Brasil

La humillación de Lula muestra que no hubo “conciliación” ni que jamás habrá “absolución de la historia”

Gabriel Brito *

Correio da Cidadania, 12-4-201, http://www.correiocidadania.com.br/

Traducción de Ernesto Herrera – Correspondencia de Prensa

La escena es de aquellas que no se puede creer ver. Lula está preso, sí, es verdad. Durísimo golpe a todos los que soñaron con una país mejor. Incluso para aquellos que habían roto hace tiempo con el Partido de los Trabajadores y los consideran un instrumento de profundización del orden neoliberal, con discurso demagógico que no resistió las vicisitudes de una crisis económica superior al “mal rodaje” y cuyo impacto era imposible disimular.

Lula preso es un golpe de muerte en los últimos 40 años de luchas sociales y de los trabajadores. La tragedia ya era anunciada, al final, estamos hablando de sectores que hace tiempos se despegaron de sus supuestos representados, inclusive bajo innumerables alertas. Tal vez por eso mismo la burguesía brasilera se haya sentido a voluntad para quebrar las reglas de su propio juego y excluirlo de la escena político-electoral. Como venimos publicando, su proyecto neocolonial expoliador no puede valerse por medios democráticos. Y después de aquello que llamamos falsa polarización, simbolizada en la disputas con el PSDB, ahora es hora de partir para el asalto.

Hechos versus propaganda

Como escribió el analista político Fabio Luís Barbosa dos Santos, en su libro Más allá del PT. La crisis de la izquierda brasilera en perspectiva latinoamericana: “se observa una polarización sin ninguna correspondencia con lo que estaba en disputa: la gestión de la crisis se profundiza en el país. En cuanto el tono de las acusaciones entre los candidatos se eleva, se rebaja el debate político. Un clima de hostilidad visceral intoxicó el electorado, ampliado por la media corporativa. No es difícil percibir la función de esa polarización postica, que ocultó las cuestiones relevantes para Brasil. Junio de 2013 desencadenó la insatisfacción con el padrón lulista de desarrollo del subdesarrollo, que en este momento tuvo expresiones a la izquierda y a la derecha”.

Puede parecer persecución a los aturdidos partidarios de los gobiernos de Lula, pero es nuevamente difícil tejer explicaciones sobre la humillante derrota sin pasar por las protestas de 20013, hasta hoy discriminados por una izquierda que ahora reclama unidad y dice condenar el sectarismo. Hace eso de la boca para afuera, pero sigue torciendo la nariz para las manifestaciones políticas más diversas de la historia de Brasil. Y pagó caro por propagandear de forma fantasiosa un caminada de progreso del grueso de la población, cuando no pasó de un vuelo de gallina, un momento de avance material, en una vida cercada de privaciones y violencias.

“Vamos a los datos oficiales contenidos en el Catastro Único del Bolsa Familia, disponible en el sitios del Ministerio de Desarrollo Social; en febrero de 2013, había 71,1 millones de personas que vivían con medio salario mínimo. Da 35 % de la población brasilera. Estamos hablando de un período en que se completaban 10 años de gobiernos petistas, aquellos que supuestamente reducirían dramáticamente la pobreza. Sólo supuestamente. Saltemos para 2015, el último año completo de Dilma Rous­seff y, como tal, el último año del ciclo petista (hasta ahora). Había entonces 73.327.179 personas pobres, lo que da cerca de 36% de su población total. Por tanto, aumentó el número de pobres (en poco más de dos millones de personas) y aumentó también un poco el porcentaje de pobres en el conjunto de la población”, escribió Clovis Rossi, en la Folha de. São Paulo

¿Unidad en torno a qué?

Por tanto, si hay sectores y grupos que todavía se interesan por esa tal unidad contra el mal menor –ni siempre asociado al carácter de la explotación capitalista enraizada en Brasil- continúa necesario entender quién y por qué se hicieron aquellos levantamientos masivos. Entre otras cosas porque con resistencia poética y consignas de las redes sociales o churrascos entre amigos en el Sindicato de los Metalúrgicos no se saldrá de la confusión.

