El clandestinaje en Nicaragua en tiempos de Daniel Ortega

Como si de un déjà vu se tratara, muchos de quienes sufrieron exilio y clandestinaje durante el somocismo, reeditan su situación en estos momentos con la dictadura de Daniel Ortega.

 Fabián Medina

La Prensa, 12-8-2018, https://www.laprensa.com.ni/

 

Oscar René Vargas le salvó la vida en una ocasión a Daniel Ortega. Fue en noviembre del 67. La guardia somocista desató una feroz cacería como respuesta al asesinato del sargento Gonzalo Lacayo que realizó un comando sandinista, entre los que estaba Daniel Ortega y como apoyo, Vargas. Querían cobrar sangre con sangre. Siguiendo una pista, el 4 de noviembre le cayeron a una casa en Monseñor Lezcano y capturaron a cuatro guerrilleros sandinistas: Casimiro Sotelo, Roberto Amaya, Edmundo Pérez y Hugo Medina. Solo Pérez había participado en la ejecución del sargento Lacayo. No importó. A los cuatro los fueron a ejecutar a la orilla del lago. Al día siguiente, el diario somocista Novedades informó de cuatro guerrilleros muertos en combate contra la Guardia Nacional.

 

Oscar René Vargas

A pocas cuadras de la casa donde capturaron a los sandinistas que luego ejecutaron, estaban escondidos y ajenos a lo que sucedía, Daniel Ortega e Iván Turcios. Oscar René Vargas y su hermano Adolfo los rescataron poco antes que la Guardia cayera sobre esa casa de seguridad. En alguna conversación privada Ortega ha reconocido: “Oscar René me salvó la vida”.

En estos momentos, sin embargo, Oscar René Vargas está escondido, en una casa de seguridad, huyendo del hombre a quien en aquella ocasión le salvó la vida. Volvió a sus días de clandestinaje.

Como Somoza

“La represión generalizada que aplica el régimen Ortega-Murillo, solo tiene parecido a la represión desatada por la dictadura en 1956, después del atentado contra Somoza García, cuando sus hijos desataron una represión contra todos los opositores e inventaron cargos a muchas personas.   En esos momentos, la represión generalizada de la dictadura somocista tomó prisioneros a todos los que pudieron. Sin embargo, nunca, que yo recuerde, los familiares eran tomados prisioneros. Mucho menos que Somoza se lanzara contra la Iglesia católica”, señala Oscar René Vargas, sociólogo y veterano sandinista.

Déjà vu

En octubre de 1977, Dora María Téllez entró desde Honduras en una columna guerrillera cuyo propósito era tomarse la ciudad fronteriza de Ocotal. En la columna iba también Daniel Ortega. Un incidente inesperado hizo que los guerrilleros chocaran con la Guardia Nacional poco antes de llegar a Ocotal, en la hacienda San Fabián. Fue una emboscada mortal para la Guardia. Téllez, de 21 años, manejaba una ametralladora M30. Ortega, de 31 años, dirigía junto a otros comandantes, desde un cerro a unos 300 metros de la hacienda.

La incursión era parte de un ambicioso plan de la tendencia tercerista del Frente Sandinista llamado “Ofensiva de Octubre” que pretendía tomarse varias ciudades y desde ahí avanzar en una insurrección generalizada que botara a Somoza y permitiera instalar un gobierno provisional. El plan, militarmente fracasó, pero resultó un buen golpe de propaganda para demostrar que los guerrilleros que hasta entonces vivían en la clandestinidad estaban vivos y activos.

Nicaragua-DoraMTellez
La comandante Claudia

Ahora Téllez teme por su vida. Ha recibido múltiples amenazas del régimen que dirige su antiguo compañero de armas. En la propaganda oficial se le pone como la gran cabeza de la rebelión social que sufre el régimen. La Policía la ha mencionado varias veces como responsable del “terrorismo vandálico” que, según ellos, sufre el país, y en más de algún video hecho desde las mazmorras de El Chipote, algún reo ha aparecido repitiendo con cara de obligación el libreto oficialista que la responsabiliza como dirigente de “actividades delincuenciales”

El temor no solo es caer preso, sino, dice Téllez, que alguien le asesine por las calles como sucedió con Carlos Guadamuz en 2004.

Como si fuese un déjà vu, Dora María Téllez otra vez se esconde de un régimen que quiere matarla o encarcelarla como hace 40 años.

Cuarenta años después

El fantasma del exilio y  el clandestinaje campea de nuevo en Nicaragua. A los cien días de la rebelión, la Asociación Nicaragüense para los Derechos Humanos (ANPDH) reportó la desaparición de al menos 718 personas en todo el país. “Estos son secuestros ejecutados por grupos armados no autorizados conocidos como parapolicías”, reveló el informe. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) calificó  esta cacería como la “tercera fase” de la represión en Nicaragua.

Muchos antiguos luchadores contra el somocista han visto revivir sus días de persecución, amenazas, cárcel, torturas y exilio.

Hace casi 40 años, “Alfredo” —un ciudadano de Masaya que por razones de seguridad pidió que lo llamáramos así—, estaba viviendo la insurrección en Monimbó. Dice que lo que ha sucedido ahora le parece como estar viendo la misma película. Hace unos meses vio de nuevo a la población volcada en ese barrio bravo, como en febrero del 78, y ahora él mismo está huyendo para salvar su vida pues hay orden de captura en su contra, y paramilitares encapuchados llegaron a su casa a buscarlo.

