Historia

Centenario de la Revolución Rusa

Con Esteban Volkov Bronstein, nieto de Trotsky

Rojo trosko

Esteban Volkov es ruso hasta que habla. La falta del bigote y la barbita lo distancia del abuelo, pero las franjas que se le hacen al costado de la cara cuando se ríe lo emparentan definitivamente. En las fotos que la familia guarda –y muestra– puede verse un rasgo destacable: Trotsky siempre se está riendo. Desde los retratos de la revolución rusa hasta los de su exilio en México tienen ese gesto endiablado, guasónico.

Eliana Gilet, desde México

Brecha, 10-11-2017 https://brecha.com.uy/

Un día como hoy, pero de hace cien años, seguro que al abuelo también se le marcaban las ojeras en la cara. Pasaba entonces las horas en el Smolny, un local que había sido creado como escuela para niñas bien, pero funcionaba en la época revolucionaria como cuartel bolche: allí estaban el sóviet de Petrogrado y el Comité Militar Revolucionario, creado por Trotsky en esos días. Ocho meses habían pasado desde el derrocamiento del zar y el partido bolchevique había crecido exponencialmente desde entonces, a fuerza de recoger los mandatos populares: tierra para los campesinos, control obrero de las fábricas y la paz en condiciones democráticas, con la salida de Rusia de la Primera Guerra Mundial.

Decenas de miles de organizaciones populares activaban la vida política: estaban, claro, los sóviets de diputados obreros y soldados y los sindicatos, había comités de empresa y consejos rurales, había cooperativas y hasta comités del Ejército y la Armada que ponían en jaque a los oficiales zaristas. Eran las organizaciones que peleaban en el terreno por convertir una revolución política en una revolución social generalizada. Dentro de la amplia gama de partidos y grupos, los bolcheviques ocupaban el extremo izquierdo: planteaban la exclusión total de la burguesía de los órganos de decisión de la vida del país y rechazaban al gobierno provisional instalado con la caída del zar. Había decenas de periódicos de todas las tendencias, panfletos, mitines y oradores improvisados en fábricas y calles. Menos de un mes antes de la revolución de octubre –que en realidad fue el 7 de noviembre, porque los rusos usaban entonces un calendario que tenía una diferencia de 13 días–, Trotsky había sido nombrado presidente del sóviet de Petrogrado y pasaba seis, ocho, diez horas hablando ante los presentes, discutiendo, debatiendo.

Fue un periodista, John Reed, el que presenció y recreó estos hechos y ambientes en su gran trabajo Diez días que estremecieron al mundo. Ahí es donde Trotsky deja para la posteridad frases como: “¡La insurrección es un derecho inalienable de cada revolucionario! Cuando las masas oprimidas se levantan, siempre tienen razón”; o donde se pudo conocer el detalle de que fue el abuelo de Esteban quien declaró, en nombre del Comité Militar Revolucionario, que el gobierno provisional ya no existía. La dirección de Rusia quedaría en manos del Congreso de los Sóviets de toda Rusia. Lenin sale a escena. Reed camina con ellos: “Entramos en el vasto salón de sesiones, abriéndonos paso a través del gentío clamoroso que se agolpaba en la puerta. Iluminados por enormes arañas blancas, en bancos y sillas, en los pasillos, en los repechos de las ventanas y hasta en el borde de la tarima presidencial estaban sentados los representantes de los obreros y soldados de toda Rusia que, en ansioso silencio o en medio de un ruido salvaje, esperaban el campanillazo del presidente. En el local no había calefacción, pero hacía calor de las emanaciones de los cuerpos humanos sin lavar. Un desagradable humo azul de tabaco ascendía y flotaba en el aire denso. De vez en cuando, uno de los dirigentes subía a la tribuna y rogaba a los compañeros que dejasen de fumar. Entonces todos los presentes, incluyendo los propios fumadores, se ponían a gritar: ‘¡Camaradas, no fumar!’. Y seguían fumando. El anarquista Petrovski, delegado de la fábrica Obújov, me sentó a su lado. Sucio y sin afeitar, se caía de sueño: llevaba trabajando tres noches seguidas en el Comité Militar Revolucionario”.

