François Chesnais

 Documento adjunto en pdf con notas incluidas Jeremy corbyn – chesnais

 A l’ encontre, 11-4-2108, http://alencontre.org/europe/

Traducción de Faustino Eguberri – Viento Sur, http://www.vientosur.info/

 

A finales de 2017 aparecieron dos libros en el Reino Unido, en ediciones ampliadas, sobre el claro desplazamiento hacia la izquierda del Partido Laborista, que ha pasado ya la página del New Labour de Blair, así como sobre el recorrido político y la personalidad de su nuevo dirigente Jeremy Corbyn. Tratándose del más importante partido socialista/socialdemócrata del mundo, que tiene hoy 570.000 adherentes, su éxito electoral en junio de 2017 con un programa claramente antiausteritario merecería ya un interés por esta evolución.

La posibilidad de una victoria del Labour en nuevas elecciones, a las que la crisis interna del gobierno conservador puede conducir en un futuro bastante próximo, incita aún más a proponer su lectura. Nos ayuda a comprender cómo un diputado veterano que se ha dado a conocer por su apoyo a un conjunto de causas progresistas -antinuclear, antiguerra, antiapartheid, defensa de los derechos de homosexuales, acogida de personas migrantes- y un constante rechazo a votar las leyes austeritarias de los gobiernos Blair [mayo 1997-junio 2007] y Gordon Brown [junio 2007-mayo 2010], ha logrado hacer converger tres procesos: 1º el interno del Labour, de resistencia creciente de la militancia de base al programa thatcherista-blairista, jamás acabado, de destrucción de los servicios públicos; 2º la decisión de los sindicatos, entre ellos los dos más grandes, de implicarse de nuevo en la orientación del partido del que son una componente; 3º el hecho, en fin, de que miles de estudiantes y militantes asociativos se han vuelto hacia el Partido Laborista para hacer de él un instrumento político en su lucha contra el Partido Conservador y la City.

El libro de Richard Seymour, Corbyn, The Strange Rebirth of Radical Politics, se interesa además de forma particular por los ataques sin tregua que los medios han realizado contra Corbyn desde su elección a la cabeza del Labour en 2015 y a la detestación tenaz que le dedica la mayoría de las y los diputados laboristas, muchos de los cuales son aún de tendencia blairista. El de Alex Nunns The Candidate, Jeremy Corbyn’s Improbable Path to Power está basado en una larga investigación entre militantes y simpatizantes del Partido Laborista, de la que había adelantado un esbozo en un artículo publicado en 2015 en Le Monde Diplomatique. Sigue las evoluciones micropolíticas internas del Labour, ellas mismas consecuencia de los profundos cambios sociales que pocos observadores británicos habían visto, y aún menos los editorialistas extranjeros. Es precioso por la masa de información que aporta sobre Momentum, especie de “movimiento de movimientos” que ha dado a Corbyn el apoyo masivo, “en la calle, en el puerta a puerta y en las urnas”, de decenas de miles de jóvenes politizados.

La experiencia británica tiene fuertes rasgos sui generis. Tiene que ver a la vez con la historia muy particular del Partido Laborista y con la amplitud así como la intensidad de la movilización de la juventud, igual que el camino político que ha elegido. Al final de su libro Nunns se pierde un poco en los detalles de la campaña de 2017 por muy importantes que fueran. En cambio Seymour concluye recordando la potencia de las fuerzas sociales y de los cerrojos instituciones a los que un gobierno Corbyn se enfrentará una vez elegido. Se pregunta qué medidas podrá Corbyn verdaderamente poner en marcha.

Esta preocupación guía igualmente un tercer libro, bastante más corto y de un carácter diferente. Está publicado por militantes del ala izquierda a la que pertenecen John McDonnell, brazo derecho de Corbyn y canciller de economía en el gabinete fantasma del New Labour. Titulado For the Many: Preparing Labour for Power, examina el programa del Partido Laborista en las elecciones de junio de 2017 y la forma en que podría ser mejorado en las próximas citas electorales.

