La matanza de 300 nicaragüenses reclama justicia y la salida de Ortega del poder

Nicaragua cumple cien días de lucha contra el régimen, que intenta imponer la “normalidad” con terror paramilitar y criminalización de la protesta

 Arlen Cerda

Confidencial, 26-7-2018, https://confidencial.com.ni/

Cien días atrás, en Nicaragua, Darwin Urbina estaba vivo. La mañana del día en que lo mataron, salió de su casa al trabajo, y al final de la jornada decidió visitar a su mamá, cerca de la Universidad Politécnica (Upoli), para confirmar si estaba bien tras escuchar que la Policía atacaba a una veintena de estudiantes que había comenzado una protesta. Darwin, de 29 años, no logró llegar vivo a la casa. Murió de un disparo en la garganta. Él fue el primer muerto. El primero de 300.

La tarde del 18 de abril, una protesta contra las fallidas reformas al Seguro Social encendió en Managua la chispa de una rebelión cívica contra el Gobierno de Daniel Ortega, tras más de una década en el poder. La represión, a cargo de grupos de choque y turbas del gobernante Frente Sandinista, ocurrió —como anteriormente— ante la mirada pasiva de la Policía Nacional. Pero esta vez los insultos, asaltos, golpes y heridas no sofocaron la protesta, y Nicaragua despertó sin aviso, como un bravo volcán.

Cien días que cambiaron Nicaragua

A cien días, desde aquella tarde de abril —aún desde distintas aceras— los nicaragüenses reconocen que hoy Nicaragua no es la misma. El Himno Nacional no se había entonado tantas veces y por tantas voces juntas, en marchas multitudinarias a lo largo de cuatro, cinco o siete kilómetros de la capital, ni la bandera azul y blanco había ondeado tanto. Desde abril, son 100 días de resistencia ciudadana, que ha juntado a universitarios, sociedad civil, campesinos y empresarios.

Hace cien días, tampoco el nicaragüense se despertaba contando muertos, desaparecidos ni secuestrados. Muchos rostros, ahora familiares, eran absolutos desconocidos. Los padres y obispos se limitaban a las misas y la labor pastoral no incluía capear balas con 200 universitarios refugiados en una parroquia rafagueada. Lo común, era encontrar un “chele” que se instalaba enamorado en Nicaragua, y lo desconocido e impensable era toparse con hombres armados y encapuchados en las calles y carreteras, o acechando casas y barrios.

En abril, los niños que jugaban tras una pelota, pensando en el próximo Mundial de fútbol, a julio han conocido palabras nuevas, como “paramilitares”. Y los hay como Daryelis y Matías Velásquez, de dos años y medio y cinco meses de edad, cuyos juegos se ahogaron en el grito desesperado de morir quemados junto a sus padres y abuelos, en una colchonera que también les servía de casa en el barrio Carlos Marx. O como Teyler Lorío, de 14 meses, que murió de un disparo en los brazos de su papá, el pasado 23 de junio, Día del Padre en Nicaragua.

El grito de Nicaragua: “¡Que se vaya!”

Desde las calles y universidades, al pie de tranques y barricadas (ahora desmanteladas), en cantos, poemas, memes en las redes sociales, afuera de las cárceles y las morgues, y también desde los cementerios, un grito ha cruzado las fronteras de Nicaragua: “¡Que Ortega se vaya!”.

El Gobierno de Ortega y su esposa y vicepresidenta Rosario Murillo ha respondido con muerte, persecución y terror. Murillo engavetó sus citas de la “Nicaragua linda, bendita y siempre libre” y se ha referido a las protestas como “actos vandálicos”, de “seres minúsculos”, “plagas” y “satánicos”. Ortega, además, ha hablado de “golpistas” financiados por el narcotráfico, el crimen organizado, la ultraderecha y el infaltable imperialismo, ordenando la aprobación de leyes que criminalizan la protesta bajo el delito de “terrorismo”.

