Un horizonte de sombras y violencias

Intentar comprender se ha vuelto un ejercicio básico en el Brasil de Bolsonaro, pero es cada vez más difícil, ya que supone ir más allá de lo evidente, para bucear en las aguas profundas de una sociabilidad marcada a fuego por la triple herencia de la esclavitud, el colonialismo y la dictadura, que remacharon una desigualdad sin parangón en el mundo.

Raúl Zibechi, desde Río de Janeiro

Brecha, 26-10-2018

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Correspondencia de Prensa, 27-10-2018

De la “ciudad maravillosa” quedan apenas el nombre, la geografía de morros y bahías, y poco más. La principal avenida, Presidente Vargas, ancha, encajonada entre enormes y distinguidos edificios, luce desierta el sábado a las 9 de la noche. Desierta y en penumbras. Debajo de los soportales de las grandes construcciones se acomoda una fila interminable de personas para pasar la noche. “Mendigos”, dice alguien en el coche que casi no se detiene en los semáforos rojos, por temor a los robos.

Días después Junior, un militante joven que me lleva por la ciudad, explica que muchos de los supuestos mendigos son en realidad trabajadores informales de la zona, que optan por dormir en la calle porque no tienen dinero para pagarse el autobús hasta sus casas: un mínimo de ocho reales (casi dos dólares) por día.

Cuando salimos de la avenida Brasil por un callejón poco iluminado, tapizado de baches enormes, el copiloto pide que se enciendan las luces interiores y nos quitemos los cinturones de seguridad. “Ellos necesitan ver quién entra a la favela, y pueden confundir los cinturones con armas largas.” El mismo ritual se repite cada vez que entramos a la Maré, una red de 16 favelas a un par de quilómetros del aeropuerto de Galeão, pegada a la bahía de Guanabara.

Dejamos el coche en Morro de Timbau, la primera comunidad construida a principios del siglo XIX entre manglares. Pasan las horas y la actividad no se detiene. Los comercios están abiertos, los vecinos en las calles, las jóvenes luciendo sus pelos alisados y ellos marcando presencia en sus motos.

“Aquí nadie habla de política”, dice un vecino que siempre nos recibe en su barra de cerveza artesanal. “Pero todos saben lo que piensa el vecino.” Una tienda de venta de marihuana, ilegal en Brasil, está al mando de un grupo de varones que no ocultan sus simpatías por Bolsonaro. Las mujeres, por el contrario, no exteriorizan sus opiniones, porque sus viejos temores y desconfianzas se ven bien reforzados por los asesinatos anónimos que tapizan la favela.

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El diputado del estado de Rio de Janeiro Rodrigo Amorim, del mismo partido de Bolsonaro, el Psl (Partido Social Liberal) fue elegido para la Asamblea Legislativa regional como el candidato más votado. La principal carta de presentación de Amorim, un abogado gris que se define “cien por ciento conservador”, fue exhibir públicamente la placa que se había colocado en homenaje a la concejal Marielle Franco del Psol (Partido Socialismo y Libertad) –asesinada meses atrás–, quebrada, como una suerte de trofeo de guerra.

El diputado asegura que su principal adversario en la Cámara será precisamente el partido de la asesinada, negra, feminista y lesbiana, que se había caracterizado por sus constantes denuncias contra la corrupción y la connivencia de políticos con las mafias. Por si fuera poco, asegura que va a disputarle a la izquierda la presidencia de la Comisión de Derechos Humanos, que tradicionalmente aquella ha encabezado.

“Alerta Ipanema” es otra de las perlas de esta ciudad. Se trata de una página abierta el año pasado en Facebook en la cual los habitantes del exclusivo barrio exigen castigo a quienes ayuden a los que viven en la calle, ya sea con dinero, ropa o comida. En este último caso, insisten, el castigo debería ser mayor.

