Brasil

Lula con matices

Izquierda sin referentes

El presidente de derecha en Brasil está sumido en un gigantesco escándalo, pero gran parte de la izquierda duda en sumarse al Partido de los Trabajadores en las calles para exigir el “Fuera Temer”. El principal partido de izquierda del país sumaría cada vez más votos por descarte, tanto entre la clase media como en la favela, frente a la falta de movimientos alternativos suficientemente sólidos.

Agnese Marra, desde Río de Janeiro

Brecha, 2-6-2017 http://brecha.com.uy/

La respuesta es unánime: “Falta de referentes”. Y la pregunta es la gran cuestión que se ha puesto sobre la mesa en las últimas semanas: “¿Por qué la izquierda no toma las calles ante la mayor crisis política del país?”. Brasil nunca fue conocido por sus grandes manifestaciones, rebeliones o revoluciones. Su historia cuenta con algunas de ellas –la conspiración minera (conocida, en portugués, como inconfidência mineira), la guerra de Canudos, la revuelta de la vacuna, entre otras–, que fueron rápidamente apagadas, y olvidadas todavía más rápido.

Desde los años setenta vienen a la memoria las luchas sindicales de la periferia industrial paulista lideradas por el sindicalista Luiz Inácio Lula da Silva; a principios de los ochenta (1983-1984) el movimiento por las Diretas Já; en los noventa la gran caminata del Movimiento Sin Tierra (Mst) y sus reivindicaciones por la reforma agraria, y ya con el inicio del siglo XXI surgieron políticas todavía revolucionarias como la de los presupuestos participativos de Porto Alegre, como respuesta a una globalización que amenazaba con engullir todas las diferencias.

La victoria de Lula da Silva en 2003 y la década larga de gobierno del Partido de los Trabajadores (PT) también supusieron un freno de los movimientos populares. Casi 13 años en los que la izquierda dejó a un lado sus reivindicaciones para dar una oportunidad al primer gobierno que los representaba. Pero llegó un momento en que esa “representación” se quebró. La identificación entre el PT y la “izquierda”–en el amplio sentido de ese término– se rompió.

Para algunos expertos el símbolo de ese quiebre fueron las manifestaciones de junio de 2013 que surgieron como protesta por el aumento del boleto del ómnibus y luego pasaron a exigir educación, sanidad y servicios públicos de calidad al entonces gobierno de Dilma Rousseff.

Un fenómeno nuevo

Profesores como el filósofo Pablo Ortellado, de la Universidad de San Pablo (Usp), o la socióloga Ángela Alonso, también de la Usp, continúan analizando el fenómeno de 2013 porque se incorporó un nuevo tipo de público a las movilizaciones: “Salieron a la calle miles de personas que no estaban vinculadas a ningún partido político, se manifestaron para exigir derechos y denunciar que no se sentían representados por ninguna sigla. Fue algo único en el país”, señalaba en una entrevista en Carta Capital Ortellado, quien también reconoce que tanto los movimientos de izquierdas como los conservadores intentaron cooptar a los manifestantes que espontáneamente habían decidido gritar “basta”.

Para Alonso durante esa época se vieron tres movimientos: dentro de la izquierda, uno más vertical y vinculado a los sindicatos y al PT, y otro menor, horizontal y autonomista; el tercer campo sería según la socióloga el novedoso: “Un grupo de manifestantes independientes atraídos por las redes sociales, sin coordinación ni experiencia política, más expresivo que propositivo, que levantó la bandera nacional y anticorrupción”, escribía en un artículo en Folha de São Paulo.

Simbiosis

El segundo gobierno de Rousseff (2014-2016), en el que la mandataria aceptó pactar con la oposición y dar un giro a la derecha para salvarse de las amenazas de impeachment que llegaron nada más ganar las elecciones, amplió más la distancia entre el PT y su electorado. Las manifestaciones a favor del proceso de destitución fueron mucho más multitudinarias que las en contra. Entre la izquierda había unanimidad al entender este juicio político como “un golpe”, pero no la había para salir a la calle.

La llegada de Michel Temer y el retorno a un neoliberalismo más salvaje con las retrógradas reformas laborales, los cortes del gasto público y las privatizaciones han dado un nuevo impulso a los movimientos sociales cercanos al PT. El Frente Brasil Popular (que agrupa más de 30 asociaciones), el Frente Brasil Sin Miedo (que agrupa otras 70) y la Central Única de los Trabajadores (Cut), el sindicato petista, han creado una oposición sólida, pero sus seguidores son ellos mismos y sus manifestaciones no son mayoritarias.

Por un lado, la relación simbiótica entre estos movimientos y el PT ha provocado que gran parte de la izquierda brasileña no quiera salir con ellos a defender sus banderas. Por otro, tampoco surgen movimientos de izquierda alternativos y consistentes para frenar al gobierno de Temer, especialmente en un momento en el que la presión de las calles sería clave para forzar una destitución de un mandatario acosado desde todos lados por escándalos de corrupción.

Banderas

Desde que el pasado 16 de mayo se dieron a conocer unas grabaciones en las que el presidente brasileño autorizaba la compra del silencio del ex líder de la Cámara de los Diputados, Eduardo Cunha, la vida de Michel Temer ha sido un infierno. Por primera vez es investigado por el Tribunal Superior de Justicia por organización criminal, obstrucción a la justicia y corrupción pasiva, y su gobierno, que pende de un hilo, está manejado por sus aliados del Legislativo.

Pocas horas después de que la cadena Globo pusiera en conocimiento el escándalo, cientos de paulistas salieron a la calle para exigir el cese del mandatario. Pero los ánimos pronto se apagaron. En 15 días se produjeron dos grandes manifestaciones en todo el país en las que sólo se vio las banderas rojas de la Cut y del PT. La única protesta multitudinaria fue en Brasilia cuando sindicatos de amplio espectro (no sólo de la izquierda) mandaron ómnibus de todo el país para llevar a los trabajadores a la capital.