“Lamentablemente, el PT y su militancia están obsoletos, se ahogaron en un mar de prepotencia e intolerancia delante de la alteridad. Toda crítica viene siendo tratada como discurso de odio y, a seguir, achatada en un bloque unitario y amorfo de “antipetismo”. El extremismo petista parte, entonces, hacia la solución más simple: denunciar como fascista todo lo que le desagrada, enfatizando el discurso de polarización partidaria, que es la forma no sólo de destruir el enemigo, sino también de doblar las críticas venidas de la izquierda, según la tentativa de construir un discurso unificado hegemónico de “las izquierdas”, es decir, la unificación que atiende la voluntad del gobernismo”, escribió en Correio da Cidadania, en 2014, la abogada de derechos humanos Priscila Prisco, al comentar la contratación de la empresa de marketing Ma­rissol, involucrada de establecer “perfiles sobre el antipetismo”.

Sí, quien un día tuvo a Florestan Fernandes para comprender la mecánica de la lucha de clases brasilera, atacó con una oscura empresa de marketing y sus encuestas de campo que ven a manifestantes como clientes de una democracia que sólo podría realizarse por el mercado y por el consumo.

Quedó patente, desde entonces y con renovados ejemplos, la muerte del partido como instrumento de transformación social. La acomodación y burocratización de la sigla llegó a tal punto que, además de incapaz de comprender la realidad, o se recusó a hacerlo, siempre respondió con más y más austeridad. No solamente en 2015-2016, en el mandato nacido muerto de Dilma, sino en aquel huracanado 2013 y también en 2014.

“Confrontado con la impotencia de cambiar el orden, el pueblo brasilero asistió a una radicalización reaccionaria durante el proceso electoral. En este contexto, muchos cuadros acudieron a una defensa apasionada del petismo, vaciándola de cualquier potencial de cambio. De otro lado, una clase dominante siempre opuesta al protagonismo popular sintió que el momento lulista pasaba y retomó la ofensiva. Sin alternativas programáticas a presentar, su discurso se deslizó rápidamente a preconceptos y rencores que revelaban la intolerancia con la existencia de un partido de trabajadores, aunque desprovisto de autonomía de clase”, observa Fabio Luís en su libro.

La falsa polarización y su destrucción final

De impotencia en impotencia y propaganda chapa blanca irresponsable, alienada de suelo social, fuimos siendo tragados por los sectores reaccionarios de la sociedad, estos que irguieron un monumental apartheid social y apenas toleran el habilidoso arbitraje político de Lula. Pues si del lado de acá nos acomodamos, por la allá jamás descansaron en su lucha de clases. Cuando las condiciones del “gana-gana” se borraron su ofensiva siniestra ya estaba armada. Porque siempre estuvo, basta revisar los acervos de los medios hegemónicos y sus portadas entre 2003 y 2012.

“Los ítems de la cuestión es que el PT se tornó prescindible para realizar las reformas antipopulares exigidas en el momento. En 2015, la militancia estaba aprisionada entre la dispersión y la resignación. Acomodados al neoliberalismo, los defensores del gobierno recorrían a argumentos cada vez más delirantes, sin resonancia popular”, dice Fabio Luis.

Traicionada la ciudadanía en los los momentos decisivos, también podemos comprender la ausencia de rebeldía ante tamaña ofensiva conservadora. La acomodación, burocratización y desmovilización fue tanta que en la hora en que las cosas salieron del control no hubo fuerzas para el combate. Y cuando hubo se dio el “inexplicable” marcha atrás.

Eso se vio en todos los momentos posibles: en la tentativa de nominar a Lula para la Casa Civil (Ndet: cargo de confianza presidencial que actúa como una jefatura ministerial ), en las dos votaciones del impeachment de Dilma, en las fuertes protestas contra Temer en 2016, en las millares de alianzas con el PMDB en las elecciones municipales y en las dos huelgas generales entregadas a este gobierno en 2017, en la estrategia mezquina de las centrales sindicales que vislumbraban una victoria electoral a partir de un país arruinado en este 2018.

Sólo restó, como fue dicho, la resistencia poética. “En cuanto la actitud de Lula, creo que, la opción de permanecer en el país, era lo inverso a entregarse resignadamente en Curitiba. Era como si él dijese al juez Sergio Moro: me encanta el modo. Sobre la militancia que lo rodeó, era toda ella de izquierda, en una especie de mistificación de Lula como efecto de su decisión de no entregarse en Curitiba y hacer un juego de fuerza con Moro, juego ese que Lula ganó, a mi ver, en el campo político. En tanto, me parece que esa movilización está restringida al campo de la izquierda y no contamina a la sociedad”, complementa Marcelo Castañeda.

