Uruguay

La radios comunitarias, de perseguidas a olvidadas

Aquellos piratas

Subvertidoras del orden y potenciadoras de la voz de las organizaciones barriales, obreras y estudiantiles. Acusadas por los medios comerciales y reprimidas por el Estado durante décadas. Las radios comunitarias nacieron con el fin de la dictadura y tuvieron su apogeo en los primeros años de este siglo, cuando la crisis arreciaba. Su entrada en la legalidad en 2008, la desmovilización social, la aparición de nuevas tecnologías no las dejaron ilesas. Después de tanta persecución, la indiferencia estatal parece marcar la época.

Venancio Acosta

Brecha, 24-8-2017 http://brecha.com.uy

Al mediodía del sábado 3 de agosto de 2002 la Policía entró a saco en una vivienda del barrio Colón, en cuyos fondos anidaban quienes, para Guillermo Stirling –entonces ministro del Interior del gobierno de Jorge Batlle–, habían sido el alma mater de la ola de saqueos que azotaba a los comercios de la zona. Luego de tumbar la puerta secuestraron computadoras, discos compactos y equipos de trasmisión. De inmediato, la Unidad Reguladora de Servicios de Comunicación (Ursec) clausuró aquella frecuencia bautizada El Quijote FM, desde la que un grupo de jóvenes emitían clandestinamente las 24 horas del día, con equipos precarios, ganas de sobra, una audiencia barrial pocas veces registrada y la crisis económica pisándoles los talones.

Este mes se cumplieron 15 años del allanamiento de El Quijote. Antes y después de aquella fecha, muchas radios comunitarias padecieron el escarnio del Estado que –acuciado por las gremiales de radiodifusión comercial– se encargó durante décadas de voltear antenas, incautar trasmisores y barrer las frecuencias del éter. Luego de aprobada la ley de radiodifusión comunitaria en el año 2008 sobrevino la regularización, mediante la cual casi todas las frecuencias marginales encontraron un espacio legal en el dial. Sin embargo, el proceso iniciado en aquellos años encuentra hoy al movimiento de radios comunitarias en un escenario distinto, donde la desmovilización social, la transformación de las plataformas mediáticas y la indiferencia estatal parecen ser las marcas de época.

Comienzo

“Personas y organizaciones” cuya voluntad democrática planteaba “muchas dudas”, anarquistas que instruían acerca de la fabricación de explosivos e instigaban a los saqueos de supermercados,(1) agentes “mal llamados comunitarios” que contribuían “a generar un riesgo de inestabilidad” y amenazaban la “paz social” (2) eran algunas de las ideas sobre las comunitarias en el momento más álgido de su actividad: el principio de los años dos mil.

Habían nacido, no obstante, a influjo de los movimientos alternativos de fines de los ochenta. Con los antecedentes de algunos grupos políticos, se instalaron en los subterráneos de la escena cultural posdictadura. Casas ocupadas, sótanos olvidados, centros culturales o simples dormitorios de adolescentes inquietos sirvieron para acomodar trasmisores artesanales, reproductores de casetes y antenas de fabricación casera. Regados con un espíritu punki a usanza de la época, los radialistas se mancomunaban también en torno al movimiento antirrazias, a las huelgas obreras y estudiantiles, y solían ser militantes de diversas organizaciones barriales, políticas o culturales de base, a menudo ubicadas en las periferias urbanas.

“Voy a legalizarlas aunque los dueños de los medios me cuelguen de los pulgares”, había espetado, sin embargo, el entonces presidente Jorge Batlle cuando despuntaba su mandato.(3) Es que a fines de los noventa los impulsores de las radios “libres”, o “piratas” –como también eran llamadas– fueron incluso candidatos a pasar una temporada tras las rejas, pues en el año 1998 se llegaron a presentar proyectos de ley para castigar la emisión radial clandestina con pena de prisión.

Existían, por su parte, dos gremiales que agrupaban a los radialistas: la Asociación Mundial de Radios Comunitarias-Uruguay (Amarc) y Ecos-Coordinadora de Radios Comunitarias de Uruguay; ambas participaron activamente en las discusiones que derivarían, más tarde, en la aprobación de la ley de regularización, durante el primer gobierno del Frente Amplio. Desde entonces, según los datos oficiales, hay registro de cerca de 150 radios comunitarias habilitadas. Sin embargo, se desconoce a ciencia cierta cuántas de ellas continúan emitiendo regularmente. Al margen de ello, algunos viejos referentes del movimiento consultados por Brecha descreen que exista actualmente un número análogo de proyectos de radiodifusión comunitaria que se asimile a aquella efervescencia que los caracterizó décadas atrás.

