Agnese Marra, desde San Pablo

 ctxt, 26-9-2018

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No se ponen de acuerdo para pronunciar su nombre. Andrade, Rada, Hadá repiten los que llegan más cerca. En Caetés (Bahía, nordeste de Brasil), el pueblo en el que nació Lula da Silva, un árido sertao con aires de far west, Fernando Haddad –el elegido por el expresidente como su sustituto para disputar las elecciones de octubre– es un completo desconocido.

También lo es para el 37% de los brasileños. Pocos se acuerdan de que fue ministro de Educación en el último gobierno Lula y en el primero de Dilma Rousseff. Que gobernó la ciudad de São Paulo y que salió en las páginas del New York Times como el “alcalde innovador de América Latina”. Este profesor de Teoría Política, de 55 años, origen libanés, de madre maestra y padre comerciante, llegó como un extraño a este páramo nordestino, conocido como la cuna del lulismo.

Lula da Silva tenía la estrategia perfectamente calculada. Antes de su entrada en prisión el pasado 7 de abril, condenado a doce años y un mes de cárcel por corrupción pasiva y lavado de dinero, había anunciado su candidatura a la presidencia. Si la justicia no estaba de su parte decretando sentencias polémicas –juristas nacionales e internacionales denuncian la falta de pruebas– y apresuradas –los jueces adelantaron los tiempos burocráticos habituales en estos casos–, las encuestas sí que lo estaban. A finales de agosto tenía el 39% de la intención de voto y se perfilaba como el claro favorito para vencer los comicios.

De cara a la galería su discurso era el de un firme candidato. Su equipo de abogados presentó una decena de recursos ante diversas instancias para mantener sus derechos políticos intactos. Tan solo una sentencia del Comité de Derechos Humanos de la ONU dio una respuesta positiva y exigió a Brasil que permitieran que el expresidente participara de las elecciones. Pero la decisión de la ONU, no vinculante, fue desoída por la justicia brasileña e Itamaraty (Ministerio de Exteriores de Brasil) salió a defender su soberanía nacional.

Entre bambalinas, sus más allegados reconocen que el expresidente era consciente de que la Ley de la Ficha Limpia –aprobada en el gobierno Lula, que prohibe que un condenado en segunda instancia se presente como candidato– le obligaría a pasar el testigo y renunciar a la carrera presidencial. Desde su celda de quince metros cuadrados en la cuarta planta de la Delegación de la Policía Federal de Curitiba, se dedicó a manejar los tiempos como si de un Kasparov se tratase. Su objetivo final era la transferencia de votos. Mantener vivo su nombre el máximo posible, y en el último minuto convencer al electorado de votar por su sustituto.

Lula esperó a que se cumpliera la fecha límite para inscribir su candidatura en el Tribunal Superior Electoral (TSE) de Brasilia. Y lo hizo a lo grande. El entonces elegido como socio para la vicepresidencia, Fernando Haddad, fue junto a la presidenta del PT, Gleisi Hofman, quienes el pasado 15 de agosto hicieron de un trámite común todo un festejo. En la Plaza de los Tres Poderes de la capital, más de 30.000 afiliados ondeaban sus banderas rojas y gritaban “Lula libre”. A esas alturas era un secreto a voces que Haddad sería el único candidato factible, pero dentro del PT nadie se atrevía a decirlo. En la guerra de símbolos el expresidente se anotaba un nuevo tanto, mientras su futuro sustituto repetía como un mantra: “Vamos a demostrar que Lula es inocente. Él será de nuevo nuestro presidente”.

El próximo paso le tocaba al Tribunal Superior Electoral. La justicia se la jugaba de nuevo al exmetalúrgico de San Bernardo y adelantaba al 31 de agosto los plazos previstos para juzgar su candidatura. Pero desde su celda de Curitiba el Kasparov brasileño movía de nuevo. La orden se dictaba en forma de destino: Caetés. Fernando Haddad debía partir de inmediato y dar el pistoletazo de salida de campaña en el pueblo de Lula da Silva. Todo cuadraba. El mismo 31 de agosto en el que el TSE debatía durante más de nueve horas si Lula podría ser o no el candidato, Andrade, Rada, Hadá, se daba su primer baño de masas en el Nordeste. Nadie sabía su nombre. Tampoco hacía falta: era el enviado de Lula.

Al final del día el TSE confirmaba que el nordestino tendría que renunciar a la candidatura, y tal y como estaba planeado, el Partido de los Trabajadores lanzaba en la cuna del lulismo uno de esos eslóganes que lo explican todo:

El enemigo en casa

Haddad IILa suplantación no es sencilla cuando el hombre a imitar es uno de los políticos más queridos de América Latina. Se complica más cuando el que le sustituye no es muy ducho en interpretación. “Le falta naturalidad, es muy distante, y tiene un tono profesoral”, le decía Olga Curado -una de las mejores preparadoras de candidatos- a la revista brasileña Época.