Sobre los metalúrgicos del ABC, además, cabe recordar que se trató de una organización pionera en proponer la tesis de negociar sobre lo legislado, ya en 2007, ahora tornada realidad en la Reforma Laboral de Temer. Al final, hablamos de aquella clase trabajadora que “fue al paraíso”, consiguió sus victorias, tendrá jubilación. Por eso, una vez más, no se comprende lo que fue 2013, levantamiento de la generación nacida y crecida bajo la égida de la mercantilización total de la vida. También por eso jamás podría partir de ahí una resistencia real y destrucción de la figura de Lula y del PT.

“En 2012, yo estaba luchando por el Pinheirinho, cuando Dilma firmó la desapropiación y vi más de 600 familias ser masacradas. En 2013, yo estaba luchando por el asentamiento Milton Santos, cuando también Dilma afirmó el decreto que mantenía a los asentados en sus tierras, pero que ya estaban asentados hacía muchos años. En 2013, yo estaba en las calles luchando por el transporte público de calidad, en cuanto el PT condenaba a los que luchaban de ser brazo de la derecha. En 2014, yo estaba luchando contra el gran desvío de dinero que fue la Copa del Mundo del gobierno del PT, en cuanto Dilma firmaba la Ley Antiterrorismo, que antecede lo que peor ha de venir a los movimientos sociales. De 2016 hasta hoy estoy en las calles, en las ocupaciones, en las periferias, en los sindicatos, haciendo lucha, formación y resistencia, en cuanto buena parte de los movimientos que blinda a Lula en San Bernardo se recusaban a movilizarse porque hallaba que cuanto peor-mejor, pues las chances del PT aumentarían en las próximas elecciones. Ahora no voy a salir a la calle por Lula y por el PT. No me condenen por eso”, escribió una lectora a la redacción del Correio da Cidadania, que pide el anonimato pues lidia en su cotidiano con el proxenetismo de la derecha rabiosa y su proyecto reaccionario de Escuela Sin Partido.

Sin dudas, son tiempos sombríos que pueden acentuarse. Sólo por estos días, lidiamos con noticias de masacres y rebeliones en el presidio de Pará, carnicerías en Fortaleza, en nueva demostración de la quiebra del Estado brasilero y ascenso de su brazo paralelo, y la información de que en Bahía, gobernada por los petistas Jac­ques Wagner y Rui Costa, el asesinato de negros creció 118% en los últimos diez años.

Un país destrozado, sin dudas, y con instituciones que no están a la altura de nada, todavía que el destruido PT de ellas dependa para recomponerse políticamente, pues por las calles sabe que pasará vergüenza y hablará solito.

“La decisión del STF (Ndt: Supremo Tribunal Federal) sacralizó el desbarranque final de las instituciones públicas brasileras. Con claridad meridiana los jueces decidieron con la presión inmediata de los que operan con la fuerza física del Estado, las Fuerzas Armadas, que se pronunciaron con amenazas a la forma institucional. Jueces supremos que deciden bajo el dictado de la fuerza muestran que no tienen poder de hecho y de derecho. Además, la historia de nuestra Suprema Corte está plena de episodios en que magistrados, en colegio o individualmente, se curvan ante los cañones. Perderemos incluso la ficción del pacto constitucional que todavía ofrece alguna garantía de sobrevida a la sociedad civil. Si hubiese diálogo y buen sentido de todos, los próximos años serán profundamente oscuros. Y tal situación apenas prolonga lo que vivimos desde el golpe de Estado que instauró la supuesta República brasilera”, contextualizó al IHU (Ndt: Instituto Humanitas Unisinos) el filósofo Roberto Romano.

Pero, nuevamente recurriendo a la excelente obra de Fabio Luís y recordando las críticas del sociólogo Ricardo Antunes, para quien el lulismo “no tocó las estructuras de la tragedia brasilera”, no habrá la propalada absolución de la historia. “La transformación del PT en brazo izquierdo del partido del orden será integrada como un capítulo de la contrarrevolución permanente, que caracteriza la historia brasilera contemporánea. La comprensión de los años sombríos que vendrán no deberá ser hecha por contraste, sino como desdoblamiento de los gobiernos que lo procederán. No hubo inflexión histórica: el sentido de la actuación, aunque el ritmo, el tiempo y los medios difieran. Al contrario de ser una novedad, es casi una ley de la historia que la frustración de los gobiernos identificados con la izquierda prepara el terreno para el ascenso de la derecha radical”.