Tensión

“Había dos gremiales de radios, que al final terminaron siendo como los radicales y los moderados, como todo en este país”, cuenta Nicolás Scarón, ex integrante de El Quijote FM, de Ecos, y actual referente de Radioactiva, una FM del barrio Peñarol. “Amarc en su momento estaba liderada por la Federación Anarquista Uruguaya, o sea, no eran tan moderados. Y Ecos era un conglomerado de gente más independiente que terminamos siendo los que después estuvimos en contra de la ley, en tanto Amarc –ya en una nueva etapa– la apoyó.” Sobre este proceso recuerda: “Nosotros leíamos la ley y no había nada para decir. Era perfecta. Lo que cuestionábamos era filosófico. Y en política es muy difícil discutir de filosofía. Decíamos: ‘La legalización del Estado va a traer aparejada que no tengamos más razón de ser y nos van a dominar desde el punto de vista administrativo y de la burocracia’. Eran cosas que no se entendían. La ley termina siendo literalmente perfecta, aunque para nosotros políticamente nefasta. Entonces nuestro planteo perdió, e incluso dentro de Ecos ganó una postura pragmática. Y ese fue el comienzo de la muerte del movimiento de las radios comunitarias como tal”.

Según Scarón, varios fenómenos paralelos contribuyen a explicar esta realidad. Por un lado, asimilar el trance burocrático de convertirse en una frecuencia legal les costó a las radios un esfuerzo valioso. “Los trámites llevaron el 80 por ciento de las horas que tenían para hacer radio. La personería jurídica, el trámite, el papelito, las coordenadas del Ministerio de Defensa. Hubo un desgaste importante.” También menciona el fenómeno de las redes sociales: “Nosotros en 2002 teníamos una audiencia que nunca más logramos. Teníamos cien personas comunicándose por día, en el barrio todos sabían quiénes éramos. La Voz FM, de Lezica, la conocían en todo Montevideo. ¿Dónde quedó eso? No sé. En las radios comunitarias no está más”.

Actualmente Ecos dejó de existir como organización, en tanto Amarc sigue congregando a algunos pocos radialistas. Respecto a las radios como movimiento, Scarón opina: “Lo que tenían las radios comunitarias era un trabajo para adentro, de aglomerar jóvenes en algo que en ese momento era clandestino, ilícito, contestatario. Y en ese sentido la ley también hace que se desdibuje. Y pasó a ser ‘el club de los que hacen radio’, como el club de bochas. Quedan solamente aquellos que son muy apasionados por el medio; en un momento además en que el medio está siendo cuestionado por toda la producción audiovisual. Todo eso se va sumando para que este movimiento envejezca y desaparezca. Yo tengo 42 años, y andamos todos más o menos ahí”.

Riesgo

En febrero de 1995 un grupo de amigos levantó una antena en algún lugar del barrio Belvedere. Con una potencia de tres vatios, un doble casetero y un trasmisor diminuto llegaban hasta el Prado, Los Bulevares, Paso Molino e incluso al Cerro. “Nos vinculábamos principalmente por lo musical, por la distribución de revistas alternativas, fanzines. Y también concurríamos a espacios libertarios. Quisimos quebrar un poco con la hegemonía que había en el dial e irrumpimos con música que no se pasaba. Al principio salíamos desde el cuarto de uno de los compañeros. Después al año ya hicimos como un estudio en el frente de la casa. Era una especie de ranchito de chapa todo aislado. Y mejoramos un poco la calidad de los equipos, para que se escuchara bien”, dice Fernando González, fundador de Alternativa FM, que hoy sigue trasmitiendo, pero desde Nuevo París, con uno de los estilos más fieles a aquel germinal movimiento de los noventa. Pese a todo, en 2008, luego de una larga discusión, la radio decidió plegarse a la regularización y consiguió una licencia para emitir legalmente durante diez años.

“Ya al primer año, en el 95, nos allanaron. Y hasta el 99 tuvimos cuatro allanamientos. Después otro intento de allanamiento en 2001. Ahí nos mudamos para una cooperativa de viviendas en Nuevo París. Y después a una casa de ahí de la zona, hasta ahora. Nunca cambiamos nuestra impronta política. No nos manejamos con ningún tipo de publicidad ni con beneficios de ningún organismo estatal. Es autogestionada al cien por ciento. Pero entramos a la ley por una cuestión de que estábamos cansados de que se nos llevaran los equipos. Cuando llegamos a la ley en 2008 llevábamos cinco allanamientos. Tres veces perdimos todo. Teníamos como una tatucera y nos cayeron con detectores de metales y demás. Tomamos la decisión de entrar y corrimos el riesgo.”

