“A los árabes no les queda más que una cosa que hacer: irse corriendo.” Así resumió un importante líder sionista las operaciones israelíes en 1948 que destruyeron cientos de pueblos y desplazaron a más de medio millón de palestinos. A esos tiempos –que los palestinos recuerdan como la Catástrofe (Nakba)– está dedicada la novela “Los hijos del gueto. Me llamo Adán” del libanés Elias Khoury. El viernes pasado (30 de marzo) los gazahuis conmemoraron estos sucesos. Ya hay 18 muertos por balas israelíes en esas manifestaciones.

Ana Bolón
Brecha, 6-4-2018 https://brecha.com.uy/

“¿Cómo podríamos devolver los territorios ocupados? No hay nadie a quien devolverlos.” Pregunta y respuesta son de Golda Meir, y las formuló siendo primera ministra de Israel, en 1969. Con su candidez arrolladora, la adivinanza de Meir suponía que, al no haber Estado de Palestina constituido, los territorios ocupados por Israel gracias a la guerra fulminante de 1967 no pertenecían a nadie, tal como si hubieran sido terrenos baldíos en los que bastara con instalarse para adueñarse.

De hecho, durante mucho tiempo se sostuvo que los habitantes de Palestina, ante el avance de los soldados israelíes en 1948, habían preferido retirarse, vaciando el territorio en complicidad que justificase la intervención de los países árabes. Documentos israelíes difundidos desde hace lustros permiten rebatir esta explicación. Así por ejemplo, el Plan Dalet, detallado documento preparatorio de la ofensiva militar israelí en 1948, esa operación bélica que el Estado de Israel llama “guerra de independencia” y que los palestinos llaman “an-nakbah”: literalmente, “el desastre” o “la catástrofe”. En el Plan Dalet, entre los “objetivos operativos de las brigadas”, figura cómo tratar los “centros de poblaciones enemigas ocupados”, y se lee: “destrucción de poblados (prenderlos fuego, hacer que exploten y plantar minas en los escombros), en particular, los centros de poblaciones cuyo control continuo es difícil. (…) Realizar operaciones de búsqueda y de control en función de las siguientes conductas: rodear la población y rastrillarla. En caso de resistencia, las fuerzas armadas deben ser destruidas y la población expulsada fuera de las fronteras del Estado hebreo”.

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La historiografía sionista sin dificultades digirió y metabolizó la crudeza sangrante del Plan Dalet, ya que el exterminio de judíos europeos perpetrado por los nazis (ante la mirada semienterada y semiafligida de otros Estados) durablemente adormeció pruritos, otorgando un supuestamente legítimo y efectivamente ilimitado permiso para matar en defensa propia a Israel, Estado hasta hoy en expansión imparable.

Sin embargo, los llamados “nuevos historiadores” israelíes volvieron a pensar esos momentos fundacionales. Entre quienes más criticaron las interpretaciones basadas en imperativos de seguridad y de sobrevivencia de Israel, está el historiador Ilan Pappé (Haifa,1954), al punto que en 2007 se exilió en Gran Bretaña, y hoy trabaja en la Universidad de Exeter y dirige el Centro Europeo de Estudios sobre Palestina. Ilan Pappé considera el Plan Dalet como un “plan global de expulsión”, inclusive como una operación de “purificación étnica”. El plan, escribe Pappé, “es el reflejo de un estado mental de los soldados judíos antes, durante y después de la guerra, perfectamente resumido por las afirmaciones de Ezra Danin (…): en la tierra de Israel, a los árabes no les queda más que una cosa que hacer: irse corriendo”.(1)

(El periódico digital francés Mediapart alberga un blog que presenta un florilegio de afirmaciones de similar sinceridad, expresiones del “estado mental de los soldados judíos” al que se refiere Ilan Pappé. Por ejemplo ésta, de 1969, del ex ministro y militar israelí Moshe Dayan: “Pueblos judíos fueron construidos en lugar de los pueblos árabes. Ustedes ni siquiera pueden conocer el nombre de éstos, y no se lo reprocho, porque los libros de geografía no existen más, los pueblos árabes no están más. Nahlal se erige en lugar de Mahlul; Kibbutz Gvat en lugar de Jibta; Kibbutz Sarid en lugar de Huneifis; y Kefar Yehushua en lugar de Tal al-Shuman. No queda nada construido en este país que antes no haya tenido población árabe”. Con acierto, la entrada al blog se llama “Los sionistas con sus propias palabras”.(2)

En este marco, con la Operación Dani, las fuerzas israelíes tomaron en diez días de julio de 1948 Lydda y Ramle, principal ciudad palestina del siglo XIV, próspero cruce de caminos –entre Jaffa y Jerusalén, entre Damasco y El Cairo– hasta la llegada de los cruzados. Ramle, ar-Ramlah, lleva en su nombre el recuerdo de la arena y su cercanía etimológica con “rambla”. Lydda, así nombrada en el Nuevo Testamento cuando en ella Pedro cura a un paralítico, se encuentra entre las más antiguas ciudades palestinas, y guarda el sepulcro del vencedor del dragón, San Jorge, al-Khidr entre los musulmanes. Otro Jorge, Georges Habache, fundador y dirigente del Frente de Liberación de Palestina, también había nacido en Lydda, en 1926, y de ahí tuvo que irse su familia, cuando la Operaciόn Dani. Fue durante aquellos días de julio de 1948 en que Lydda empezó a llamarse El Lod en los mapas israelíes, cuando los soldados expulsaron a 50 mil habitantes, empujándolos hacia Ramallah.