* Periodista, editor de Correio da Cidadania.


Con Lula preso y la izquierda de rehén

La captura

Daniel Gatti

Brecha, 13-4-2018, https://brecha.com.uy/

“¿Qué esperanza podemos tener? Ninguna. No hay nada en el horizonte que permita pensar que a corto o mediano plazo surja algo que ofrezca alguna perspectiva de cambio”, dice a Brecha desde Porto Alegre Jair Krischke. El veterano luchador, presidente del Movimiento de Justicia y Derechos Humanos de Brasil (Mjdh), piensa que del actual estado de cosas en su país la principal responsabilidad recae en el Partido de los Trabajadores (PT). “De la derecha se sabe lo que se puede esperar. Nada bueno, obvio. Pero el PT había llegado al gobierno ofreciendo otra cosa, y cuando se puso a gobernar terminó cayendo en las mismas prácticas que denunciaba. Las componendas, la compra de votos, los favores a las empresas. Desde el ‘mensalão’ hasta ahora. Mató la esperanza de la gente, y eso es lo peor. Y terminó generando esa imagen de que todos los políticos son la misma mierda.” Hoy la sociedad brasileña, dice Krischke, está más despolitizada que nunca, la gente no se moviliza por nada. La política no le interesa, una paradoja en un país en el que hay 35 partidos políticos. “Una fantochada, porque en muchísimos casos se trata de partidos creados para obtener prebendas, que no tienen existencia real, y es también responsabilidad del PT no haber cambiado nada de ese sistema durante los largos años en que gobernó.” Krischke descree que haya habido una conspiración contra el PT. “¿Para qué, si hacía la misma política de sus supuestos adversarios?”

—¿La misma política?

—A grandes rasgos sí. Los ricos nunca ganaron tanto como bajo los gobiernos del PT. Y el juez Sergio Moro, el que llevó a Lula a la cárcel, no existía cuando quedó al descubierto el [escándalo de corrupción llamado] mensalão. Se puede decir todo lo que se quiera sobre Moro, su encarnizamiento con Lula, pero no es invento la trama de corrupción.

A Krischke no le preocupa tanto que no surja un candidato a presidente “potable”. En octubre próximo, recuerda, se elige también un parlamento, “algo mucho más importante”. Si el actual Congreso es “de los más impresentables que ha habido en la historia brasileña, poblado de corruptos que se permiten destituir a una presidenta a la que no se le probó delito grave alguno, de gente reaccionaria”, es muy probable que el próximo sea aun peor. Krischke le augura una nueva caída al PT, y no cree que los partidos a su izquierda estén en condiciones de recuperar el grueso del antiguo electorado petista. El presidente del Mjdh desconfía de los sondeos que le atribuyen al ultraderechista Jair Bolsonaro una votación cercana al 20 por ciento. Cuando Lula estaba en carrera, dice, Bolsonaro aparecía como “el tipo carismático que se le oponía frontalmente. Con Lula fuera de competencia, no es tan seguro que conserve esos votos, y quienes más se encargarán de perjudicarlo serán sus supuestos amigos. En los ochenta, en plena dictadura, cuando Bolsonaro era capitán en Curitiba, reclamó un aumento de salarios para la tropa y amenazó con poner bombas en cuarteles. Tuvo que pedir la baja. Es probable que cuando se oficialicen todas las candidaturas, los propios militares saquen los trapitos al sol de Bolsonaro y éste se desinfle”. Aun así, Krischke no descarta que se concrete el escenario que más prevén las encuestadoras: un balotaje entre Bolsonaro y Ciro Gomes, ex ministro de Lula y aliado del PT en el estado de Ceará. Tránsfuga del Psdb, del Pmdb, del Partido Socialista y actual candidato del pequeño Partido Democrático Laborista, fundado por Leonel Brizzola, Gomes, un moderado entre los moderados, podría captar buena parte del electorado huérfano de Lula. Mucho más que Geraldo Alckmin, ex gobernador de San Pablo y dirigente del Psdb de Fernando Henrique Cardoso, o que cualquier referente del Pmdb. Tampoco sería descabellado pensar en una alianza entre el Psdb y el Pmdb para enfrentar a Bolsonaro en una segunda vuelta. “Son todos escenarios posibles”, dice Krischke. De todos ellos la izquierda está ausente. Y lo que más preocupa es el ascenso de la derecha social, esa que se inclina por Bolsonaro pero que también se encarna en grupos violentos como el Movimiento Brasil Libre, una organización “liberal” creada en 2014 que recibe “fuertes ayudas del exterior, en particular desde Estados Unidos, y que está implantada en todo Brasil”, o por los evangélicos, que tienen una creciente presencia parlamentaria (87 diputados federales y tres senadores) y en gobiernos municipales.

