Uruguay

El barrio Casavalle: antes y después del megaoperativo policial y judicial

El miedo, las bandas y los daños colaterales

El enfrentamiento encarnizado de dos bandas por el control del territorio tenía al barrio entero sumido en el miedo y la incertidumbre. Una nueva modalidad delictiva más violenta y arbitraria incluía el desalojo forzoso de algunas familias de sus casas. Después del golpe policial, la detención de una treintena de personas, la incautación de armas y de un laboratorio clandestino para producir o cortar droga, lo que permanece intacto en el barrio es el miedo, la pobreza, la desconfianza y una idea extendida entre muchos jóvenes de que no hay otro futuro para ellos que la calesita de entrar y salir de la cárcel.

Daniel Erosa

Brecha, 22-12-2017 https://brecha.com.uy/

Hasta el miércoles pasado, cuando a las 5 de la mañana la Policía cercó el barrio Casavalle –específicamente Casavalle 2 y Unidad Misiones, más conocida como Los Palomares– y desembarcó con 600 efectivos para realizar 68 allanamientos y detener a 34 personas, se vivía “una calma tensa”. Desde hacía días todos pensaban que iba a pasar algo, pero no se sabía qué, ni cuándo. Es que en los últimos meses las bandas o grupos de delincuentes organizados que actúan en la zona comenzaron una guerra de posiciones que implicó intensos tiroteos y muertes en pleno día y a la vista de todos, amenazas explícitas a los trabajadores de los servicios que funcionan en el barrio, presiones a los vecinos para que no circularan por algunos pasajes ni participaran de actividades en el espacio público, y una práctica muy poco conocida hasta ahora, al menos con la intensidad que la describen todas las fuentes consultadas para esta nota:((1) los desalojos forzados. Se trata de una modalidad incipiente que llaman “comerte la casa”, y que consiste en invadir una vivienda a punta de pistola y expulsar bajo amenaza a sus ocupantes, quedándose con todo lo que ella contiene y exigiéndoles a los desalojados no denunciar ni resistirse para no poner en riesgo su vida ni la de sus hijos.

A las duras condiciones de vida a las que estaban acostumbrados los vecinos –se trata de un barrio que desde hace décadas está signado por la pobreza, el hacinamiento, la escasez de recursos y servicios, la falta de movilidad social; un barrio rodeado de basura y portador de un poderoso estigma social– tuvieron que sumarles sus preocupaciones por este nuevo invento. El miedo y la incertidumbre se instalaron. En una lógica de bandos es muy difícil permanecer neutral, y además estaban pasando cosas sin precedentes. El silencio era cada vez más espeso, y en consecuencia la sensación de desamparo creció. Los vecinos empezaron a salir lo imprescindible de sus casas por miedo a perderlas. Había una circulación mucho menor de gente por las calles. Las escuelas tuvieron que suspender actividades que habían preparado todo el año, y sobre todo en el turno de la tarde, tanto en secundaria como en primaria, la asistencia de estudiantes mermó significativamente. Algunos trabajadores que desarrollaban tareas de limpieza y mantenimiento de los espacios públicos dieron cuenta de que personas armadas llegaron a decirles que no fueran más porque no los querían en el barrio. Empezó a ser más frecuente el cierre de servicios públicos porque había amenazas de un tiroteo o porque habían matado a alguien. Como dijo una vecina a Brecha: “Se han mejorado los espacios comunes, la plaza es como un pulmón para que la convivencia se dé de otra manera, pero existen grupos que no apuestan a la convivencia. Es difícil, porque aunque sean una minoría, si tienen al resto aterrorizado, no hay escapatoria. El miedo es un arma. Y ellos lo tienen claro, han jugado a aterrorizar y de alguna manera lo han logrado. Si bien los enfrentamientos son entre ellos, siempre puede haber daños colaterales”.

Tanto para la Policía como para la justicia –que actuaron también en un formato sin precedentes, con un equipo de tres fiscales que intercambió y unificó las investigaciones y la información– lo nuevo es “la combinación de factores delictivos en determinado territorio en forma organizada”. Esto es: se entrecruzaron tres investigaciones en curso por causas como extorsión, tráfico de drogas y armas y homicidio, y se constató que muchos estaban vinculados a varios de los delitos investigados y además estaban unidos por el territorio. El control del territorio tiene que ver con dominar una zona para trabajar más seguros, pero también por la puja existente entre las bandas.

