Eric Aunoble

A l´encontre, 15-8-2018, http://alencontre.org/

Traducción de

Traducción: Faustino Eguberri – Viento Sur, https://www.vientosur.info/

Seguramente, el nombre de Moshe Lewin no es desconocido para las y los lectores de los CMO (Cahiers du mouvement ouvrier). Su “Último combate de Lenin” (1967) gustó a quienes se negaban a ver en Stalin el continuador de Lenin. Demostrando que este último intentaba llevar a cabo una verdadera guerra contra el chauvinismo gran ruso puesto en práctica en Georgia por el secretario general del partido, Lewin confirmaba las afirmaciones, durante mucho tiempo no verificables, de Trotsky. Por otra parte, este historiador muerto en 2010 fue uno de los iniciadores y de los mejores representantes de la llamada corriente revisionista de la historia soviética: contra la escuela totalitaria que describe el régimen soviético como una partitocracia y una ideocracia intangible del 7 de noviembre de 1917 al 25 de diciembre de 1991, mostró que existía, sin duda alguna, una sociedad en la URSS cuyos diferentes estratos encontraban la forma de expresarse y actuar a pesar y contra el tabú impuesta por el poder  1/.

Moshe Lewin desarrolló sus puntos de vista en dos libros publicados en francés, “La formation du système soviétique” (Gallimard, 1987), consagrado esencialmente a la cuestión campesina y “Le Siècle soviétique” (Fayard/Le Monde Diplomatique, 2003)  2/, obra cumbre que contiene muy bellas páginas entre otros asuntos sobre los campos, el aparato estatal o la burocracia. Sin embargo, esos libros no abordaban nunca el período revolucionario, lo que deformaba de facto la perspectiva para comprender el régimen. Se presentaba a la sociedad soviética como un sistema específico, ni capitalista ni socialista, cuyas contradicciones parecían finalmente más funcionales que sociales. Y si se defendía a Lenin, era más como un sabio hombre de Estado progresista que como un revolucionario. En suma, las luchas de clases y las luchas políticas en la URSS eran las que pagaban un poco las consecuencias del análisis histórico  3/.

Gracias a Denis Paillard, que tradujo y publicó para la coedición de Syllepses y Page2 textos hasta ahora inéditos, es posible hacerse una imagen más precisa del historiador y comprender mejor su trabajo. “Les Sentiers du passé” reúne textos autobiográficos (a veces redundantes), de los que se desprende “Mon itinéraire”, transcripción de la apasionante conferencia que Moshe Lewin dio en la Biblioteca de documentación internacional contemporánea de Nanterre en 2002.

Lewin creció en Vilno entre 1918 y 1939, cuando la ciudad era polaca. El régimen fundado por Pilsudki le vacunó precozmente contra las seducciones del nacionalismo y las ilusiones sobre el alcance de la democracia electoral. Además, el antisemitismo omnipresente le administró “lecciones de historia más bien duras” (p. 55). Militante en el Hashomer Hatzair, movimiento de juventud marxista “situado en la extrema izquierda del movimiento sionista” (p. 52), el joven Moshe lee a Malraux, Céline y Marx. Él mismo lo comenta: este “compromiso político (…), muy intenso y estimulante, me permitió adquirir ciertas herramientas y costumbres que hacen que se llegue, a veces intuitivamente, a interpretar el curso de los acontecimientos, la dirección que toman” (p. 56).

Tras la sovietización de Vilno, estas capacidades de análisis y de supervivencia fueron puestas a prueba a partir de junio de 1941, cuando se produjo el ataque nazi. Con otro camarada, Moshe Lewin parte a pie hacia el Este. Soldados soviéticos en retirada les hacen subir a un camión contra las órdenes de su oficial: “Nos dieron 200 km de ventaja sobre los motoristas alemanes -¡y la vida!” (P. 57). En efecto, todas las personas allegadas y camaradas de Moshe Lewin que se quedaron fueron asesinados por los nazis. Con 20 años trabaja para su nueva patria en koljoses en los que aún reina el orden patriarcal del mir o en una fundición cuyo equipamiento databa de antes de 1917. Esta experiencia de la Unión Soviética, en medio del pueblo, no tiene nada de idílico (allí también el antisemitismo puede hacer estragos), pero le hace conocer una realidad que no tenía nada que ver con los discursos de Stalin o las resoluciones del Politburó.

Queriendo luchar contra los nazis, entra en una escuela de oficiales de la que saldrá en el momento de la victoria. Sin embargo, su ciencia militar le servirá en 1946 cuando, de vuelta a Polonia, participe en unidades autónomas de defensa de la gente judía superviviente contra un populacho que seguía siendo antisemita. Tanto como decir que el nuevo poder popular polaco no defendía el socialismo tal como Lewin lo concebía, ni siquiera un mínimo humanismo. Se exilia por tanto a Francia, y luego a Israel, donde, soldado, denuncia las prácticas del ejército: nueva experiencia política, nueva toma de distancias con quienes transforman un ideal de emancipación en orden estatal.