En Confidencial, Esta Noche, Esta Semana y la Revista Niú reunimos algunos de los principales reportajes, crónicas y análisis sobre estos primeros cien días de la lucha contra el régimen de Ortega y Murillo: la masacre oficial y la resistencia ciudadana, y los nuevos escenarios que Nicaragua enfrenta.

18 de abril: la chispa de la rebelión

Policías, fuerzas de choque y miembros de la Juventud Sandinista reprimieron con palos, tubos y piedras, a jóvenes y adultos autoconvocados en el movimiento #SOSINSS, que se reunió en Camino de Oriente, sobre la Carretera a Masaya, para protestar por las ahora fallidas reformas al sistema de Seguridad Social. Una semana atrás, se habían registrado otras protestas en reclamo al incendio que consumió más de 5000 hectáreas de la Reserva Biológica Indio Maíz. Los medios de comunicación y periodistas tampoco escaparon a las primeras agresiones.

Al día siguiente, las protestas continuaron desde las universidades, donde poco a poco decenas, luego cientos y pronto miles de universitarios sumaron su rebelión estudiantil. También ese día se registraron los primeros tres muertos: Darwin Urbina, de 29 años; el policía antimotín Hilton Manzanares, de 33, y el estudiante de secundaria Richard Pavón Bermúdez, de 17. El conteo de la masacre apenas comenzaba. Y con los jóvenes asediados y heridos, enfrentando balas de goma y armas de fuego con piedras y morteros, despertó en la conciencia colectiva los versos de aquella canción interpretada por Los Guaraguao:

El 21 de abril continuó lo impensable. En Managua los manifestantes derribaron cerca de la Catedral Metropolitana el primero de una veintena de “árboles de la vida”, las estructuras metálicas de más de 20 mil dólares con las que Murillo ha poblado las principales avenidas del país. Las “arbolatas” o “chayopalos”, como le llaman despectivamente los nicaragüenses. Pronto empezaron a caer dos y tres por día. Hasta siete en una sola tarde.

La “tala” de los “chayopalos” fue un acto simbólico contra el régimen, una muestra de que en las calles se había perdido el miedo. Al menos siete marchas multitudinarias en la capital, con réplicas simultáneas en diferentes ciudades, han dejado claro el grito de los nicaragüenses, que exigen libertad, justicia y democracia. También se han organizado plantones y caravanas.

La marcha del 30 de mayo, Día de las Madres Nicaragüenses, se realizó en solidaridad con aquellas que han perdido a sus hijos en las protestas. La multitud llenó todos los carriles desde la rotonda Jean Paul Genie hasta los alrededores de la Avenida Universitaria, donde el régimen elevó ese día su muestra de muerte y terror, masacrando la “madre” de las marchas pacíficas, con un saldo de otros veinte muertos, a una lista que entonces ya rondaba el primer centenar.

El Diálogo Nacional estancado y el papel de la CIDH

La primera jornada del Diálogo Nacional, ahora estacando, inició el 16 de mayo, con una promesa de tregua de 72 horas que no se respetó. Ortega solo asistió a la instalación de la mesa, en la cual el estudiante Lésther Alemán le exigió que ordenara el cese de la represión, y la estudiante Madeline Caracas leyó uno a uno los nombres de los 57 que habían muerto hasta entonces.

Días después, los obispos presentaron una agenda de democratización y justicia sobre la que Ortega calló hasta  cinco días después de “reflexión”, en los que otros treinta se sumaron a la lista de asesinados.

Pero el Diálogo sí logró que el 17 de mayo, un grupo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) llegara a Nicaragua para observar y recoger las denuncias de la población. La delegación se fue del país con un conteo de 76 muertos, y cuando presentó su informe ante el Consejo Permanente de la OEA, el saldo ya había crecido a 127, sin que el Gobierno parara la matanza.