Tras el megaoperativo llamado Mirador, la Policía constató la existencia de un laboratorio clandestino en el que se producía droga, donde además se incautaron cinco quilos y medio de cocaína, 800 gramos de pasta base y 850 gramos de marihuana. Se requisaron una docena de armas de fuego (pistolas, escopetas y una metralleta) y más de 200 municiones. Según dijeron fuentes de la investigación a este semanario, “este operativo le pegó directo a la estructura criminal. También a los brazos ejecutores, que muchos son casi niños”. El relato tanto de la Policía como de los civiles consultados coincide en los detalles más básicos: existe un conflicto territorial por el control del negocio del tráfico entre grupos de delincuentes –generalmente identificados por tales y cuales familias–. Uno de los grupos habría querido desbancar al otro, que se encuentra debilitado porque los cabecillas están presos o muertos. A partir de ese debilitamiento, la banda desafiante –liderada básicamente por mujeres– quiso instalar una modalidad distinta de gerenciar el negocio, mucho más agresiva. Entre las innovaciones se da el mencionado desplazamiento forzado de alguna gente de sus casas, el hostigamiento a algunos trabajadores de los servicios y a los vecinos para que no vayan a los lugares públicos, así como distintas acciones propagandísticas para promover el terror y “una dinámica mafiosa particular, que no es a la uruguaya”. La fuente consultada hizo referencia a que algunos de los cabecillas anteriores hacían fiestas en el barrio, organizaban comidas populares, contrataban juegos para los niños en los festejos de fin de año o días especiales. Una modalidad delincuencial que privilegiaba los lazos sociales con la comunidad porque les generaba protección y cierto liderazgo. La mentalidad era que las personas del barrio, aunque no fueran parte del negocio, podían coexistir sobre la base de la omertà. Aceptando la presión implícita pero nunca explícita de respetar a quien manda y de mantenerse al margen.

Según supo Brecha, en esta nueva modalidad se trabaja de otra forma, menos política: los que no son de los míos no son confiables y entonces se tienen que ir. Es más una lógica de tierra arrasada y de no respetar viejas jerarquías. “El 25 de setiembre, el que tiroteó al ‘Lalo’ Algorta –uno de los capos narcos, asesinado en El Sauce hace pocas semanas– cuando intentaba entrar un arsenal de armas al barrio, fue un pibe de 14 años que luego fue ejecutado en la vía pública en pleno día”, dijo una fuente policial.

Comerte la casa. De lo distinto, es lo más visible. Porque los enfrentamientos con la Policía o con otras bandas era lo habitual. Hace años que los vecinos han naturalizado el estado de alerta. Hay personas que hablan de diez casas y otras de 40. Los detalles nadie los dice por no identificar a nadie. Como se dijo antes, a esta modalidad le llaman “comerle la casa”. Entran con violencia y desalojan a los ocupantes, o invaden la casa mientras las familias están trabajando. En algunos casos se quedan con todo lo que hay dentro y en otros les permiten llevarse lo que quieran, pero se tienen que ir en ese momento y no volver ni denunciar. A veces el desalojo tiene que ver con cuestiones que pasan dentro de la cárcel; algunas versiones hablan de represalias a familiares de la banda opuesta. Pero hay quienes dicen que eso no tiene nada que ver y que lo que quieren en realidad es controlar una parte concreta del territorio, y para eso precisan tener gente de confianza en determinados pasajes. También sirve para evidenciar que tienen el control. O incluso puede transformarse en un negocio, sacar a personas muy vulnerables que no tienen cómo enfrentarlos –viejos o madres con hijos chicos–, y vender el derecho de uso de esa vivienda.

Dice un trabajador social que hace años está vinculado al barrio: “En Los Palomares, con esto de la expropiación forzosa de las casas, la gente tiene miedo, aunque no tenga ningún contacto con ninguna de las bandas. Porque no se sabe si es al azar. La gente siente inseguridad y miedo. Te acostumbrás a escuchar los tiros. Pero siempre estás pendiente de que si hay más tiros de lo normal, puede desembocar en un tiroteo serio o que la Policía esté entrando al barrio”.