Este hombre, que se hace estudiante en la Sorbona a los 40 años, en 1961, tiene por tanto todas las razones para enfrentarse al enigma soviético, pero tiene también la experiencia personal y la herramienta teórica para hacerlo.

Los trabajos de Moshe Lewin no se leen de la misma forma cuando se tiene presente su biografía. No porque estos no se basten por sí mismos, sino porque la postura científica adoptada por el autor (la neutralidad axiológica) dificulta la visión de los problemas políticos. Este libro, “Russie/URSS/Rusie (1917-1991)”, recopilación de algunos de sus últimos textos, es una buena sorpresa, ordenándose en gran medida la reflexión en una perspectiva marxista. Esto no hace la lectura del libro más fácil. Lejos de un trabajo de vulgarización, tenemos aquí un pensamiento condensado, alimentado por decenios de debates políticos e historiográficos que Lewin no recuerda sino por alusión. Es mérito de la introducción de Denis Paillard resituar los temas abordados en un marco conceptual trotskysta.

La primera idea-fuerza de Lewin es rechazar la inamovilidad del sistema soviético oponiendo un primer período “que va de la Revolución hasta el fin del poder de Stalin [y que] se caracteriza por una gran inestabilidad” y un “segundo período, inaugurado por Jruschov, [que] es por contraste, razonablemente pacífico y estable” (p.35). Como trasfondo, es la evolución de la “relación agraria” 4/ lo que se juega: la revolución campesina contra los grandes propietarios se tradujo en una arcaización de las relaciones económicas y sociales a la que Stalin respondió por un despotismo agrario, cualquier cosa menos moderno. Lejos de ser omnipotente, el estalinismo es por tanto un sistema “imposible”: “Conmociones profundas, objetivos grandiosos, crisis incesantes: resultaba de ello una enorme presión sobre los dirigentes”. En la fase siguiente, a la que Lewin niega el calificativo de “estalinista”, el “inmovilismo burocrático” no pretende ya tener el control y dirigir una sociedad que se urbaniza rápidamente y ahoga en un marco político superado.

La segunda creencia generalizada a la que Lewin se enfrenta es el carácter socialista de la URSS. Muestra en primer lugar que la ideología oficial cambia absolutamente para concluir bajo Brézhnev en “un sistema partidario del statu quo que, si bien utilizaba algunos términos tomados de los “padres fundadores”, se empleaba ante todo en castrar -de hecho destruir la esencia misma y el contenido del original” (p. 68). En cuanto al socialismo, a fortiori en un solo país, éste no era el objetivo del movimiento revolucionario ruso. Lo que salió de la marmita de la historia no tenía nada que ver con Marx. Era un sistema que “compartía con [el capitalismo] el hecho de que la apropiación se hacía exclusivamente para el beneficio de las élites en el poder. Los mecanismos de esta apropiación eran sin embargo estructuralmente diferentes: no se basaba en la propiedad privada de los medios de producción, y las ventajas personales de los privilegiados del sistema consistían principalmente en bienes de consumo” (p. 72).

Un capítulo central está consagrado a la guerra civil considerada como la matriz de un “sistema que (…) no fue construido metódicamente según algún plan preestablecido. Al contrario, es fruto de improvisaciones bajo la presión permanente de situaciones de urgencia” (p. 98). La victoria de los rojos se explica por el apoyo de clase del que gozaban, pero hay que subrayar también que “es el campo capaz de producir un Estado el que podía tomar a su cargo la reunificación del país y la puesta en pie de un sistema sociopolítico” (p. 104). Para hacerlo, era preciso intentar reutilizar en gran medida las antiguas élites. Las fuerzas revolucionarias de 1917 salen transformadas de esta prueba: “El partido se ha militarizado y se ha vuelto altamente centralizado (…). Sus cuadros han sido desplazados según las necesidades” (p. 118). Las nuevas afiliaciones no descubren el bolchevismo mas que bajo esta forma militarizada y “muchos miembros de la vieja guardia estaban desesperados, superados y rodeados por todas partes por una masa de gente con la que no compartían ni la cultura ni la mentalidad” (p. 120). Más en general, la secuencia se puede resumir mediante la fórmula “arcaización+estatalización”. Así, “se pone en pie lo que va a convertirse en una tradición” (p. 130).

