Leila Al-Shami *

 Flores en Daraya, 4-9-2018

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Traducción de Elena Cal – Flores en Daraya

El régimen sirio está decidido a reconquistar todo el territorio que ha perdido. Ayudado por los bombarderos rusos y las tropas iraníes y envalentonado por su éxito en aterrorizar a las poblaciones de Guta y Daraa a someterse, el gobierno del presidente Bashar al-Assad se prepara ahora para atacar Idlib, la última provincia que queda fuera de su control. Idlib es hogar de unos tres millones de personas, la mitad de ellas desplazadas, o evacuadas por la fuerza, a la provincia desde otros lugares. Muchas están hacinadas en campamentos insalubres o durmiendo al aire libre.

En los últimos días, las tropas del régimen se han concentrado en la frontera de Idlib y se han arrojado octavillas en áreas residenciales pidiendo a la población siria que acepte la “reconciliación” o asuma las consecuencias. Mientras tanto, Rusia ha estado enviando refuerzos a su base naval en Tartus.

La troika siria, Rusia, Irán y Turquía, designó a Idlib como una “zona de desescalamiento” el año pasado. Pero lo que allí ocurra próximamente podría socavar el acuerdo hasta ahora mutuamente beneficioso entre los tres países.

La desescalada en Idlib sirve genuinamente a los intereses de Turquía: mantiene tanto a la población kurda siria como al régimen de Assad lejos de la frontera, preserva la relevancia de Turquía para un acuerdo a largo plazo y alberga a los sirios que de otra manera intentarían unirse a los 3.5 millones de refugiados ya en Turquía. Turquía ha demostrado su compromiso estableciendo puestos de observación en toda la provincia e instaurando el Frente de Liberación Nacional, una amalgama del Ejército Libre y milicias islamistas que siguen las órdenes turcas. Rusia e Irán, por otro lado, siempre han visto las zonas de desescalamiento como tácticas y temporales. Del mismo modo que Daraa y Guta fueron abandonados, (esperan que) Idlib vuelva al control de Assad.

El régimen sirio y sus aliados justifican su inminente ataque a Idlib diciendo que quieren erradicar yihadistas. Hay’at Tahrir Al Sham, liderado por el Frente Nusra vinculado con Al Qaeda, domina alrededor del 60 por ciento de la provincia y se estima que tiene unos 10.000 combatientes, según el enviado especial de las Naciones Unidas a Siria, Staffan de Mistura. Las repetidas descripciones de Idlib como un “semillero terrorista” apoyan la narrativa del régimen de que toda oposición a su gobierno se compone en grupos terroristas; también absuelve a la comunidad internacional de cualquier responsabilidad de proteger a los civiles.

Pero esta caracterización de la provincia es inexacta. La gente de Idlib ha estado a la vanguardia de la lucha contra Hay’at Tahrir Al Sham (HTS) desde la liberación de Idlib del régimen, parcialmente en 2012 y luego completamente en 2015, y gran parte de la ciudadanía ha trabajado para construir una sociedad libre que reflejara los valores de la revolución. Según investigadores, se han establecido más de 150 consejos locales para administrar servicios básicos en la provincia y muchos han celebrado las primeras elecciones libres en décadas. La sociedad civil reprimida durante mucho tiempo fue testigo de un renacimiento. Se crearon medios noticiosos independientes, como la popular Radio Fresh, para desafiar el monopolio del régimen sobre la información. Se expandieron los centros de mujeres permitiéndoles participar en la política y la economía.

