Los resultados de las elecciones del pasado domingo hacen esperar que las tácticas preestablecidas de cada tendencia política se afiancen. En su lectura, todos los actores políticos podrán encontrar motivos para concluir: “Venimos bien, sigamos así”.

 Ociel Alí López, desde Caracas

 Brecha, 25-5-2018, https://brecha.com.uy/

Las elecciones presidenciales del domingo pasado en Venezuela concluyeron con varios resultados pronosticados, pero a la vez sorpresivos. Todos vaticinaban que Nicolás Maduro sería reelecto, pero nunca con el 67 por ciento de los votos. También se esperaba que la abstención fuera importante, pero no que alcanzara el 54 por ciento, cuando en presidenciales anteriores se colocaba entre 20 y 21 por ciento. Los pronósticos no preveían que ganara el candidato opositor Henri Falcón, pero en ningún caso que perdiera con una diferencia tan grande (de 46 puntos porcentuales) contra Maduro.

Con estos resultados es de esperar que las tácticas preestablecidas de cada tendencia política se afiancen. Todos los actores políticos podrán encontrar motivos en su lectura para concluir: “Venimos bien, sigamos así”.

Para Maduro, su estrategia política de sacar del cuadro electoral a la oposición radical, y con ella a sus votos duros, resultó exitosa, pero los números del domingo demuestran a la vez que el actual presidente es un candidato débil y derrotable electoralmente. Con 6.190.612 votos, bajaron considerablemente sus electores respecto de las presidenciales de 2013. En aquella elección Maduro logró 7.505.338 votos, frente a los 7.270.403 de Henrique Capriles Radonski. Desde entonces el padrón electoral aumentó en casi dos millones de inscritos y Maduro perdió 1,3 millones de votos, aproximadamente. Sin embargo, hoy es ganador de unas presidenciales cuando desde su asunción en 2013 hasta hace pocos meses ningún analista o político predecía que pudiera ser reelecto. Maduro remontó a punta de política, consolidó su liderazgo interno en la maquinaria oficial y empujó a sus más acérrimos adversarios fuera de los límites legales, lo que ellos aceptaron y demostraron en los hechos en las guarimbas de 2014 y 2017. Estos dos hechos fueron elementos clave de la política estratégica de Maduro para ganar las presidenciales de 2018.

De tácticas y cálculos

Los resultados de la oposición en las últimas elecciones legislativas, en las que ganó la mayoría con 7,7 millones de votos, permiten suponer que Maduro podría haber sido derrotado el pasado domingo si la oposición hubiese mantenido la misma estrategia electoral. Pero su decisión de optar por el boicot (y en algunos casos también las salidas violentas), el abstencionismo, y por quedar a la espera de acciones de parte de Estados Unidos, le restó apoyo. Algo que no se explica únicamente con las políticas exteriores de Trump con respecto a Venezuela, sino también con el juego político que diseñó Maduro y que la oposición no supo superar, especialmente después de ser abatida en los levantamientos de calle el año pasado.

Por otro lado, también se puede afirmar que la oposición radical y la derecha mundial han triunfado, ya que la abstención general de 54 por ciento pudo dejar al desnudo la institucionalidad que Maduro invoca para defenderse políticamente. La oposición radical logró convencer a sectores mayoritarios –no sólo a sus votantes más fieles‒ de no votar, y con este resultado espera precipitar el escenario de la intervención internacional o las salidas extraconstitucionales.

Un presidente es un presidente

Curiosamente, Maduro también se vio favorecido por la abstención. Sin ella no hubiera podido ganar la presidencia, lo que ha llevado a muchos observadores venezolanos a señalar que su victoria se explica por la condición particular de que sus adversarios no participaron. No obstante, para él este resultado es suficiente y le permitirá mantener y reiterar en sus discursos que es el presidente electo con mayor porcentaje en la historia del país. La alta abstención no es un problema jurídico y no dispara ley o reglamento alguno que debilite su triunfo. Y es en este sentido que el oficialismo se siente vencedor; logró empujar a la oposición de tal manera que ésta se colocara a sí misma fuera del ámbito electoral. La campaña de Nicolás Maduro estuvo dirigida especialmente a sus votantes más fieles, que siempre se estimaron en torno al resultado alcanzado, por eso el resultado no lo sorprendió. Lo que sí lo sorprendió fue la alta abstención, que dejó por el suelo los resultados de los otros candidatos y debilita simbólicamente su triunfo.

Se puede decir entonces que el pasado domingo ganaron tanto Maduro como la oposición radical. El candidato opositor, Henri Falcón, resultó derrotado por la abstención, con apenas 21 por ciento de los votos, y expresó su “desconocimiento” de los resultados. Exige nuevas elecciones para octubre y hasta entonces espera poder arrastrar más apoyo dentro de los sectores opositores (abstencionistas y no), mientras el resto del liderazgo opositor se encuentra fuera del país. En este sentido, Falcón también ganó algo, se posiciona como la principal ficha de la oposición electoral, el personaje que podría abrir el camino político que tarde o temprano precisará la oposición.

Con este panorama, donde todos ganan y nadie pone, cada quien pisará el acelerador.

Adivinar el futuro

El gobierno cuenta ahora con una carta contundente para evaluar qué rol darle a la Asamblea Nacional Constituyente conformada en julio de 2017 en elecciones controvertidas. O bien el oficialismo opta por atornillar las instituciones existentes, creando condiciones jurídicas para la perpetuación en el poder, o bien considera que la alta abstención da cuenta de un descrédito de esa institucionalidad y decide proponer soluciones a tal situación. Maduro tendrá que tomar decisiones que abrirán corrientes y tendencias en la interna del chavismo, pero seguramente intente utilizar ese 67 por ciento para blindar aun más el andamiaje oficial.

La oposición radical que se encuentra fuera del país obtuvo con la alta abstención el argumento para seguir fomentando sanciones, bloqueos, embargos y hasta una intervención militar. Va a seguir presionando por ello. Especialmente bajo el gobierno de Donald Trump, que, a diferencia del de Barack Obama, puede apostar con mayor facilidad a este tipo de reacciones. Un día después de la reelección de Maduro, Trump firmó un decreto para aplicar nuevas sanciones contra Venezuela, sanciones que limitan la posibilidad del presidente venezolano de vender activos estatales, incluidos bonos, en Estados Unidos. El embargo petrolero ha sido materia de debate de congresistas republicanos y demócratas. Basta recordar que el mismo Trump ha mencionado la posibilidad de una intervención militar.

Seguirán los embates internacionales contra Venezuela. Se profundizará el aislamiento. Guyana y la Exxon Mobil intentarán apoderarse del Esequibo (zona reclamada por Guyana y Venezuela), donde en 2015 se descubrió petróleo. Se afianzarán los problemas para comprar comida y medicinas.

Hasta ahora la oposición radical no ha hecho un llamado a la violencia de calle como en 2017, lo cual es una muestra de que los actores políticos de la derecha no han concluido que el resultado exija llamar a manifestaciones y radicalizar el discurso de calle. Aunque cuentan con fuerzas importantes, por el momento no parecen ser suficientes y tienen fresco el recuerdo de las derrotas de 2014 y 2017.

“Puntos rojos”

En cuanto a Falcón, su desconocimiento de los resultados electorales tiene un carácter político. Las pruebas de fraude están relacionadas con factores externos ‒considerados delitos‒ al proceso comicial y que el Consejo Nacional Electoral ha reconocido, pero que no afectan el voto de manera directa. Se ha comenzado a hablar de los “puntos rojos” (por el color del toldo de los puestos oficialistas) de compra de votos a través del “carné de la patria” y una aplicación telefónica de identificación con código QR con la que se otorgan beneficios directos. Falcón denunció una práctica que se aplica comúnmente, al igual que el uso excesivo de publicidad estatal de manera ilegal. Pero esta denuncia no es nueva. Los puntos rojos funcionan desde hace 15 años, tanto cuando ha ganado o perdido el chavismo. En este sentido, los candidatos opositores que participaron en las elecciones del domingo ya conocían el ventajismo oficial. Pero resulta razonable concluir que su derrota se debe más al abstencionismo que a estas prácticas.

En conclusión, los resultados electorales del domingo no parecen arrojar mucha más información de lo que se sabía antes de las elecciones. Venezuela sigue viviendo dos situaciones en parte opuestas. En una de ellas aumenta el acecho de la soberanía por parte de Estados Unidos y Colombia. En la otra, la dirigencia política venezolana se atornilla al poder. Ambas tienen efectos económicos que devastan al país. Las elecciones del domingo no pudieron disipar esa tensión.