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Esther Solano es una investigadora en ciencias sociales española que reside desde hace años en San Pablo. El panorama político y social brasileño actual le parece tan nebuloso y poco alentador para la izquierda como a Jair Krischke. Coincide igualmente con el militante humanitario en que el PT es responsable de su caída, en que no fue capaz de construir una verdadera alternativa a la derecha y en que fue víctima de sus relaciones íntimas con sectores del empresariado y del poder económico. En conversación con Brecha remarca también que, como otros gobiernos “progresistas” de la región que optaron por alianzas similares, los del PT incurrieron en prácticas que llegada la hora de los ajustes de cuentas por parte de sus adversarios iban a ser fácilmente “judicializables”. Pero Solano afirma al mismo tiempo que “el adversario ha jugado, y mucho”, y que la acción de los jueces del Lava Jato, en particular Sérgio Moro, “no es inocente ni mucho menos. Nada hay de independiente en el poder judicial brasileño. Es un poder profundamente clasista y profundamente politizado. Se embanderó en la lucha contra la corrupción, pero de manera muy equívoca, a partir de sistemas tan poco transparentes como la delación premiada” (véase nota en página 11). A Solano no le consta (“no hay prueba alguna, se estaría entrando en la especulación”, piensa) que Moro haya actuado digitado desde el exterior, léase desde Estados Unidos. Washington bien puede haber encontrado en el “combate a la corrupción” una veta para deshacerse de gobiernos incómodos como el brasileño, que había desafiado a la superpotencia sobre todo en el plano internacional, con su promoción de las alianzas Sur-Sur (véase columna de Camilo López Burian), la apuesta a los Brics, la resistencia a los golpes de nuevo tipo en Honduras, en Paraguay, la defensa de Chávez en Venezuela o la promoción de organismos autónomos como la Unasur, pero Moro no tiene por qué haber sido una correa de trasmisión. “Es cierto que Moro siguió cursos sobre lavado de activos promovidos por el Departamento de Estado, pero en realidad lo que lo mueve es la megalomanía, un deseo mesiánico de pararse como salvador del país. Lo inspiran sobre todo sus colegas de la operación Manos Limpias italiana.” Aquellos jueces de la península que la emprendieron contra dirigentes políticos de todos los sectores terminaron formando sus propios partidos, y “su operación de limpieza acabó librándole el camino a un Silvio Berlusconi. En Brasil, el más favorecido podría ser un personaje nefasto como Bolsonaro, que se presenta como el único político ajeno a las tramas de corrupción”.

Tan clara ha quedado la naturaleza política de la operación Lava Jato y la persecución a Lula –afirma Solano–, que gente de izquierda muy crítica del PT ha defendido al ex presidente y ha aparecido junto a él en los días previos a su encarcelamiento. En ese sentido, el PT hasta podría sacar partido de esta ofensiva, tendiendo puentes a su izquierda. “Fue muy inteligente Lula cuando en su último discurso público levantó las figuras jóvenes de Guilherme Boulos, probable candidato a la presidencia por el Partido Socialismo y Libertad (Psol), y Manuela d’Almeida, del Partido Comunista de Brasil, por encima de las de aspirantes de su propio partido, como el ex alcalde de San Pablo Fernando Haddad.”

Solano cree que “objetivamente” habría hoy condiciones para que en Brasil se formara una especie de frente amplio que uniera a distintos sectores de izquierda o progresistas, con un PT a la baja, muy cuestionado, y sin figura de recambio para Lula. Pero lejos estaría esa alianza de ser sólida, porque las diferencias programáticas entre los distintos partidos, por ejemplo entre el Psol y el PT, son muy profundas y el PT sigue siendo, a pesar de todo, una máquina trituradora. “Demasiadas asimetrías”, dice. Y la credibilidad de un Lula o un PT que se presenten como articuladores de una unión de las izquierdas es al menos cuestionable. Ni uno ni otro se han hecho autocrítica alguna, y sin una reformulación que plantee claramente el tema del vínculo entre ética y política, el PT seguirá previsiblemente por los mismos carriles, sugiere Solano.