El estudio de las relaciones entre “ego y política” es la ocasión de mostrar el “antibolchevismo creciente de Stalin” (p. 137), construido en la oposición a Trotsky desde la guerra civil y proseguido bajo la máscara del culto a Lenin. El eslogan “los cuadros deciden sobre todo” 5/ muestra finalmente la desaparición de la política en beneficio del ejercicio del poder. Es el equivalente soviético de “el Estado soy yo” de Luis XIV. La “paranoia sistémica” (p.141) de los años 1930 es la respuesta a los cambios radicales provocados por el poder; cambios provocados pero no controlados por él dado que las instituciones han sido “castradas”. Se asiste particularmente a la “liquidación del partido como organización política independiente” (p. 145).

En “Los obreros a la búsqueda de una clase”, Lewin hace una brillante síntesis sobre el proletariado ruso, sobre su papel central y la evolución de su conciencia, no solo antes sino también después de 1917, cuando se desarrolla ya sin capitalistas. La atención prestada a las formas de dirigirse entre la gente (señor, camarada, Vd, tú…) permite una descripción fina de las relaciones sociales y de su estratificación cada vez más desarrollada tras la guerra.

En un “Informe de autopsia”, Moshe Lewin explica la desaparición de la URSS por una centralización extrema que despreciaba los pequeños problemas locales a la vez que cada vez daba menos pruebas de su capacidad de decidir contra su propia pesadez burocrática. Al mismo tiempo, se afirmaba “la preponderancia de lo administrativo sobre lo político en el partido y el sistema”, saldándose con “la desaparición de la política en el partido paralelamente a la desaparición de toda política de planificación en el plan” (p. 191). Esta cuestión del lugar del mercado y de la administración en la economía está discutida en particular a partir de un folleto de Trotsky sobre la NEP. Ni capitalista ni socialista, la economía soviética solo era estatalista.

Una exposición de 1992 sobre el nacionalismo recuerda la fuerza del chauvinismo gran-ruso en el seno del aparato de Estado soviético desde los años 1920 y detalla la existencia de una corriente nacionalista en la cúspide del partido tras Jruschov. Se ve que el marxismo-leninismo oficialmente proclamado no impedía la expresión de ideas profundamente reaccionarias y particularmente antisemitas. Esta corriente estaba en puestos de mando en el momento del estallido de la URSS, y prefería una Rusia finalmente soberana a un Estado multiétnico que ya no estaría dirigido por un puño de hierro. Escritas en una época en que Rusia parecía no poder sobrevivir a la desaparición de la URSS, estas líneas toman una resonancia particular cuando se leen hoy.

Lewin afirma en un último texto de 1994 que “designar Rusia como amenaza principal en el marco de una nueva política internacional de Europa iría (…) en una dirección opuesta a las lecciones que se imponen”. Siempre premonitorio, recuerda también que “los “hombres fuertes”, en nuestros días, son el signo de Estados débiles” y pone en guardia contra el “mercado-rey”.

Al cerrar este libro tan conceptual, el lector tiene la sensación de que su esfuerzo ha sido ampliamente recompensado. Moshe Lewin tiene quizás más simpatía por Bujarin, incluso por Gorbachov, que por Trotsky, pero su uso del marxismo fuerza el respeto por su capacidad de ligar fenómenos heterogéneos en sus dinámicas sociales. Si la voz de Lewin falta en la historiografía, las calidades de su análisis marxista faltan desgraciadamente más en general.

* Esta “Nota de lectura” fue publicada en los “Cahiers du mouvement ouvrier”, nº 78, segundo trimestre de 2018. Centième anniversaire des révolutions russes». Sixième numéro spécial. «L’explosion de la guerre civile». La reproducción de este artículo [en A l´Encontre] fue concedida por Jean-Jacques Marie, director de la publicación. Para abonarse a los “Cahiers du mouvement ouvrier”, (40 euros en Europa y 35 euros en Francia) dirigirse a jjmarie@club-internet.fr.

Notas

1/  Ver el artículo de Denis Paillard “¿Fue un sistema socialista? ¡En absoluto! en https://vientosur.info/spip.php?article13135

2/  El Siglo soviético. Edición en castellano Crítica, 2006. Reedición en 2017 con el título: El siglo soviético. ¿Qué sucedió realmente en la Unión Soviética?

3/  Lewin Moshe, Les sentiers du passé. Moshe Lewin dans l’histoire. Textos presentados y anotados por Denis Paillard, Paris et Lausanne: Éditions Syllepses et Page 2, 2015, 193 páginas, 15 euros.

Lewin Moshe, Russie/URSS/Russie (1917-1991). Textos presentados y anotados por Denis Paillard, Paris, Lausanne et Saint-Joseph-du-Lac (Québec): Éditions Syllepse, Page 2 et M éditeur, 2017, 264 páginas, 20 euros.

4/ “Agrarian nexus” habría sido quizás mejor traducido por “nudo agrario” para explicar el papel de articulación de la evolución social tenido por la cuestión campesina.

5/  Aquí también, la traducción elegida, “los cuadros deciden sobre todo” no parece muy feliz.