Quienes trabajan para promover la participación de la gente en el barrio creen que estas formas de violencia y amenazas implican un retroceso y que ponen en juego todo lo que generó el Estado para mejorar la convivencia. Se preguntan: ¿cómo la gente va a salir a participar de los espacios públicos si tiene miedo de que le copen la casa? Porque como dijo a este semanario una asistente social consultada días antes del operativo policial: “Están sacando a la gente de sus casas, los invaden, se les quedan con todas las cosas. Están probando algo nuevo que hasta ahora no se daba. Buscan tener una zona liberada, donde no haya nada ni nadie que se les interponga. He visto el cruce de bandas, el cruce de muertos de una familia y de otra, la defensa del territorio. Eso no impedía que los servicios funcionaran. Ahora eso cambió. Están aplicando una forma delictiva diferente. Manipulan a la gente, arengan para armar disturbios haciendo circular versiones falsas de cosas que casi nunca pasan. Lo que está sucediendo ahora es más propagandístico que real, es casi todo ficción. Hacen ostentación de organización y de armamento. Creo que es una campaña de propaganda que apuesta a aterrorizar a la gente, a generar la sensación de miedo para que no salga de la casa”.

“Fronteamos porque podemos”

“También vivimos como una forma de violencia la fuerte presencia policial y de la policía militarizada, con tanquetas y helicóptero a cada rato”, dijo a Brecha un vecino que no cree que los cabecillas de las bandas sean estos jóvenes que ponen el cuerpo y una dosis temeraria de desprecio por la vida. “Son gente más grande. Los más chicos siempre son ‘perros’ de otros más grandes. Tienen muertes y varios delitos encima, pero no son los que dirigen. Habría que ver quiénes les dan las armas, quién entra la droga. Estos pibes son los que ponen la cara. ¿Cuál es la otra parte del negocio que no se ve?”

Es cierto que no son los más chicos quienes lideran las estructuras delictivas, pero quizás sí sean los que hacen gala de una nueva subcultura que les genera identidad entre sí y terror a los demás; son hijos de la crisis de 2002 y portadores de una nueva construcción cultural que tiene estética de nuevo rico o de futbolista famoso (grandes relojes, cadenas de oro, autos y motos, ropa deportiva cara y de marca) y una épica que abreva tanto en la vieja máxima de “no hay futuro” o en frases célebres tomadas de las series de Pablo Escobar (“Para qué quiero 50 si 49 van a correr”). En síntesis, la mentalidad se puede definir en esta frase recogida del perfil público de uno de estos jóvenes: “Vive la vida a lo loco, que lo bueno dura poco”. El problema es que no están pregonando sólo conductas vinculadas a la diversión, expresan –y lo hacen de manera llamativa y sin anestesia en las redes sociales– su orgullo de pertenecer al mundo de la delincuencia, hacen ostentación de armas y de crímenes a cara descubierta. Y lo hacen al mismo tiempo que le declaran amor incondicional a la madre o a sus pequeños hijos (con fotos incluidas). La joda, la noche, la droga, la cárcel, los “carros”, salir a ganar “siempre pa’lante”, y la imagen del “guerrero callejero” que pelea contra la Policía o los traidores y que después que cae “en combate” se transforma en un “angelito que me cuida desde el cielo” son los temas recurrentes. Tienen una simbología que los identifica, se tatúan números en las manos, como el 79 (el ladrón, para la quiniela) o armas en la zona de la ingle; consideran la prisión como “un mal cuento del que siempre se sale”. Utilizan términos centroamericanos como “frontear”, que quiere decir algo así como “hacerte el macho”, y citan muy seguido la frase de una canción que se llama “Fronteamos porque podemos” que encierra en su letra buena parte de las claves de esta construcción social: “Mira ahora dónde estamos, contando mucho dinero/ Empezamos desde abajo y ahora de todo tenemos/ Que no podían dijeron, de mí se rieron/ Y mírame ahora, que yo mismo no me lo creo/ Carros lujosos tenemos, prendas dobladas tenemos/ Hacemos lo que queremos, no te preguntes cómo lo hacemos/ Aquí fronteamos porque podemos, fronteamos porque podemos (…). Yo salí del barrio y el barrio me convirtió en guerrero (…) Un soldado callejero, ese soy yo/ Haciendo mucho dinero, ese soy yo/ Tú quién eres, nadie sabe/ Por qué no lo haces como yo, no matas como yo/ (…) Vendiendo trabajo blanco, pero cuidado con los poli/ Fronteamos porque podemos, tú no me jodas porque te quemo”.

