David Mandel (1)
SP-The Bullet, 22-3-2018 https://socialistproject.ca/

Sin Permiso, 2-3-2018 http://www.sinpermiso.info/

Traducción de Enrique García

Este artículo examina las bases del apoyo popular al reelegido presidente ruso, Vladimir Putin. Aunque este apoyo es afanosamente “cultivado” por el régimen mediante diversos medios ilícitos, no obstante, tiene una base real que la izquierda necesita entender para desarrollar una posición argumentada en la creciente confrontación entre “Occidente” y Rusia.

Los discursos de Putin durante su breve campaña electoral no indican ningún cambio importante en las políticas nacional y exterior. En el ámbito internacional, se puede esperar la continua degradación de las relaciones con “Occidente”, de lo que es en gran parte responsable. También se puede suponer que habrá un importante esfuerzo para preparar la sucesión de Putin después de 24 años en el poder (desde 1998 como Director de Seguridad hasta el final de su mandato actual en 2022). Sin embargo, no es seguro que abandone el poder en un sistema en el que las relaciones personales de corrupción juegan un papel importante.

Algunos portavoces del régimen lo han descrito como una “democracia dirigida”. Este es un régimen cuya naturaleza lo sitúa entre una dictadura clásica (que no tolera oposición organizada y pública) y una democracia capitalista que tolera las libertades políticas (pero en la que los intereses de la clase dominante están garantizados por medios distintos a una represión brutal). La “democracia dirigida” tolera las libertades políticas, pero sólo en la medida en que no representen una amenaza grave para la continuidad en el poder de la élite política.

Democracia dirigida

Dicho esto, el apoyo popular a Putin en Rusia no puede explicarse completamente por las medidas represivas del estado o por su abuso de los llamados “recursos administrativos”. Estos últimos incluyen, entre otros, el control de las principales cadenas de televisión, severa restricciones a las manifestaciones públicas, diversas presiones ilícitas ejercidas sobre los empleados del sector público, y, cuando es necesario, la manipulación de los resultados electorales.

La popularidad de Putin está claramente cultivada por el régimen. Pero también encuentra una base real en la población, incluso si esa base es difícil de separar de los esfuerzos del régimen por alimentarla.

El primer elemento de esa popularidad es el contraste profundo, especialmente económico, entre los períodos de Putin y Yeltsin. Incluso si la generación más joven no tiene memoria personal directa de la era Yeltsin, todavía ocupa un lugar preponderante en la conciencia popular. La década de 1990 fue un período de muy profunda y prolongada depresión económica, hiperinflación, empobrecimiento dramático de las personas, desempleo masivo, pago retrasado de salarios y pensiones (a veces durante muchos meses – sin indexación), saqueo masivo de la riqueza nacional, y control de la mafia de sectores enteros de la economía.

Incluso si no fue principalmente gracias a los esfuerzos de Putin, sino al rápido aumento del precio del petróleo a partir de finales de la década de 1990, estos procesos terminaron y se invirtieron en gran parte bajo Putin. Si bien los niveles de vida populares se han estancado, incluso se redujeron ligeramente en los últimos años, experimentaron un rápido aumento en la década del 2000, y el fuerte contraste presente con la década de 1990 está todavía muy presente en la memoria popular. Por citar un indicador demográfico del bienestar popular, la esperanza de vida en 2000 era de 65 años (frente a 79 en Canadá). Hoy es de 72.

La mafia, los oligarcas y el Estado

En cuanto a la supresión de la democracia, que en general se atribuye erróneamente en Occidente a Putin, de hecho ya se había producido bajo Yeltsin. Putin, al menos, ha eliminado el control de la mafia sobre la economía y ha restaurado el monopolio estatal de la violencia. Y ha domesticado a los oligarcas, sin tocar sus fortunas ilícitas, excepto en los pocos casos en los que persistían en interferir en los asuntos políticos. Putin también ha frenado y revertido las tendencias centrífugas que amenazaban la integridad del Estado, incluso si ha utilizado métodos terroristas para lograrlo en el caso del irredentismo checheno.

El segundo factor de la popularidad de Putin es su reafirmación de la soberanía de Rusia frente a las acciones de Occidente, que los rusos perciben en gran medida como agresivas y antagónicas. Esta percepción popular tiene, en mi opinión, una base real significativa.