 Las elecciones generales de junio de 2017, preparadas por las de 2015 y de 2016 en el seno del Labour

El 8 de junio de 2017, las elecciones legislativas anticipadas, convocadas por la Primera Ministra Theresa May, vieron como el Partido Laborista dirigido por Jeremy Corbyn, cabeza visible histórica del ala antiblairista del New Labour, ganaba más de 3,5 millones de votos en relación a las elecciones precedentes y saltaba 9,6 puntos en el porcentaje nacional, es decir, su más importante progresión desde las elecciones de 1945. En abril, cuando Theresa May tomó la decisión de celebrar esas elecciones, las encuestas le daban al Partido conservador el doble de votos que al laborista. El resultado de junio de 2017 del Labour fue tanto más espectacular en la medida que su programa claramente marcado a izquierda rompía con más de dos decenios de blairismo y que Corbyn fue presentado por los medios como un agitador irresponsable, sostenido por un aparato político que había caído en manos de la extrema izquierda. Es así, en efecto, como los medios caracterizan a la corriente Labour Representation Committee, situada a la izquierda, a la que pertenece McDonnell. Durante la campaña electoral una parte de la derecha blairista hizo abiertamente campaña contra los candidatos corbynistas.

Evidentemente, la situación post-Brexit ha influido mucho en la decepción de los Tories y la de Theresa May en particular. Pero al menos otrotanto el hecho de que por primera vez desde su derrota a manos de Margaret Thatcher en 1979, el Labour se ha presentado con un programa claramente a la izquierda y con un dirigente audible por todos los estratos de la juventud. Los resultados vinieron a confirmar y reforzar el proceso que vio primero en septiembre de 2015 ser elegido a Corbyn a la cabeza del Labour, con el 59,5% de los votos en unas elecciones abiertas a los y las simpatizantes (ver más adelante), resistir en junio de 2016 a una tentativa de las y los parlamentarios de forzarle a dimitir antes de ser elegido por el 62% de las y los delegados en el congreso del Partido en septiembre de 2016. Tres factores, como he subrayado, han permitido este resultado: 1º el rechazo muy fuerte por las estructuras de base del partido de las posiciones tomadas en Westminstar por las y los diputados del grupo parlamentario que Tony Blair ha mantenido como suyos incluso después de su dimisión como Primer Ministro en 2007; 2º un desplazamiento a la izquierda de los sindicatos que son miembros constitutivos históricos del Partido Laborista; 3º, en fin, el apoyo determinado de decenas de miles de jóvenes politizados y politizadas.

Hay que añadir a ello un elemento propio de la constitución no escrita del Reino Unido, a saber, su sistema electoral de escrutinio uninominal a una vuelta (first past the post) que incita con fuerza a intentar hacer del Partido Laborista un instrumento de lucha. Debido al modo de escrutinio, pequeñas formaciones, como el Partido Verde, han quedado bloqueadas fuera del Parlamento. El partido nacionalista xenófobo, Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP) no ha entrado hasta 2015. La mayor organización trotskista británica ha sido la The Militant, que optó en su momento por convertirse en una corriente del Labour.

Tanto entre los conservadores como entre los laboristas el modo de escrutinio convierte a las escisiones en un suicidio. Hoy los amigos de Blair ni piensan en ellas como tampoco pensó en ellas el ala izquierda constituida en torno a Tony Benn en los años 1980. Es por tanto en el seno del Partido Laborista donde la oposición a las políticas neoliberales se ha organizado en el curso de luchas internas realizadas tanto por los sindicatos, que son una componente histórica, como por la gente afiliada en las estructuras de base de las circunscripciones de electorado popular. Antes incluso de que la juventud lanzara su fuerza a la batalla, se ha asistido así a lo largo de al menos una decena de años a cambios micropolíticos difícilmente detectables, incluso por quienes han sido sus protagonistas. Un partido del que Blair había cambiado el nombre a New Labour en 1994 -y que la mayoría de los observadores creía irreversiblemente “blairizado”- se ha desplazado hacia la izquierda sin que casi nadie se apercibiera de ello hasta que Corbyn ganó holgadamente las elecciones hechas por voto por correspondencia en septiembre de 2015.