“Lo que es también evidente es que desde que gobierna Michel Temer Brasil es un país aún más desigual. Lula había logrado sacar a decenas de millones de personas de la pobreza. De manera no muy sólida, es cierto, pero lo hizo. En el Brasil actual, la que ha logrado la hegemonía no es cualquier derecha: es la más rancia, la más atrasada, esclavista, ligada al poder financiero, a los capitales extranjeros. Esa es la que promueve las privatizaciones, la salida del país de la escena internacional, el recorte del gasto público, las reformas laboral y de la previsión social.” Solano piensa que “construir una democracia en Brasil sin un combate radical a la desigualdad” es una quimera, “más aun cuando el sistema político ha sido totalmente capturado por el poder económico”. Una “reforma antisistema” sería la única salida, pero no hay hoy nadie que la proponga o que tenga la suficiente fuerza para hacerla.


¿Inocente o culpable?

Raúl Zibechi

Brecha, 13-4-2018, https://brecha.com.uy/

La izquierda cerró filas en torno a Lula, asegurando su inocencia, con el argumento de la falta de pruebas, ya que el juez Sérgio Moro lo procesó por declaraciones de un ejecutivo de la constructora Oas, que al delatarlo se aseguró un trato privilegiado (delación premiada es la figura) por parte de la justicia.

Si los argumentos de Moro, y detrás suyo de la derecha brasileña, suenan cuestionables, los de quienes lo defienden tienen también sus puntos débiles. En efecto, entre Lula y las grandes constructoras brasileñas hubo relaciones carnales, con cruce de favores que pueden no ser ilegales, pero son cuestionables.

Durante años el ex presidente se dedicó a ofrecer su prestigio y el de su gobierno para lubricar negocios de las multinacionales brasileñas. En los dos primeros años después de dejar la presidencia (en enero de 2011) la mitad de los viajes realizados por Lula fueron pagados por las constructoras, todos en América Latina y África, donde esas empresas concentran sus mayores intereses. Durante este tiempo Lula visitó 30 países, de los cuales 20 están en África y América Latina. Las constructoras pagaron 13 de esos viajes, la casi totalidad por Odebrecht, Oas y Camargo Correa (Folha de São Paulo, 22-III-13).

Un telegrama enviado por la embajada de Brasil en Mozambique, luego de una de las visitas de Lula, destaca el papel del ex presidente como verdadero embajador de las multinacionales. “Al asociar su prestigio a las empresas que operan aquí, el ex presidente Lula desarrolló, a los ojos de los mozambiqueños, su compromiso con los resultados de la actividad empresarial brasileña”, escribió la embajadora Lígia Scherer.

En agosto de 2011, Lula comenzó una gira latinoamericana por Bolivia, donde llegó con su comitiva en un avión privado de Oas, la empresa que pretendía construir una carretera para atravesar el Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure (Tipnis), lo que provocó masivas movilizaciones de las comunidades indígenas, apoyadas por la población urbana. De allí siguió viaje en el mismo avión a Costa Rica, donde la empresa disputaba una licitación para construir una carretera que finalmente se le adjudicó por 500 millones de dólares.

Se trata de empresas muy poderosas, que cuentan con cientos de miles de empleados y negocios en decenas de países. La casi totalidad de las obras de infraestructura contempladas en el proyecto Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana (Iirsa), en total más de quinientas obras por 100.000 millones de dólares, fueron o están siendo construidas por las constructoras brasileñas. El estatal Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (Bndes) es el principal financiador de estas obras, pero lo hace a condición de que el país que recibe el préstamo contrate empresas brasileñas.

El papel de Lula es el de promover “sus” empresas, contribuyendo a allanar dificultades gracias a su enorme prestigio y a la caja millonaria del Bndes, que llegó a ser uno de los bancos de fomento más importantes del mundo, con más fondos para invertir en la región que la suma del Fmi y el Banco Mundial.

Algunas de esas obras generaron conflictos graves, como el que llevó al gobierno de Rafael Correa a expulsar a Odebrecht de Ecuador por graves fallas en la represa sobre el río San Francisco, aun antes de ser inaugurada.

El poder de las grandes empresas brasileñas se hace sentir de modo particular en los pequeños países de la región. En Bolivia, Petrobras controla la mitad de los hidrocarburos, es responsable del 20 por ciento del Pbi boliviano y del 24 por ciento de las recaudaciones tributarias del Estado.

