Ecofeminismo

Con la antropóloga española Yayo Herrera

“Hay que distinguir entre el ecologismo social y la defensa del capitalismo verde”

El ambiente, la economía, la igualdad de género y la situación política española desde la mirada de esta antropóloga madrileña ecofeminista. Yayo Herrera fue co-coordinadora de la organización española Ecologistas en Acción, en la que sigue militando, y es la actual directora de la Fundación Hogar del Empleado (FUHEM), que trabaja en temas de sostenibilidad, cohesión social y democracia, con tres colegios y un centro de investigación. La activista estuvo en Montevideo la semana pasada para participar de las IV Jornadas de Debates Feministas, organizadas por Cotidiano Mujer.

Marina González

Brecha. 22-7-2017 http://brecha.com.uy/

—Te definís como ecofeminista. Ese concepto apareció en la década del 70 en boca de la francesa Françoise d’Eaubonne. Otras de sus teóricas son la alemana Maria Mies y la india Vandana Shiva.

—Para mí el ecofeminismo es un diálogo entre los planteos del movimiento feminista y los del movimiento ecologista, y todos los ecofeminismos –hay muchos– parten de la constatación de un modelo de mal desarrollo del que podría decirse que le ha declarado la guerra a la vida. Lo que le da sentido al ecofeminismo es ese diálogo que permite encontrar las raíces culturales, económicas y políticas de por qué vivimos en una sociedad que subordina, desprecia e invisibiliza los trabajos de las mujeres y a la vez subordina, invisibiliza y desprecia las propias aportaciones de la naturaleza al sostenimiento de la vida. Si comunes son las raíces, comunes son también las posibilidades de construir modelos sociales que reviertan esta situación. Por lo tanto, para mí, el diálogo entre ambos movimientos es fundamental. En las sociedades patriarcales las mujeres están a cargo –no por esencia genética, sino por la división sexual del trabajo propia de esas sociedades– de los cuerpos vulnerables y finitos. Y por otro lado, sobre todo en espacios donde se vive de forma más ligada a la tierra, han estado a cargo de la búsqueda del agua, del cultivo de la tierra. De tal modo que los hombres han podido distanciarse de esas tareas de cuidado de la vida y, a costa de esas mujeres, liberar tiempos para ellos, que con frecuencia se ponen al servicio del capital. La clave del ecofeminismo es sustituir un modelo que ha puesto en el centro el lucro y los beneficios, por otro que ponga en el centro una vida que merezca vivirse, para todas las personas.

—¿El ecofeminismo es de izquierda?

—El que yo practico, clarísimamente. Tal cual yo lo entiendo, tiene tres pilares básicos. En primer lugar, asumir los límites físicos del planeta y la necesidad de construir metabolismos económicos que estén sujetos a ellos. En segundo lugar, entender que la vida no se sostiene sola, que hay que sostenerla y que eso implica una cantidad de tiempo de cuidados para reproducirla cotidianamente, y que ese trabajo no es responsabilidad sólo de las mujeres: es de mujeres y es de hombres. Y en tercer lugar, la redistribución radical de la riqueza. Si estamos hablando de un planeta que tiene límites físicos y de tiempos de personas limitados para reproducir cotidianamente la vida, el reparto radical de la riqueza y de las obligaciones es una cuestión esencial para construir vidas decentes para todo el mundo. Si nos pusiéramos a pensar en términos de lo que ha sido el pensamiento estructural marxista (que es la fuente de la que yo más he aprendido, en términos políticos), lo que aparece es una tensión y un conflicto entre el capital y el trabajo. Pero ese pensamiento llama trabajo sólo al empleo. Lo que viene a plantear el feminismo es que hay un conflicto entre el capital y todos los trabajos: los pagados y los no pagados, que se realizan dentro de los hogares. La guinda del ecologismo, lo que viene a decir y anunciar es que, en realidad, lo que existe es un conflicto esencial y una oposición estructural entre el capital y la vida.

—Te preguntaba si el ecofeminismo era de izquierda porque en América Latina a veces la defensa del ambiente aparece como una preocupación burguesa. Algunos aún oponen la defensa del trabajo a la del ambiente.

—En los países europeos también. Hay que hacer una autocrítica, desde el ecologismo: ha desatendido la alianza con las clases más populares, que son las más afectadas por las dinámicas antiecología. La gente más pobre es la que acaba respirando el aire más contaminado, comiendo la comida de peor calidad o viviendo en los lugares más afectados por ciclones o por problemas vinculados al calentamiento global. De hecho, se habla de racismo ambiental, y se habla de ecologismo de los pobres ante la resistencia de pueblos que no se denominan a sí mismos ecologistas pero que están luchando contra las grandes mineras, contras las madereras, simplemente para mantener la vida ante ese proceso que no solamente es extractivista sino que expulsa a la gente de sus territorios o la mata, directamente. Es imposible sostener metabolismos económicos despilfarradores sin saquear los recursos de otros países y pueblos. Entonces, en Europa hay una derecha fascista que dice “aquí no cabemos todos”, pero también hay un fascismo inconsciente que es el que protagonizan algunas organizaciones o partidos que se dicen de izquierda, que quieren mantener cierto estilo de vida y que consideran como derechos algunos consumos, cuando éstos sólo se pueden mantener en la medida en que otra gente, en otros países, es desposeída. Es una izquierda que tiene una mirada desviada del análisis material, que ha interiorizado los mismos criterios, sobre los modelos de producción y de formas de producción, de la pura derecha.

