Edgard Sánchez *

Ciudad de México, 27 de junio de 2018


Varias personas e incluso compañeros han empezado, estos días, a hacer pública su intención de voto para el próximo 1 de julio. Yo también he recibido las presiones para votar y especialmente para votar por AMLO, así como la solicitud de otras amistades preguntando qué hacer.

No pretendo ser una “personalidad democrática” o analista académico cuya opinión sea de interés público. Mi opinión no es la de una individualidad aunque por supuesto sí tengo posición política y convicciones que he defendido en diversos foros estos meses. Soy militante de un partido socialista y mi opinión responde a la posición del PRT. No es una posición “impuesta” sino el resultado de una elaboración colectiva, en la que personalmente he participado y que incluso después de un intenso debate e intercambio democrático quedó reflejada en la resolución del XIII Congreso Nacional del PRT celebrado en diciembre pasado. Mi opinión pública responde, por tanto, a esa resolución titulada precisamente “La crisis del régimen políticos. Dos vías ante ella”.

En síntesis, nuestra posición tiene que ver con que lo determinante de la situación actual es la crisis del régimen político mexicano y no las elecciones. Las elecciones presidenciales son importantes como punto de concentración de todas las contradicciones y crisis del régimen político en decadencia y probablemente en fase terminal. Por eso para nosotros lo determinante es tomar posición frente a la crisis del régimen y no necesariamente definir una táctica electoral o una fórmula de votación. Ante las “dos vías” frente la crisis del régimen hemos buscado potenciar la alternativa de los movimientos sociales en lucha directa frente a la otra vía, la que nos proponen los institucionalistas, los electoralistas. No nos hemos convertido en abstencionistas que como reloj descompuesto siempre proponen la abstención y la denuncia de la “farsa electoral” independientemente de la circunstancia concreta. Es que en el momento actual, el régimen político mexicano está en una crisis sin precedente reciente en que la falta de legitimidad y el descrédito y desprestigio de los partidos e instituciones político electorales, así como del sistema de justicia, están extendidos entre sectores de masas y no es que sean grito de un pequeño grupo de propaganda. Una crisis que se ha arrastrado durante todo el sexenio de Peña y que se ha reflejado en sucesivas explosiones sociales rechazando la continuidad de este régimen. Desde el yosoy132 opuesto al regreso del PRI y la imposición de Peña, los diversos movimientos sociales opuestos a cada una de las reformas neoliberales impuestas por los partidos del Pacto por México, el surgimiento del movimiento por los 43 de Ayotzinapa gritando “Fue el Estado” y “Fuera Peña”, los 150 días de paro del magisterio contra la reforma educativa, la explosión social contra el gasolinazo de enero del 2017, el rechazo a partidos y gobiernos en la solidaridad con los damnificados de los sismos de septiembre pasado, las crecientes movilizaciones de mujeres y una nueva ola feminista contra las agresiones a las mujeres y sobre todo el feminicidio, entre los más destacados. En todos estos casos, ante el empuje de estos movimiento sociales, la línea institucionalista quiso desactivarlos proponiendo esperar al voto de julio de 2018 en que supuestamente se lograría “el cambio”.

Esa respuesta social al curso neoliberal, a la violencia permanente y militarización en medio de una grave descomposición social, está ahora acompañada de una gran división burguesa, una división en el seno de las clases dominantes por los cambios que ocurren a nivel internacional, especialmente desde la llegada de Trump al gobierno de EU, pero también por la crisis de legitimidad del régimen mismo. La división burguesa se da cuenta de la falta de legitimidad de su sistema de partidos e instituciones político electorales.

El régimen surgido del fraude de 1988, el PRIAN, simbolizado en la alianza Salinas de Gortari-Fernández de Cevallos, no solo está en crisis sino se ha roto. El desprestigio del PRI es de tal magnitud que han presentado un candidato que presume de no ser priísta, sino “ciudadano”, en realidad un tecnócrata al servicio de la oligarquía neoliberal, fuera con el PRI o con el PAN. Por eso el PAN se divide y una parte acompaña a Meade, mientras que el PAN de Anaya busca desesperadamente y de última hora poner distancia del PRI, romper la alianza en que apoyaron a Peña aprobando todas las reformas neoliberales y ahora oponiéndose a la corrupción característica del PRI, pero en realidad idéntica por parte del PAN con figuras precisamente como Anaya.