Como embajador de las multinacionales brasileñas, Lula no comete ningún delito. Sin embargo, esas mismas empresas financian las campañas electorales del Partido de los Trabajadores, aunque también financian a la mayor parte de los partidos. No son donaciones, sino inversiones: por cada dólar o real que ponen en la campaña, reciben siete en obras aprobadas por los mismos cargos municipales, estatales o federales que ayudaron a ascender. (1)

El asunto de la corrupción tiene una faceta legal y otra ética. Se puede no cometer ningún delito, pero ser corrupto. Por lo menos desde la ética que profesó siempre la izquierda en todo el mundo. Cuando los cargos de los partidos tradicionales importaban coches libres de impuestos, en el Uruguay de las vacas gordas, se atenían estrictamente a las leyes que ellos mismos habían aprobado. La izquierda, hagamos memoria, mentaba corrupción aunque no existiera delito.

En el caso de Lula, y más allá del juez Moro, la izquierda debe hacerse preguntas. ¿Es legítimo mantener relaciones carnales con empresas multinacionales que han dado sobradas muestras de sobreexplotar a sus trabajadores? ¿Podía Lula ignorar la corrupción que saltó en su primer gobierno consistente en comprar decenas de diputados, y que recibió el nombre de mensalão? ¿Podía ignorar los tremendos casos de corrupción de la estatal Petrobras y de las constructoras?

La legitimidad no tiene nada que ver con la justicia. Nadie va preso por cometer actos reñidos con la ética de la izquierda, que siempre proclamó rigurosidad en ese sentido. Mirar para otro lado porque no nos conviene o porque son los “nuestros”, es de un pragmatismo suicida. La gente común termina por percibir las mentiras. Luego da un paso al costado, probablemente para siempre.

Nota

1) Zibechi, R., Brasil Potencia. Entre la integración regional y un nuevo imperialismo. Editorial Quimantú (2012).


Superar el lulismo

Luis Felipe Miguel

Brecha, 13-4-2018, https://brecha.com.uy/

La prisión del ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva marca un nuevo e importante paso en la consolidación del régimen político establecido en Brasil a partir del golpe parlamentario de 2016. Considerado un verdadero héroe por millones de brasileños pobres, gracias a las políticas sociales compensatorias que estableció, Lula ha resistido a años de una campaña violenta de los medios empresariales en su contra y se mantiene como candidato favorito para las elecciones presidenciales en octubre. Proscrito de participar por decisión de la justicia, mantuvo su campaña electoral, ampliando el desgaste que su exclusión genera a la legitimidad del pleito. Por eso los dueños del poder consideraron que la solución sería encarcelarlo.

Merece recordar que el ex presidente es víctima de una persecución judicial, denunciada por los principales juristas de Brasil. Una condena injusta, sin pruebas que la fundamenten y por medio de un juicio claramente parcial, seguido de una prisión también ilegal, en desacuerdo con la Constitución brasileña, que estipula que nadie será preso antes de agotar los recursos judiciales.

El sábado pasado Lula se entregó, contrariando a los militantes que intentaban impedírselo. Pero se negó a seguir el guion determinado por sus adversarios y realizó una gran manifestación política. El acto mostró, en primer lugar, que, incluso preso, Lula sigue ocupando un papel central en la política brasileña. Su discurso emocional de casi una hora transformó lo que sería el triunfo final de la operación en su contra en una fuerte denuncia contra el accionar y la reacción de las clases dominantes brasileñas.

Pero además reveló que el sector popular brasileño se encuentra en un momento decisivo para pensar su futuro. El encarcelamiento señala el agotamiento del proyecto político liderado por Lula, que apostó por una vía de menor fricción con las elites, con el fin de garantizar avances en las condiciones de vida de los más pobres.

Lula irrumpió en la política brasileña como líder de las huelgas metalúrgicas de 1978 y 1979, que marcaron el resurgimiento del movimiento obrero que la dictadura había aniquilado luego del golpe de 1964. Comandó la fundación del PT, un partido socialista, radicalmente democrático, que se posicionaba en contra de toda la corrupta elite política brasileña. Con el paso del tiempo, Lula y el PT cambiaron de posición, por sus derrotas, pero sobre todo por sus victorias. De ser una organización casi marginal pasó a ser un partido central en el sistema político brasileño, conquistando administraciones locales y una importante bancada en el Congreso. Y con la mayoría electoral al alcance de su mano el PT estimó que tenía incentivos para abandonar la intransigencia inicial y participar más activamente en el juego de la política institucional.