Un partido fundado por los sindicatos en el que mantienen una fuerte influencia

En estas elecciones, el voto sindical ha sido decisivo y más precisamente el apoyo público que Corbyn ha recibido de dos poderosas federaciones, la de la función pública Unison y la de las y los trabajadores no especializados Unite que cuenta con 3 millones de afiliados y afiliadas.

Las relaciones entre sindicalismo y política en Gran Bretaña han sido desde sus orígenes muy diferentes a las que hay en Francia donde la Carta de Amiens estableció una separación entre sindicato y partido. El congreso de la CGT de 1906 declaraba “la entera libertad para el sindicado, de participar, fuera del agrupamiento corporativo, en tales formas de lucha correspondientes a su concepción filosófica o política, limitándose a demandarle, en reciprocidad, no introducir en el sindicato las opiniones que profesa fuera (…) no teniendo las organizaciones confederadas, como agrupamientos sindicales, que preocuparse de los partidos y de las sectas que, fuera y al lado, pueden proseguir en total libertad la transformación social”.

Exactamente en la misma época, en Gran Bretaña, los dirigentes sindicales trabajaban en la creación del Partido Laborista, cuya fundación les parecía indispensable cuando el sufragio censitario comenzaba a ceder el paso al sufragio universal (hay que esperar a 1918 para que éste esté plenamente establecido). Se acercan primero al Partido Liberal que apoya a algunos candidatos obreros. Esta solución es poco satisfactoria: se impone una representación política independiente de los obreros. Ahora bien el mismo período ve la formación de varios pequeños grupos socialistas, entre ellos el Partido Laborista Independiente (ILP) al que Georges Orwel pertenecería en los años 1930 y la Fabian Society que reúne a intelectuales y profesionales de clase media. Algunos sindicalistas audaces buscan la vía de un acercamiento a ellos.

En 1899, Thomas Steels, del sindicato de ferroviarios propone a su sección que la organización confederal Trade-Union Congress (TUC), que reune a todos los sindicatos, convocara un congreso especial que tendría como objetivo la unificación de los sindicatos y de los grupos de izquierda en el seno de un organismo único que apoyaría a candidatos a las elecciones. La propuesta encuentra el apoyo necesario en el seno del TUC.

El congreso se celebró en 1900, representando los sindicatos alrededor de un tercio de los delegados. El congreso adoptó la moción del jefe del Partido Laborista Independiente, Keir Hardie, de formar un “grupo distinto de trabajadores en el Parlamento, con sus propias consignas de voto y que se pondrá de acuerdo sobre sus políticas, que integrarán la posibilidad de cooperar con todo partido comprometido con la promoción de leyes que defiendan los intereses de los trabajadores”. Así se crea la Labour Representation Committee (LRC), primer nombre del Partido Laborista, cuya tarea al comienzo es coordinar el apoyo a los diputados afiliados a los sindicatos o que representaran los intereses de la clase obrera. El partido tomaba el nombre de Labour Party en 1906.

Es difícil resumir en pocas líneas las relaciones entre los sindicatos y el Labour durante más de un siglo. El Labour ha estado en el gobierno varias veces con mayorías muy diferentes, correlaciones de fuerzas con el capital y relaciones igualmente muy diferentes con los sindicatos según los momentos. No hubo junio de 1936 en Gran Bretaña, pero las grandes conquistas sociales de 1945 fueron preparadas por el ascenso de los sindicatos en los años 1930 cuando se sucedían gobiernos de coalición dirigidos por el Partido conservador. La patronal se vio obligada a aceptar que estuvieran en igualdad en comisiones tripartitas creadas por el gobierno a medida que la Segunda Guerra Mundial se hacía inevitable. Su fuerza era tal que en 1940, Ernest Bevin, entonces Secretario Nacional del muy poderoso sindicato de los obreros del transporte (por tanto los dockers) y de los trabajadores no especializados (luego Unite), entró en el gobierno Churchill como Ministro de Transportes.

