hermano menor de MBS.

Sin embargo, Khashoggi entiende que se ha convertido en la china en el zapato del nuevo amo de Riad, que sigue mostrando su impulsividad, al tomar como rehén al primer ministro libanés, pidiendo rescate para cientos de personalidades saudíes, encarcelando a críticos con el régimen (hasta ahora tolerados), declarando un embargo a su pequeño vecino de Qatar y declarando la guerra sin cuartel y sanguinaria contra Yemen. MBS está actuando cada vez más como un monarca individualista, mientras que la tradición saudí marcaba, hasta la fecha, que se debían resolver los problemas internamente, mediante el consenso y el clientelismo.

El embajador saudí en Washington hizo varias propuestas a Khashoggi para que regresara a Arabia Saudí a cambio de puestos de prestigio, pero se negó. Desde que MBS se convirtió en príncipe heredero, una decena de miembros de la familia real han sido puestos bajo arresto domiciliario o han sido repatriados a su país contra su voluntad antes de desaparecer (no se puede asegurar que estén muertos, pero han sido silenciados). El periodista no quiere renunciar a la libertad de expresión que ha terminado conquistando.

Además, tiene una nueva prometida, una joven estudiante de doctorado turca con la que desea casarse. Viaja con frecuencia a Estambul para verla. Una ventaja significativa de estos viajes es que la ciudad en la costa del Bósforo se ha convertido en el hogar de opositores saudíes en el exilio desde hace algunos años y Jamal aprecia el régimen político de Recep Tayyip Erdogan, inspirado en los preceptos del islam político. Según sus amigos, incluso planea establecerse en Turquía.

Pero antes, quiere casarse y debe obtener de las autoridades de su país la sentencia de divorcio dictada en Arabia Saudí. No desea ir a la embajada de Washington, ya que teme por su seguridad. Decide completar los trámites en el Consulado de Estambul. Allí se dirigió el 1 de octubre de 2018. Le pidieron que regresase al día siguiente para conseguir los documentos que solicita. Acude el martes 2 de octubre, a primera hora de la tarde, a la reunión fijada por el cónsul. Mientras tanto, un comando integrado por 15 saudíes, había llegado a Turquía de madrugada. Su prometida turca le está esperando fuera del edificio, con el teléfono móvil que le había dejado Jamal, ya que no quería que se lo hackearan o robaran. Nunca saldría vivo del consulado.