Cuando finalmente alcanzó la presidencia, en las elecciones de 2002, Lula ya había abrazado una visión más realista –e incluso desencantada– de las posibilidades de transformación de Brasil. Entendió que era necesario buscar un camino que minimizase la oposición de los grupos privilegiados. Su gobierno se abrazó con la elite política tradicional, concediéndole cargos y poder. Evitó tocar los lucros de los bancos, fue cuidadoso al tratar con el capital trasnacional, mantuvo intactas las bases de la política económica liberal heredada de sus antecesores. Todo para garantizar el cumplimiento de un único objetivo, la lucha contra la pobreza extrema de decenas de millones de personas en el país.

El proyecto tuvo éxito. Las políticas iniciadas por el gobierno de Lula mejoraron de manera significativa las condiciones de vida de los pobres y permitieron un fenómeno real de ascensión social. La izquierda criticaba la capitulación ante el discurso liberal de la “igualdad de oportunidades”, la opción por la inclusión social a través del consumo y la aceptación de una matriz de desarrollo predatoria, pero no es posible negar el cambio de la dinámica social causado por Lula. A pesar de la oposición violenta de los medios de comunicación, los gobiernos del PT consiguieron renovar sus mandatos en cada elección. Fue lo que obligó a la derecha a buscar un nuevo camino y lo que llevó al golpe en 2016.

El golpe demostró el agotamiento del “lulismo”. La conciliación que el ex presidente buscaba activamente, por considerar que el camino del enfrentamiento estaba condenado al fracaso, la rompieron las clases dominantes. Incluso luego del golpe, Lula señaló la posibilidad de una recomposición. Siendo candidato y en el caso de que volviera a gobernar, su opción preferencial sería intentar pactar un nuevo y amplio consenso, que volviera a garantizar las políticas para los más pobres a cambio de paz social. Pero no encontró receptividad, y su detención es la demostración definitiva de que el espacio de negociación fue eliminado.

Además del prejuicio de clase, siempre presente, y la intolerancia de las elites brasileñas hacia cualquier reducción de las desigualdades, un rasgo perenne en la historia del país, es un hecho que los cambios promovidos por el PT desencadenaron procesos que trascendieron algunos de sus propios límites. Las políticas de transferencia de renta y la dinamización de la economía fortalecieron la posición de la clase trabajadora frente al capital. La movilidad social, en particular el acceso de los pobres a la enseñanza superior, desacomodó privilegios que las clases medias y las elites estimaban intocables. La regulación de las ganancias de las empresas no se endureció, pero la política exterior de aproximación Sur-Sur y el apoyo a la producción nacional en sectores estratégicos incomodaron al imperialismo.

El problema que se le presenta a la izquierda es cómo construir un proyecto que vaya más allá de la restauración del orden que fue roto con el golpe de 2016, y de los derechos que sufrieron un retroceso a partir de entonces. El PT parece paralizado, incapaz de generar alternativas, pero también de renunciar a su posición hegemónica en la izquierda brasileña. El propio Lula, sin embargo, en el acto que antecedió a su detención, señaló la necesidad de incorporar al frente del escenario a personalidades de otros partidos, en particular a Guilherme Boulos, candidato presidencial del Partido Socialismo y Libertad (Psol, una escisión por izquierda del PT), que estaba presente y recibió grandes elogios del ex presidente.

Se ha agotado la apuesta por luchar exclusivamente dentro de las instituciones. El programa del lulismo daba por sentado que, al ganar las elecciones, estarían dadas las condiciones para implementar políticas que, en beneficio de las mayorías, garantizarían la victoria en las siguientes elecciones. El golpe rompió este ciclo. La respuesta ha sido débil, porque la política de conciliación exigió la desmovilización de los movimientos sociales, como forma de garantizar que no se extralimitarían, y porque las nuevas bases lulistas, los millones de beneficiados por sus políticas, siempre fueron instruidas a manifestarse exclusivamente a través del voto.

Cabe a la izquierda brasileña superar el lulismo, entendiendo que el camino del menor roce no fue capaz de garantizar la estabilidad deseada, y que nos desarmó para la lucha. Al mismo tiempo, debe preservar sus grandes virtudes: la capacidad de comunicarse con las masas, rechazando cualquier discurso sectario, y el sentido de urgencia frente a las necesidades de los más pobres.