La división burguesa va más allá de la confrontación electoral entre PRI y PAN pues otra parte, viendo que ninguna de esas opciones garantiza salvar la situación del caos que se avecina, ha pasado a apoyar a AMLO, al que antes combatía como un “peligro para México”.

No solamente representativos de la iniciativa privada más reaccionaria como Romo (ver la trayectoria del grupo Pulsar que encabeza) convertido en redactor del programa de gobierno de AMLO (en vez de los intelectuales de origen izquierdista que lo redactaron en campañas anteriores) y anunciado como “Jefe de Gabinete” en el caso de un gobierno AMLO, sino también infinidad de cuadros políticos del PAN, del PRI y de los gobiernos neoliberales. Para no hablar de la alianza con el grupo de extrema derecha identificado con los evangélicos del PES que, sea o no sea AMLO presidente, tendrán una representación desproporcionada en el Poder Legislativo gracias a esta alianza con Morena.

En países como Brasil o Costa Rica a los evangélicos y sus partidos les ha costado un cierto tiempo llegar a posiciones de poder con su programa derechista. En México, la irresponsable alianza de Morena con el PES los ha catapultado al Congreso con una posición que pondrá en riesgo conquistas y derechos de las mujeres en lo inmediato. Finalmente la otra expresión de la división burguesa es que ante el desprestigio de sus partidos tradicionales, hay ahora una intervención directa, sin mediación, de las cámaras y sindicatos empresariales no solamente opinando sino presionando, chantajeando, evenenando el ambiente e imponiendo sus condiciones.

Un día urgen al PRI y al PAN a unirse para evitar el ascenso de AMLO y en otro obligan al propio AMLO a ceder en su oposición al NAICM (lo que además del nuevo despojo a pueblos campesinos representados en la histórica resistencia de Atenco, significará el mayor desastre ecológico para la cuenca del Valle de México), cuando le hacen escuchar la voz de mando de Carlos Slim.

La crisis del régimen y sus contradicciones y descomposición en nuevas olas de violencia (ahora contra los propios candidatos de todos los partidos) es lo que nos ha llevado a cuestionar si en una situación como ésta habría que contribuir, como nos proponen, a re legitimar a las instituciones político electorales y los partidos del sistema llamando a votar o apoyar candidaturas. Además de que ninguno de los partidos nos representa y decimos no nos representan no solamente a la izquierda socialista, sino tampoco a los movimientos sociales que durante este sexenio han luchado contra las reformas neoliberales, que han luchado contra la violencia, las ejecuciones extrajudiciales, la desaparición forzada, los feminicidios, contra la guerra al pueblo, el despojo a las comunidades indígenas y el racismo. Además de que no nos representan buscan desviar la fuerza e independencia de los movimientos al atarlos a un carril institucional que es un callejón cerrado por el predominio de las fuerzas y posiciones e intereses de la derecha, incluso en Morena.

Lo necesario es fortalecer un polo de lucha que políticamente tendría que ser un polo anticapitalista para que en cualquier escenario posterior al 1 de julio pueda continuar en forma independiente de cualquier partido institucional y de cualquier gobierno. Por eso retomamos la consigna de “Votes o no votes, organízate” para mantener y continuar la lucha anticapitalista.

Hay una contradicción que se ha desarrollado frente a los comicios del 1 de julio. Resultado de la crisis del régimen antes dicha y el hartazgo popular contra el PRIAN, seguramente ya hay, como dicen las encuestas, una mayoría de los posibles votantes de este domingo que lo harían por AMLO. Hartos del PRIAN y su curso de muerte, tienen la ilusión, la “esperanza” dice la propaganda, de que un gobierno de AMLO significaría el “cambio”, la salida del PRIAN (pese a la amnistía a los jefes de la Mafia del Poder). Pero la contradicción existe entre el imaginario popular que tiene la esperanza de un cambio con AMLO y el compromiso que defiende AMLO que no representa en realidad un cambio de régimen.

