Soledad Castro Lazaroff

 Brecha, 28-9-2018

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Vivía en Buenos Aires, era el año 2012. Estaba cenando en la casa de una amiga muy cercana, con su hijo de 7 años revoloteándome alrededor. De pronto, me habló entusiasmado: “Tía, mañana es el casamiento de Clara y Ofelia, la vamos a pasar bomba, ¿querés venir?”. Me impresionó la naturalidad de su sonrisa. El día anterior, cuando su mamá le contó que dos de sus amigas iban a casarse, Felipito la miró con curiosidad y le preguntó: “¿Dos mujeres, mamá?”. Ella le iba a responder, pero él no la dejó: “Ah, claro, ya entendí, es como vos decís siempre: lo único que importa es el amor”.

Hoy Clara y Ofelia tienen una hija preciosa que se llama Alicia. Por esas casualidades de la vida, Ofelia y yo terminamos trabajando en la misma escuela: yo daba clases de inglés y ella de música. Viví a su lado todo el proceso: la búsqueda de un donante, el embarazo de su esposa, el nacimiento. Un día, en la sala de maestros, Ofelia se puso a contar sobre cómo iban a hacer para que su hija no las confundiera: a una le iba a decir mami y a la otra mamá. Recuerdo la ilusión encendida en sus ojos negros de morocha tucumana; la carcajada nerviosa, su cuerpo tembloroso por la felicidad. Y también recuerdo sentir vergüenza por enésima vez, por volver a no tener ni idea de qué decirle, de qué contestarle cuando me hablaba de sus alegrías o de sus problemas, por lo increíblemente nuevo que era para mí estar cerca de una maternidad como la suya.

Este año me vine a vivir a Montevideo, y Clara vino a visitarme. Entramos a una librería muy bonita del Parque Rodó a buscar un libro de regalo para su hijita. Es una librería muy grande, con una gran sección de literatura infantil. Nos acercamos al mostrador. Clara preguntó a la vendedora si tenía algún libro sobre maternidades diversas o sobre homoparentalidades, que estuviera pensado para chicos. “¿Qué?”, le contestó la vendedora con desconcierto, con asco, como si le hubiera preguntado algo evidentemente ridículo. Empezó a reírse con una risa aguda, forzada. El silencio de la librería se volvió espeso, como si hubiera algo venenoso en el aire. La muchacha no nos habló más; se dio vuelta, se puso a hablar con la otra vendedora y tuvimos que irnos, sin más respuesta.

Clara me cuenta que le cuesta tremendamente encontrar libros sobre maternidades diversas para su hija, o dibujitos, o canciones. En todas las historias los niños y las niñas tienen mamá y papá, o si tienen dos mamás, el cuento trata exclusivamente sobre eso, sobre lo buena e importante que es la diversidad, y cómo hay que aceptarla. No hay cuentos donde haya niñas con dos mamás a las que les pase cualquier cosa, como salir a la calle y encontrarse con un gato que habla o con una bruja malvada, o tener que ordenar el cuarto y lavarse los dientes. Las niñas a las que les pasan esas cosas tienen, en la literatura, una mamá y un papá, aunque Alicia ordena el cuarto y se lava los dientes todos los días.

Clara, Ofelia y Alicia viven en un barrio tranquilo de Buenos Aires, pero igual saben a qué comercios ir y a cuáles no. En la verdulería de la esquina las miran raro y les hacen chistes, así que mejor la evitan. En el quiosquito de la otra cuadra, en cambio, les regalan caramelos. La quiosquera tiene una especie de fascinación con ellas, y la saben aprovechar. Hay otras personas homosexuales que no viven en barrios tan tranquilos. Como Joe Lemonge, un varón trans de Entre Ríos a quien sus vecinos le decían una y otra vez, por la calle y por teléfono, y en la puerta de su casa, que a la gente como él hay que matarla. Los violentaron tanto a él y a su mamá que un día, para defenderse, le pegó un tiro a uno de sus agresores. No lo mató, e incluso se sabe que la vida de su agresor no corrió riesgo, pero aun así la justicia decidió condenar a Joe a cinco años de prisión. Cuando leyeron su sentencia usaron su nombre de mujer, porque la justicia no consideró su derecho a modificar su identidad, por más que la ley de identidad de género, que permite que las personas se inscriban con el género que decidan, existe en Argentina desde 2012, el mismo año en que Felipe, de 7 años, sorprendía a su mamá diciéndole que ya sabía que lo único que importa es el amor.