El gobierno laborista de 1945 contó con varios ministros que habían comenzado su carrera como cuadros sindicales. Las reformas sociales de los años 1945-1948 marcan el apogeo de la influencia de la clase obrera. La continuación es la de las relaciones complicadas hechas de negativas a satisfacer las reivindicaciones obreras y de injerencias en las conquistas sociales. La alternancia entre laboristas y conservadores en Whitehall ha puesto a las direcciones sindicales en situaciones difíciles. A menudo no se han opuesto a los gobiernos y se han encontrado enfrentadas con sus bases.

La llegada del New Labour al gobierno en 1997 y la opción reiterada de Blair de no tocar la legislación Thatcher provocaron fuertes tensiones y un divorcio completo con los sindicatos en el plano social, con consecuencias en el funcionamiento interno del Partido Laborista. Así, los sindicatos de la marina y de los bomberos se desafiliaron del New Labour (opt out) mientras que Unison y Unite se quedaron. La afiliación implica fuertes obligaciones financieras para los sindicatos, pero también es una fuente de dependencia del partido. Durante mucho tiempo dió a sus dirigentes un poder considerable que resultaba de la regla del voto bloqueado en los congresos. Tras duras batallas los estatutos fueron cambiados. Desde 2013 los miembros de los sindicatos afiliados no son ya automáticamente miembros del Partido Laborista y deben afiliarse a él de forma individual (opt in). A pesar de todas estas dificultades, la pertenencia de los sindicatos al Labour ha dado a sus estructuras un grado elevado de solidez y ha creado la obligación para sus dirigentes de ir a ellas a defender su política. Blair pudo rechazar en 1999 echar atrás las leyes thatcheristas, pero le habría sido imposible hacer lo que Thatcher hizo, romper la huelga de los mineros y más tarde la de los dockers como lo hizo ella para imponer la flexibilización del trabajo y la precarización del empleo. Hoy, tras varios cambios estatutarios, la capacidad de los sindicatos de influir sobre las posiciones del Labour depende menos de los escaños que les son atribuidos de oficio en las instancias dirigentes que de la participación de sus afiliados y afiliadas en la vida y las actividades del Partido.

Una estructura de base en la que las y los afiliados tienen un peso importante

El Partido Laborista es bastante menos piramidal que la mayor parte de los partidos. Es incluso casi bicéfalo. Bajo la palabra Labour se encuentran dos estructuras diferentes, incluso muy diferentes, el Parliamentary Labour Party en donde se encuentran todos los diputados y el, o más exactamente los, “partidos de circunscripción”, Constituency Labour Party (CLP), donde se encuentra los afiliados al partido en cada una de las 600 circunscripciones del Reino Unido. El “partido de circunscripción” corresponde poco más o menos a lo que es (o era) la sección en el Partido Socialista en Francia.

Veamos este “poco más o menos” más de cerca. La entrada Wikipedia para el PS nos dice que “La sección es el marco de militancia más directo: son las secciones las que organizan las pegadas de carteles, las distribuciones de panfletos, los puerta a puerta, etc. Son ellas también las que constituyen el enlace esencial entre lo “nacional” (dirección nacional), la “fede” (federación departamental), las y los electos y militantes y es en su seno donde se practica el debate interno, ya en el marco de un congreso o de una consulta interna”.

En el caso del Labour, el CPL no es un enlace, sino una estructura que goza de una gran autonomía. La fuerte presencia de militantes sindicales tiene mucho que ver con ello. Está dividido en ramas locales más pequeñas y dirigido por un comité ejecutivo y un comité general compuestos de delegados que vienen de las ramas, de los sindicatos afiliados y de las asociaciones de izquierda en la circunscripción. En estas instancias, pero también en asamblea general, los CPL se adueñan de todas las cuestiones que afectan a los ciudadanos y ciudadanas en el plano municipal y las y los asalariados en su vida fuera de la fábrica.

Los CPL se han situado siempre más a la izquierda que el partido parlamentario y salvo en 1945-1951 más a la izquierda que los gobiernos laboristas, no solo en materia de política económica y social sino también sobre las cuestiones de política internacional. La existencia de los partidos de circunscripción ha asegurado la legitimidad de los portavoces de la izquierda laborista, en particular la de Tony Benn en los años 1980. Encarnó la oposición a Blair en la proclamación del New Labour thatcherizado y a cuyo lado Corbyn llevó a cabo sus primeros combates. La militancia de izquierdas de los “partidos de circunscripción” se ha dotado en 1980 de un boletín de enlace de aparición mensual y una tirada importante, el Labour Briefing, primero entre las secciones del gran Londres y luego nacionalmente. Este boletín se ha convertido en el órgano del Labour Representation Committee desde su refundación en 2004. Presentado como una madriguera de trotskystas, McDonnell es su figura más destacada.