La perspectiva que ofrece (y lo argumentó desde su discurso de junio de 2016, después de la masacre de Nochixtlán) es la de una transición pactada con el régimen en agonía. Por eso limita el cuestionamiento a la reforma energética -y otras reformas neoliberales- al tema de la corrupción. Le preguntan sobre la reforma energética y claramente dice: no aceptaré los contratos corruptos realizados a la sombra de la reforma energética. Pero no hay cuestionamiento a la privatización energética que es lo medular, como tampoco lo cuestiona en el caso del NAICM, después del regaño de Slim, sino solamente a oponerse a que se invierta parte del gasto social en el aeropuerto, pero aceptarlo (pese al despojo y desastre ecológico que significa) si lo hace la “iniciativa privada”. Y por eso en el marco de la transición pactada ofrece amnistía anticipada a la Mafia del Poder (no a los sicarios como busca asustar la guerra sucia de la derecha). Y mientras Anaya dice demagógicamente que meterá en la cárcel a Meade y a su “patrón” Peña, AMLO le responde que él no hará un gobierno de revancha y que no los meterá la cárcel, ni siquiera al corrupto Anaya. Es la oferta de la transición similar a la ofrecida a Pinochet y militares para que permitieran el regreso de los civiles al gobierno a cambio de impunidad, aunque eso significara sacrificar a los desaparecidos y sus familiares.

La contradicción entre el imaginario popular y el compromiso de AMLO tiene también sus momentos de agudización. Cada que se anuncia una nueva concesión de AMLO a la derecha hay voces de queja o protesta entre sus partidarios. Los intelectuales alrededor de Morena -con contadas excepciones- han estado jugando un lamentable papel en estos casos. Aunque en un primer momento se quejan terminan justificando cada nueva concesión en aras del pragmatismo que han convertido en un valor político típico de la época del neoliberalismo. Al final de cuentas justifican cada concesión con el argumento de que se trata de algo necesario para tener más votos y asegurar el triunfo de la candidatura de AMLO. Lo importante es ganar la mayoría de votos, no importa a qué precio.

Localmente los partidarios de AMLO se quejan de los candidatos “impresentables” que Morena postula. Terminan justificando el hecho por la pragmática razón de que de lo que se trata es de que AMLO gane la presidencia. Y piensan que la decisión de incluir a los “impresentables” no es decisión de AMLO sino de los líderes locales de Morena. Viendo solamente su distrito o su municipio o estado no se dan cuenta que no es un problema local, sino una línea nacional de Morena propuesta por AMLO para lograr la transición pactada con el régimen ofreciéndole garantías de que no habrá cambios bruscos ni radicales. Decir que la transición pactada es la línea política de Morena impuesta por AMLO no quiere decir, necesariamente, que ya hubo una reunión secreta entre Peña y López Obrador para hacer el pacto, como dice Anaya.

La transición pactada es una línea, un ofrecimiento al régimen en crisis y descomposición. No quiere decir que ya haya sido aceptada por la otra parte. Y menos tomando en cuenta la división burguesa actual. Lo grave es que siendo línea política, aunque el régimen no la acepte, determine la conducta y cada paso de Morena. Actúa como si el pacto hubiera sido aceptado. Y actúa en consecuencia, por ejemplo, con los candidatos “impresentables” o el futuro supuesto gabinete.
Por el peso del argumento pragmático es que es común el argumento que nos ofrecen que pone el énfasis en el “mal menor” en vez del convencimiento entusiasta de la inminencia de un cambio radical. Por eso es que es claro que la transición pactada no es el paso a una “Cuarta Transformación” del país. La Independencia, la Reforma y la Revolución Mexicana son guerras o revoluciones que, con todo y sus limitaciones históricas en cada caso, fundan una nueva República y una Constitución reflejo de la nueva relación de fuerzas entre las clases.

