Con María Alejandra Martínez

La hoy artista y poeta nació en un campamento guerrillero y luego se integró a la sociedad civil dedicándose al arte.

 Hector Pavon

 Revista Ñ, 27-4-2018, https://www.clarin.com/revista-enie/

Hoy, María Alejandra Martínez es madre y vive en la ciudad. No es una obviedad. Cumplió 26 años, nació en la selva colombiana, sus padres la criaron en un campamento de las FARC y luego murieron en combate. Habló de su presente como ex combatiente ante una sala colmada en el Museo de la memoria en la Feria del Libro de Bogotá bajo el título “Guerra sin edad”. Al final de su presentación, una joven estudiante de comunicación le preguntó: ¿Cuál fue el momento más feliz de tu infancia? Y dijo: “estuve siempre en lugares remotos en los que los colombianos no podrían acceder, aprendí supervivencia, comí frutas que en la ciudad no hay. Nosotros no teníamos juguetes ni dulces y de pronto un compañero salió y trajo un Bon Bon Bum (golosina), me acuerdo la primera vez que lo probé, fue guauuuu. Cuando salí de la selva a los 18 años y probé por primera vez un helado, dije: nunca voy a olvidar ese momento”. Después habló con Ñ.

–¿Dónde naciste? ¿Estudiaste?

–Vengo del sur, del departamento del Cauca, formé parte de un grupo armado ilegal, las FARC. Mis padres eran parte de esa guerrilla, fueron combatientes y cayeron en guerra. Nací en un campamento y me crié en el contexto del conflicto armado. Como tal, recibí toda la formación, instrucciones y la doctrina revolucionaria, me entrenaron para estar allá y me educaron para ser parte del grupo. Nos enseñaron a leer, a escribir. Yo aprendí a escribir con un palito en la tierra, no teníamos cuadernos ni lápices, pero teníamos palos y teníamos tierra. Incluso yo aprendí a leer con cartillas revolucionarias y con temas gruesos que normalmente ve un chico en la universidad. Yo conozco la historia de Marx, Lenin, el Che Guevara, que es uno de mis personajes favoritos. El tema de la revolución cubana, cómo se formó la revolución bolivariana en nuestra América y todo eso. Tuve una educación exigente en condiciones precarias, en medio de lo que se podía.

–¿Cómo era ser niña en ese medio?

–Obviamente en un contexto de conflicto armado no había fiestas. Somos muy radicales. Lo que rescato es que uno no pierde la condición de niño, de infante en medio de cualquier situación. Nunca perdí mi forma de ser de niña en medio de las hostilidades, las operaciones militares. Jugaba, hacía travesuras, tuve castigos, todo lo que le pasa a uno en la niñez.

–Dijiste que es más más difícil vivir en sociedad que en la selva. ¿Por qué?

–La guerra que uno vive en la selva y la supervivencia es una cosa real de todos los días. Pero cuando estás en el marco de una sociedad civil, de una ciudad capital, de una selva de cemento, es todo tan distinto, distante, tan dividida, tan fría, en todos los sentidos. Es tan difícil hacer una vida de cero, sin educación. Yo estoy educada pero no tengo certificados, cómo demuestro que sé leer, cómo demuestro que tengo experiencia. No hay recomendaciones, direcciones, dinero, no sé cómo moverme. Es otra guerra, es una resistencia distinta. Más que la guerra de armas lo más difícil es sobrevivir en una vida civil sin dinero y sin apoyo de nadie.

–¿Quién te recibió al salir de la selva?

–Nadie, toda mi familia fue exterminada por el ejército. No tenía redes de apoyo, no tenía una hoja de vida, no sabía como elaborarla, cómo enfrentarla, tienes que pensar lo que he pasado para poderme ubicar, conseguir empleo, estudiar, tener una vida medianamente digna, ha sido muy complicado, además soy madre. Obviamente no era tan fácil. Mi hijo nació cuando salí del programa de protección, yo tenía 18 años.

–Y ahora te dedicás al arte, ¿cuándo y cómo comenzaste?

–El contacto con la selva te da sensibilidad artística, emocional, que nadie puede entender. Amo el dibujo, las plásticas, en la ciudad estudié arte, hago artes escénicas y cuento mi historia por medio del teatro. Trabajo con grupos artísticos creando obras sociales que divulguen este tipo de conflictos y de historias. Trabajé en la obra Victus que es un proyecto que habla de la memoria, de la reconciliación y la paz.

–¿Extrañás algo de la selva?

–Todo. Los animales, la naturaleza, el contacto ambiental.

–¿Y qué es lo mejor de estar viviendo en la ciudad?

–Las posibilidades que tengo en medio de las dificultades. Y hay mucho confort. Bueno, demasiado confort, más de lo que uno se merece. La vida acá es muy fácil, y la gente no la valora.

–Dicen que la gente que viene de la selva no tiene pasado.

–Sí tiene. No estoy de acuerdo con eso. Yo sí tengo pasado e historia. Lo que pasa es que se refieren a lo que pasa cuando uno presenta una solicitud de empleo, es muy difícil cuando te entrevistan, y te preguntan cuál es tu experiencia laboral, cuál es su familia, donde estudiaste, en qué institución, y nuestra institución es insurgente. El solo hecho de mencionarlo, es ya un peligro por los imaginarios sociales que existen. Hoy trabajo con mujeres ex combatientes. A nosotras, la sociedad colombiana no nos quiere abrir las puertas, nadie nos emplea. Nadie nos tiene en cuenta. Y yo me abro camino no sólo para mí sino también para las otras mujeres. Tengo una empresa de manualidades que se llama Alearte. Allí hacemos muñecos de la selva de tela, cosemos a mano con otras mujeres víctimas del conflicto armado.