El divorcio entre los partidos de circunscripción y el gobierno ha sido particularmente claro desde el gobierno Blair. Sobre su política económica por supuesto, pero también su política exterior. La decisión en 2003 de invadir Irak al lado de George W. Bush dividió al partido en dos en los Comunes, con 254 votos a favor y 153 en contra o abstención. Jeremy Corbyn estaba en primera fila de la manifestación del 15 de febrero de 2003 que reunió a tres millones de personas contra la invasión de Irak, la mayor manifestación política jamás conocida en Inglaterra.

Son los CPL quienes designan a los candidatos tanto en las elecciones municipales como en las elecciones generales. El candidato a la diputación es elegido en principio en una lista de precandidatos aprobados nacionalmente. Si es elegido fuera de esta lista, el comité ejecutivo nacional debe a continuación ratificar la elección. Para apreciar el peso de los afiliados en la elección de las y los electos, en su circunscripción Tony Blair se vió rechazar su primera designación de candidatura a una elección municipal y tuvo muchas dificultades para obtener la necesaria para su escaño en Westminster. El New Labour ha conocido profundos cambios que habrían debido impedir el surgimiento del fenómeno Corbyn. Como ha señalado Thierry Labica el New Labour no solo ha sido un corpus de medidas políticas, sino también un nuevo modo de funcionamiento del partido, de una nueva distribución de sus correlaciones de fuerzas internas.

“Allí donde prevalece una distribución federal de las fuerzas en el seno del partido, las reorganizaciones internas de los años 1980 y 1990 han consistido en poner a distancia y debilitar las componentes organizadas (sindicatos, secciones locales) capaces de intervenir en la construcción de la orientación del partido, para implantar allí un orden descendente, entre una élite profesionalizada de expertos en comunicación y estrategias electorales, y una periferia de apoyos o de afiliados neutralizados en el marco de mecanismos institucionales complejos. (…). Los congresos pierden su vocación de momentos de elaboración programática en beneficio de un “National Policy Forum”, fuera del alcance de la gente no iniciada. Por no tomar mas que un ejemplo de la fuerza nueva del control político en el seno del New Labour, cuando la intervención militar en Irak al lado de Bush acababa de dar lugar a las mayores manifestaciones de masas de la historia del país, y cuando esta intervención era la causa directa de los abandonos en masa de afiliados, la organización del congreso (Labour Party Conference) logró la hazaña de no permitir ninguna moción y ningún debate sobre el tema”.

En su prefacio del libro For the Many, mencionado anteriormente, Ken Loach llama a la militancia a ejercer plenamente su derecho de designación en las futuras elecciones. Corbyn y MacDonnell no podrán hacer gran cosa en el gobierno si no tienen el apoyo de una importante mayoría de diputados que se posicionan en la izquierda. Son las posiciones políticas de cada diputado las que determinarán la puesta en marcha legislativa del programa electoral y el grado de radicalidad de las leyes votadas. Pero incluso el pleno ejercicio del derecho de designación no servirá de contrapeso quizás al hecho de que la composición social de las circunscripciones ha sido modificada, a menudo muy modificada, por la desindustrialización y el retroceso del peso social y político de los obreros que ha provocado. De ahí la gran importancia de la movilización de la juventud detrás de Corbyn.

Momentum, respuesta a un “movimiento que buscaba una casa común”

Es así como Nunns titula el capítulo de su libro en el que analiza el tercer proceso que ha colocado a Corbyn a la cabeza del Labour, a saber, el apoyo que ha recibido desde hace cuatro años de decenas de miles de jóvenes. Estos y estas jóvenes se han politizado fuera del Labour en los combates sociales originales que han dado lugar a la formación de organizaciones que se puede calificar como “movimentistas”. Puesto que pocos lectores de este artículo tendrán la ocasión de tener el libro de Nunns en sus manos, les remito en esta parte del artículo, más aún que en las precedentes, a entradas en la edición inglesa de Wikipedia, sabiendo que han satisfecho las exigencias de exactitud de la página web.