Para Alternativa –que integraba Ecos– el hecho de que las gremiales de radios comunitarias prácticamente no existan es una señal clara de que el costo fue alto. “Después de que se logró el blanqueo a través de la ley, el movimiento perdió fuerza”, sostiene uno de sus fundadores. “Todas las radios se encerraron en sí mismas a trasmitir. No había nada por lo que unirse. Ta, logramos un objetivo: que el Estado no nos tocara más. Pero si bien nos dio la seguridad de seguir trasmitiendo, nos acható políticamente.”

Gestión

Trasmitían cuando caía el sol para sortear los allanamientos. Más de una vez pudieron mandarse a mudar antes, con los equipos encima. Una vez no lo lograron y perdieron todo a manos de los inspectores. Ser nómades les salvó el pellejo: trasmitir desde el Club Progreso, desde la parroquia de La Teja, desde alguna vivienda prestada. Después de todo, el estudio cabía en una valija: un doble reproductor de casetes, una compactera, tres micrófonos y un cable a la antena. ¿La antena? Una vara de aluminio, una caña larga, un poco de madera. Así fueron los noventa para El Puente FM, según Lauro Ayestarán, uno de sus integrantes de entonces. Al día de hoy sigue trasmitiendo desde La Teja. Nacida en 1994, es una de las emisoras más veteranas del movimiento.

“En ese momento hacíamos radio, pero éramos todos militantes políticos –recuerda Ayestarán–. Queríamos un cambio, por lo menos en los patrones de consumo de la sociedad y en la distribución del poder. Entonces la gente que había era esa. Y una de las luchas era generar la ley para legalizar las radios. Y entonces había un movimiento fuerte y se logró. Fuimos creciendo, y la nueva gente que fue entrando no tenía esa cabeza, porque el derecho ya estaba adquirido. Vinieron a hacer programas de radio. Y nos costó mucho gestionar la radio. Entonces hubo un retroceso porque no supimos cómo sostener el proyecto político ‘radios’. Los nuevos militantes se fueron para otras luchas y se fue perdiendo participación. Además, medios de comunicación aparecieron miles. Antes decíamos, como un gran eslogan: ‘Tenemos que ser la voz de los que no tienen voz’. Y ahora en parte todos tienen voz, porque los canales se multiplicaron.”

Desde el Cerro, el barrio vecino, trasmite desde el año 2000 La Cotorra FM. Durante la crisis de 2002 integraron sus filas decenas de personas, muchos de ellos jóvenes, trabajadores desocupados o changadores. Actualmente trasmiten desde el Polo Tecnológico y cubren “el Cerro y adyacencias”, según José Imaz, uno de sus integrantes. “Las radios comunitarias no son ajenas a los fenómenos sociales –opina–. Si ves el panorama de las organizaciones y comparás, te das cuenta de que han perdido militancia y protagonismo. Y el fenómeno no es ajeno a las radios. Lo han perdido otras organizaciones: comedores, policlínicas, organizaciones de vecinos. También en aquella época había más disconformidad, una necesidad de ser más contestatario. Tampoco estaban las redes sociales. Mucha gente hoy a través de las redes se siente partícipe de la comunicación. Además, un montón de gente que fue dinamizadora del movimiento social hoy son funcionarios. Muchísimos militantes de organizaciones sociales trabajan en el Mides, en el Mec, acá, allá.”

La Cotorra y El Puente integran Amarc, la organización más moderada del gremio. Sus representantes insisten en que el movimiento de radios sufre un cierto abandono por parte del Estado, que luego de legalizar las frecuencias no promovió correctamente la comunicación comunitaria como política pública. Entre otras reivindicaciones, reclaman la tan discutida publicidad oficial para el sector, lo que salvaría a más de uno de hacer el peso a través de avisos comerciales barriales, colectas o recitales callejeros. Al respecto, Ayestarán opina: “Para mí, había que dar el paso de la legalización. Pero el movimiento social está en otro lado ahora. La lucha por las radios ya fue. Conquistamos ese espacio pero no se lo pudo sostener. No se dio lo que tuvo que venir después, que fuera parte de una política pública. Entonces, si la izquierda pensaba que esto era una profundización de la democracia, lo que debió hacer fue seguir trabajando en eso. No decir ‘bueno, son legales, ahora manéjense’. El proceso se detuvo. Las radios siguen existiendo porque hay uno o dos que se la ponen al hombro e invitan a gente, y están siempre ahí. Estamos en un piso, que es lo mínimo que se puede hacer. Se perdió el sentido colectivo de para qué estamos haciendo esto, y para dónde va. No hay que volver para atrás. Ni borrar la ley para que la gente se junte de nuevo y vuelva con aquel espíritu. No hay marcha atrás. El problema es que la izquierda no visualizó estos medios como espacios de construcción de poder barrial y de ciudadanía. Los ven como una pyme”.

