Seis meses y 38 muertos después, Masaya soporta la represión oficial en todas sus formas

La “normalidad” en Masaya está signada por la persecución, redadas selectivas, promesa de “plomo” para los rebeldes, asedio y una economía deprimida

Wilfredo Miranda Aburto

Confidencial, https://confidencial.com.ni/

Correspondencia de Prensa, 24-10-2018

En uno de los recovecos del Mercado Municipal de Masaya, Rosa Argentina Nicaragua espanta a las moscas que zumban encima de su tramo de frutas recién cortadas. Son las once de la mañana y ha vendido poco. La preocupación, ya cerca el mediodía, comienza a embargarla. Tendrá que botar mucho producto, porque al siguiente día estará podrido y no será apto para la venta. Así han sido los últimos dos meses y medio desde que esta matrona decidió retomar su trabajo. Las fuerzas represivas del Gobierno de Daniel Ortega instalaron la “normalidad” a punta de balas en esta ciudad, pero muchos de sus ciudadanos, como esta vivandera, no están cómodos con la nueva dinámica social.

“Desde agosto las ventas están ralas”, dice Rosa Argentina con desdén. “Antes vendía 2000 pesos diarios, ahora con costo recojo 700”, compara. El caso de una vendedora de frutas podrá parecer nimio, pero ilustra la depresión económica que atraviesa Masaya luego de ser masacrada por policías y paramilitares.

Aquella ciudad de agitado pulso económico, cuyo mercado bullía desde las dos de la madrugada con los camiones cargados de granos básicos, frutas, verduras, y legumbres provenientes del norte del país, y una clientela desbocada a comprar al mejor precio desde antes de salir el sol, ahora está abrumada por el peso de 38 muertos y una persecución sostenida en los barrios de Masaya que cabrea a los ciudadanos, a los compradores ajenos a este departamento, y a Rosa Argentina.

“Antes yo me despertaba a las dos de la mañana a comprar frutas a los camiones. Pero con los policías rondando es peligroso. Antes vendía bastante, pero la clientela se ha bajado un montón”, relata la comerciante.

Más allá de su distintivo indígena y folclórico, Masaya ha sido una ciudad de comercio. No solo por su populoso mercado, sino por sus artesanías, venta de electrodomésticos, calzado, y una amplia gama de servicios. Pero hace seis meses, cuando la crisis sociopolítica de Nicaragua estalló, Masaya entró en resistencia.

Masaya se rebeló…

El régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo se ensañó con esta ciudad dicharachera y bailarina: negocios y comercios fueron saqueados infligiendo un daño significativo al comercio, y el empuje armado de oficiales y paramilitares levantó a la población, rebelándose ante el comandante Ortega, a quien cada año recibían con vítores durante el Repliegue. En las calles, cientos de barricadas de adoquines fueron erigidas desde el histórico barrio Monimbó (de ADN insurreccional) hasta los barrios del norte de la ciudad.

Masaya fue una de las ciudades que más resistió al fusil de la dictadura de Ortega en Nicaragua. Incluso, estuvo a punto de conseguir estatus “de ciudad liberada por la dictadura”, a no ser porque no pudieron extirpar de la delegación policial al comisionado Ramón Avellán y sus oficiales, sitiados por más de veinte días.

El rescate de Avellán significó una avanzada letal de antimotines y paramilitares que dejaron un reguero de sangre en las calles de Masaya. Para liberar doce cuadras desde la entrada de la ciudad a la delegación, los policías y paramilitares atacaron toda la mañana del 19 de junio la ciudad. Cuatro fueron asesinados ese día.

Un mes después, con la caída de Monimbó, la ciudad entera fue militarizada. Así instalaba la dictadura de Ortega una “normalidad” signada por la persecución, redadas de detenciones selectivas, promesa de “plomo” para los rebeldes, asedio permanente, y una economía deprimida.

Este año, marcado por la rebelión cívica y la masacre perpetrada por Ortega y Murillo, Masaya no bailó a San Jerónimo. Porque la gente que queda en esta ciudad está embargada por el miedo, la rabia y la zozobra. Pese a que la alcaldía itinerante de Orlando Noguera celebró un remedo de fiestas patronales con un San Jerónimo apócrifo, solo los simpatizantes de la dictadura acompañaron el festejo. Los masayas no saben a ciencia cierta donde despacha Noguera en la actualidad, porque el palacio municipal sigue en ruinas tras su destrucción.

Un pastor incólume

El padre Edwin Román abre a diario las puertas de la parroquia San Miguel, pese al asedio y las amenazas paramilitares que dice todavía recibir. Esta iglesia fue uno de los epicentros de los enfrentamientos entre los rebeldes y las fuerzas represivas de la dictadura. El sacerdote albergaba a los heridos en el templo y los francotiradores, al enterarse de eso, apuntaron sus mirillas al templo. No sola la iglesia de la Divina Misericordia, en Managua, es un pétreo queso suizo. La fachada de la iglesia San Miguel también está agujereada.Masaya II

Román, que junto a la Asociación Pro Nicaragüense de Derechos Humanos (ANPDH) realizó una labor humanitaria durante la parte más violenta de la crisis, cuestiona la pretendida “normalidad” que vive Masaya. Su iglesia está ubicada sobre la conocida calle del “comercio”, que culmina en el mercado donde intenta vender sus frutas recién cortadas Rosa Argentina Nicaragua. El sacerdote hace las comparaciones del antes y después de Masaya con el tráfico que ya no se amontona sobre la calzada.

“El comercio está caído. Los bancos tienen pocos clientes. Hay muchas casas destruidas, es como un pueblo fantasma después de las siete u ocho de la noche. Los parques están llenos de antimotines con AK-47. Muchas personas que vienen a confesarse me cuentan que están sin trabajo”, describe Román. Pese a lo que cuenta, su templo y sus misas siempre están abarrotados. En tiempos de incertidumbre, Román es como un pastor que se mantiene incólume en medio del temblor; los fieles buscan su consejo y su abrazo. El WhatsApp del cura está desbordado de creyentes que afirman orar por él. Entre esos mensajes vienen las amenazas. Pero según este párroco, él no tiene miedo.