Manuel Aguilar Mora *

Ciudad de México, 29-8-2018

Una de las consecuencias principales de las elecciones del 1° de julio es la derrota aplastante del PRI (Partido Revolucionario Institucional), una derrota que representa su muerte como factor político relevante del escenario político. Ha quedado arrinconado como la quinta fuerza en la Cámara de diputados, careciendo de los inmensos recursos financieros y gubernamentales de que disfrutó durante casi un siglo de dominio de la política nacional. Murió el imperio del PRI. Esta evidencia ha sacudido como un terremoto político la historia de los días memorables que estamos viviendo. Precisamente Peña Nieto, quien pasará a la historia como el último presidente priista, se vio obligado a reconocer este hecho al declarar que el PRI “debe cambiar de nombre y apellido” para superar “el estigma” que lo ha llevado a su ruina actual. (Entrevista con La Jornada, 24.08.2018).

Pero hay muchos que se preguntan, al apreciar la avasalladora victoria de Morena (Movimiento de Regeneración Nacional), si con ella de hecho ha vuelto la política del “carro completo”, si no estamos presenciando la resurrección del PRI. Y no se trata de un mero argumento retórico cuando se constata cómo a menos de dos meses del triunfo del 1° de julio tantos expriistas y con ellos expanistas, experredistas e incluso partidos completos se unen al carro victorioso conducido por Andrés Manuel López Obrador (AMLO). Por tanto es bueno, para señalar los cambios habidos, hacer un breve recuento de lo que Morena tiene de parecido y de lo que tiene de diferencia con el PRI. Lo primero que debemos constatar es que Morena, como el PRI, el PAN (Partido Acción Nacional) y el PRD (Partido de la Revolución Democrática) es un partido de la clase burguesa dominante, sujeto a los mecanismos del estado capitalista del que se nutre y del cual es hoy su instrumento más importante, para no hablar de los partiditos que sólo han sido acompañantes de segundo o tercer término de los principales. Morena es un partido burgués al que la clase dominante ha debido conceder la primacía ante el desgaste, el desprestigio y la ineficacia de los dos instrumentos partidarios principales, los hegemónicos desde hace 30 años, el PRI y el PAN, el PRIAN como lo bautizó vox populi, cuyo liderazgo provocó un hartazgo que podía correr el peligro de producir un estallido incontrolable. Precisamente ha sido el castigo al PRIAN en las elecciones de julio pasado, castigo especialmente resentido por el PRI, una de las expresiones más importantes de la protesta popular que significaron en gran medida los más de 32 millones de votos recibidos por AMLO.

La transición del PRIAN

El grupo en el poder en los años 90’s del siglo pasado decidió “renovar” el imperio del PRI con una caricatura de democracia burguesa que significó la llegada de Vicente Fox, el primer presidente panista a la presidencia, al cual siguió Felipe Calderón, el segundo presidente panista. Los gobiernos de ambos panistas fueron un completo desastre. La restauración del PRI, con la presidencia de Peña Nieto, prometía darle un nuevo aire a la “tercera generación de las reformas estructurales” capitalistas, pero la corrupción, la represión y la llana torpeza del priismo restaurado se derrumbó en el sexenio peñista.

AMLO es un político forjado en la tradición prevaleciente durante el siglo XX en México, la política del “nacionalismo revolucionario”, ideología surgida como consecuencia del triunfo de los grupos burgueses medios y plebeyos de la revolución mexicana, de los cuales se nutrió y creció la actual burguesía nacional dominante. El antecedente directo del PRI, fundado en 1929, se llamó precisamente Partido Nacional Revolucionario. Durante su largo imperio, el PRI acabó por desteñir sus orígenes y en los años 80’s se convirtió por completo en un partido promotor de las (contra)reformas neoliberales.

Fueron los gobiernos de De la Madrid y Salinas los que provocaron la ruptura más importante del PRI, de la cual surgió PRD como una organización reivindicadora del “nacionalismo revolucionario” que había abandonado el PRI. AMLO, junto con Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo y otros más, fueron miembros y dirigentes principales del PRD. Pero ya los años 80’s y 90’s no eran los años para el auge del “nacionalismo revolucionario”, sino de la salvaje integración capitalista bajo los cánones neoliberales. El PRD acabó por desteñir su vocación “nacionalista” y terminó en las ruinas en las que se encuentra actualmente, mucho más golpeado que el PAN y el PRI. Esa es la situación que explica por qué AMLO, con Morena, logra emerger como alternativa al rescate de un grupo dominante en profunda crisis por el desastre del peñismo, la última expresión del neoliberalismo.