Herramienta

Después de 2008 se calcula que pocas radios quedaron por fuera de la legalidad. Entre ellas, la cifra incógnita de radios religiosas –expresamente prohibidas por la ley– o comerciantes que sólo se dedican a vender avisos. También, quizás, algún empedernido clandestino, como Contonía FM, la radio comunitaria de Ciudad Vieja, que optó por no regularizarse para preservar aquel espíritu pirata de años ha. En 2010 sus integrantes contaban a este semanario: “La radio comunitaria no es un fin en sí mismo, es una herramienta en tanto sirva para mejorar la calidad de vida y garantizar la libertad de expresión de los vecinos. Cuando no sirva para eso, la herramienta será otra. No se nos va la vida en un trasmisor”.(4)

Sea como fuere, las comunitarias siguen al aire, haciendo lo que pueden con su magra potencia en el espectro radioeléctrico saturado de muchas zonas del país, en los huecos que dejan las radios comerciales. Sostienen proyectos a pulmón. Se financian como pueden. Ya no son veinteañeros, ni clandestinos, ni tienen ya que huir de un sitio a otro cargando con los trasmisores. La época es otra. Difunden en las redes sociales, utilizan sistemas de cámaras, producen spots, pagan por el streaming. Putean, discuten, recuerdan, se reinventan. Siguen llevando, muy a su pesar, la bandera de “las tres p” (pocas, pobres y pequeñas). Pero ahí están. Aún nadie les ha escrito el epitafio, ni se anima a vaticinar el día en que dejarán de existir definitivamente.

“A pesar de todo se están pergeñando proyectos que tienen que ver con redes de comunicadores alternativos y que tienen un futuro bárbaro –dice Nicolás Scarón, de Radioactiva–. Con el mismo espíritu que en 2002, pero desde otros lugares. Estamos convencidos de que es desde otro lado. Asumimos ya otro rol. Y después de que cambiamos se nos empezó a acercar gente de 20 años. No es una casualidad. Y no hay contestación ni quilombo si no hay gente que tenga 20 años. Las generaciones nuevas tendrán cosas para decir, pero elegirán otros canales y no ponerse al hombro esto. Y no hay que tomárselo con dramatismo. Es un fenómeno que existió y que hizo lo que tenía que hacer. Por algo nos eligieron como chivo expiatorio de los saqueos. Cumplimos ese rol y hoy lo cumplirán otros. No es tan grave. Nosotros estamos en la búsqueda.”

Notas

1) Véase Brecha, 26-X-01.

2) Comunicado de la Asociación Nacional de Broadcasters del Uruguay (Andebu): “Sobre las radios comunitarias”, 23 de agosto de 2002.

3) Véase Brecha, 14-VII-00.

4) Véase Brecha, 3-IX-10.

Legales pero…

En 2014 la ley de servicios de comunicación audiovisual dejó sin efecto la actuación del Consejo Honorario Asesor de Radiodifusión Comunitaria (Charc), órgano encargado de la asignación y seguimiento de las frecuencias. Mientras el gobierno se decide a convocar a la Comisión Honoraria Asesora de Servicio de Comunicación Audiovisual (Chasca) –órgano que suple al anterior– (1)  la ley que reguló las radios comunitarias en 2008 no se cumple.

Alternativa obtuvo el permiso estatal para trasmitir durante diez años en 2008. A partir de entonces no tuvieron más noticias de los agentes reguladores. “Tenía que haber una inspección de la Ursec que nunca se realizó. En teoría nunca nos habilitaron”, afirman. “Nunca más tuvimos contacto. Nunca más vinieron a ver el tema de la instalación eléctrica, ni de los equipos con los que salimos. Una total irregularidad de su parte. Nunca más se aparecieron.”

Nicolás Scarón, de Radioactiva, opina al respecto: “La asignación de frecuencias quedó en la nada. El Estado está en debe. Hay papelones. No nos llamaron nunca más, están todas las radios atrasadas, nadie presentó más papeles, no existe. Es legal, pero todo es irregular. Igual muchos siguen trasmitiendo de hecho y queda por esa. Rompíamos las pelotas, quisieron solucionarlo regularizando, pero el tema quedó enterrado. Hay una desidia absoluta”.

“Está todo detenido porque la ley de 2008 no se está cumpliendo”, dijo a Brecha Gabriel Kaplún, representante de la Universidad de la República en el ex Charc. “La impresión que tenemos muchos es de una falta de voluntad política para avanzar con esto, más allá de la espera de los recursos. Ese es el limbo en que está la situación hoy. Y no hay solución para el sector comunitario.”

Nota

1) También para el caso de las difusoras comerciales.