Sieva Volkov Bronstein llegó a México en agosto de 1939, reclamado por el abuelo, mediante una familia amiga, los Rosmer. Tenía 13 años en la foto que muestra a esta pareja, Margarita y Alfredo, junto a Sieva y los abuelos, Trotsky y Natalia Sedova, frente al paisaje sureño de Taxco, Guerrero. Su padre, Platón Volkov, está desaparecido tras haber sido enviado a un gulag de trabajo forzado en 1935, y su madre, Alexandra Sokolovskaia –Zenaida–, la hija mayor de Trotsky, se suicidó en Berlín, en el comienzo del exilio familiar.

Es imposible no sentir cierto aire reverencial generado por el veterano de ojos clarísimos, que sólo se disipa cuando se ríe, porque se sabe una pieza de museo viviente, un testigo de la historia, el último vivo de la familia de los que tuvieron trato directo, que vivieron la época, la persecución y, finalmente, la muerte del patriarca.

Trotsky nunca conoció personalmente a Lázaro Cárdenas, el presidente mexicano que aceptó el pedido de asilo del líder revolucionario negado por otros países, y que hizo que el 9 de enero de 1937 el buque petrolero Ruth lo trajera desde Noruega al puerto de Tampico, Tamaulipas, en el Golfo de México. Natalia Sedova, su segunda mujer, la madre de sus dos hijos menores, la que lo siguió en el exilio, así lo menciona en una carta que le envía a Cárdenas, tres años más tarde, luego del asesinato de su marido: “En Noruega nos hallábamos bajo la amenaza inminente de morir, y ni un solo país del mundo se atrevió a ayudar al desterrado. Sólo este pueblo generoso, comprensivo e independiente. Usted prolongó la vida de Trotsky por 43 meses”.

En el país escandinavo había vivido el proceso de los juicios de Moscú, donde Trotsky fue acusado sin poder defenderse. Vio también cómo los otros cinco miembros del Politburó original, conformado para liderar el partido en aquellos días de hace cien años, eran asesinados o ejecutados, salvo, claro, Lenin –fallecido en 1924– y Stalin, promotor de los juicios que acabaron con sus camaradas primigenios.

Fueron el pintor Diego Rivera y Octavio Fernández Vilchis quienes hicieron el enlace con Cárdenas para la llegada del líder soviético, una vez que Estados Unidos le negó el asilo. La pareja rusa se instaló en la casa azul de Frida Kahlo durante casi dos años –donde se realizó el “contraproceso” con John Dewey, buscando revertir la información falseada de los juicios de Moscú– hasta que se mudaron a la que hoy es el museo-casa León Trotsky. El lugar estaría igual, si no fuera porque antes, a sus espaldas, corrían las aguas de un canal que en los años sesenta fue entubado y convertido en la avenida Río Churubusco.

Don Esteban, así lo llaman todos en su rol de director del museo-casa, señala que fue en México donde el abuelo revolucionario alcanzó su máxima madurez política. Exiliado en Turquía ya había escrito la Historia de la revolución rusa y una de sus obras principales: La revolución traicionada.

La vida cotidiana era sencilla en la casa que les fue donada a los asilados, de cuartos modestos y un amplio patio central, arbolado y verde, donde Trotsky solía trasplantar los cactus que recolectaba de por ahí. Sol, plantas, algunos animales que acompañaban cuando los libros quedaban de lado. Aislado y con una sentencia de muerte pesando sobre los hombros, se sabía el intelectual. Las penurias económicas estaban a la vuelta de la esquina, por eso aceptó escribir una biografía del enemigo que, según su nieto, fue la decisión que aceleró su muerte (véase recuadro “Stalin”).

La puerta de entrada a la casa, que era de madera y marcaba el número 19 de la calle Viena, está clausurada. Por esa puerta fue que, en la madrugada del sábado 24 de mayo de 1940, irrumpió el pintor David Alfaro Siqueiros junto a otros 20 “estalinistas” disparando hacia las habitaciones donde la familia dormía. Otro grupo disparó hacia la casa de los guardias, intentando evitar una respuesta de su parte. Todos se salvaron: sólo Sieva fue herido por el roce de una de las balas.

Desde entonces el abuelo sintió inminente el peligro y decidió salvar su archivo: un mes más tarde, Trotsky envió sus papeles en un tren a Harvard, de manera clandestina, buscando resguardarlos. El 20 de agosto fue finalmente atacado por un agente soviético de origen catalán, Ramón Mercader, enviado por el gobierno estalinista. Mercader se había ennoviado con la hermana de la secretaria de Trotsky, ganó su confianza y se presentó como un escritor amateur. Ese día entró con Trotsky a la estancia donde éste trabajaba, y cuando el abuelo se puso a leer el supuesto texto a revisar, Mercader le clavó un piolet de mango recortado en la cabeza, que traía escondido en un sobretodo. Fue apresado en el instante. Trotsky murió al día siguiente. Su nieto recuerda que el abuelo herido pidió que no dejaran que el niño –él– viera nada de lo que estaba pasando.

La obra quedó mutilada por el asesinato de Trotsky, y esa fue la finalidad de Stalin, impedir la realización de esta obra –dispara el nieto al comenzar la entrevista.

—¿Stalin estaba al tanto de que su abuelo escribía sobre él?

—Él estaba al tanto de todo. Stalin tenía un servicio de información que antes de que se publicaran las cosas él ya las tenía encima de su mesa de trabajo. Aparte, nosotros éramos muy ingenuos, se infiltraron agentes por todos lados.

—¿Recuerda eso? ¿Nunca dudó de nadie?

—Sí, claro, pero nunca tuve sospechas. Cuando yo llegué, la política de Trotsky en la casa era no tener camaradas mexicanos para no dar motivo a que lo acusaran de inmiscuirse en la política mexicana, requisito a la hora en que Cárdenas le dio el asilo. Entonces, por norma, nunca había guardias mexicanos aquí. Después del primer atentado del 24 de mayo sí nos ayudaban por las noches, llegaban camaradas. Pero el punto, a lo que voy, cuando me preguntabas si había sospechado de alguien: sí hubo alguien medio raro. Había un checoslovaco que se entretenía en enseñarme groserías en inglés y me indicaba que me dirigiera en esos términos a los camaradas, y los hacía rabiar. Nunca entendí esa actitud de él, si quería crear una situación de tensión… El hecho curioso es que años después él entró rápidamente a trabajar en la embajada checoslovaca, ¿cómo lo ves?

—Si no eran mexicanos, ¿de dónde eran los guardias?

—La mayoría eran estadounidenses, obreros estadounidenses. El partido que mandaba a los ayudantes era el Socialist Workers Party. Eran voluntarios, camaradas, no eran pistoleros como sacan las películas. Eran jóvenes que en su vida habían usado una pistola, y realmente, como guardias, fueron bastante ineficientes. Había… (se detiene, piensa un momento) Charly Cornell era un profesor, texano; Jack Cooper era chofer de camión; Harold Robins era un pintor industrial, es más, en el comedor hay muebles que él pintó. Había un matrimonio alemán, Otto Schuessler y su esposa Trudy, que vivían hasta arriba de la torre. Había un francés, Jean van Heijenoort que fue uno de los más leales y abnegados secretarios del abuelo, lo siguió desde Turquía hasta México. (1) Ian Frankel también lo siguió hasta aquí. Hubo varios camaradas que lo acompañaron.

—Dijo que uno de los guardias había pintado muebles. ¿Cómo era la vida en la casa?

—La casa era una especie de gran familia alrededor de los abuelos. El abuelo era un patriarca, Natalia su compañera, y había un ambiente de camaradería, de solidaridad, de trabajo. Una pequeña comunidad con espíritu socialista. El abuelo tenía una inmensa admiración por el trabajo humano y no admitía diferencias en ese terreno. Pero en cuestión de seguridad, la comunidad dejaba mucho que desear. Tan así que en una ocasión llegaron de la embajada estadounidense, del FBI, para mostrar los errores, lo que no debió hacerse. Eso fue después del asesinato.

—¿La embajada estadounidense o sus agencias nunca intentaron impedir la llegada de colaboración y ayuda de su país para Trotsky?