Objetivos burgueses y conquistas populares

Morena es otro proyecto que surge de esa debacle del “nacionalismo revolucionario” en México que la clase dominante no ha podido sustituir por completo con la cruda ideología proveniente de las metrópolis imperialistas, por la simple razón de que la sociedad mexicana difícilmente se adecúa a los patrones neoliberales capitalistas prevalecientes. Pero tampoco Morena es ya un partido bien estructurado como lo fue el PRI. Está constituido como “movimiento” y se enfrentará a retos que seguramente, dada su informalidad política e ideológica, lo dividirán irremisiblemente al estar atravesado por corrientes contradictorias que pueden convertirse en antagónicas. El único común denominador es su líder.

La inclinación autoritaria de AMLO, bastante conocida, es también el fundamento que respalda su perseverancia y firmeza de propósito. Es la vocación del bonaparte.

La tradición del bonapartismo en México fue determinante en la política mexicana en gran parte del siglo pasado. El PRI-gobierno culminó sus años de auge en las décadas de los años 40’s a los 60’s con la instauración de un bonapartismo estructural, en el cual los líderes presidenciales sacaban su fuerza y magnetismo de la función (burocrática) más que del carisma (personal). Y en estos días que se conmemora el 50 aniversario del Movimiento estudiantil-popular del ’68, el recuerdo de Díaz Ordaz, un personaje tan siniestro y poco carismático como fue, sólo se explica (con su autoridad omnipotente) por la función central que desempeñaba en el sistema político en su conjunto, cuya fortaleza era evidente y determinante en esos años.

Pero la pregunta que surge de inmediato es: ¿la burguesía está dispuesta a reeditar un nuevo bonapartismo? En 2018 existe ya una burguesía industrial-financiera en México, para no hablar de la penetración del capital imperialista en sus diferentes facetas, que tiene un papel clave en la economía, factores que no existían cuando surgió el bonapartismo de orígenes revolucionarios en los años 20’s y 30’s del siglo pasado. Por el momento, es evidente que la estrategia de los capitalistas es hacer de AMLO su representante central.

Pero tampoco la situación de los trabajadores y en general de los sectores oprimidos y explotados es la misma que existía hace cien o incluso hace cincuenta años. Precisamente las elecciones del pasado 1° de julio mostraron un pueblo mexicano mucho más maduro que los acarreados de las elecciones fraudulentas características del auge priista. El alud de millones de votos que sepultó a los dos partidos de la derecha cruda y descarada es una conquista de amplísimos sectores populares que buscan una alternativa y que todavía no han podido forjar su representación independiente.

Lucha de clases y caudillismo

Los días que vienen serán decisivos. Para millones de trabajadores y sectores populares en general, los resultados del 1° de julio representan su victoria, de la cual esperan mucho: un cambio drástico de la situación prevaleciente de austeridad y represión. Más de lo mismo no sólo será decepcionante para ellos, será insoportable. Ciertamente, al cumplirse los primeros dos meses de la victoria del 1° de julio, las señales enviadas por el presidente electo que prácticamente ha comenzado a gobernar ya, no son tan contundentes como anunciaban las promesas electorales. AMLO ha declarado que el ejército seguirá en las calles combatiendo a la delincuencia como en los sexenios pasados, la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México no será suspendida sino sometida a una “consulta popular” en octubre (sobre la cual no se sabe todavía sus condiciones). Los colaboradores escogidos siguen siendo viejos políticos tradicionales y todavía no se ha dado una respuesta tajante y contundente a cómo se va a financiar el rosario de promesas de todo género que AMLO hizo en los renglones educativo, de becas, de pensiones y ayudas, medios de comunicación, etc., etc. Se trata de un presupuesto que debe crecer en cientos de millones de pesos y todo ello sin que aumente un peso los impuestos, sin rasguñar siquiera la arcaica y del todo favorable a los capitalistas política fiscal actual, confiando sólo en una lucha contra la corrupción cuyas cifras no cuadran ni de lejos con los recursos financieros requeridos para solventar las demandas más urgentes de la población que ha llevado, con sus votos, a AMLO a la presidencia de la República.

Morena no es ni mucho menos la resurrección de un PRI, el cual de hecho está arrinconado lamiendo sus heridas que lo han colocado en un puesto irrelevante. El “carro completo” de Morena que recorrió todo el país, con la excepción del estado de Guanajuato, no representa a un “nuevo priismo”. Es un movimiento heterogéneo cuyo destino se está forjando todavía y cuyo único factor sólido, en la medida que las circunstancias lo permiten, es su líder.

Más que nunca la política de reivindicaciones de los trabajadores y sus aliados va a depender de la lucha real, de clases, en las calles, en las fábricas, en los barrios, en los campos, en las escuelas y universidades. Más que nunca las tendencias antidemocráticas y los elementos bonapartistas chocarán con los impulsos libertarios y emancipadores que se anuncian en estos días plenos de potencialidades emancipatorias y libertarias que son los actuales.

* Dirigente de la Liga de Unidad Socialista (LUS).