La autoorganización ha jugado un papel importante en los procesos que han conducido a la formación por coagulación de una especie de “movimiento de movimientos”y luego a la creación de Momentum como organización. Se sitúa su punto de partida en las grandes manifestaciones contra la subida de los precios de la matrícula universitaria de noviembre y diciembre de 2010. Estuvieron marcadas por numerosos enfrentamientos entre una policía, formada como en tantos países en la represión de calle, y los y las estudiantes. Estos enfrentamientos acabaron en muchas detenciones y penas de cárcel.

Un año más tarde, entre marzo y julio de 2011, hubo una larga fase de intensa movilización que fue más allá de los precios de las matrículas, contra los recortes presupuestarios del gobierno de David Cameron [mayo 2010-julio 2016], la destrucción del sistema de salud pública y la dimensión, poco conocida, contra la evasión fiscal. Las formas fueron variadas. Incluyeron numerosas acciones locales contra la evasión fiscal realizadas ante las sedes de los bancos (en particular el Barclays) y de grandes sociedades (como la de la telefonía Vodafone), realizadas por pequeños grupos de jóvenes reagrupados en un movimiento llamado UK Uncut, una serie de huelgas en los servicios públicos que estaban en el centro del punto de mira de los recortes del presupuesto de Cameron en la primavera de 2011 (hospitales, enseñanza) y una manifestación central en Londres convocada el 26 de marzo de 2011 por la confederación sindical Trade Unions Council (TUC), en la que participaron entre 300.000 y 500.000 personas.

En Francia, en el mismo período, el movimiento de los Indignados de la Puerta del Sol, Occupy Wall Street, o también la formación de Syriza en Grecia atrajeron mucha atención. En cambio lo que ocurría en el Reino Unido, pasó totalmente desapercibido. Sin embargo fue allí, más que muchos otros países, donde el combate contra las políticas de austeridad supo instalarse de forma duradera y tomar un carácter de masas gracias a movimientos como UK Uncut y sobre todo a la formación de la People´s Assembly. Se trata de una modalidad de Frente común social y político entre la corriente Labour Representation Committee de la que hemos hablado, los Verdes, la pequeña formación Left Unity creada por Ken Loach, diputados como Corbyn y varios grandes sindicatos. La People´s Assembly pudo convocar con su propia autoridad a manifestaciones de decenas de miles de personas (50.000) contra la austeridad en junio de 2014 y luego en junio de 2015 -en vísperas de las elecciones internas del Partido Laborista ganadas por Corbyn- hasta 150.000.

La victoria sin paliativos de Corbyn ha sido debida a la participación importante en la votación de nuevos miembros politizados en estas luchas. Ellos y ellas han podido sumarse gracias a la posibilidad abierta de inscribirse en el partido pagando una cotización de 3 libras (4 euros). Nunns explica que la idea vino de los blairistas persuadidos de que había un bloque de electores centristas por ganar. Por citarlo: “Ironía de la suerte, esta reforma interna había sido propuesta por la derecha del partido: los blairistas, fascinados por el modelo de las primarias en los Estados Unidos, hacían la apuesta de que la apertura del voto al gran público debilitaría la influencia de los sindicalistas y acabaría de anclar el partido en el fructuoso pantano del “centro”. Cruel fue su decepción cuando se dieron cuenta de que el mecanismo que debía asegurarles su victoria servía de hecho a los intereses de la izquierda, encantada de poner a su favor la treta de sus adversarios”.

Debido a factores analizados más arriba, en particular el apoyo político y financiero de Unison y de Unite, la elección de Corbyn a la cabeza del Labour se habría producido en cualquier situación, pero fue el voto de la nueva afiliación representativa de la juventud lo que le dio su carácter masivo. A fin de acercarles al Labour, un allegado a Corbyn, Jonathan Lansman, formó una organización llamada Momentum.