A finales de mayo, una investigación de Confidencial comprobó un patrón de heridas letales en la cabeza, cuello y tórax en asesinados y heridos durante la represión. A partir de 19 tomografías de los fallecidos en el Hospital Lenin Fonseca se reveló el uso de armas de alto calibre e impactos realizados por francotiradores.

De las 19 tomografías, 15 eran de pacientes heridos con armas de fuego en la cabeza. “Las tomografías revelan disparos precisos en las frentes, parietales, temporales y occipitales de las víctimas. Otros en las regiones cervicales y del tórax. Cráneos estallados, desplazamientos de la línea media cerebral, inflamaciones y hemorragias graves. Salvarse de esas lesiones es muy difícil”, reveló la investigación del periodista Wilfredo Miranda.

Monimbó nuevamente heroico, también León, Carazo, Jinotega…

En la rebelión cívica contra el Gobierno de Ortega, los bastiones del Frente Sandinista no se quedaron por fuera, dando muestra de su resistencia, como hace cuarenta años contra la dictadura somocista. El país se ha conmovido con las historias del barrio indígena de Monimbó, en Masaya. Ha llorado su treintena de muertos, se ha reído e indignado con sus “mensajes de buenas noches” al jefe de la delegación policial, comisionado general Ramón Avellán, y se ha familiarizado con el folclor de su danza negra, un llamado histórico de resistencia, que cuatro décadas más tarde ha inspirado una nueva letra del cantautor Carlos Mejía Godoy para el barrio indígena.

En el mismo departamento de Masaya, el pequeño poblado de Niquinohomo, cuna del general Augusto C. Sandino, también inspiró con el rescate del Héroe Nacional ante el control partidario.

Kilómetros más adelante, las ciudades de Jinotepe y Diriamba, del departamento de Carazo, también alzaron barricadas y tranques para la autodefensa, hasta el brutal ataque que la desmanteló, con un saldo de más de veinte muertos, seguido de una agresión a los obispos y sacerdotes de la Arquidiócesis de Managua, en la Basílica Menor de San Sebastián, en Diriamba. La agresión ocupó varias páginas de medios internacionales y fue —igual que la represión y la matanza— objeto de condena por los organismos y comunidades internacionales.

La resistencia también se hizo sentir en el occidente y norte del país. La ciudad universitaria de León fue la primera en autoconvocarse a un paro de 24 horas. Y en Jinotega, un barrio que lleva el nombre de Sandino, se alzó inspirado como el “Monimbó del norte”, resistiendo el último de las ataques este martes, con un nuevo saldo de tres asesinados más, que en la víspera de los primeros cien días ha completado los 300 muertos.

Heridos, detenidos y refugiados

Los organismos de derechos humanos también registran más de 2000 heridos, unos 700 detenidos de los cuales más de 70 casos han sido judicializados, aunque el Gobierno no acepta el reclamo de libertad a los presos políticos.

Y más allá de la frontera con Costa Rica, miles de nicaragüenses han comenzado un nuevo éxodo ante la incertidumbre y merma económica y el terror en cien días de hechos inéditos en Nicaragua, que inevitablemente ha despertado para volver a alzar su grito contra una tiranía.

“El pueblo nicaragüense despertó y demandó que la justicia, la democracia y la libertad, son esenciales para construir nuestro país. Hemos mostrado una valentía admirable al enfrentar cívica y pacíficamente a un régimen que ha utilizado las formas de violencia más crueles e inhumanas contra nuestros hermanos”, informó en la víspera un grupo de ocho organizaciones y movimientos sociales que aglutinan a quienes se autoconvocaron desde el 18 de abril.

En conmemoración de los cien días de protesta, las agrupaciones promueven una jornada llamada “¡100 días sembrando libertad!”, que incluye “plantones artísticos” en la capital y diferentes ciudades, invitando a vestir de camisetas blancas con la frase “prohibido olvidar” en color rojo, para recordar la sangre de los 300 asesinados.