HTS ha amenazado estos logros duramente ganados. El grupo ha tratado de integrarse dentro de la población local. Desde la caída de Alepo en 2016, HTS ha intensificado los intentos de imponer su ideología al hacerse cargo de las instituciones locales y establecer tribunales de la Sharia. Ha sido despiadado con los que consideraba sus oponentes. En diciembre, arrestó a cuatro prominentes activistas desplazados a Idlib desde Madaya, aparentemente acusados ​​de “trabajo en medios de comunicación contra HTS”. Raed Fares, uno de los fundadores de Radio Fresh, sobrevivió a un intento de asesinato, al igual que Ghalya Rahal, quien estableció la Organización Mazaya, que administra ocho centros para mujeres. La lucha entre HTS y otros grupos rebeldes ha dejado muertos a muchos civiles y una avalancha de asesinatos y secuestros con petición de rescate han dejado a la población local temerosa y enojada.

Los sirios no arriesgaron sus vidas y se rebelaron contra la dictadura de Assad para reemplazarla por otra. Muchos consejos locales emitieron declaraciones en las que rechazaban la autoridad de HTS en el gobierno local o declaraban su neutralidad en los combates entre grupos rebeldes. Cientos de activistas locales coordinaron la oposición al control de HTS y pidieron la desmilitarización de sus comunidades a través de campañas en los medios y manifestaciones públicas. Valientemente, reemplazaron la bandera yihadista negra con la bandera de la revolución. En abril, el personal médico se manifestó contra las luchas internas y el secuestro. Las mujeres se organizaron contra los edictos discriminatorios de HTS, tales como la imposición de estrictos códigos de vestimenta y la necesidad de que las viudas vivan con un familiar cercano varón.

La reconquista por parte del régimen de Guta, Daraa y otras áreas ha estado acompañada de graves violaciones de los derechos humanos. Ha habido oleadas de arrestos de quienes eran considerados disidentes. Los hombres han sido reclutados por la fuerza en el ejército del régimen. Muchos han sido obligados a firmar documentos de que no participarían en protestas o actividades contrarias al régimen y se les ha presionado para que presenten información sobre grupos rebeldes. Periodistas, trabajadores humanitarios y activistas de la oposición viven con el temor de ser atacados.

La reconquista de Idlib conduciría sin duda a las mismas consecuencias. El activismo civil que opera a plena luz sería aplastado y los experimentos democráticos prometedores serían erradicados, dejando que los extremistas prosperen en la oscuridad.

Si bien una sociedad civil fuerte es uno de los mejores defensores contra la propagación del extremismo, las campañas de bombardeo y el terror estatal pueden aumentar el atractivo popular de los grupos yihadistas. Sin embargo, hoy en día, los principales donantes de la sociedad civil siria, como Estados Unidos y Gran Bretaña, están retirando fondos a las organizaciones sirias en Idlib por temor a que caigan en manos de terroristas. Dada la enormidad de la crisis humanitaria que muy probablemente tendrá lugar, es probable que la retirada de la asistencia que tanto se necesita agrave aún más el sufrimiento de la población.

Lo peor de todo es que existe un creciente consenso internacional de que el régimen es la mejor solución para la devastación que ha provocado. La comunidad internacional ahora está cambiando su enfoque hacia la reconstrucción, rehabilitando al régimen al recompensar a los responsables de la devastación del país y presionando a la población refugiada para que regrese a un país donde su seguridad está lejos de estar asegurada.

La gente de Idlib es consciente de que probablemente serán abandonados a un destino similar al de sus compatriotas en Daraa y Guta. Y crece la ira ante la traición de las supuestas fuerzas democráticas, ya profundamente enraizada. Los residentes entienden que quienes favorecen la “estabilidad” a cualquier precio perciben su continua resistencia como un inconveniente. Pero la vuelta al control del régimen en Idlib no conducirá a la paz y mucho menos a la estabilidad. Erradicará la alternativa democrática a la tiranía, dejando a los yihadistas, que prosperan con la violencia, la opresión y la ocupación extranjera, como los últimos hombres en pie, para constituir una amenaza a largo plazo para la región y el mundo.

* Leila Al-Shami (@LeilaShami) es coautora de “País en llamas: los sirios en la revolución y en la guerra” (Burning Country: Syrians in Revolution and War). Publicación original en inglés en The New York Times.