Tres fases

El secretario ejecutivo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), Paulo Abrão, clasificó en tres las fases por la que ha pasado hasta ahora la represión del régimen de Daniel Ortega en Nicaragua.

Primera fase: Duró hasta mediados de junio, y se expresó en una “represión tradicional con el uso desmedido de la fuerza de la Policía directamente contra los manifestantes”.

Segunda fase: Según Abrão, comprende la llamada “Operación Limpieza” que desarrolló el régimen de Ortega, con el propósito de eliminar los tranques mediante el uso de paramilitares y policías contra la población civil.

Tercera fase: Consiste en el uso de las instituciones del Estado, Policía, Fiscalía y Sistema Judicial, para criminalizar a los manifestantes. Incluye también la aprobación en la Asamblea Nacional de una ley antiterrorismo, que, de acuerdo con la ONU, podría usarse para perseguir las protestas pacíficas.

“Ha habido un proceso de transformación de la represión más cruda, más explícita, un proceso de represión burocrática, utilizando la propia institucionalidad, el sistema de justicia para detener a las personas, promover acciones y procesos judiciales en su contra”, señaló Abrão.

Como represión del 56

Oscar René Vargas recuerda aquellos días, cuando la guardia lo perseguía porque un compañero los delató durante un interrogatorio. “Por seguridad, mi hermano y yo estábamos en casas diferentes. En casa de personas que no tenían ninguna militancia política conocida, pero personas opositoras, en silencio, a la dictadura somocista”. Luego se fue al exilio.

“Habiendo vivido esa experiencia, hemos aplicado la misma lógica de buscar refugio en la actualidad. Lo más importante es tener paciencia y disciplina. Tener claro que el tiempo es indeterminado. Debido a que no hay fecha para terminar la actual situación de represión generalizada debemos de estar preparados para permanecer en la clandestinidad”.

Según Vargas, la represión del régimen Ortega-Murillo solo tiene parecido a la represión de 1956, después del atentado contra Somoza García, cuando sus hijos desataron una represión contra todos los opositores e inventaron cargos a muchas personas.

“En esos momentos, la represión generalizada de la dictadura somocista tomó prisioneros a todos los que pudieron. Sin embargo, nunca, que yo recuerde, los familiares eran tomados prisioneros. Mucho menos que Somoza se lanzara contra la Iglesia católica”, dice. “Actualmente, estoy nuevamente escondido para evitar la represión ciega e indiscriminada del régimen Ortega-Murillo. No hay ningún cargo específico en mi contra, pero eso no es necesario, luego lo inventan”.

Establece una diferencia de fondo con la represión de antes y la de ahora. “En la época somocista lo entiendo porque conspirábamos para derrocar por las armas, ahora es una lucha cívica y pacífica”.

Ocultamiento

Dora María Téllez, comandante “Claudia” en la guerrilla, considera que lo de ahora no es clandestinaje, sino “ocultamiento”. “La experiencia del clandestinaje era inherente a quienes optamos por la lucha armada y era una experiencia distinta en la montaña que en las ciudades”, dice.

“Era muy difícil pues entonces suponía un nivel muy elevado de aislamiento, comunicación escasa y con muchas complicaciones y un riesgo elevadísimo para cada clandestino. Había pocas casas de seguridad y el movimiento era bastante problemático por el riesgo de ser detectado. La clandestinidad en aquel momento era estructural, un estado en que podías pasar muchos años”, explica. “La diferencia ahora es que todas las personas que poseen algún celular pueden tener comunicación por whatsapp o decir algo en sus redes sociales”.

Una de las lesiones que ha causado la tiranía orteguista a los jóvenes es haberlos obligado a pasar por la experiencia de la matanza de sus amigos y amigas, la persecución, la obligación de ocultarse”. Dora María Téllez,  exguerrillera

“Alfredo”, de 57 años ya, quien comenzó siendo correo del comandante Hilario Sánchez en las insurrecciones de Masaya, dice que no imaginó volver a vivir a su edad “una situación de persecución”. “Soy acusado de terrorismo y delitos conexos por otra dictadura que cruzó la línea de la legalidad y actúa igual a la dictadura que combatimos hace décadas”, explica por mensajes de whatsapp.

Está escondido. En “refrescamiento”, dice. Pero su intención es volver pronto a la lucha. “A la lucha cívica”, aclara.

Dora María Téllez dice que ella toma precauciones de seguridad “porque el orteguismo ha desatado su furia en mi contra. Ellos inventan que yo estoy en lugares a los que no he llegado en años”.

En 1977, el año en que participó en aquella columna guerrillera junto a Daniel Ortega, Téllez fue juzgada en ausencia por el delito de “asociación ilícita para delinquir” y condenada a siete años de cárcel. Recuerda, sin embargo, que el defensor de oficio, un oficial militar hizo su mejor esfuerzo para defenderla. “Ahora no hay ley en absoluto”, dice.

“Creo que una de las lesiones que ha causado la tiranía orteguista a los jóvenes es haberlos obligado a pasar por la experiencia de la matanza de sus amigos y amigas, la persecución, la obligación de ocultarse, el sentimiento de que su juventud se ha interrumpido de manera tremenda. Yo que viví antes situaciones similares no hubiera querido, jamás,  que esta juventud pasará por ahí”.