Momentum ofrece a los y las jóvenes una estructura que les permite militar apoyando a Corbyn teniendo en cuenta y sacando partido de sus modos de militancia específicos. El lugar estatutario concedido en el partido, desde el origen, a las asociaciones que combaten por la emancipación (los fabianos fueron los primeros) lo hacía posible. La forma de estructura exacta ha dado lugar a tanteos y algunas tensiones, pero hoy la organización cuenta con 37.000 miembros que tienen un carnet del Partido Laborista y representantes en el Comité Ejecutivo Nacional. La disponibilidad, el entusiasmo y la movilidad de los y las jóvenes militantes han sido una preciosa baza para Corbyn frente al ala derecha del Labour. Si pudo ganar las elecciones de septiembre de 2015 gracias a los sindicatos, han sido ellos y ellas quienes le han permitido resistir al ala derecha del partido. En la sesión del partido parlamentario que intentó empujarle a la dimisión a finales de junio de 2016, los y las militantes del gran Londres convocaron en 24 horas una concentración de apoyo a Corbyn que reunió a 10.000 personas y puso fin a las veleidades de golpe de Estado por parte del grupo parlamentario. Con la fuerza de esta victoria, tres meses más tarde, en el congreso de Brighton, en septiembre de 2016, Corbyn fue elegido por el 62% de los delegados y delegadas, entre quienes había un buen grupo de miembros de Momentum, mejorando así su resultado de 2015.

Un año más tarde, en las elecciones legislativas de junio de 2017, el trabajo militante de los y las jóvenes de Momentum fue verdaderamente decisivo en los resultados del Partido Laborista y la consolidación de la posición de Corbyn como potencial primer ministro. Los dos libros documentan la forma en que su apoyo permitió a Corbyn, de semana en semana, ganar confianza y afirmarse frente a Theresa May. En muchas circunscripciones la campaña laborista fue muy floja, una parte de la afiliación se mostraba poco entusiasta viendo a Corbyn salir adelante. Los equipos de Momentum lo paliaron desplazándose de una circunscripción a otra en una misma región. Se estima que el logro de 25 escaños laboristas fue gracias a ellos. En el congreso de finales de septiembre de 2017, miembros de Momentum hicieron su entrada en varias comisiones importantes y ayudaron a la izquierda a ganar diferentes votaciones sobre la orientación, provocando la inquietud de la patronal británica. Si se lee el boletín Labour Friefing se ve que es seguro que van a seguir los consejos de Ken Loach y que prepararán en las instancias locales las condiciones de la renovación de la representación parlamentaria en las próximas elecciones.

¿Y mañana?

La decepción de Theresa May que ha perdido trece escaños y por tanto su mayoría en Westminster, así como el aumento espectacular de los votos del Labour en 2017 han sido en gran parte debidos al militantismo de Momentum y al nivel elevado de la participación electoral joven. Éste no ha sido captado por los sondeos precedentes al escrutinio, aunque la acogida entusiasta hecha a Corbyn en los conciertos populares pudiera dejarlo entrever. En precedentes elecciones legislativas, la participación de los electores y electoras de entre 18 y 24 años estaba en alrededor del 40%. En 2017, ha subido al 72%, es decir bastante más que el nivel de participación general (68%), que fue el más fuerte desde las elecciones que llevaron al poder a Blair veinte años antes. En esta franja de edad, los laboristas ha superado a los conservadores en el 47%.

La prensa francesa ha visto en ello una respuesta de la juventud al Brexit en el que no se había implicado. En el capítulo que ha añadido a su libro Nunns es bastante categórico atribuyéndolo sobre todo al programa radicalmente antiausteritario de Corbyn y McDonell. Éste contenía en particular la renacionalización del ferrocarril, inversiones elevadas en el sistema de salud y el sector hospitalario, la supresión de los gastos de matrícula en la universidad, la reconstrucción de los derechos sindicales en los lugares de trabajo, la construcción de un millón de viviendas a precio o alquileres moderados en cinco años, el aumento de los salarios mínimos al nivel de salario mínimo vital (fijado en 10 libras esterlinas la hora), la supresión de contratos cero-horas, una batería de medidas para paliar la degradación de las jubilaciones.