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A esos tiempos está dedicada una novela del libanés Elias Khoury, traducida en francés en 2018, y con título de maciza ambigüedad: Les enfants du ghetto. Je m’appelle Adam (Awlâd al-Ghetto. Ismi Âdam; Los hijos del gueto. Me llamo Adán). (3)

Autor de numerosa obra, Elias Khoury nació en Beirut, en inesquivable año (1948) para Oriente Medio, y siendo muchacho joven se consubstanció con el destino de los palestinos refugiados en su ciudad, por lo que pronto fue miembro de Al Fatah. Su novela La puerta del sol obtuvo en 2002 el principal premio literario palestino y fue traducida en varios idiomas, entre ellos el inglés y el hebreo. Khoury se precia de ser a menudo confundido con un palestino, incluso por la propia gente del barrio beirutiano en donde nacieron sus abuelos, sus padres y él.

Elias Khoury ha explicado que en esta novela prefirió contar la historia de quienes no se habían ido hacia Ramallah cuando la llegada de los soldados, sino que se habían quedado en Lydda. En esas primeras horas de ocupación israelí de la ciudad palestina, nace el protagonista de esta ficción hecha de historia. El recién nacido y ya huérfano recibirá el nombre de Adán, por ser el primero en llegar a ese nuevo estado de la ciudad, rápidamente provista de un corralón alambrado de púas que encerrará a los palestinos obligados a abandonar sus casas, pero reacios o impedidos de huir hacia Ramallah.

En esos días en que los antiguos habitantes de Lydda que no huyen hacia el este pasan a ser mano de obra cautiva de los ocupantes, los palestinos conocen en boca de los israelíes la palabra “gueto”, hasta entonces ausente de su vocabulario. Porque, explica Khoury,(4) contrariamente a lo que había sucedido en Europa, en Jerusalén el barrio judío solo se llamaba “barrio judío”, comparablemente al “barrio musulmán”, o al “barrio armenio” o al “barrio cristiano”. A partir de la ocupación de Lydda por las tropas israelíes y el encierro y sometimiento de sus habitantes palestinos, para éstos, “gueto” querrá decir “barrio palestino”.

Porque, de hecho, luego del Holocausto, luego de que los judíos fueran los judíos de los nazis, los palestinos pasaron a ser los judíos de los judíos, sostiene Khoury. De ahí la peripecia incierta de su protagonista, Adán, recién nacido y ya huérfano de madre, de padre y de madre patria, devenido en Nueva York vendedor de falafel israelí, comida o denominación que acarrea consigo la historia de la colonización militar. De ahí, ciertamente, la ambigüedad fecunda del título Los hijos del gueto. Me llamo Adán que amplía sus posibilidades de designar ya no sólo a quienes heredan la memoria de los guetos europeos, sino también a quienes pasaron a ser sus víctimas, a los herederos de la memoria de los guetos mediorientales, con la decisiva diferencia de que estos últimos son memoria y son actualidad constante, tal como el avance de la ocupación de los territorios, los muros que encierran ciudades, las torretas de vigilancia y los check-points que controlan la circulación de la población palestina lo muestran.

La deprimente constatación de la indeterminación básica que troca a la víctima en verdugo también entraña una idea exaltante por su mayor potencial político, opina esta cronista, pues desubstancializa pertenencias raciales (“étnicas”), religiosas, lingüísticas, territoriales, civiles o gastronómicas, en nombre de las cuales debería exterminarse a quienes supuestamente tienen otras pertenencias. Si hoy los judíos tienen sus judíos, que son los palestinos, esto significa que, en un punto, no hay palestinos (tal como le hubiera gustado a Golda Meir), aunque sobre todo impone que tampoco puede haber judíos mandatados para guetizar palestinos, en nombre de su condición de hijos del gueto nazi.

Notas

1.Ilan Pappé (2006), “The 1948 Ethnic Cleansing of Palestine”, Journal of Palestine Studies, Vol 36, No 1

2.https://blogs.mediapart.fr/fxavier/blog/270111/les-sionistes-avec-leurs-propres-mots

3.Editada en árabe por Dâr al-Âdab (Beirut, 2016); en francés por Actes Sud/Sindbad (Arles, 2018).

4.Entrevista radial en Rfi, http://www.rfi.fr/emission/20180211-khoury-elias-ecrivain-libanais-enfants-ghetto