El domingo pasado hubo otra convocatoria nacional por el “Fuera Temer” y las “Elecciones directas ya”, y en la mayoría de las ciudades la acogida se mantuvo pequeña. Pero en Rio de Janeiro fue diferente. La rambla de Copacabana estaba completamente abarrotada. Los movimientos sociales hablaban de 150 mil personas, y la policía bajaba apenas a 100 mil.

La manifestación fue convocada por los movimientos afines al PT, pero tuvo el apoyo crucial de personalidades del mundo de la cultura. Músicos como Caetano Veloso, Criolo o Mano Brown dieron un concierto con vistas al mar para animar a los manifestantes. Entre las banderas rojas del PT también se veían las del arcoíris del colectivo Lgtb, o las del club deportivo del Flamengo. Pero las que más llamaron la atención fueron las banderas del país, las “verde amarelas” de toda la vida, que desde hace un par de años se asocian a los grupos de derecha.

Sin más remedio

Ese domingo la avenida Atlántica optó por cambiar los símbolos. Si hace un año ese era el espacio que usaban los conservadores para pedir el impeachment de Rousseff, ahora los gritos de “Fuera Temer” se entonaban con la fuerza de las mayorías. Paulo Benites, comerciante de 48 años, se manifestaba por primera vez: “La situación actual es insostenible, los que acusaban de corrupción a Dilma son todavía peores. Nos roban delante de nuestras narices y encima nos quitan derechos. No soy muy de salir a la calle, pero esta vez ha sido inevitable”, dijo a Brecha. Para el ingeniero Giuri Gonçalves es esencial llevar a cabo elecciones directas: “No podemos permitir que si sale Temer, sea el Congreso más corrupto y retrógrado de la historia el que escoja a un nuevo presidente. El poder tiene que volver al pueblo”.

Al preguntar por qué candidato votarían en unas directas el nombre de Lula es el más repetido, aunque muchos insistan en matizar: “No hay otra opción, tiene que ser él porque es el único que puede frenar las reformas laborales y de jubilación”, comentó a Brecha Maria Araujo, profesora de primaria. El arquitecto Carlos Pereira fue más duro: “Votaría por Lula porque las otras posibilidades son nefastas, pero el PT me ha decepcionado, ha robado tanto como ellos, la diferencia es que al menos se preocupan por los trabajadores”.

En San Pablo la clase media de izquierda no termina de salir a la calle. “Muchas decepciones”, argumenta Marco Lopes, de 54 años, empresario y antiguo militante del PT: “No puedo dejar de pensar que perdimos una década en la que se podían haber hecho cambios estructurales como una reforma agraria, política y de los medios de comunicación. Muchos sueños quedaron en nada”. Asegura que todavía vota y seguirá votando al PT porque es la única opción “cercana a la izquierda que puede ganar”, pero dice que no puede salir a la calle.

A la psicoanalista Mira Toledo le sucede lo mismo: “Ya no tenemos referentes de izquierda en este país, es un fenómeno mundial, nos hemos quedado huérfanos”. A sus 47 años dice haber salido a la calle innúmeras veces, pero alega que ahora sus revoluciones “son pequeñas” y quedan más “entre amigos, con el vecino, con el vendedor del barrio”. También votaría al PT de nuevo y reconoce que eso mismo es lo que provoca que no haya una nueva izquierda: “La figura de Lula es abrumadora, puede con todo y no ha dejado que salga nadie que la supere. Es difícil para los más jóvenes abrirse un hueco y crear una izquierda diferente”.

En la favela

Si la clase media de izquierda vive decepcionada, las clases más humildes poco piensan en el PT: “Asociar al Partido de los Trabajadores con la favela es algo completamente irracional. En las favelas se ha votado a Lula porque viene de donde viene, pero el PT nunca pisa nuestros barrios, no sabe lo que necesitamos y lo que nos sucede”, comentó a Brecha Christian Santos, uno de los líderes juveniles de la favela de Vila Prudente, la más antigua de San Pablo.

En este sentido la antropóloga Rosana Pinheiro Machado insiste en que la izquierda institucional “está muy alejada de la realidad de las periferias”. Esta profesora se mostró especialmente dura con los resultados de una investigación de la Fundación Perseu Abramo (ligada al PT) que señalaba que las periferias brasileñas eran “muy conservadoras” y volcadas al consumo: “En un momento de crisis como el que vivimos meterse con los valores de las periferias me parece contraproducente socialmente y electoralmente. Lo que necesita la izquierda es ir a los barrios, escuchar a la gente y anotar sus demandas. Muchas veces los derechos que son tan importantes para la izquierda no lo son tanto para las personas que están sistemáticamente fuera del mercado laboral”, criticaba, en Carta Capital, Pinheiro Machado.

En la misma línea se mantiene la socióloga Esther Solano: “Los más pobres no salen a la calle contra Temer porque la crisis política apenas la entienden. Hablar de indirectas, del Supremo, del Tribunal Superior Electoral son términos que no dominan. A ellos les llega que los políticos son corruptos y no sienten que sus vidas cambien con uno u otro presidente porque la izquierda no se preocupa por acercarse a ellos y explicarles, ese papel hace años que lo cumplen las iglesias”.

Los movimientos alternativos que se destacan en el país son autónomos e independientes. Los “secundarias” –jóvenes de las escuelas secundarias– y sus ocupaciones, el movimiento Lgtb o algunos movimientos ecologistas se enfrentan al petismo clásico en un primer diálogo que está por comenzar. Pero para la reconquista de las calles todavía parece que queda mucho.