En su artículo para Le Monde Diplomatique de 2015 Nunns subrayaba que “el hecho de que el movimiento antiausteridad en el Reino Unido se haya forjado en el marco de un gran partido de gobierno presenta grandes ventajas, pero también serios inconvenientes. El Partido Laborista no ha sido concebido para confrontarse al Estado. No es una organización que desafíe el orden establecido, como pudo hacerlo Syriza. Para triunfar, Corbyn va a tener que transformar el Labour en una fuerza militante capaz de mantener el increíble arrebato colectivo que le ha propulsado a su cabeza. Si la excitación generada estos últimos meses se propaga a otros sectores de la población y la aventura sigue su camino, Corbyn tiene todas sus posibilidades. Si el movimiento decae y el hombre de la renovación lleva su base a los viejos centros de poder, la ocasión será perdida” Se sabe lo que ocurrió con las promesas de enfrentamientos realizadas por Syriza. Pero sigamos en el Reino Unido. Las elecciones de junio de 2017 y el congreso laborista que las siguió en septiembre han mostrado que el “arrebato colectivo” no solo se había mantenido, sino que se había incluso ampliado con fuerza. En futuras elecciones no hay duda alguna de que lo será de nuevo, muy posiblemente con una fuerza suficiente para dar a Corbyn y McDonnell una mayoría en Westminster.

Pero el recuerdo por Nunns de que el Labour es un partido de gobierno, no formateado para confrontarse al Estado o para desafiar el orden establecido, vale plenamente. Las precauciones que el programa electoral de 2017 tomó con la patronal industrial y el carácter muy prudente de las medidas fiscales dan fe de ello. Interrogando a la historia del Labour en el gobierno, solo entre 1945 y 1948 durante el gobierno Atlee el consejo de ministros contó con un grupo de dirigentes plenamente defensores de los intereses de la clase obrera y con una determinación suficiente para aprovecharse de correlaciones de fuerzas favorables e imponer a la burguesía británica reformas que mermaban un poco, momentáneamente, sus posiciones. Pero fue con el mismo gobierno con el que el Reino Unido se implicó en el armamento nuclear contra las posiciones muy mayoritariamente antinucleares de las y los afiliados al Partido Laborista. El gobierno Wilson de 1967-1970 tiene en su haber la abolición de la pena de muerte, la legalización del aborto y la de la homosexualidad lo que no era poca cosa en aquella época, pero fue él quien permitió a la City emprender el proceso de liberalización financiera mundial. Corbyn y McDonnell están indiscutiblemente hechos del mismo material que Aneurin Bevan o Tony Benn, pero aunque la burguesía británica esté debilitada y desestabilizada políticamente por el Brexit y la crisis del Partido conservador, las relaciones entre trabajo y capital siguen siendo favorables al segundo. También perdura la herencia imperial. Corbyn ha tenido que sumarse a la producción del Trident (avión de combate), equivalente británico del Rafale francés.

Para concluir, en el Reino Unido no hay “futuros esplendorosos” a la vista, pero a diferencia de Francia reina allí un clima político no deletéreo e incluso entusiasta en la izquierda. La perspectiva es la de una llegada de Corbyn y McDonnell al gobierno que abriría un período marcado por una verdadera voluntad de su parte de hacer votar y de poner en marcha reformas que mejorarían la vida de las clases populares y de las clases medias y que reducirían el paro de los y las jóvenes. El grado en que el futuro programa, que será una versión un poco mejorada del de 2017, será aplicado no es algo dado por adelantado. Todo dependerá de la amplitud de la victoria del Labour y del número de diputados y diputadas laboristas dispuestos a ser una pizca radicales, debido a sus propias convicciones, pero también al grado de intensidad de la presión que la juventud ejercería sobre ellos. Una vez Corbyn y McDonnell en Whitehall, ¿continuará el arrebato colectivo que les ha llevado desde 2015? La historia nos lo dirá.

* Artículo enviado por el autor A l’ encontre y publicado en la revista Les Possibles, N° 165 Primavera 2018.