No es exagerado decir que la Rusia de los años 1990 estaba bajo la administración colonial del G-7, en particular de los EEUU. La terapia de choque, diseñada por el FMI y el Banco Mundial a petición del G-7, transformó en el transcurso de unos pocos años a un gigante industrial en un país dependiente de la exportación de recursos naturales. La adopción de esta política era la condición del apoyo del G-7, que Yeltsin necesitaba desesperadamente. El G-7 también alentó y luego aprobó la supresión violenta de la democracia por parte de Yeltsin en el otoño de 1993 y validó su robo de las elecciones presidenciales de 1996.

A esto hay que añadir el bombardeo ilegal de Serbia por la OTAN en 1999, un aliado tradicional de Rusia, la denuncia del tratado ABM por los EEUU en 2002, la continua expansión de la OTAN, y, por último, el papel desempeñado por Occidente en el derrocamiento armado del régimen pro-ruso en Ucrania y la guerra civil que siguió.

Doce naciones se han unido a la OTAN en los últimos 15 años, llevándola a su nivel actual de 29 países miembros.

Es cierto que el régimen de Putin ha hecho un gran esfuerzo a la hora de cultivar los sentimientos patrióticos. Incluso pospuso la fecha de las elecciones para que coincidiesen con el aniversario de la anexión de Crimea, una decisión muy popular. Pero el régimen encuentra un terreno ideológico fértil para estos esfuerzos en la población – de todos los colores políticos, excepto la más neoliberal. Para entenderlo, sólo hay que tener un conocimiento superficial de la historia rusa y reconocer la naturaleza agresiva de la política de la OTAN, en particular de los EEUU, en defensa de su dominación en un mundo unipolar.

El tercer factor de la popularidad de Putin es resultado de la llamada “revolución de la dignidad” de febrero de 2014 en Ucrania – el derrocamiento de un gobierno corrupto, pero legalmente elegido por un movimiento que fue popular en sus orígenes, pero al que pronto se le unieron fuerzas neofascistas armadas y emisarios de la OTAN. Si bien es cierto que los medios de comunicación rusos, controlados por el gobierno, propagaron una imagen de caos y desastre en Ucrania, en realidad no tuvieron que exagerar mucho lo que estaba pasando sobre el terreno.

Se analice desde cualquier punto de vista – excepto desde el de los ultranacionalistas y los oligarcas – la situación de las clases populares en Ucrania se ha deteriorado radicalmente. Y eso hace que la situación en Rusia parezca mejor. Este contraste tiene un gran peso en las opciones políticas de la gente, incluso de personas que odian al régimen de Putin. Si bien es cierto que cuenta con los esfuerzos del régimen para evitar la aparición de una alternativa creíble a Putin, la situación de Ucrania es de gran ayuda.

Unas pocas palabras sobre los jóvenes de Rusia. Recientes informes muestran que el apoyo de la juventud a Putin es incluso mayor que en el resto de la población. Este es quizás el caso, porque la mayoría de los jóvenes son aún más apolíticos que sus mayores. Pero en 2017 hubo algunas grandes manifestaciones de protesta, sobre todo de personas entre 16 y 24 años de edad. Estas manifestaciones fueron convocadas – pero no organizadas – por Alexei Navalny, un conocido activista contra la corrupción. Estos jóvenes salieron a pesar de la amenaza muy real de ser detenidos, como ocurrió a cientos de ellos. Habiendo sido testigo de una de estas manifestaciones, puedo decir que lo que movilizó a estos jóvenes fue no tanto su indignación frente a la corrupción en los niveles altos como su oposición a los recortes arbitrarios de su libertad. Este comienzo de un despertar entre los jóvenes quizá augura cambios en la escena política, hasta ahora más bien estancada, de Rusia.

Nota de Correspondencia de Prensa

1) David Mandel es profesor en el departamento de ciencias políticas en la Universidad de Quebec en Montreal y es codirector de un proyecto de formación sindical en Rusia. Es autor de “Los Soviets de Petrogrado. Los trabajadores de Petrogrado en la Revolución Rusa (febrero 1917-junio 1918), editado por Syllepse (Paris, Francia), Page 2 (Lausanne, Suiza) y M Editeur (Quebec,Canadá), 2017.