—No, eso no. La embajada no se metía. Pero había una periodista medio rara, olvidé su nombre, que no frecuentaba la casa, pero intervino en la cuestión del asilo: trajo un mensaje desde Estados Unidos para los trotskistas mexicanos, indicándoles que gestionaran la visa para “el barbitas”, como le decían al abuelo. Luego resultó, en los informes secretos, que era una agente del NKVD –Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos, antecedente del KGB, que funcionó entre 1934 y 1946.

—En las fotos se lo ve como alguien muy efusivo, ¿cómo era el clima cuando hablaba y la gente lo rodeaba?

—Por supuesto, el abuelo era de una inteligencia excepcional, y su confianza total y absoluta en el advenimiento del socialismo en el futuro era inamovible.

-—¿En que se basaba esa seguridad?

—En su experiencia, lo que había vivido en Rusia cuando vio cómo las masas llegaron a tomar el poder, derrocaron el zarismo, establecieron los sóviets. Él lo vivió directamente, sintió la dinámica de una revolución.

—¿Recordaba cosas?¿Contaba algo?

—A mí no. Es más, les decía a los guardias que no me hablaran de política. Me quería mantener al margen, y gracias a eso aquí estamos todavía. Como le dije a Bernardo –Marín, periodista de El País (de España)–, yo soy el que nivelo las estadísticas de vida de la familia.

Termina la idea y larga la carcajada que ahuyenta la solemnidad del hombre que parece ruso hasta que se vuelve mexicano cuando se ríe así de la muerte. Don Esteban, Sieva, el nieto de Trotsky, dice que su vida ha sido afortunada, que él está vivo y que mucha gente que pasó por situaciones parecidas o peores no lo está para contarlo. Incluso dentro de su propia familia, de la que es el único sobreviviente. Que ha tenido una vida muy afortunada, dice. Fallecido el abuelo, la familia siguió viviendo en la casa de Viena número 19, hasta que a comienzos de los años ochenta lograron que se declarara monumento y con eso su protección como patrimonio histórico.

¿En qué momento comprendió la dimensión de su abuelo? “Desde aquí, desde México. Tal vez de niño era una cosa más general, que luchaba contra la burguesía –se ríe–. Pero luego me di cuenta de lo que era el estalinismo: un régimen criminal, de calumnia, de persecución, que viví muy cerca.” Por eso, tal vez, Sieva dedicó buena parte de su vida a mantener viva la herencia del abuelo conservando el espacio que le permitió vivir otros 43 meses. “Creo que es fundamental restablecer la memoria histórica, de la revolución rusa y de Trotsky, quien sufrió una de las mayores persecuciones y falsificaciones de la época contemporánea. Este lugar es importante por eso: permite conservar una parte de la auténtica memoria de la humanidad.”

Nota de Correspondencia de Prensa 

1) Jean van Heijenoort (1912-1986),destacado matemático. Fue secretario personal de Trotsky. Su experiencia junto al líder revolucionario se puede apreciar en el magnífico libro “Con Trotsky de Prinkipo a Coyoacán. Testimonio de siete años de exilio”, presentado y traducido por la escritora mexicana Tununa Mercado (IPS-CEIP, Buenos Aires, 2014).

Stalin

Dice el nieto que el abuelo no tenía un duro cuando le cayó la oferta de una editorial gringa para que afilara la pluma contra el hombre que controlaba los designios del lado oriental del mundo. Trotsky aceptó y al poco tiempo de llegar a México se dedicó al encargo que la editorial Harper & Brothers, de Nueva York, le hizo en febrero de 1938.

Como falleció sin terminarla, la editorial encargó al traductor, Charles Malamuth, que también editara y rellenara los huecos del intelectual socialista. Nadie en la familia quedó conforme con la versión publicada en 1946. Casi setenta años más tarde llegó su revancha.

El historiador marxista Alan Woods, muy cercano a los Bronstein, se dedicó desde el año 2003 a revisar el bruto del acervo documental enviado a Harvard y a reconstruir una obra que fuera fiel al espíritu e ideario trosko. Su versión, editada en inglés el año pasado y en español ahora, para el centenario de la revolución de octubre, tiene casi el doble de páginas que la estadounidense, con material inédito.