Argentina

En octubre: ¿la economía juega a favor de Macri?

¿Cómo jugo la economía en el resultado del domingo y cómo va a hacerlo en octubre? El gobierno, ¿con cheque en blanco para avanzar en su plan económico?

Esteban Mercatante

La Izquierda Diario, 17-8-2017

http://www.laizquierdadiario.com/

Como vimos en los últimos días, el resultado del domingo disparó los festejos en los “mercados”. Pasamos nuevamente de un dólar en alza que requirió de fuertes inyecciones del BCRA para mantenerse a raya apenas por debajo de los 18 pesos, a una situación donde el tipo de cambio vuelve a bajar, acercándose a los 17 pesos. Nuevamente la preocupación del gobierno parece estar en que no baje demasiado. El Merval toca nuevos récord y los bonos suben.

Como se ve, el gobierno logra un fuerte alivio inmediato en algunos de los terrenos donde mayor tensión venía afrontando. Habrá que ver si la estampida del dólar, aunque contenida, se cobra su precio en términos inflacionarios en agosto. En julio el impacto fue menor al esperado por las estimaciones privadas (1,7 por ciento fue el aumento de precios medido por el Indec, contra 2/2,2 por ciento previsto por algunas consultoras).

Economía y votos, de agosto a octubre

Pero este alivio en términos de estabilidad macroeconómica que pueda tener el gobierno gracias al resultado del domingo, no tiene un impacto significativo en la vida cotidiana de millones de personas, excepto por la mediación de su reflejo en los precios. Que el dólar deje de subir no cambia la sensación respecto del empleo y sus perspectivas, ni sobre el poder de compra. En este plano hay que decir que para llegar al resultado alcanzado en las PASO (más favorable de lo que se preveía) poca ayuda recibió el gobierno de la situación económica, y habría que ver si más bien esta no le jugó en contra.

Es cierto que la propaganda oficial y las usinas mediáticas remarcaron los últimos datos difundidos por el Indec para decir que la recuperación económica está en marcha. Esto se comprueba respecto del peor momento de 2016, los números están cargados de ambivalencia. La industria creció en junio 6,6 por ciento respecto de 2016, pero está estancada desde enero. Por otra parte, la recuperación está muy centrada en la industria automotriz y asociadas, así como en los sectores ligados a la obra pública, que aumento fuerte este año, sobre todo en la comparación con un 2016 de abrupto freno a todos los proyectos en ejecución que habían sido licitados durante la administración de Cristina Fernández.

El consumo sigue cayendo aunque desacelera su retroceso, caída que no es sorprendente porque el poder adquisitivo acumula pérdida desde que el gobierno asumió. Y el empleo privado no recupera el terreno perdido durante los primeros meses del gobierno de Macri, siendo el aumento de monotributistas y el monotributo social junto con el crecimiento del empleo público lo que explica el mayor aumento de la cantidad de aportantes al sistema previsional, que es la medida con la que el gobierno dice que crece el empleo formal. Entonces, más allá del impacto que tiene la obra pública sobre la percepción del gobierno, y del discurso gubernamental sobre la recuperación que buscará nutrirse de nuevos números en los próximos dos meses, hay que ver si la economía pesa más en octubre para favorecer al gobierno. Por lo pronto, no está claro que vaya a ser así.

Zafar con lo justo

Con el maniobrero “empate técnico” en la “madre de todas las batallas” en la Provincia de Buenos Aires, y el voto logrado del 37 por ciento del padrón nacional que lo ubicó como primera minoría cómodo, el gobierno logró evitar que la ronda de primarias se convirtiera en una impugnación a lo hecho desde que asumió en diciembre de 2015. Se trata de un resultado provisional, cuyo sentido político tendrá que revalidarse en dos meses en la elección general.

De lograrlo, tampoco puede decirse que el gobierno reciba un cheque en blanco. Una cosa es escapar a un escenario de fuerte castigo en las urnas, y otra es recibir un aval para “profundizar el cambio”. Notemos que el gobierno debió decir en las últimas semanas que no tiene planeada una reforma laboral y previsional, cuyos contenidos ya sabemos que son regresivos, implican atacar conquistas de los trabajadores, aunque al mismo tiempo admite que sí está en carpeta. Tampoco explicitó cual es el contenido de la reforma impositiva que tiene en carpeta. Además de esconder a Bullrich con su discurso de un “pibe preso” más por semana.

De esta forma, podemos decir que el resultado no va liberar al gobierno de la necesidad de “corregir errores”, forma autocomplaciente con la cual varios miembros del gabinete se refirieron a la actitud de avanzar hasta donde dé con las medidas pro mercado y ajustadoras, y retroceder en caso necesario, mecanismo en el que la administración de Cambiemos debió incurrir en numerosas ocasiones en este año y nueve meses que lleva en el poder.