En esos mismos perfiles también se pueden encontrar frases menos fanfarronas y más dolorosas, como: “Si tu padre no te abandonó, no tuviste infancia”. No creer en nada ni en nadie es parte de esta identidad que manifiesta mucha desilusión y un marcado vacío existencial.

En términos concretos, según supo Brecha, las bandas tienen una estructura muy organizada, tanto entre los jefes como entre los subalternos. Estos últimos se clasifican en tres categorías. O sos “perro” (para iniciarlos les dan un arma, una moto y ropa deportiva; son el brazo ejecutor del jefe, los hombres de confianza), sos “mujer” (los cobardes en una lógica machista, término que pareciera estar cambiando porque las mujeres que mandan ahora reclaman que las saquen de ese lugar de desprecio), o sos “mula” (los vendedores, los que distribuyen y venden; hay varios tipos de ellos: pueden ser empleados de los jefes trabajando como si fueran cadetes, o tener una franquicia en una zona, con cierta autonomía). Más allá de los métodos violentos, se trata de una estructura comercial que vende y distribuye mercadería. Es un mercado como cualquier otro y tiene que tener gente que vigile, otros que produzcan, otros que negocien, otros que administren, unos que laven el dinero, otros que hagan las inversiones. Algunos –aunque vivan en estos barrios pobres– manejan mucho dinero.

Con el barrio de fondo

Los maestros saben que sus niños pasan mal algunas noches y se duermen en la clase. Se los nota más inquietos y además su juego simbólico es muy realista. Representan lo que ven: se ponen la capucha del canguro y se suben la túnica hasta la nariz y “juegan a los milicos”. Cuando el barrio está complicado, los niños que tienen problemas de conducta se vuelven especialmente problemáticos, se ponen mano suelta y contestadores. Pero los maestros son respetados en general. El desempeño curricular de los niños no parece estar más deprimido que en otros barrios. De matemática aprenden más por un tema de supervivencia: van a la feria, trabajan. Les cuesta más verbalizar, la oralidad está menos desarrollada, y en escritura las oraciones son bastante menos complejas. Hay muy pocos niños obesos, la mayoría está en el peso normal y se encuentran algunos con bajo peso. Las familias son en su mayoría monoparentales, con madres muy jóvenes, con padres ausentes porque la mayor parte del tiempo están engrosando la población reclusa. Hay mucha gente que no terminó la secundaria o incluso la primaria. Tienen muy pocas herramientas para resolver conflictos, aparte de la violencia. Dice una maestra consultada: “Hay familias que están muy destruidas, que acumulan un deterioro de años. Muchas mamás de ahora eran niñas de escuela o de inicial cuando la crisis de 2002. Los alumnos de 5 años tienen madres de 21. Uno se pregunta cuánto se le ha hincado el diente a estos barrios. ¿Realmente se tiene que quemar todo para meter la cuchara? Entiendo que hay que evitar que se favelice, de acuerdo, pero habría que definir cómo se va a intervenir después, con los métodos de la Republicana no creo que sea bueno. Para los niños son como unos ogros subidos a una moto. Cuando están muy presentes, los niños están nerviosos”. Y cuentan sus historias o sus experiencias del vínculo de los uniformados con el barrio. Para estos niños es difícil pensar que la Policía los cuida. Han presenciado cosas complicadas: megaoperativos, allanamientos, que se lleven a un vecino o a un familiar. “A ellos la presencia (de los policías) en la puerta de la escuela los pone muy nerviosos. No tienen la sensación de que los están cuidando”.

Antes del operativo del miércoles la gente del barrio mantenía un silencio total sobre lo que estaba pasando. Alguno comentaba que habían pasado el fin de semana con intensos tiroteos, pero la mayoría esquivaba hablar del tema: “Me tomé una pastilla para los nervios y dormí todo el fin de semana”, o “Me fui a la playa, yo no sentí nada”. Pero los maestros sin preguntar se enteraban porque los niños más chicos cuentan, o porque veían a mamás muy angustiadas que iban a buscar a sus hijos antes de hora y lacónicamente explicaban: “Está complicado”. Todos hablaban poco, sin contar detalles, para proteger su vida y la de sus hijos.

Está claro que esta violencia no se da sólo en Casavalle, ni se forjó de un día para el otro: Son decenas de años de pobreza, hacinamiento y exclusión. La cronificación de esos elementos ocasionan este quiebre. Dice la asistente social: “Unidad Misiones estaba pensado como un barrio-jardín con espacios públicos y piscina. Pero nunca se terminó. Después se le agregaron Los Palomares, casas precarias que ni siquiera tenían ventanas en las cocinas. La gente le fue agregando para el frente, para el fondo, para el costado, y hoy es un gueto donde es imposible que no haya violencia. La gente vive en condiciones que no son dignas. Viven varias familias en una misma casa. Si de generación en generación lo que ves es pobreza, basura, hacinamiento… no te imaginás una ciudad ni una vida diferente”.

Una docente consultada cuenta con preocupación que mientras van a la escuela los niños tienen cierta contención, pero que los adolescentes en el pasaje al liceo se quedan sin referentes. “Hay un vacío en esa edad. Y ese vacío lo ocupan con otras cosas que les dan sentido de pertenencia, que los cuidan, que los hacen formar parte.” Según esta maestra, ellos piensan: “La casa que tengo no está buena, el celular tampoco, quiero salir a laburar y no estoy preparado, y si digo donde vivo, marché. El que delinque anda en auto, todas las chicas del barrio andan atrás de él… ¿Adónde voy a ir? El modelo es el que entra y sale de la cana. Ahora quizás funcione saturar con la Republicana, pero no es algo que funcione a largo plazo. Como sociedad tendríamos que tener claro que la mayor cantidad de ciudadanos uruguayos nace en esos barrios. Y parece que a los gurises que se están criando ahí les decimos ‘suerte en pila’. Y eso es trágico”.

Nota

1) Dados los riesgos concretos que se corren en el barrio y la reserva que exigen las actuaciones judiciales, todas las fuentes consultadas para esta nota pidieron permanecer en el anonimato.

Los buitres y la brújula

Dice la maestra: “Lo que sale en la tele muchas veces es cualquier divague. Los ves a los periodistas, muchas veces atrás de la Guardia Republicana, como si fueran cuervos esperando alimentarse de la carroña, en vez de arrimarse a la feria, hablar con la gente, mostrar la complejidad del barrio. Están esperando que pase algo, que se muera alguien… no tienen vergüenza. Se ponen todos juntos en el mismo lugar. Y como miran desde atrás de la Guardia, tienen ese punto de vista. Si vos vas atrás del móvil de la Republicana y filmás el barrio con los ojos de la Republicana, ya tomaste partido. Es legítimo, pero no es la realidad del barrio. Si venís un día a pintar las paredes de la escuela, o vas a la feria, te llevás otra visión. Estos buitres vienen a confirmar el prejuicio. Y el prejuicio tiene un costo caro. Una doctora no quiso entrar a atender a una niña que estaba con un cuadro neurológico a las dos de la tarde porque ella, a las zonas rojas, no entraba. Pidió que le llevaran la niña adonde ella estaba. Al final la escoltó un patrullero y fue y la atendió. Pero el prejuicio es peligroso hasta para la salud. Si no te vienen a atender a un niño a las dos de la tarde, mucho menos podés esperar que vengan por un infarto a las tres de la mañana. Hay repartos que no entran, ambulancias que no llegan. Y eso genera un resentimiento del barrio hacia afuera. Nuestro rol tiene que ser, entre otras, cosas humanizar a la gente del barrio frente al resto de la sociedad que se maneja con prejuicios. Los niños tienen que ser tratados como niños y sus familias, como gente. No podemos perder esa brújula”.