—¿Sos partidaria del descrecimiento económico? ¿Cómo es eso?

—Hay unas confusiones tremendas con ese tema. Yo lo que digo es que el descrecimiento de la esfera material de la economía, de la cantidad de uso de energía, de tierras, de agua, de productos naturales, no es una opción, es un dato. La Agencia Internacional de la Energía reconoce que en 2006 se alcanzó el momento a partir del cual por cada barril de petróleo convencional que se extrae en el mundo no aparecen nuevas reservas que lo puedan sustituir. Eso es brutal en un modelo que come petróleo: la producción global de alimentos, los modelos urbanos, son dependientes del petróleo y eso obliga a que los seres humanos y sus economías tengan que vivir con menos energía. La manera más sencilla de enfrentar este dato es la trasformación de los metabolismos económicos y una redistribución radical de la riqueza que permita que la mayoría pueda vivir.

En todos lados se han hecho propuestas de cómo cultivar alimentos sin envenenar la tierra y a la persona, y hay propuestas desde el ámbito de la agroecología; las transiciones energéticas tienen detrás un montón de estudios avalados por universidades y organismos públicos. El problema no está tanto en la disputa de la hegemonía económica sino en la de la hegemonía política, en ser capaces de constituir mayorías sociales para exigir estos cambios y que puedan apoyar a personas dispuestas a impulsarlos. Otro gran problema está en la disputa por la hegemonía cultural, porque tienes a un montón de gente de izquierdas que se cree que solamente es posible generar bienestar con los mismos métodos de producción capitalista. Y si algo demostraron los países del socialismo real fue que es difícil hacer algo alternativo al capitalismo que se base en el mismo modelo de producción, con una cultura “ecocida”, que sigue siendo patriarcal, porque necesita explotar todo el trabajo que se realiza dentro de los hogares para poder sostener la economía, y que es injusto.

—¿Qué pensás del acuerdo de París sobre cambio climático?

—Es un acuerdo insuficiente porque, en primer lugar, no permite la clave central de impedir que se supere ese grado y medio con respecto a las temperaturas de la época preindustrial. De no conseguirse que la temperatura media global se mantenga en ese nivel, lo que puede suceder, según viene a plantear la comunidad científica, es que se genere una serie de cambios irreversibles en nuestro planeta y en las condiciones biogeofísicas. Se nos olvida que somos una especie viva y que podemos vivir porque tenemos esta temperatura media global, porque estamos rodeados de una serie de plantas y animales con los que podemos construir nuestra vida. Es un problema bastante grave que supone que se alteren los ritmos de cosecha, que haya problemas de polinización en algunos lugares, que haya eventos climáticos extremos en los que los que sufren las mayores consecuencias son los más pobres, y que haya una pérdida masiva de agua potable en buena parte del planeta.

Digamos que la parte buena que hubo en París es que parecía que se había encontrado un consenso general. Sin embargo, el compromiso no era vinculante. Lo que necesitamos ya son medidas urgentes que, además, sean justas. No es que tengan que reducir sus emisiones de forma masiva quienes emiten poco, y que además necesitan emitir algo más para alcanzar niveles mínimos de vida, sino que aquellos países que consumen mucho más de lo que les corresponde reduzcan sus emisiones.

—Estados Unidos se retiró, pero por lo menos el acuerdo cuenta con el apoyo clave de China.

—Sí. Pero China, que es un gran emisor, tiene unas emisiones de gases de efecto invernadero per cápita infinitamente inferiores a las de toda Europa. Hay un eurocentrismo tan grande que lleva a culpabilizar a otros países que querían seguir la misma senda que había seguido Europa, al tiempo que se les dice “nosotros nos quedamos como estamos y que los demás no crezcan”. Eso no vale. Quienes tienen que decrecer mayoritariamente son aquellos que sobreconsumen y sobreemiten.

—Lo sustentable y la ecología están de moda a nivel internacional. ¿El mundo está cambiando o el capitalismo se adapta para sobrevivir, como decían el socialdemócrata alemán Eduard Bernstein y el trotskista belga Ernest Mandel?

—Es eso. Hay una parte del ecologismo o del feminismo que está de moda y otra parte que está totalmente proscrita, porque es la que precisamente planta cara a las dimensiones más estructurales del capitalismo. Una vez que ya todo el mundo constata que el cambio climático es un hecho y que tenemos una crisis económica profunda, el propio modelo capitalista se adapta y se autopresenta como el que tiene la capacidad de resolver los problemas que él mismo ha creado.

—¿Esto que implica para ustedes, los activistas?

—Si hace unos años lo que teníamos que hacer era luchar para que se reconociera la problemática ambiental y para desterrar el negacionismo, ahora el movimiento ecologista que pretende una trasformación estructural del sistema y alcanzar la justicia tiene que luchar para desenmascarar a un cierto ecologismo que es más bien una apuesta por el crecimiento o el capitalismo verde. Hay que distinguir entre ese capitalismo verde, que dice que es posible seguir generando crecimiento económico y negocios en torno a lo verde, y un ecologismo social que dice que necesitamos importantísimas transformaciones estructurales que cambien los modelos productivos con criterios de justicia para poder acometer los retos y superar esta crisis económica profunda. En España, por ejemplo, hay un ecologismo amable que puede estar bien visto, pero nosotros, que nos hemos encargado de ir denunciando casi todas las operaciones urbanísticas que ahora mismo están detrás de todos los casos de corrupción estructural de distintos gobiernos, éramos personas non gratas. Nos llamaban catastrofistas, aguafiestas, enemigos del desarrollo.

—Se suele citar el ejemplo español para decir que desarrollar las zonas costeras no va en contra del turismo.

—A nivel ecológico ha sido un desastre absoluto y no ha generado actividad fuera de las temporadas de verano. Entre 1995 y 2007, los años de gran crecimiento económico fruto del boom de la construcción, en las zonas de la costa se construyó en primera, segunda, tercera, cuarta, quinta, sexta líneas de la costa. Hay toda una parte de la costa que está literalmente cementada. El urbanismo ha sido tan brutal que ahora están desapareciendo las playas.

Como sistemas vivos que son, las playas necesitan entradas y salidas de arena, y requieren a su alrededor ecosistemas que lo permitan. Ahora, con el aumento del nivel del mar, fruto del cambio climático, y con la aparición de temporales un poco más frecuentes, desaparece toda la arena y el mar no la repone. Está incrementándose de una forma impresionante el gasto en tratar de reponer arena para que vayan los turistas. Las casas que se construyeron tienen un nivel de ocupación de 22 días al año. Los municipios pagan el sostenimiento de la electrificación, del agua, de las redes de saneamiento y la limpieza de las calles, para viviendas vacías y que no generan ningún tipo de retorno sobre la inversión. Además, en muchas de esas zonas hay un desempleo galopante, y en las épocas de turismo alto un empleo de escasísima calidad, temporal y muy mal pagado, y cada vez más reclamos por esta situación. Se construyeron algunos puertos, pero están infrautilizados, al igual que los aeropuertos. Un disparate auténtico. La ley de costas, que estaba bastante bien, se cambió y tenemos un tremendo destrozo del litoral, no solamente a nivel ecológico. España ha sido una zona pesquera importante, pero el exceso de pesca y la construcción han deteriorado mucho las praderas marinas con las que se alimentaban los peces.

—¿Cómo ves el panorama político español? Sufrió grandes cambios en los últimos años, pero siguen al mando los partidos tradicionales y se ven muchas divisiones entre las nuevas fuerzas políticas.

—Se ha producido un gran cambio: la ruptura del bipartidismo empezó a generar enormes convulsiones que todavía no han terminado. Primero, pasar de no tener nada a tener 74 diputados, como sucedió con Unidos Podemos, es una entrada tremenda en el parlamento. El bipartidismo pivotaba entre el Partido Popular (PP), en la derecha, y el socialdemócrata Partido Socialista Obrero Español (Psoe). La irrupción de Podemos ha generado una crisis enorme en el Psoe, que se ha saldado con una ruptura escenificada. El Psoe hubiera podido sacar al PP del gobierno, pero por no ponerse de acuerdo con Unidos Podemos (la coalición formada por Podemos, Izquierda Unida y otras fuerzas de izquierda), decidió abstenerse en el voto de investidura de Mariano Rajoy, y de hecho son los que lo han sostenido como presidente en el gobierno. En la base del Psoe creo que no esperaban eso, y se generó una grieta importante entre, por un lado, el aparato y la estructura de la organización que se desveló como claramente conservadora y cómplice del sistema, y por otro una base que termina eligiendo a Pedro Sánchez como secretario general. Sánchez se había rebelado, con el apoyo de algunas personas de la vieja guardia, socialdemócratas de izquierdas. Ahora veremos qué pasa.

—Otro tema de división política es Cataluña y su reclamo de autodeterminación.

—Es una grieta enorme en la propia Cataluña y también en el resto del Estado. Yo soy una defensora del referéndum de autodeterminación (previsto para el 1 de octubre; véase nota de Danilo Albín en página 16), creo que cualquier pueblo tiene que tener derecho a expresarse, a decidir y a autodeterminarse como le parezca mejor. El empecinamiento del PP, y del Psoe en otros momentos, ha generado una situación compleja de resolver.