Ansiedades que seguirán sin aplacarse

No obstante, si en octubre el gobierno revalida o amplia el resultado favorable de las PASO, podemos estar seguros que buscará avanzar en algunos de los aspectos que la administración y la clase empresarial más concentrada que lo apoya consideran estratégicos para lograr “competitividad”: “modernizar” las relaciones laborales, extender la edad jubilatoria, etc.

Sin embargo, son varios los voceros de los “mercados” y del empresariado que señalan con preocupación que, aún si el gobierno lograra avanzar con una agresiva agenda en estos terrenos de reformas estructurales (lo cual está por verse), se prepara para convivir con otras “inconsistencias”. Apuntan a los ritmos de reducción del déficit fiscal, que este año va a alcanzar el 4,5 por ciento del PBI. El gobierno planea reactivar después de las elecciones las medidas para recortarlo, como son los nuevos tarifazos previstos para octubre/noviembre (otro ataque al poder adquisitivo) se van a traducir en una nueva reducción de los subsidios. También puede ocurrir que las partidas destinadas a la obra pública se ralenticen, como ocurrió de hecho a finales de 2016 después de un tardío arranque con la ejecución de partidas, aunque la experiencia del gobierno del PRO en la ciudad sugiere que en la gestión de Macri esta puede ser una viga central y permanente (y de muy buenos negocios para su familia y amigos). Pero esto representa recortes del gasto en una escala que no contenta a los que aspiran a achicar en pocos años el déficit hasta el equivalente de 1 por ciento del PBI.

Por el contrario, la apuesta del gobierno, mientras ataca otras medidas reclamadas por el empresariado para bajar el “costo argentino”, es seguir apelando en escala creciente al endeudamiento público (y externo, en moneda extranjera y emitido en Nueva York y otras plazas de las finanzas mundiales). El incremento anual de la deuda externa pública fue de nada menos que 43,6 por ciento en el primer año de gobierno de Macri, como muestran Eduardo Basualdo y Pablo Manzanelli (“Endeudar y fugar”, Página/12, 9/8/17). Esta deuda fondea al gobierno, especialmente para el gasto corriente, y al mismo tiempo provee de dólares que permiten una fuga de capitales que bate récords.

Esto tiene profundas consecuencias. Como ya dijimos el gobierno trabaja en una reforma fiscal, que pasará entre otras cosas por negociar con las provincias la reducción o eliminación de Ingresos Brutos. Pero sin una drástica disminución del gasto, es improbable que la reforma fiscal pueda alcanzar un nivel de disminución de la carga que pagan las empresas suficiente para satisfacer las aspiraciones del empresariado (el mismo que se olvida de la cuestión fiscal cuando se trata de recibir subsidios). Esto significa que aunque se diluya el fantasma de Cristina (para lo cual habrá que esperar a octubre aunque los mercados celebraron por anticipado el lunes), los motivos para retrasar inversiones seguirán estando, excepto en los sectores donde las amplias ventajas se imponen sobre los reparos, como el agro o las energías renovables.

De esta forma, aunque el gobierno se sienta fortalecido para encarar después de octubre algunos temas como una reforma laboral a la brasileña para barrer con muchas garantías de los trabajadores, o la previsional, los que critican las inconsistencias macroeconómicas de la política económica desde el lado empresario seguirán teniendo argumentos.

Convivir con estas “inconsistencias”, y de hecho con su profundización, es un precio que el gobierno parece dispuesto a pagar para lograr avances en otros terrenos de su agenda pro empresarial.

Por otra parte, aunque el dólar se estabilice por un tiempo y la inflación mantenga su (lento) descenso, el volumen de Lebacs va a seguir creciendo en niveles aún más inmanejables de los que ya tiene, y será otro motivo de ruido en 2018.

La dependencia de la deuda para que el esquema financiero cierre, y el manejo del dólar y las tasas de interés atado a la voluntad de los capitales de entrar al país para hacer negocios con la tasa, determinan que la estabilidad económica estará cada vez más expuesta ante eventuales cambios de humor de los inversores globales hoy dispuestos a hacer formidables negocios prestándole al tesoro nacional o ingresando para hacer ganancias de corto plazo con las Lebac. En el mundo inestable de hoy esta es una pésima noticia y puede dar rápido paso a escenarios que pongan en evidencia las fragilidades de una estabilidad financiera lograda a préstamo.

Algo que vaya más allá de este cortísimo plazo, es decir un plan de crecimiento que exceda la obra pública, los créditos Argento y la apuesta al agro, salvo que tomemos por tal al Plan Productivo, que propone “reconvertir” (léase liquidar) 400 mil empleos en sectores industriales cuyo desmantelamiento prevé, “te lo debo”, como diría Macri. Pero eso poco preocupa a los CEOs que el gobierno aspira a conformar. Sólo importa a los millones de trabajadores que poco lugar tienen en el sueño de la Argentina “supermercado del mundo” que quiere vender el presidente como un proyecto para la “felicidad”.