Pero hay otra contradicción. Pese a todas las concesiones y ofrecimientos de garantías por parte de AMLO, tampoco es seguro que las clases dominantes y el sector más duro, autoritario y antidemocrático que pueda tener el control del proceso electoral, esté ya dispuesto a aceptar “ahora sí” (la tercera es la vencida, insiste AMLO) un gobierno encabezado por AMLO. La contradicción entre las concesiones de AMLO para que le reconozcan el triunfo, por un lado y por el otro, la decisión de que pese a ello impongan un tercer fraude contra López Obrador. Es decir, la opinión de sectores de las clases dominantes (¿y del imperialismo? Funcionarios de Trump han dicho que a México no le conviene un gobierno “izquierdista”) que aún con todo no le tienen confianza todavía a López Obrador y que siguen preparando el fraude.

Es decir, pese a lo que digan las encuestas, el riesgo del fraude no está descartado. Todos los días salen las evidencias del fraude en curso. Pero en las actuales circunstancias (incluida la división burguesa y el apoyo de una parte de la misma a AMLO) un fraude no sería como los previos (por ejemplo simplemente con casillas zapato o compra de votos) sino que requeriría medidas autoritarias mayores. La falta de legitimidad de las acciones del régimen no parecen ya preocuparle. Hicieron aprobar previamente la Ley de Seguridad Interior que es una señal muy grave. El clima de violencia que se ha extendido estas semanas al asesinato de candidatos a cargos de elección popular, “naturalizándolo” en la víspera de los comicios.

El registro de los candidaturas “independientes” fue otro ejemplo del fraude en curso. La campaña de Marichuy sirvió para desnudar el funcionamiento clasista, racista, misógino del sistema electoral como argumentaba la propia Marichuy durante su gira. Pero también es una prueba del carácter antidemocrático y fraudulento del proceso. En realidad el diseño del mecanismo estaba hecho para hacer imposible conseguir las firmas requeridas para el registro de independientes. Nadie lo consiguió, en realidad. Todos reconocieron que solamente Marichuy consiguió firmas honestamente, gracias al trabajo voluntario de sus promotores, los llamados “auxiliares”. En cambio el INE reconoció que los otros aspirantes consiguieron sus firmas fraudulentamente. Aun así le dio el registro a Margarita Zavala. Peor aún con el Bronco. El INE le negó el registro por tramposo, pero el Tribunal Electoral ordenó inscribir al Bronco en las boletas electorales como “independiente”. Ese mismo Tribunal Electoral es el que funcionará para juzgar las elecciones del domingo próximo. Y contra lo que digan las encuestas –como antes la cantidad de firmas falsas- son capaces de imponer una decisión fraudulenta.

La crisis del régimen se desnudará en cualquier caso. Si reconoce el triunfo de AMLO y su gobierno se abrirá una situación de gran inestabilidad política pues insistirán en impedir su instalación. Recurrir al Tribunal Electoral o a intentos de desafuero (como hace la extrema derecha en otros países de América Latina). No hay que olvidar que hace semanas, sorpresivamente, el PRI aceptó en la Cámara de Diputados, quitar el fuero al Presidente. La reforma pasó al Senado y éste ha pospuesto ratificarlo o no. Decidió dejar el caso para después de las elecciones o sea dependiendo de quién sea el Presidente.

Pero la crisis será peor si no reconocen la mayoría de votos a favor de AMLO y nuevamente imponen el fraude. El propio López Obrador ha dicho que si la Mafia del Poder decide “soltar el tigre”, él se va a su rancho en Tabasco.

Para nosotros no hay duda. En 1988 sostuvimos hasta el final la candidatura de nuestra compañera Rosario Ibarra frente a la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas recién salido del PRI. Al realizarse el fraude de Salinas contra Cárdenas, tanto Rosario Ibarra como el PRT nos unimos a la lucha contra el fraude y en defensa de la voluntad popular. A diferencia de los paleros que habían hecho campaña con Cárdenas y que después de las elecciones, Salinas los compró, los recuperó, el PRT se mantuvo en la lucha contra el fraude pese a las todas amenazas cumplidas desde la cancelación del registro electoral hasta la desaparición del compañero José Ramón García Gómez dirigente del PRT en Morelos en la lucha contra el fraude.