El sucesor elegido por Lula da Silva es ante todo un gestor, un técnico, poco dado a las pleitesías y alejado de cualquier populismo. Olga Curado es la encargada de ayudarle a ganarse, antes que el voto, el cariño de la gente. Conseguir que este profesor universitario, que reconoce que prefiere estar en la sala de aula antes que en la calle haciendo campaña, se convierta en “un candidato popular”.

Fernando Haddad se licenció en Derecho por la Universidad de São Paulo (USP), un centro público con una de las pruebas de acceso más difíciles del país. Entrar en esta facultad es una seña de estatus: o se es muy inteligente, o lo suficientemente rico para estudiar en una escuela privada que te prepare para acceder a la universidad pública. El candidato responde al primer criterio.

Haddad nació en una familia de clase media paulista, sacó adelante su carrera mientras trabajaba en la tienda de su padre. Tiene una maestría en Economía y para rematar un curriculum brillante, un doctorado en Filosofía. Todo por la Universidad de São Paulo. “Algunos me acusan de ser un intelectual, como si eso fuera algo malo”, decía el candidato en una entrevista en la televisión Globo. Y sí, su curriculum universitario le hace una rara avis en las bases del PT que consideran que un perfil obrero sería más útil para conseguir el apoyo del pueblo.

Sus treinta y cinco años afiliado al PT no han evitado que algunos de sus principales enemigos estén dentro de su agrupación. Hasta hace seis meses el candidato pertenecía a Mesangem ao partido, una corriente minoritaria y crítica de la sigla. Pero con Lula en la cárcel, Haddad se unió al Construindo um Novo Brasil, el movimiento mayoritario, fiel a los mandatos lulistas. El cambio de bando no ha servido para que le dejen de ver como sospechoso. Al igual que sucedió con Dilma Rousseff, el nuevo elegido, no tiene el beneplácito del partido. Demasiado intelectual, un petista light, muy elitista, dicen sus críticos.

Pero lo que algunos ven como defectos, Lula da Silva lo entiende como virtudes. Un perfil joven, renovador, limpio de escándalos de corrupción, e indiscutiblemente inteligente, fueron las características que atrajeron al ex presidente, quien no dudó en auparle dentro del partido. Primero como ministro de Educación (2006-2012). Después como alcalde de São Paulo (2013-2017).

En ambos puestos se ganó la fama de buen gestor, de político eficiente, serio. Como ministro de Educación creó el programa Universidades para todos. Construyó 126 campus universitarios federales, 214 escuelas técnicas, 587 polos de educación a distancia. Durante su mandato el número de licenciados aumentó un 195%. Al dejar el ministerio para presentarse a la alcaldía de São Paulo -una vez más a pedido de Lula-, el Banco Mundial señaló que Brasil había sido el país que más había avanzado en aumento de la escolaridad.

Con Lula de la mano, consiguió en 2012 que el PT recuperara después de ocho años la alcaldía de São Paulo, la metrópoli financiera donde nació el petismo y también donde más lo aborrecen. En su gobierno conquistó a los jóvenes de izquierda gracias a sus apuestas por la reapropiación cultural del espacio público, la creación de ciclovías, y de carriles exclusivos para autobuses. Se ganó el cariño de las clases medias de izquierda y de centro, pero creó más enemigos dentro de su partido. Esta vez  acusado de preocuparse apenas por los problemas del centro de la ciudad y dejar de lado a las periferias. Razón en este caso, no les faltaba.

Como alcalde le tocaron tiempos difíciles. A los pocos meses de aterrizar en el ayuntamiento tuvo que lidiar con las manifestaciones de junio de 2013 -una suerte de 15M aún por explicar- que comenzaron precisamente por el aumento de la tarifa del autobús que él mismo decretó. Después vendría el segundo gobierno Rousseff, las amenazas de impeachment, y un antipetismo recalcitrante que salpicó de lleno al alcalde. En 2016 se presentó sin ganas a la reelección y ni siquiera consiguió pasar al segundo turno.

Desde entonces el ex alcalde se mantuvo al margen del partido, muy crítico con la gestión económica del gobierno Rousseff, y alejado de la política. Fue la prisión de su mentor la que provocó que este año se volviera a poner a disposición de la sigla. El ex presidente tomó su mano y le pasó el testigo: “Lula es Haddad. Haddad es Lula”.