El avión que se estrelló el viernes en el campo cubano había sido alquilado por Cubana de Aviación a una aerolínea mexicana que, a su vez, pertenece a una empresa global. La tragedia es la primera bajo el mandato de Díaz-Canel, pero no la única de la línea de bandera que viene siendo blanco de denuncias por la irregularidad de su servicios. El impacto en el sector turístico y en la población rural de la isla. Esta crónica fue publicada originalmente en la revista cubana El Estornudo

Abraham Jiménez Enoa  

Revista Anfibia, mayo de 2018, http://www.revistaanfibia/

Primero un pie y luego el otro. Lo más pegados posible. Brazos abiertos como alas de avión para no perder el equilibrio sobre la línea del tren. Vista al frente. Primero el derecho y luego el izquierdo. El cuerpo erguido. Sin poner la mirada en los raíles. Un pie, el otro. Sintiendo el cosquilleo del vértigo, la imposición de no caer al costado.

“Creo que iba por la mitad del camino, no sé, quizás más, cuando sentí un viento fuerte en la espalda, un silbido muy fuerte, un empujón desde atrás y todo se me apagó después”. Es lo único que recuerda Ubaldo Fuentes, 59 años, al despertar. Luego comenzará a recordar, poco a poco, otras imágenes previas al instante en que perdió el conocimiento.

¡Ubaldo! ¡Ubaldo! ¡Ubaldoooo!, gritó María Elena, su esposa de 63 años, al verlo tirado en la tierra, bocabajo, con las manos abiertas.

Minutos antes, la olla eléctrica de María Elena le había avisado que los frijoles negros estaban listos. En la mesa estaba servido el arroz blanco, los plátanos maduros fritos y las dos pechugas de pollo. Luego vino el estruendo desorbitante. La explosión.

Un Boeing 737-200, que volaba con 110 pasajeros y que viajaba de La Habana a Holguín, se precipitó poco después de despegar del aeropuerto internacional José Martí. El avión pertenecía a la aerolínea mexicana Damojh de la compañía Global Air y había sido rentado por Cubana de Aviación.

La puerta de la casa de Ubaldo y María Elena, que estaba semiabierta, comenzó a temblar. Portazos. La comida fue al suelo y también una mesita de madera que tenía encima un florero y otros dos búcaros de cristal que se hicieron añicos.

María Elena cayó de rodillas y, junto a ella, la foto de su boda con Ubaldo hace 26 años. Intacta. Entonces pensó en él, que todos los días sobre esa hora detiene el trabajo en el surco para venir a almorzar.

Eran las 12:08 de la tarde. María Elena se levantó y salió a ver qué había ocurrido, a buscar a Ubaldo. Un cono negro picaba el cielo gris de estos días de mal tiempo en La Habana.

“Había una humareda terrible. No se veía nada. El fuego estaba casi al nivel de los árboles más altos”, relata María Elena.

Corrió hacia allá y parecía internarse en un cuarto oscuro y sin salida. Mientras avanzaba, hacía ademanes con sus brazos para ahuyentar el humo, pero sus esfuerzos eran vanos. No veía nada, solo tosía. Entonces oyó una sirena a lo lejos.

María Elena se detuvo y vio pasar el primer camión de bomberos y los primeros dos carros del comando de “Rescate y Salvamento”. Al poco rato, llegaron algunos vecinos y con ellos siguió adelante.

“El fuego se veía justo por la línea del tren, por donde viene todos los días Ubaldo”, dice.

Unos metros más y lo vio tirado en tierra. Con vida.

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María Elena es ama de casa y Ubaldo trabaja en la cooperativa agrícola “1ro de mayo” del municipio Boyeros. Tiene la costumbre de ir a almorzar cada día con su esposa, pues los sembrados de su entidad quedan bien cerca.

Las tierras de la cooperativa están a unos dos kilómetros del reparto “Alturas del Aeropuerto”, que es donde viven Ubaldo y María Elena. Ellos no tienen hijos y viven en un hogar pequeño, de mampostería y techo con tejas de zinc.

A las 3:30 de la tarde, Ubaldo está sentado en el piso de la sala de su casa, descalzo, con la camisa verde olivo abierta y el pantalón beige embarrado de tierra. Tiene la cabeza apoyada en los muslos de María Elena, quien le pasa tiernamente una mano por la nuca.

Ambos están sucios y apestan a humo. Sus rostros son puro sudor. De ahí que no quieran dejarse tomar fotos. Además, Ubaldo tiene algo de sangre en la cabeza debido al trastazo que lo noqueó al caer.

“Tengo la manía de que, cuando termino el trabajo de la mañana, regreso caminando por encima de la línea del tren. Eso me desestresa, estar pendiente de los raíles y no pensar en otra cosa. Me gusta, me siento en otro lugar”, dice Ubaldo, que empieza a salir del letargo.

Cuando María Elena lo encontró estaba totalmente inconsciente. Abrió los ojos después de par de bofetadas en la cara. “Un vecino me ayudó a traerlo hasta la casa y no fue hasta ahora que empezó a acordarse de las cosas, porque venía con los ojos abiertos y hablando cosas sin sentido”, dice María Elena.Dos horas después de que la onda expansiva generada por el impacto del Boeing 737-200 sobre una zona de cultivos entre el Aeropuerto José Martí y Santiago de las Vegas golpeara a Ubaldo y lo lanzara a la vera del ferrocarril, este recuerda: “Yo venía por el raíl, en mi cosa, cuando oí la bulla y lo vi que se iba a estrellar”.