¿Qué es el “tigre suelto” que tanto temen los partidos institucionales? Sería el pueblo irrumpiendo en la política, en la calle, en las movilizaciones, en la lucha que ha caracterizado este sexenio de muerte, gritando “Fue el Estado” (o sea no un partido en especial sino el conjunto del sistema político) y “Fuera Peña” (contra el PRIAN). Es decir, la lucha por fuera de los canales institucionales corruptos y decadentes, tramposos y fraudulentos, buscando imponer su propio destino.

Una nueva explosión social de protesta y lucha, que retome las del yosoy132, las de los maestros, la de Ayotzinapa, la del gasolinazo o la de los sismos pero en un terreno superior. Por supuesto que para ello será importante y necesario la existencia de un polo anticapitalista de lucha e independiente de los partidos institucionales. En ese camino es que nos sumamos y apoyamos la campaña del Concejo Indígena de Gobierno y la candidatura de Marichuy. Hubiéramos querido mantener la candidatura de Marichuy, aun sin registro, para hacer más evidente el rechazo y la alternativa al sistema político dominante. Si hay un nuevo ascenso en la movilización de masas después del 1 de julio, el esfuerzo por crear un polo anticapitalista será más difícil y se deberá integrar sobre la marcha. Pero es una necesidad que ya se discute en diversos espacios. Si hay un nuevo gobierno, encabezado por AMLO, el polo anticapitalista también será necesario y urgente.

Pero es por lo anterior que nos parece necesario mantener la independencia política frente a los partidos institucionales, los que sobrevivan a la presente crisis.

Por ese motivo es que no hemos hecho un llamado a votar, ni a apoyar a determinado partido o candidatura. No hay alternativa en la crisis del régimen. No solamente el PRT ha tomado esta posición. También lo hizo el CIG en su reunión en mayo en San Cristóbal. También lo hizo la OPT. Con palabras casi idénticas hemos dicho. No llamamos a votar por nadie, no hacemos alianza o apoyo a ningún partido o candidatura. Por supuesto, más allá de esta decisión política no es extraño que en sectores populares que nuestras organizaciones influyen haya también compañeros y compañeras que vayan a votar por AMLO el domingo 1 de julio. Por eso hemos insistido en que “Votes o no votes, organízate” para continuar la lucha anticapitalista.

El problema no es el voto, sino la crisis de todo el sistema. Si tuviera que votar seguramente, como sé que harán otros compañeros socialistas, escribiría el nombre de Marichuy en la boleta en señal de protesta contra el sistema electoral y anulando el voto. Lo que no podemos hacer como partido es llamar a votar en estas elecciones. El llamado al voto contribuye a relegitimar el régimen actualmente en crisis, en descomposición y cayendo a pedazos, por lo que incluso descartamos un “apoyo crítico”. Además de que no hay alternativa partidaria reconocida que represente los intereses y demandas de los movimientos en lucha contra el neoliberalismo y la violencia que sufre el pueblo trabajador. Y para la izquierda socialista esos intereses y demandas son los que debe defender.

No tenemos duda en defender junto con el pueblo su voto frente a los intentos fraudulentos del poder. Al mismo tiempo rechazamos y respondemos a los insultos y calumnias de intelectuales y voceros de las campañas que recurren a los viejos argumentos stalinistas de que si no estás conmigo “le haces el juego a la derecha”. Peor aún a quienes renegando de su pasado izquierdista y socialista abrazan el “realismo político”, el electoralismo del “voto útil” (en el 2000 con ese argumento fueron parte de la “izquierda azul”) o peor aún que descalifican las posiciones, esfuerzos y proyectos de la izquierda revolucionaria y anticapitalista. No es autocrítica, sino desmoralización y alejamiento de la izquierda anticapitalista, los que ridiculizan y señalan a la izquierda revolucionaria como siempre equivocada y marginal para justificar su enfoque enajenadamente electoralista. En el colmo, a Rodríguez Araujo le parece tan absurda la posición anticapitalista que al mismo tiempo afirma, como los voceros de los organismos electorales en su momento, que el PRT no existe. De nuevo es la confusión entre la existencia de un partido con registro electoral y un partido revolucionario existente por la voluntad de sus militantes participe o no en elecciones.

* Miembro de la dirección del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT).