Un camino sin retorno

 

Raúl Zibechi

 Brecha, 1-6-2018, https://brecha.com.uy/

A mediados de mayo los medios españoles difundieron que la pareja Pablo Iglesias e Irene Montero, secretario general de Podemos y portavoz del grupo parlamentario, respectivamente, había comprado un chalet en la sierra madrileña por valor de 660 mil euros (casi 800 mil dólares), que cuenta con 200 metros cuadrados de vivienda y 2 mil de jardín, además de piscina y otros lujos.

El escándalo fue mayúsculo, sobre todo en el interior del partido progresista, lo que llevó a una consulta entre sus afiliados de cuyo resultado dependerá el futuro de ambos dirigentes. El resultado de la consulta interna arrojó que dos tercios de los afiliados que votaron lo hicieron a favor de la permanencia de la pareja en sus cargos y un tercio pidió su renuncia, a pesar de que ninguna corriente y ningún dirigente pedía la dimisión.

La cuestión tiene un perfil más escabroso ya que el mismo Iglesias había twiteado, en 2012, una crítica al entonces ministro de Economía del gobierno de Mariano Rajoy, Luis de Guindos, por la compra de una vivienda. “¿Entregarías la política económica del país a quien se gasta 600 mil euros en un ático de lujo?”

Iglesias y Montero emitieron un comunicado en el que señalan que “a los cargos públicos hay que criticarles por sus políticas o corrupción y no por gastar su dinero en lo que quieran de forma honrada”. Añaden que “con nosotros funcionan reglas diferentes que con los demás”, asumiendo que muchos políticos (desde Rajoy a Felipe González) han adquirido viviendas y otros bienes de lujo.

Estos hechos merecen algunas reflexiones

La primera es que los dirigentes de izquierda se presentan como diferentes a los de la derecha, no sólo en sus programas y discursos, sino también en sus formas de vida. Por lo tanto, sí funcionan reglas diferentes para “los nuestros” que para los demás, ancladas en valores que nunca deben ser violentados. Si no hay diferencias en cómo viven unos y otros, entonces no vale la pena dedicar tiempo y esfuerzos para cambiar las cosas porque, tarde o temprano, nos llevarán por el mismo camino.

La segunda es que Montero e Iglesias aseguran que no han cometido corrupción, algo enteramente cierto, y agregan que pudieron comprar el chalet de lujo por sus salarios como diputados. Tremendo. Porque muchos de quienes los votaron no tienen acceso a vivienda propia o fueron desahuciados por no poder pagar la hipoteca, y los eligieron para que defiendan sus intereses, no para que usen sus elevados salarios para asegurarse el futuro.

La tercera es que esto no es nuevo. Los principales dirigentes de la revolución sandinista usaban los coches blindados de Somoza y vivían en sus mansiones por razones de “seguridad”, como justificaron en su momento esa cuestionable opción. Con los años, algunos, como Daniel Ortega, terminaron por ser iguales o peores que aquel dictador sanguinario al que algún día combatieron. Esta es la historia de las revoluciones triunfantes, desde la Rusia de Stalin hasta la Nicaragua del clan Ortega-Murillo. Algo no funciona en los procesos de cambio, sean las revoluciones o los gobiernos progresistas. El poder estatal engulle a quienes lo ocupan, al acodarse en el Estado con la excusa de representar a la porción de la sociedad que vive peor, con el resultado catastrófico de que los cargos elegidos o cooptados resultan, a la larga, los principales beneficiarios del susodicho cambio.

La monja Lucía Caram, nacida en Argentina pero residente en Cataluña, desde su compromiso con los sectores populares y crítica del mundo institucional, fue quizá la voz en este episodio: “Vendieron una idea, engañaron a los que siempre pierden y se enriquecieron con el discurso de ‘los pobres’”.

Por último, en la consulta promovida por los dirigentes de Podemos hay una trampa implícita: la ética no se somete a plebiscito. Cuando se da este paso, cuando se apela a las “masas” para resolver cuestiones tan profundas, el resultado es el pragmatismo. La coalición perdía si se quedaba sin los dirigentes cuestionados. Un camino sin retorno.