La escena fue fugaz. Ubaldo vio al avión trastabillar en el aire. Dice que se jorobó para un lado, luego para el otro y que finalmente pasó por encima de él con un ala hacia arriba y otra hacia abajo.

“Nunca se me irá esa imagen. Fue como cuando un pelícano se tira al mar de cabeza, a pescar. Pero este era un pájaro gigante. Después fue que sentí el empujón por la espalda y supongo que caí y me di con algo. La explosión no la vi”, cuenta Ubaldo.

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Desde el lugar del siniestro, Miguel Díaz-Canel, presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de Cuba, dijo a la televisión nacional: “Es un lamentable accidente, las noticias no son nada halagüeñas porque hay un alto número de fallecidos. Por tanto, en nombre del Gobierno cubano y del Partido lamentamos el hecho y nos sumamos a las condolencias a las familias afectadas”.

En la aeronave volaban 111 personas, seis tripulantes -todos mexicanos- y 105 pasajeros, incluidos un bebé y cuatro niños mayores. Al siniestro solo sobrevivieron tres mujeres que fueron trasladadas al Hospital Calixto García, donde permanecen en estado crítico. Entre los 108 muertos se encontraban dos ciudadanos saharauis, un turista mexicano y una pareja de argentinos, de 60 años, que vacacionaban en la isla.

“La última semana ningún vuelo nacional había salido porque de los cinco aviones de Cubana de Aviación solo había uno disponible, los otros cuatro están rotos. Por eso es que rentaron este avión”, dice Alberto Ferrer, maletero de la Terminal 1 del Aeropuerto José Martí, donde partió el Boeing 737-200.

Desde finales de 2017 y durante el primer semestre de este año, Cubana de Aviación ha sido blanco de enérgicas críticas de la población por la frecuente cancelación de vuelos nacionales.

Un taxista acostumbrado a hacer rutas hacia el aeropuerto afirma: “La semana pasada yo traje hasta aquí a tres clientes distintos y todos se fueron hacia Oriente en guaguas porque no había aviones. No importaba si tenías el pasaje comprado. Cubana de Aviación los transportó en un ómnibus de Transtur”.

Debido a la tragedia, el Consejo de Estado decretó duelo nacional desde las 6:00 horas del día 19 de mayo hasta las 12:00 de la noche del 20 de mayo. El accidente es un duro golpe para el gobierno de Díaz-Canel, quien da sus primeros pasos como mandatario.

Además de las pérdidas humanas, el siniestro pudiera dañar la imagen de la isla, que tiene en el turismo, con sus dos mil millones de dólares anuales, uno de los pocos renglones económicos salvables dentro de una economía depauperada.

El caso del Boeing 737-200 viene a engordar la lista de infortunios en que se han visto implicadas aeronaves cubanas. El más reciente sucedió en abril de 2017, cuando un AN-26 de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) embistió una montaña en Artemisa y murieron sus ocho tripulantes, militares todos.

En 2010 un vuelo de Aero Caribbean cayó en Santi Spíritus dejando un saldo de 68 fallecidos. 115 pasajeros y 11 tripulantes fueron víctimas de otro accidente ocurrido en 1989, cuando un Ilyushin 62 que trasladaba más de un centenar de turistas italianos se estrelló también en las cercanías del Aeropuerto José Martí. El desplome provocó, además, la muerte de decenas de vecinos en tierra.

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“La gente de aquí, de los caseríos cercanos, se van a tener que mudar si se siguen cayendo los aviones como mierda de pájaros”, dice Emilia Puig, 51 años, vecina del reparto “Alturas del Aeropuerto”.

Emilia está dentro de un tumulto de personas que se encuentra a una distancia prudencial de la línea del tren que lleva al lugar del siniestro. Toda esta gente acaba de salir de los matorrales por indicación de las autoridades.

“Llegamos hasta ahí para ayudar a socorrer. Te aseguro que de ahí nadie se salva. Todos son muñecos en pedazos”, dice Marcos Morales, que estuvo en el sitio del desastre.

Marcos me muestra en su celular varios videos y fotografías. Las imágenes son tan desagradables como conmovedoras.

En uno de los videos cinco hombres cargan por las extremidades a un pasajero desplomado y ensangrentado. Los gritos de “levántenle la cabeza, levántenle la cabeza” se escuchan a pesar del chirrido insoportable de las sirenas de carros bomberos y ambulancias. En otro se ve cómo alguien arde en llamas entre los arbustos.

Hay una foto donde una mujer de tez negra yace sobre la hierba, sin su alma, sin una pierna. En otra, dos cuerpos calcinados. Pero hay dos instantáneas aún más fuertes: la de un niño desfigurado a quien le faltan sus pies y la de un hombre a quien solo le queda el torso, y lo tiene abierto, con los intestinos afuera.

“Por eso hay que beber, divertirse y gozar… porque uno no sabe cuándo te va a tocar la hora”, dice Marcos, y se marcha mirando su Smartphone.

El sonido inconfundible de los motores de un avión se siente a lo lejos. Se acerca poco a poco, vuela sobre la catástrofe. La gente levanta la vista hacia los nubarrones grises y lo ven pasar. El Aeropuerto José Martí no ha dejado de operar. Empieza a caer una fina llovizna sobre Boyeros.