La periodista de Outras Palavras que ha investigado estos hechos sostiene que se trata de un “fascismo cotidiano”, que incluye además celebraciones cuando la policía da muerte a delincuentes. El administrador de la página sostiene que los mendigos van al barrio porque los vecinos, casi todas vecinas, les dan comida. Sin embargo, algunas no entienden por qué serían pasibles de castigo por hacer lo que siempre hicieron, dar comida al hambriento, como les enseña la Biblia.

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“Hay una radicalización de la identidad. Las personas están más a la derecha, más conservadoras y más antifeministas”, dijo Pablo Ortellado, coordinador de una investigación que analiza el perfil de los manifestantes pro Bolsonaro, luego del acto del pasado domingo en San Pablo, donde el candidato incrementó su ataque al PT (edición digital brasileña de El País, 23-X-18).

Comparando los resultados de las casi quinientas entrevistas realizadas el domingo con las opiniones recogidas en anteriores manifestaciones de la derecha entre 2015 y 2017, Ortellado llegó a conclusiones aterradoras: quienes se definen “muy conservadores” pasaron del 44 al 74 por ciento de los manifestantes; los antifeministas subieron del 56 al 70 por ciento; y los “muy antipetistas” alcanzaron el 91 por ciento.

Los entrevistados acusan al PT de apoyar “dictaduras como la de Venezuela”, y creen que es el partido más corrupto y que “hundió la economía”. Más de dos tercios de los manifestantes (67 por ciento) se autodefinieron como blancos y, lo más impresionante, el 71 por ciento de ellos tiene estudios universitarios. Defienden la “familia tradicional” y desconfían de los grandes medios, al punto que sólo el 14 por ciento de los entrevistados confían en O Globo y apenas el 7 por ciento en Folha de São Paulo.

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Jair Bolsonaro no se hizo presente pero envió un mensaje grabado al acto del domingo, en el que destiló su odio a la izquierda: “Vamos a barrer del mapa de Brasil a estos bandidos rojos. Si quieren quedarse aquí, deberán someterse a la ley. O se van para afuera o a la cárcel”. Atacó con dureza al Movimiento Sin Tierra, asegurando que sus acciones serán tipificadas como terrorismo. En una de sus últimas apariciones públicas, el martes 23, Bolsonaro la emprendió contra las acciones afirmativas hacia los grupos desfavorecidos, que durante los gobiernos del PT se tradujeron en cuotas para negros y mujeres en universidades y empleos públicos.

En una entrevista televisada dijo que las acciones afirmativas son “una forma de dividir la sociedad” y que “no debemos tener clases especiales por color de piel, opción sexual o región”, porque “somos todos iguales ante la ley” (Valor.com.br, 23-X-18). En lugar de cuotas defiende la “meritocracia”, porque cree que cualquiera que se esfuerce puede llegar donde desea.

Quienes crean que es un descerebrado están equivocados. Está muy en sintonía con una mayoría de brasileños que se sintieron defraudados, y furiosos, por la corrupción, incluyendo un buen puñado de los que votaron por Lula.

Jair Krischke, referente del movimiento de derechos humanos, afirma que el PT es el principal responsable de la situación actual: “No tuvo el coraje de hacer una autocrítica sobre su gestión, y actuó con soberbia y ceguera. El rechazo a sus políticas comenzó con los jóvenes que salieron a las calles en 2013 y 2014, contra el aumento de la tarifa de transporte público y por mejor calidad en la salud y la educación” (Rel-Uita, 16-X-18).

En un concurrido acto de Haddad en Rio, el martes, el rapero Mano Brown criticó de frente al PT, pese a estar apoyando a su candidato. “No me gusta el clima de fiesta –dijo en referencia al acto en el que participaba junto a Caetano Veloso y Chico Buarque–. La ceguera que los afecta allá (refiriéndose a los seguidores de Bolsonaro) nos afecta también a nosotros.” Fue abucheado por el público, en clara señal de que no se acepta la crítica, incluso cuando viene de parte de quienes apoyan al PT.