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En las salas de maestros que habito en Montevideo no hay ninguna madre que tenga esposa. O, al menos, no conozco a ninguna. Todas las noticias de bebés vienen acompañadas por una idea heterosexual: varón y mujer adultos, ella con una gran panza o, apenas después del nacimiento, con el bebé en brazos. Mis alumnos de Montevideo, de 7 años, me preguntan si tengo hijos. Les contesto que no. Me miran raro, como si no entendieran. “¿Pero vas a tener?”, me pregunta, intrigada, una niña. Miro sus ojos redondos color aceituna que están ansiosos, casi asustados. “No”, contesto tranquila, y la abrazo. Su desconcierto me da una ternura infinita.

En los libros de inglés de mis alumnos blancos de clase media montevideana no hay familias homoparentales. En el libro que usamos en clase, que viene de Oxford y está pensado para dar clase a niños de esa edad, el vocabulario se enseña así: family, mum, dad, brother, sister, dog. Pero como no puedo dejar de pensar en Alicia, les dibujo en el pizarrón todas las opciones: mum and mum, dad and dad, mum and dad, mum or dad, solos. Temo por la reacción de los padres y de las madres reales, que hablarán con sus hijos a la hora de la cena, sin ver la naturalidad con que tratamos el tema en la clase. Pero al otro día voy a la escuela y nadie dice nada, no hay cartas de quejas ni llamados indignados. Respiro. Igual estoy amparada por la ley, pienso. Me pregunto si Joe Lemonge habrá tenido clases de inglés cuando era chico.

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Felipe ahora es un preadolescente. Asume la diversidad como un derecho y usa el pañuelo verde atado en la mochila. Tiene 12 años, la misma edad de mi sobrina Cecilia, que vive en Maldonado, y también está interesada en la militancia feminista. El 8 de marzo me mandó por celular una foto con una cinta violeta en la muñeca y un poema que habla de la belleza de las mujeres fuertes. “Igual está escrito por un varón, tía, pero me pareció que estaba bueno.” La otra vez íbamos caminando por su barrio de Maldonado y nos gritaron algo por la calle. Le contesté fuerte al tipo, con una puteada. Cecilia me miró con pánico, con sus ojos redondos color aceituna, tan otros, tan los mismos. Su desconcierto dio paso a un sermón: tu cuerpo es tuyo, que es tu derecho, que nadie puede, que vos podés. Lo que no le dije es que veo florecer su belleza y no puedo evitar sentir terror, y aunque me preocupo muy bien de que no se me note, de que nunca se me note, sé que por algún lado se me nota. Menos, cada vez menos, pero ellas también aprenden a tener miedo de sus cuerpos, como nosotras lo aprendimos. Qué vamos a hacer.

Alicia, Felipe y Cecilia viven en un tiempo futuro, un tiempo otro con el que convivimos, pero que algunas personas deciden no entender, y recurren por eso a la violencia. Es que la diversidad es, ante todo, asumir el problema: todos somos diferentes. Habitar el conflicto es dejar entrar al otro; es retirarse, hacer lugar, compartir el territorio. Saber que no hay certezas ni varas de medida infalibles. Le escribo a Clara y le cuento que voy a escribir este texto; le pido permiso para contar su historia. “No pongas apellidos”, me pide enseguida, y me sorprende. Una vez más registro cómo su posición difiere de la mía, y que, incluso en estos tiempos tan diversos, no está bueno exponer su identidad así como así. “Claro, amiga”, contesto. Y me siento a escribir.