Argentina

The Macri moment y la realidad

El Gobierno cree estar en su mejor momento y tuvo festejo anticipado con todos los empresarios. A una semana de las generales, discurso y realidad.

Fernando Rosso

La Izquierda Diario, 14-10-2017

http://www.laizquierdadiario.com/

El Coloquio de Idea, la paqueta feria anual del empresariado tuvo lugar en un clima de exultante entusiasmo como hace tiempo no se veía. Por el escenario montado en Mar del Plata desfilaron referentes del periodismo adicto al Gobierno, políticos tradicionales que hacían esfuerzos sobrehumanos para exponerse como los mejores empleados del mes ante los dueños del país y el grueso de la genuflexa dirigencia sindical que fue a transparentar su patética sumisión a la celebración patronal.

La probable consolidación del resultado electoral de las primarias en las generales del próximo domingo, quizá con un avance de la coalición oficial, fue el motivo central del frenesí empresario.

En ese contexto, se produjeron los diálogos que combinaron la clásica charla motivacional del PRO, exigencias de ajuste, demandas de mano dura y pedidos desbocados de “vamos por todo”. En pos de ese objetivo, los dueños que volvieron a participar del encuentro (años anteriores enviaban a los mandos medios) protagonizaron lo que algunos calificaron como una sobreactuación de apoyo a Mauricio Macri.

El exitismo también se nutrió de los presuntos “brotes verdes” de una economía que dejó de caer a golpes de un feroz endeudamiento que habilita un clásico de los años electorales: el aumento del gasto público para obras y créditos que permitan hacer como si la economía se estuviera recuperando. Igualmente, no pudieron ocultar el “sorpresivo” crecimiento de la inflación que retomó su dinámica alcista cuando su contención era presentada como uno de los principales triunfos del Gobierno en materia económica.

La aguda crisis histórica y coyuntural del peronismo refuerza la apariencia de la fortaleza imparable de la administración cambiemita.

Embriagados en el clima triunfalista, representantes políticos y empresarios comenzaron a dar muestras de una patología que -en coyunturas como la actual- afecta a todas las clases dominantes y a sus referentes políticos: subirse al caballo.

Hubo tres exponentes sobresalientes esta semana: Paolo Rocca, Marcos Galperín y Elisa Carrió.

El amo y señor de Techint despotricó rabiosamente contra las protestas sociales y con la escasa gracia que lo caracteriza ridiculizó a los piquetes: “diez personas alrededor de un fogón” que impiden el funcionamiento normal de las plantas. El CEO de Mercado Libre afirmó sin sonrojarse que: “Si queremos salir del índice de 30 % de pobreza que tenemos y llegar a un dígito o menos, es imposible hacerlo con el marco laboral que tenemos”. La peculiar lógica implicaría que para sacar de la pobreza a una parte de la población hay que precarizar y empobrecer a la otra. El antropólogo Alejandro Grimson respondió al unicornio azul preferido de Macri con un argumento simple pero filoso: “Si la pobreza se bajara con flexibilización laboral en lugar de exigirla Techint, la reclamarían los pobres. Eso nunca sucedió en el mundo”. Finalmente, la inefable Carrió, no en el marco del Coloquio sino unos días antes en el debate de los candidatos a diputado por la Ciudad de Buenos Aires hizo una afirmación infame: aseguró que había un 20 % de posibilidades de que Santiago Maldonado esté en Chile y agregó “con el RIM”. Seguramente quiso decir con la RAM (Resistencia Ancestral Mapuche), pero le salió RIM que, como recordó María del Carmen Verdú, es la sigla del Regimiento de Infantería de Montaña. Muchas veces el inconsciente deja traslucir la indeleble marca de la gorra.

Luego del famoso 54 % del año 2011, Cristina Fernández, con el mismo timing comenzó a llamar “extorsiones” a las huelgas, a descalificar a los docentes y petroleros, a reclamar productividad y sintonía fina. La historia es conocida y la ruptura con Hugo Moyano producida casi inmediatamente después del triunfo fue la expresión deformada de una fractura social mayor con el movimiento obrero. Eran los años de la “fuerza propia” y de la sobreproducción de relato que intentaba reemplazar la carencia de política.

Cambiemos también cree estar dando su “batalla cultural” y tallando su narrativa sobre bases de granito: el manual de autoayuda colmado de lugares comunes en torno al esfuerzo, a la superación, al emprendedorismo; que habrían convertido a Marcos Peña, según el análisis de algunos impresionados, en el “último grito” en materia de estrategia política. El siempre agudo Martín Rodríguez le envió -un poco en serio un poco en broma- un telegrama vía Twitter: “Querido Marcos: lo que aprendimos estos años es que todos esos cambios culturales que creés que tallás en roca se los lleva el viento”.

Desde la misma trinchera del oficialismo, pero con una mirada crítica y de media distancia, el economista Pablo Gerchunoff realizó algunas interesantes observaciones en una entrevista para el diario El País.

“¿Usted cree que Argentina está cambiando de verdad?” le pregunta el periodista Carlos Cué y Gerchunoff responde contundentemente: “No, no todavía. Cambió muy poco, pero me parece bien ir poco a poco”. Hace un elogio de la prudencia y asevera que la “recuperación”, como mucho, volverá las cosas al estado (malo) de la economía en 2015, lejos de su mejor momento en 2011. Luego realiza un análisis histórico sugerente: “Hay un conflicto muy tenso entre una Argentina que quiere incorporarse a la globalización y un bloque social que no tiene fuerza para proponer un patrón de crecimiento distinto pero sí para impugnar el camino de la modernización. Argentina es eso. ¿Qué pasa cuando una fuerza irresistible se enfrenta con una resistencia incontenible? Es la Argentina del empate conflictivo”. Donde el economista afirma “camino de la modernización” debe leerse una solución neoliberal para la eterna crisis argentina con su correspondiente ajuste, esencialmente sobre aquello a lo que apuntó el conjunto del Coloquio de Idea: el salario y las condiciones de trabajo.

Finalmente hace un alerta de realismo capitalista sobre la posible pérdida de esa batalla: “Porque si la perdió un gobierno militar con todo el poder en el 76 – 83 y la perdió un poder democrático con mayorías parlamentarias como fue Carlos Menem en los años 90 (…)”. (El País, 6/10).

Estas cuestiones merecen dos reflexiones: por un lado, no debe entenderse que el Gobierno no haya avanzado en su ajuste, sino que aún no es el que reclama el universo patronal ni el que consideran necesario sus intelectuales orgánicos más lúcidos. En segundo lugar, está planteado un combate político para hacer de la crisis del peronismo una oportunidad y evitar que el “empate conflictivo” implique el retorno de una variante de mal menor para un ajuste posible que siempre representa el camino más corto hacia el mal mayor.

Pero el consejo del economista que se autodefine como “macrista crítico” parece ir en el sentido contrario a lo que exactamente están haciendo Cambiemos y su elite del círculo rojo. Ebrios de exitismo y con fiesta anticipada, incluso antes del resultado electoral y sobre todo de las batallas decisivas, avanzan arrebatados hacia una irresistible tentación siempre presente en la semicolonial burguesía criolla: desayunarse la cena.